domingo, 31 de enero de 2021
Sermón Domingo de Septuagésima / San Juan Bosco
sábado, 30 de enero de 2021
31 de enero SAN JUAN BOSCO
Al final del mes dedicado a honrar la infancia del Salvador, San Juan Bosco
conduce ante Jesús Niño, ante Jesús Obrero, a la multitud de niños y de obreros
a quienes consagró su vida.
Para salvar a los hombres, el Hijo de Dios se dignó hacerse hombre y
experimentar todas las miserias de nuestra naturaleza menos el pecado. Nació
pobre en un establo, trabajó para ganarse el pan; luego, antes de morir predicó
el Evangelio a los pobres, y si en este mundo tuvo preferencias, fueron estas
para los niños: "Dejad que los niños se acerquen a mí: de ellos y de los
que se les asemejan es el reino de los cielos."
San Juan Bosco no hizo más que reproducir estos aspectos de la vida de
Jesús. Pobre también él de nacimiento, tuvo que trabajar para ganarse el pan y
poder hacer sus estudios. Sacerdote ya, quiso predicar la buena nueva a los
pobres, a los niños, a los obreros abandonados, a todos aquellos a quienes la
pereza o el vicio arrastraban al mal. Creó para ellos patronatos, orfanatos,
escuelas primarias, escuelas profesionales: "Amo tanto a estos pobres
pequeños, que a gusto partiría con ellos también mi corazón."
En su santificación personal y en su ministerio se propuso como modelo y
maestro a San Francisco de Sales. El Obispo de Ginebra le había enseñado que
"no hay más que un medio de ser un buen educador, y es ser santo"; y
que si pretendía hacer una obra buena y duradera, debía darse a Dios y dar a
Dios. Se dio, pues, sin reservas: su tiempo, sus energías, sus talentos, su
fama, su salud, su vida, su madre, todo fue para los niños recogidos en las
calles. Les dio pan, trabajo y asilo; sobre todo les comunicó la alegría
que habita en una conciencia pura, en un alma unida a Dios. Por medio de sus instrucciones
familiares, de los sacramentos, de la Penitencia y de la Eucaristía, hizo de
ellos cristianos fervorosos, y pacíficos ciudadanos. Se manifestó así al siglo
XIX como un maestro en cuestiones sociales, y como uno de los mayores Apóstoles
de la Acción Católica, tan recomendada por los últimos Papas.
Lo mismo que el Señor, despertó en torno suyo numerosos seguidores,
discípulos que vinieron a ponerse bajo su dirección, y a compartir sus cuidados
y trabajos en la salvación del mundo y su conversión a Dios. Pronto se formó la
Asociación Salesiana, luego la Congregación de Hijas de María Auxiliadora, y,
finalmente, la Unión de Cooperadores Salesianos, inmenso ejército que lanzó a
la conquista de las almas y que está ya difundido por el mundo entero. "El
éxito de esta obra, decía San Pío X, sólo puede explicarse por la vida
sobrenatural y santidad de su Fundador." Él en cambio, pretendía no haber
sido sino un simple instrumento: "Es Nuestra Señora Auxiliadora quien lo
ha hecho todo." Pero Pío XI que le había conocido y que le elevó a los
altares, ha podido decir con razón, "que su nombre es uno de los que
bendecirán los siglos eternamente."
VIDA. — Juan Bosco
nació el 16 de agosto de 1815 en Castelnuovo de Asti. Desde muy joven se
distinguió por su piedad, su pureza, su alegría y su penetrante inteligencia.
En 1835 entró en el Seminario Mayor de Turín y el 5 de junio de 1841 fue
ordenado sacerdote. Desde entonces, consagró su vida a la salvación y educación
de los niños pobres y de los obreros, fundó la Asociación de Salesianos, luego
una Congregación de religiosas bajo el patrocinio de María Auxiliadora, y, por
fin, otra de Cooperadores. Murió el 31 de enero de 1888. Pío XI le beatificó en
1929, y cinco años más tarde le canonizó.
También nosotros acudimos en pos de tantos otros para aclamarte con la
Iglesia, para implorar tu ayuda, para pedir tus consejos. Nos agrada escuchar
tus fervorosas exhortaciones: "¡Oh vosotros, que trabajáis y estáis
cargados de sudores y fatigas! si queréis hallar una fuente inagotable de
consuelos, si queréis ser felices, haceros santos. Para ser santos no
necesitáis más que una cosa: quererlo. Los santos se santificaron cada cual en
su propio estado. ¿De qué manera? Haciendo bien lo que tenían que hacer."
Pide al Señor para nosotros, que lleguemos a comprender una lección tan
sencilla y verdadera y que la pongamos en práctica para llegar a ser santos.
¡Apóstol infatigable, y devorado por el celo! protege a los sacerdotes y
misioneros. "Lo primero que te aconsejo para llegar a ser santo, decías en
cierta ocasión a Santo Domingo Savio, el afortunado niño a quien condujiste a
la santidad, es que ganes almas para Dios. Porque no hay nada tan santo en el
mundo, como cooperar al bien de las almas. Por ellas derramó Jesucristo hasta la
última gota de su sangre." Haz que abrase ese celo a todos los fieles, ya
que todos están llamados de una u otra manera a cooperar en la obra de la
Redención.
