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viernes, 18 de diciembre de 2020

EXPECTACIÓN DEL PARTO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

 

Nuestra Señora de la Expectación

Esperar al Señor que ha de venir es el tema principal del santo tiempo de Adviento que precede a la gran fiesta de Navidad. La liturgia de este período está llena de deseos de la venida del Salvador y recoge los sentimientos de expectación, que empezaron en el momento mismo de la caída de nuestros primeros padres. En aquella ocasión Dios anunció la venida de un Salvador. La humanidad estuvo desde entonces pendiente de esta promesa y adquiere este tema tal importancia que la concreción religiosa del pueblo de Israel se reduce en uno de sus puntos principales a esta espera del Señor. Esperaban los patriarcas, los profetas, los reyes y los justos, todas las almas buenas del Antiguo Testamento. De este ambiente de expectación toma la Iglesia las expresiones anhelantes, vivas y adecuadas para la preparación del misterio de la “nueva Natividad” del salvador Jesús.
  
En el punto culminante de esta expectación se halla la Santísima Virgen María. Todas aquellas esperanzas culminan en Ella, la que fue elegida entre todas las mujeres para formar en su seno el verdadero Hijo de Dios.
  
Sobre Ella se ciernen los vaticinios antiguos, en concreto los de Isaías; Ella es la que, como nadie, prepara los caminos del Señor.
  
Invócala sin cesar la Iglesia en el devotísimo tiempo de Adviento, auténtico mes de María, ya que por Ella hemos de recibir a Cristo.
 
Con una profunda y delicada visión de estas verdades y del ambiente del susodicho período litúrgico, los padres del décimo concilio de Toledo (656) instituyeron la fiesta que se llamó muy pronto de la Expectación del Parto, y que debía celebrarse ocho días antes de la solemnidad natalicia de nuestro Redentor, o sea el 18 de diciembre.
  
La razón de su institución la dan los padres del concilio: no todos los años se puede celebrar con el esplendor conveniente la Anunciación de la Santísima Virgen, al coincidir con el tiempo de Cuaresma o la solemnidad pascual, en cuyos días no siempre tienen cabida las fiestas de santos ni es conveniente celebrar un misterio que dice relación con el comienzo de nuestra salvación. Por esto, “Speciáli constitutióne sáncitur, ut ante octávum diem, quo natus est Dóminus, Genitrícis quóque ejus dies habeátur celebérrimus, et præclárus” (Se establece por especial decreto que el día octavo antes de la Natividad del Señor se tenga dicho día como celebérrimo y preclaro en honor de su santísima Madre).
  
En este decreto se alude a la celebración de tal fiesta en “muchas otras Iglesias lejanas” y se ordena que se retenga esta costumbre; aunque, para conformarse con la Iglesia romana, se celebrará también la fiesta del 25 de marzo. De hecho, fue en España una de las fiestas más solemnes, y consta que de Toledo pasó a muchas otras iglesias, tanto de la Península como de fuera de ella. Fue llamada también “día de Santa María”, y, como hoy, de “Nuestra Señora de la O”, por empezar en la víspera de esta fiesta las grandes antífonas de la O en las Vísperas.

Además de los padres que estuvieron presentes en el décimo concilio de Toledo, en especial del entonces obispo de aquella sede, San Eugenio III, intervino en su expansión —y también a él se debe el título concreto de Expectación del Parto— aquel otro gran prelado de la misma sede San Ildefonso, que tanto se distinguió por su amor a la Señora.
 
La fiesta de hoy tenía en los antiguos breviarios y misales su rezo y misa propios. Los textos del oficio, de rito doble mayor, tienen, además de su sabor mariano, el carácter peculiar del tiempo de Adviento, a base de las profecías de Isaías y de otros textos apropiados como los himnos. Nuestro Misal conserva todavía para la presente fecha una misa, toda a base de textos del Adviento. Es un resumen del ardiente suspiro de María, del pueblo de Israel, de la Iglesia y del alma por el Mesías que ha de venir. Sus textos —casi coinciden con la misa del miércoles de las témporas de Adviento, y todavía más con la misa votiva de la Virgen, propia de este período—son de Isaías (introito, epístola y comunión) y del evangelio de la Anunciación. Las oraciones son las propias de la Virgen en el tiempo de Adviento.

Precisamente en la víspera de este día dan comienzo las antífonas mayores de la O, llamadas así, por empezar todas ellas con antífonas mayores del Magnificat: O Sapientia, O Adonai, O Emmanuel..., veni!
 
ROMUALDO Mª DÍAZ CARBONELL OSB.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que quisisteis por el anuncio del Ángel que vuestro Verbo se hiciera carne en el seno de la bienaventurada Virgen María, concedednos os suplicamos, que cuantos la creemos verdaderamente como Madre de Dios, podamos ser socorridos por su intercesión ante Vos. Por el mismo J. C. N. S. Amén.

sábado, 21 de noviembre de 2020

21 de noviembre LA PRESENTACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

 Presentacion de la Virgen en el Templo, Vittore Carpaccio Pinacoteca De Brera, Milan, Italia

Presentacion de la Virgen en el Templo,
Vittore Carpaccio - Pinacoteca De Brera, Milan, Italia

Según la tradición popular, los padres de Nuestra Señora la llevaron al templo a los tres años de edad para que se educase. Así lo afirman varios evangelios apócrifos, como, por ejemplo, el "Protoevangelio de Santiago".

"Y la niña tenía dos años, y Joaquín dijo: 'Llevémosla al Templo del Señor para cumplir nuestra promesa, no sea que el Señor nos rechace a nosotros y a nuestro don.' Y Ana dijo: 'Esperemos a que cumpla tres años para que no eche de menos a su padre y a su madre.' Y Joaquín dijo: 'Esperemos