Enséñanos, no sólo a los jóvenes, sino a todos nosotros, a frecuentar
los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía, para guardar nuestras
almas libres de pecados. Enséñanos a acudir con frecuencia a María Auxiliadora,
con cuya intercesión omnipotente operaste tantos prodigios y multiplicaste
tantos milagros. Ella nos ayudará a seguir tus ejemplos, a permanecer fieles a
las lecciones de Belén y de Nazaret, a guardar como tú una confianza de niño en
la divina Providencia, y a no vivir más que para alabar la gloria de Dios, en
constante acción de gracias. Ella, finalmente, nos presentará con su Hijo al
Padre celestial en el cielo, donde a la hora de la muerte "nos darás cita
a todos."
DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA
EL PECADO Y SUS
CONSECUENCIAS. — La Santa Madre Iglesia nos convoca hoy para
recordar juntos con ella el relato de la caída de nuestro primer padre.
Semejante desastre nos hace presentir el desenlace de la vida mortal del Hijo
de Dios hecho hombre, que se dignó hacerse cargo de expiar personalmente la
prevaricación del principio y todos los desmanes que después se han ido
acumulando. Para poder apreciar la grandeza del remedio, es menester sondear la
llaga. Se empleará la presente semana en meditar la gravedad del primer pecado
y la secuela toda de desventuras que acarreó al linaje humano.
En otros tiempos, hoy leía la Iglesia, en el oficio
de Maitines, el relato con que Moisés instruyó a todas las generaciones humanas
sobre este catastrófico episodio. La actual disposición de la liturgia no nos
da esta lectura hasta el miércoles de la semana, habiendo destinado los días
precedentes al relato de los seis días de la creación. Mas nosotros daremos
desde hoy lugar a esta importantísima lectura, como fundamento de las
enseñanzas de la semana.
DEL LIBRO DEL GÉNESIS (III, 1-19;
La serpiente, el más astuto de cuantos animales del
campo hizo Yahvé Dios, dijo a la mujer: ¿Con que os ha mandado Dios que no
comáis de los árboles todos del paraíso? Y respondió la mujer a la serpiente:
Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en
medio del paraíso nos ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis siquiera,
no vayáis a morir. Y dijo la serpiente a la mujer: No, no moriréis; es que sabe
Dios que el día que de él comáis, se os abrirán los ojos y seréis como dioses,
conocedores del bien y del mal. Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para
comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría, y cogió
de su fruto y comió y dio también de él a su marido, que también comió. Y se
abrieron los ojos de ambos.
Y viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas
de higuera y se hicieron unos cinturones. Oyeron a Yahvé Dios, que se paseaba
por el paraíso al fresco del día y se escondieron de Yahvé Dios Adán y su
mujer, en medio de la arboleda del jardín. Pero llamó Yahvé Dios a Adán,
diciendo: Adán, ¿dónde estás? Y éste contestó: te he oído en el jardín y
temeroso porque estaba desnudo me escondí. ¿Y quién —le dijo— te ha hecho saber
que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol que te prohibí comer? Y dijo
Adán: la mujer que me diste por compañera, me dio de él y comí. Dijo, pues, Yahvé
Dios a la mujer: ¿Por qué has hecho esto? Y contestó la mujer: la serpiente me
engañó y comí. Dijo luego Yahvé Dios a la serpiente:
"Por haber hecho esto, maldita serás entre
todos los ganados y entre todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu
pecho y comerás el polvo todo el tiempo de tu vida. Pongo perpetua enemistad
entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo: éste te aplastará tu cabeza, y
tú le morderás el calcañal".
A la mujer le dijo:
"Multiplicaré
los trabajos de tus preñeces; parirás con dolor los hijos, y tu propensión te
inclinará a tu marido, el cual dominará sobre ti."
A Adán le dijo: "Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol
de que te prohibí comer, diciéndote: no comas de él: Por ti será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el
tiempo de tu vida; te dará espinas y abrojos, y comerás de las hierbas del
campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra,
pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres y al polvo volverás"
He aquí la página fatídica de los anales de la
Humanidad. Ella basta para explicarnos la presente situación del hombre en la
tierra; por ella, asimismo, nos damos cuenta de la actitud que mejor nos cuadra
con respecto a Dios. Volveremos a tratar de este relato en días venideros; y
desde ahora debe ser el objeto principal de nuestras reflexiones. Pero volvamos
a la explicación de la liturgia del día.
MISA
Se celebra en Roma la estación en la Iglesia de San Lorenzo Extramuros.
Los antiguos liturgistas hacen resaltar la relación que existe entre el justo
Abel, cuya sangre derramada por su hermano es objeto de uno de los responsorios
de Maitines de esta noche, y el mártir sobre cuyo sepulcro abre la Iglesia
romana la Septuagésima.
El Introito de la Misa expresa al vivo los terrores de la muerte de que
son víctima Adán y toda su descendencia después del pecado. Un grito, sin
embargo, de esperanza sale de en medio de esta desolación. El Señor hizo una
promesa el día mismo de la maldición. Confiesen los hombres su miseria, y Dios
mismo ofendido será su libertador.
INTROITO
Me cercaron gemidos de muerte, dolores de infierno me rodearon: y en mi
tribulación invoqué al Señor, y Él, desde su santo templo, escuchó mi voz. —
Salmo: Te ame yo, Señor, fortaleza mía: el Señor es mi sostén, y mi refugio, y
mi libertador. V. Gloria al Padre.
ORACIÓN
En la Colecta reconoce la Iglesia que sus hijos merecieron los castigos,
secuela del pecado, y pide a su favor misericordiosa libertad.
COLECTA
Te suplicamos, Señor, escuches clemente las preces de tu pueblo: para
que, los que nos afligimos justamente por nuestros pecados, seamos librados
misericordiosamente por la gloria de tu Nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor.
EPÍSTOLA
Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Corintios (IX, 24-27;
X, 1-5).
Hermanos: ¿No sabéis que los que corren en el estadio corren todos,
ciertamente, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo ganéis. Y
todo el que lucha en la palestra, se abstiene de todo: y ellos, para alcanzar
ciertamente una corona corruptible; nosotros, en cambio, por una incorruptible.
Yo también corro, pero no a la ventura; lucho, pero no como si azotara al aire;
sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, habiendo
predicado a los demás, sea yo mismo hallado réprobo. Porque no quiero,
hermanos, que ignoréis que nuestros padres caminaron todos bajo la nube y
pasaron todos el mar; y fueron bautizados todos por Moisés en la nube y en el
mar; y todos comieron el mismo manjar espiritual; y todos bebieron la misma
bebida espiritual (porque bebían de la piedra espiritual que los seguía, y esta
piedra era Cristo): pero muchos de ellos no agradaron a Dios.
VIGILANCIA Y
GENEROSIDAD. — La enérgica palabra del Apóstol acrece aún
nuestra emoción al recuerdo de los trascendentales sucesos vislumbrados en este
día. El mundo es una palestra en la que es menester correr; el galardón le
alcanzan los ágiles y desembarazados en la carrera. Abstengámonos de cuanto
pueda estorbarla y hacernos perder la corona. No nos forjemos ilusiones; nada
podemos prometernos mientras no lleguemos al final de la contienda. Nuestra
conversión no ha sido, a buen seguro, más sincera que la de San Pablo y nuestras
obras más abnegadas y meritorias que las suyas: y sin embargo, como él mismo lo
confiesa, el recelo de verse reprobado no ha desaparecido del todo en su
corazón. Castiga su cuerpo, y le esclaviza. El hombre, en el estado actual, no
posee la recta voluntad de Adán antes de su pecado, de la que, no obstante,
hizo tan mal uso. Nos arrastra fatal inclinación, y no podemos conservar el
equilibrio sin sacrificar la carne al yugo del espíritu. Dura parece esta
doctrina a la mayoría de los hombres, y por lo mismo, muchos no llegarán al
final de la carrera, ni, consecuentemente, les cabrá parte en la recompensa que
les estaba destinada. Como los Israelitas de quienes nos habla hoy el Apóstol,
merecerán ser sepultados en el desierto sin ver la tierra prometida. Con todo,
las mismas maravillas de que fueron testigos Josué y Caleb se desarrollaron
ante sus ojos; pero nada remedia la dureza de un corazón que se obstina en
cifrar sus esperanzas en las cosas de la vida presente, cual si no fuera
patente a cada instante la peligrosa inconsistencia.
Pero si el corazón confía en Dios, si se fortifica con el pensamiento de
que nunca falta el socorro divino a aquel que lo implora, correrá sin fatiga
los años de su destierro y llegará felizmente a su término. El Señor mira
constantemente sobre quien trabaja y sufre. Tales son los sentimientos
expresados en el Gradual.
GRADUAL
Tú eres ayudador en la oportunidad, en la tribulación; esperen en ti los
que te conocen, porque no abandonas a los que te buscan, Señor. V. Porque el
pobre no será olvidado para siempre; la esperanza de los pobres no perecerá eternamente;
levántate, Señor, no prevalezca el hombre.
Lanza el Tracto un grito a Dios desde el fondo del abismo de nuestra
caducidad. Profundamente humillado se ve el hombre por su caída, pero sabe que
Dios rebosa misericordia ya que su bondad le prohíbe castigar nuestras faltas
como lo merecen; si así no fuera, ninguno de nosotros podría esperar perdón.
TRACTO
Desde lo profundo clamo a ti. Señor: Señor, escucha mi voz. V. Estén
atentos tus oídos a la oración de tu siervo. V. Si examinaras nuestras
iniquidades, Señor, Señor, ¿quién lo resistiría? V. Pero en ti está el perdón,
y por tu ley he esperado en ti, Señor.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Mateo.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El reino de
los cielos es semejante a un padre de familias, que salió de madrugada a
contratar obreros para su viña. Y, hecho el convenio con los obreros por un
denario al día, les envió a su viña. Y saliendo cerca de la hora tercia, vio a
otros, que estaban ociosos en la plaza, y les dijo: Id también vosotros a mi
viña, y os daré lo que fuere justo. Y ellos se fueron. Y salió de nuevo cerca
de las horas sexta y nona: e hizo lo mismo. Salió aún cerca de la hora
undécima, y encontró a otros parados, y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el
día, ociosos? Le dijeron: Porque nadie nos ha ajustado. Les dijo: Id también
vosotros a mi viña. Y cuando llegó la tarde, dijo el dueño de la viña a su
mayordomo: Llama a los obreros y dales la paga, comenzando desde los últimos
hasta los primeros. Cuando se presentaron pues, los llegados a la undécima
hora, recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, creyeron que
recibirían más; pero también ellos recibieron cada cual un denario. Y al
recibirlo, murmuraban contra el padre de familias, diciendo: Estos postreros
sólo han trabajado una hora, y los has igualado a nosotros, que hemos llevado
la carga y el calor del día. Mas él, respondiendo a uno de ellos, dijo: Amigo,
no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y
vete; pero quiero dar también a este último lo mismo que a ti. ¿O es que no
puedo hacer lo que quiera? ¿Acaso es malo tu ojo, porque yo soy bueno? Así los
últimos serán los primeros, y los primeros los últimos. Porque muchos son los
llamados, pero pocos los escogidos.
LLAMAMIENTO A LAS
NACIONES. — Importa mucho comprender bien este paso del Evangelio y ponderar los
motivos que decidieron a la Iglesia a colocarle en este día. Fijémonos, por de
pronto, en las circunstancias en que el Salvador pronunció esta parábola y el
fin instructivo que directamente se propone. Se trata de advertir a los judíos
que se acerca el día en que desaparecerá la ley, para dar lugar a la ley
cristiana, y disponerlos a aceptar de buen grado la idea de que los gentiles
van a ser llamados a hacer alianza con Dios. La viña de que se trata es la
Iglesia en sus diversos esbozos desde el principio del mundo hasta que Dios
mismo vino a habitar entre los hombres, y crear en forma visible y permanente
la sociedad de los que en Él creen. La mañana del mundo duró desde Adán hasta
Noé; la hora tercia se extendió desde Noé hasta Abrahán; la sexta empieza en
Abrahán hasta Moisés; la nona fue la era de los profetas hasta la venida del
Señor. Vino el Mesías a la hora undécima cuando parecía llegar el mundo a su
ocaso. Las más estupendas misericordias se reservaron a este período durante el
cual la salvación había de extenderse a los gentiles por la predicación de los
Apóstoles. En este postrer misterio Jesucristo se propone confundir el orgullo
judaico. Nota las repugnancias que fariseos y doctores de la ley mostraban
viendo que se extendía la adopción a las naciones, por las querellas egoístas
que dirigen al padre de familias los obreros convocados a primera hora. Esta
obstinación será sancionada como merece. Israel, que trabajaba antes que nosotros,
será rechazado por la dureza de su corazón; y nosotros, gentiles, éramos los
últimos y llegamos a ser los primeros, siendo hechos miembros de la Iglesia
católica, Esposa del Hijo de Dios.
LLAMAMIENTO
DIRIGIDO A CADA UNO DE NOSOTROS.— Tal es la interpretación dada a
esta parábola por los Santos Padres, señaladamente por San Agustín y San
Gregorio Magno; pero esta instrucción del Salvador ofrece además otro sentido
avalado también por la autoridad de estos dos santos Doctores, Se trata aquí
del llamamiento que Dios dirige a cada hombre, invitándole a merecer el reino
eterno por los trabajos de esta vida. La madrugada es nuestra infancia. La hora
tercia, conforme al modo de contar de los antiguos, es aquella en la que el sol
empieza a remontarse en el cielo; es la edad de la juventud. La hora sexta,
mediodía, es la edad del hombre. La hora undécima precede muy poco a la puesta
del sol; es la vejez. El padre de familias llama a sus obreros en estas
diversas horas; a ellos les toca acudir en cuanto oyen su voz; y no es lícito a
las primeras llamadas retrasar su salida a la viña so pretexto de acudir más
tarde cuando vuelva a oírse la voz del Amo. ¿Quién les garantiza que se
prolongará su vida hasta la undécima hora? Y cuando llega la tercia, puede uno
siquiera contar con la de sexta? No llamará el Señor al trabajo de las últimas
horas más que a quienes en este mundo vivan cuando estas horas suenen; y no se
ha comprometido a reiterar nueva invitación a los que desdeñaron la primera.
La Iglesia nos invita en el Ofertorio a celebrar las alabanzas de Dios.
Quiere el Señor que los cánticos a gloria suya sean nuestro consuelo en este
valle de lágrimas.
OFERTORIO
Es bueno alabar al Señor y salmear a tu nombre, oh Altísimo.
SECRETA
Te suplicamos, Señor, que aceptando nuestros dones y nuestras preces,
nos purifiques con estos celestiales Misterios y nos escuches clemente. Por el
Señor.
En la antífona de la Comunión la Iglesia pide que el hombre, regenerado
por el alimento celestial, recobre la semejanza de Dios en que fue creado al
principio. Cuanto mayor es nuestra miseria tanto más debemos a Aquél que se
abajó hasta nosotros para sublimarnos a Él.
COMUNIÓN
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, y sálvame por tu misericordia;
Señor, no sea yo confundido, pues te he invocado.
POSCOMUNIÓN
Haz, oh Dios, que tus fieles se fortalezcan con tus dones; para que,
recibiéndolos, los deseen, y buscándolos, los reciban sin fin. Por el Señor.
MÍSTICA DEL TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA
El Tiempo que empezamos, encierra profundos misterios que no son
exclusivos de las tres semanas que debemos recorrer hasta llegar a la santa
Cuaresma, sino que se extienden al período entero que nos separa de la gran solemnidad
pascual.
DOS ÉPOCAS. — El número
septenario es el fundamento de estos misterios. "Hay dos tiempos, dice San
Agustín en su Explicación del salmo CXLVIII: el uno se desarrolla ahora entre
las tentaciones y tribulaciones de esta vida; el otro transcurrirá en seguridad
y alegría eternas. Celebramos ambos; el primero antes de Pascua, el segundo
después de Pascua. El tiempo antes de Pascua expresa los apuros de la vida
presente, el tiempo después de Pascua significa la bienaventuranza que
gozaremos un día. Esta es la razón de por qué pasamos el primer período de que
hablamos en ayuno y oración, mientras el segundo está consagrado a cánticos de
alegría y entre tanto se suspenden los ayunos."
DOS LUGARES. — La Iglesia,
intérprete autorizada de las Sagradas Escrituras, nos muestra, en conexión
directa con los dos tiempos de San Agustín, a las dos ciudades de Babilonia y
Jerusalén. La primera es símbolo de este mundo pecador; el cristiano ha de
vivir aquí el tiempo de prueba. La segunda es la patria celestial, donde
descansará de sus luchas. El pueblo de Israel, cuya historia toda no es más que
una figura grandiosa del género humano, se vio realmente desterrado de
Jerusalén y cautivo en Babilonia.
La cautividad de Babilonia duró 70 años. Para expresar este misterio ha
fijado la Iglesia, según Alcuino, Amalario, Ivo de Chartres y en general todos
los liturgistas de la Edad Media, el número septuagenario para los días de
expiación, tomando, conforme al uso de las Sagradas Escrituras, el número
empezado por el completo y acabado.
LAS SIETE EDADES
DEL MUNDO. — La duración misma del mundo, conforme a las antiguas tradiciones
cristianas, se divide en siete períodos. El género humano ha de recorrer siete
etapas antes de que surja el día de la vida eterna. La primera se extendió
desde la creación de Adán hasta Noé; la segunda desde Noé y el diluvio hasta la
vocación de Abrahán; la tercera comienza con este primer esbozo del pueblo de
Dios y va hasta Moisés, por cuya mano dio el Señor la ley; la cuarta abarca
desde Moisés a David, por quien empieza a reinar la casa de Judá; la quinta
comprende la serie de siglos desde el reino de David hasta el cautiverio del
pueblo judío en Babilonia; la sexta se extiende desde la vuelta del cautiverio
hasta el nacimiento de Jesucristo. Llega finalmente la edad séptima; se abre
con la aparición del Sol de justicia y ha de perdurar hasta el advenimiento del
Juez de vivos y muertos. Estas son las grandes divisiones de los tiempos, tras
las cuales no habrá más que eternidad.
EL SEPTENARIO DE
ALEGRÍA. — Para alentar nuestros corazones en medio de los combates que jalonan
el sendero de la vida, la Iglesia nos muestra otro septenario que debe seguir
al que vamos a recorrer. Después de una Septuagésima de tristeza llegará Pascua
con sus siete semanas de alegría a traernos un anticipo de los consuelos y
delicias del cielo. Después de haber ayunado con Cristo y de haberle
compadecido en su pasión, resucitaremos con él y nuestros corazones le seguirán
hasta el cielo empíreo. Poco después sentiremos descender hasta nosotros al
Espíritu Santo con sus siete dones. Así la celebración de tales y tantas
maravillas reclamará de nuestra parte nada menos que siete semanas completas,
desde Pascua a Pentecostés.
TIEMPO DE TRISTEZA. — Después de
haber lanzado una mirada de esperanza a este futuro consolador, es menester
volver a las realidades presentes. ¿Qué papel representamos en este mundo? El
de desterrados, cautivos, al alcance de todos los peligros que Babilonia
entraña. Si amamos la patria, si tenemos empeño en volverla a ver, debemos
repudiar los falsos atractivos de esta pérfida extranjera y arrojar lejos de
nuestros labios la copa que embriaga a muchísimos de nuestros compañeros de
cautiverio. Nos convida seductora a juegos y placeres, pero debemos colgar
nuestras arpas en los sauces de sus ríos, hasta que nos sea franqueada la
entrada en Jerusalén. Pretende decidirnos a entonar al menos los cánticos de
Sión en su recinto, como si nuestro corazón pudiese encontrar satisfacción
lejos de la patria, cuando un destierro eterno sería la expiación de nuestra
infidelidad; mas "¿cómo podríamos cantar los cánticos del Señor en tierra
extranjera?".
RITOS DE PENITENCIA. — Estos
sentimientos quiere infundirnos la Santa Madre Iglesia durante estos días;
llama nuestra atención sobre los peligros que nos rodean dentro de nosotros
mismos y en las criaturas que nos circundan. En el trascurso del año nos
espolea a repetir el canto del cielo, el alegre Aleluya, y henos aquí que hoy
su mano sella nuestros labios y nos reprime el grito de alegría que no ha de
resonar en Babilonia: "Estamos en camino, lejos del Señor";
reservemos nuestros cánticos de alegría hasta llegar a Él. Somos pecadores y
con excesiva frecuencia cómplices de los infieles; purifiquémonos por el arrepentimiento,
porque está escrito: "las alabanzas del Señor pierden su hermosura en
labios del pecador".
La nota más característica del tiempo en que entramos es la supresión
del Aleluya; no volverá a oírse en la tierra hasta que, habiendo muerto con
Cristo, resucitemos con él para una vida nueva.
También se nos quita el cántico de los ángeles,
el Gloría in excelsis Deo, que hemos cantado
todos los domingos desde la Navidad del Redentor; sólo podremos cantarlo los
días entre semana en que se celebre la fiesta de algún Santo. El Oficio de la
noche del domingo perderá igualmente, hasta Pascua, el Himno Ambrosiano, Te Deum laudamus. Al fin del Sacrificio el diácono no
despedirá ya a la asamblea con estas palabras: Ite, Missa est; se limitará a invitar al pueblo
cristiano a continuar su oración en silencio, bendiciendo al Dios de la
misericordia, que nos sufre a pesar de nuestras iniquidades.
PRÁCTICA DEL TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA
Se han esfumado lejos de nosotros las alegrías navideñas. Apenas hemos
podido disfrutar cuarenta días el gozo que nos trajo el nacimiento del
Emmanuel. Ya se oscurece el cielo de la Iglesia y pronto aparecerá cubierto de
celajes todavía más sombríos. ¿Se ha perdido, por ventura, para siempre el
Mesías aguardado en la esperanza durante las semanas de Adviento? ¿Ha desviado,
acaso, el Sol de justicia su trayectoria lejos de la tierra culpable?
Comunión en la Pasión
de Cristo. — Soseguémonos. El Hijo de Dios, el Hijo de María, no nos desampara.
Si el Verbo se hizo carne, fue para habitar entre nosotros. Una gloria mayor
que la del nacimiento entre los conciertos angélicos, le está reservada, y
debemos participar con Cristo de ella. Pero ha de conquistarla con muchos
padecimientos y no la logrará sin la más cruel y afrentosa muerte; si queremos
participar del triunfo de su Resurrección, hemos de seguirle en la vía
dolorosa, regada con sus lágrimas y teñida con su sangre.
Pronto hará oír su voz la Iglesia invitándonos a la penitencia
cuaresmal; pero antes quiere que, en la rápida carrera de tres semanas de
preparación a ese bautismo trabajoso, nos detengamos a sondear las profundas
heridas infligidas a nuestras almas por el pecado. No hay, sin duda, cosa
alguna que pueda parangonarse con la lindeza y dulzura del Niño de Belén; pero
sus lecciones de humildad y sencillez, no bastan ya a las necesidades de
nuestras almas. Ya se levanta el altar en que será inmolada esta víctima de la
más tremenda justicia. Por nosotros es por quien ha de expiar; urge el tiempo
de exigirnos cuentas a nosotros mismos de las obligaciones contraídas con Aquel
que se apresta a sacrificar al inocente por los culpables.
Obra de
purificación. — El misterio de un Dios que se digna hacerse
carne por los hombres nos franqueó la pista de la vía iluminativa. Pero todavía nuestros ojos están
invitados a contemplar una luz más viva. No se altere, pues, nuestro corazón;
las esplendideces de Navidad serán sobrepujadas el día de la victoria del
Emmanuel. Mas deben purificarse nuestros ojos si quieren contemplarlas,
escudriñando sin remilgos los abismos de nuestras miserias. No nos escatimará
Dios su luz para llevar al cabo esta obra de justicia; y si llegamos a
conocernos a nosotros mismos, a conocer cabalmente cuan profunda es la caída
original, a justipreciar la malicia de nuestras faltas personales, a
comprender, en cierto grado al menos, la misericordia inmensa del Señor para
con nosotros, estaremos entonces preparados a las expiaciones saludables que
nos aguardan y a los goces inefables que han de seguirlas.
El tiempo en que entramos está, pues, consagrado a
los más serios pensamientos, y no acertaremos a expresar más adecuadamente los
sentimientos que la Iglesia espera del cristiano en esta parte del año, que
traduciendo aquí algunos pasos de la exhortación elocuente que en el siglo XI
dirigía el gran Ivo de Chartrés a su pueblo al empezar la Septuagésima, ha
dicho el Apóstol: "Toda criatura
gime y está de parto hasta ahora. También nosotros, que tenemos las primicias
del Espíritu, gemimos esperando la adopción de hijos de Dios y la redención de
nuestro cuerpo. Esta criatura gemebunda es el alma secuestrada de
la corrupción del pecado; deplora verse aún sujeta a tantas vanidades, padece
dolores de parto mientras está alejada de la patria. Es el lamento del
salmista: ¡Ay, ¿por qué se prolonga mi destierro? El mismo Apóstol,
que había recibido el Espíritu Santo, siendo uno de los primeros miembros de la
Iglesia, en sus ansias de recibir efectivamente la adopción de hijos que en
esperanza ya poseía, exclamaba: Quisiera morir y estar con Jesucristo. Debemos, por
tanto, más que en otros tiempos, dedicarnos a gemir y llorar, para merecer, por
la amargura y lamentos de nuestro corazón, volver a la patria de donde nos
desterraron los goces que acarrean la muerte. Lloremos, pues, durante el viaje
para regocijarnos en el término; corramos el estadio de la presente vida de
modo que alcancemos al fin el galardón del llamamiento celestial. No seamos de
esos insensatos viandantes que se olvidan de su patria, se aficionan a la
tierra del destierro y se quedan en el camino. No seamos de esos enfermos
insensibles que no aciertan a buscar el remedio de sus dolencias. No hay esperanza
de vida para aquel que desconoce su mal. Vayamos presurosos al médico de la
salvación eterna. Descubrámosle nuestras heridas. Llegue hasta Él este nuestro
grito desgarrador: Tened piedad de mí,
Señor, que estoy enfermo; curadme, Señor, pues todos mis huesos están
conmovidos. Entonces sí que nuestro médico nos
perdonará nuestros desmanes, curará nuestras flaquezas y satisfará nuestros
buenos deseos.
Vigilancia. — Es evidente que
el cristiano en este tiempo de Septuagésima, si de veras quiere adentrarse en
el espíritu de la Iglesia, ha de dar un "alto aquí" a esa falsa
seguridad, a ese contentamiento de sí mismo que arraigan sobrado frecuentemente
en el fondo de las almas muelles y tibias que cosechan la mera esterilidad.
¡Felices todavía si tales disposiciones no acarrean insensiblemente la
extinción del verdadero sentido cristiano! Quien se cree dispensado de esa
continua vigilancia tan recomendada por el Salvador, está ya dominado por el
enemigo; quien no siente la necesidad de combate alguno, de lucha alguna para
sostenerse, para seguir el sendero del bien, debe temer no se halle en la vía
de ese reino de Dios que no se conquista sino a viva fuerza; quien olvida los
pecados perdonados por la misericordia de Dios, debe temblar de que sea juguete
de peligrosa ilusión. Demos gloria a Dios en estos días que vamos a dedicar a
la animosa contemplación de nuestras miserias, y, saquemos, del propio conocimiento
de nosotros mismos, nuevos motivos para esperar en Aquél a quien nuestras
debilidades y pecados no estorbaron que se abajara hasta nosotros, para
sublimarnos hasta Sí.
HISTORIA DEL TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA
SU IMPORTANCIA. — El tiempo de
Septuagésima abarca las tres semanas que preceden inmediatamente a la Cuaresma.
Constituye una de las principales divisiones del Año Litúrgico, y se desarrolla
en tres secciones semanales, de las que la primera se llama propiamente
Septuagésima, la segunda Sexagésima y la tercera Quincuagésima.
Es evidente que estos nombres expresan mera relación numérica con la
palabra Cuadragésima de la que se deriva la palabra española Cuaresma. Ahora
bien, la palabra Cuadragésima señala la serie de cuarenta días que hay que
recorrer para llegar a la solemnidad de la Pascua. Las palabras Quincuagésima,
Sexagésima y Septuagésima nos anuncian la misma solemnidad en una lejanía más
acentuada; mas no por eso la Pascua deja de ser el gran asunto que empieza a
considerar la Santa Madre Iglesia y que ésta propone a sus hijos como fin a que
desde luego han de enderezar todos sus deseos y esfuerzos.
Exige, pues, la Pascua como preparación cuarenta días de recogimiento y
penitencia; este tiempo es la palanca más potente de que echa mano la Iglesia
para remover en el corazón y en el espíritu de los fieles el vivo sentimiento
de su vocación. Asunto de capital importancia para ellos es no dejar que este
período de gracias transcurra sin provecho en el mejoramiento, en la renovación
de toda su vida. Era, por tanto, conveniente disponerlos a este tiempo de
salud, ya de suyo una preparación, a fin de que, amortiguándose poco a poco en
sus corazones las algazaras mundanales, escuchasen con atención el grave aviso
que la misma Iglesia les dará al imponerles la ceniza en la cabeza.
ORIGEN. — La historia de
la Septuagésima se halla íntimamente ligada con la de Cuaresma. En efecto, en
pleno siglo v, la Cuaresma comenzaba el domingo VI antes de Pascua (actual
domingo I de Cuaresma), y comprendía los cuarenta días finalizados el Jueves
Santo, considerado en la antigüedad cristiana como el primer día del Misterio
Pascual. No se ayunaba el domingo; y, por consiguiente, no había, hablando con
exactitud, más que 34 días de ayuno efectivo (36 con el Viernes y Sábado
Santo). El deseo de imitar el ayuno del Señor, indujo a algunas almas más
fervorosas a comenzarle algunos días antes.
QUINCUAGÉSIMA. — Vemos aparecer
por primera vez esta observancia completa en el siglo V. San Máximo de Turín,
en su Sermón 26 predicado hacia el año 451, la reprueba y advierte que la
Cuaresma empieza el domingo de Cuadragésima; pero en el Sermón 36 del año 465
la autoriza, considerándola muy generalizada entre los fieles.
En el siglo VI escribe San Cesáreo de Arlés, en su Regla a las Vírgenes,
que se ha de empezar el ayuno una semana antes de la Cuaresma. Desde entonces,
pues, existe la Quincuagésima, al menos en los monasterios. El primer concilio
de Orleans, celebrado el año 511, ordena que antes de Pascua observen los
fieles la Cuadragésima y no la Quincuagésima, a fin de "mantener —dice el
canon 26— la unidad de los usos". Los concilios de Orange, de 511 y 541
respectivamente, censuran el mismo abuso y prohíben ayunar antes de
Cuadragésima. Hacia el año 520 señala el autor del Liber Pontificalis la costumbre de anticipar una semana la
Cuaresma; mas parece que esta costumbre estaba aún poco extendida.
SEXAGÉSIMA. — Pronto se
amplió el período consagrado al ayuno, y una nueva semana vino a sumarse a la
Quincuagésima. Hallamos mencionada por primera vez la Sexagésima en la Regla de
San Cesáreo para Monjes, antes de 542. El IV concilio de Orleans, en 541, la
menciona en son de defensa del ayuno anticipado.
SEPTUAGÉSIMA. — Viene
finalmente en Roma la Septuagésima al terminar el siglo VI o al empezar el VII.
La menciona San Gregorio Magno (papado 590-604) en sus homilías. Poco a poco se
extendieron los usos litúrgicos a la Italia septentrional con Milán a la
cabeza, y después, merced a la acción de los carolingios, a toda Europa
occidental. Inglaterra los aceptó al fin del siglo VII e Irlanda después del
siglo IX. Aunque se observaba el ayuno en Quincuagésima y Sexagésima, parece
ser que Septuagésima consistía en sus comienzos en la mera celebración
litúrgica, sin ayuno, hasta que le impusieron en el siglo IX los concilios
francos.
SUPRESIÓN DEL
ALELUYA. — Vemos por Amalarlo que a principios del siglo IX se suspendía el Aleluya
y el Gloria in excelsis Deo en
Septuagésima. Se avinieron los monjes a esta costumbre aunque San Benito
disponía lo contrario. Algunos son de parecer que San Gregorio VII (1073-1085)
suprimió el oficio aleluyático, en uso hasta entonces en el domingo de
Septuagésima. Se trata de las antífonas aleluyáticas de Laudes. San Gregorio
VII, al parecer, las reemplazó por las del oficio de Sexagésima y dotó a este
último de nuevas antífonas. Da testimonio del hecho el Ordo Ecclesiae Lateranensis del siglo XII. Gregorio VII
fue, quizás, quien anticipó la supresión del Aleluya al sábado anterior a
Septuagésima.
Así llegó a fijarse definitivamente, tras varios tanteos, este tiempo
del Año Litúrgico. Dependiente de la fecha de Pascua, está sujeto, por tanto,
al avance o retroceso consiguiente a la movilidad de dicha fiesta. Se suelen
llamar el 18 de enero y el 22 de febrero Llaves
de Septuagésima porque el domingo de este nombre no puede caer ni antes de
la primera fecha ni después de la segunda.
30 de enero SAN LESMES, PATRONO Y PROTECTOR DE BURGOS
Natural de Laudun al norte de Poitiers (Francia) a principios del siglo
XI, siguió la carrera de las armas hasta la muerte de sus padres. Entró en
serias reflexiones, y ambicionando aventajarse en la milicia de Cristo, se
desprendió de sus cuantiosos bienes en provecho de los menesterosos y voló a
pasos agigantados por los senderos de la perfección evangélica. Se hizo monje
en Casa Dei de donde fue nombrado Abad, agraciándole el Señor con el don de
milagros.
Le solicitaron de varias provincias, hasta de Inglaterra, para que fuera
alivio de los desahuciados, hasta que viniendo a España como esposa de Alfonso
VI, Constancia, de estirpe real francesa, quiso tener como capellán asiduo suyo
a su compaisano Lesmes, y en Burgos le dio la Capilla de San Juan Evangelista y
el adjunto Hospital de peregrinos santiagueses. Alfonso VI levantó al lado un
Monasterio benedictino poniendo al frente de él a Lesmes, quien administraba
asimismo el Hospital y se deshacía en obras benéficas de todo género, obrando
señaladas maravillas.
Era muy insana y pantanosa aquella parte de la ciudad, y el santo se
ingenió en sanearla por medio de acueductos, calzadas y pontones, de modo que
mereció ser considerado como el bienhechor más insigne de Burgos capital de
Castilla.
Alfonso VI le llevó consigo a la conquista de Toledo, y Lesmes
entusiasmó a la caballería amedrentada ante la imponente crecida e inundación
del Tajo, pasando valiente el vado montado en un asnillo. Fue enterrado ante la
Capilla de San Juan de Burgos y posteriormente se erigió sobre su sepulcro la
esbelta Parroquia de San Lesmes, declarándole por Patrono y protector suyo la
noble y leal ciudad de Burgos que festeja su memoria el 30 de enero, con
grandes regocijos.
30 de enero SANTA BATILDE, REINA DE FRANCIA
Jean-Auguste-Dominique
Ingres, Santa Batilde, siglo XIX
Al lado de Santa Paula se presenta hoy otra viuda, una piadosa reina de
Francia. Dejó su puesto de honor como soberana, para seguir a Jesús en la
humildad de su vida oculta. Madre de tres reyes, después de haber dado sabias
leyes como regente, y haber refrenado la insumisión de los grandes, abolido la
esclavitud y hecho florecer la religión, se sustrae al amor de su pueblo para
encerrarse en la Abadía de Chelles, durante los quince últimos años de su vida.
Como los Reyes Magos del Oriente, ve la estrella que la llama a Belén; y tiene
para ella más atractivo la contemplación del divino Infante en el pesebre, que
las comodidades de aquel palacio que supo llenar con el ejemplo de su piedad y
el mérito de sus virtudes.
Buscando a Dios con fidelidad hasta la muerte, acude a refugiarse en el
monasterio que ella misma había fundado, pero acude no para ser servida sino
para servir. Quiere ser en él la última de todas, y se ejercita en todos los
oficios donde mejor puede imitar la humildad de su Salvador.
De este modo se pone de manifiesto una vez más el poder de Jesús; desde
su cuna seduce los corazones y atrae las almas, hasta hacerlas olvidar todo lo
que no es Él mismo.
Felicitamos a Santa Batilde y a Santa Paula por haber sido admitidas en
la compañía de las Vírgenes que rodean al recién nacido. No desdeña el Emmanuel
a la esposa del hombre, cuando guarda para Él su supremo amor, y aun cuando es
justo que los primeros honores de su corte sean para las Vírgenes que le
dedicaron todo su corazón, también se complace en colmar de felicidad a los
demás corazones, deseosos de agradarle.
VIDA. —Nació Santa
Batilde en Inglaterra. La vendieron unos piratas en 641 al cortesano
Erquinoaldo, cuya mano rehusó ella. Pronto, no obstante eso, tuvo que contraer
matrimonio con Clodoveo II. A la muerte del rey, ocurrida en 657 fue encargada
de la tutela de los príncipes Clotario, Childerico y Teodorico hijos suyos. Le
ayudaron con sus consejos, en su regencia, San Crodberto y San Uano. Suprimió
las ordenaciones simoníacas, la esclavitud y venta de los cristianos, animó a
los Obispos y a los Abades a restablecer la disciplina en los monasterios, y
construyó las abadías de Corvey y Chelles. Por fin, dejando en el gobierno a su
hijo Clotario, el año 673, se hizo simple religiosa en Chelles, en donde murió
en 680. Sus reliquias se guardan hoy en la iglesia parroquial de Chelles.
Sede Vacante desde 1958
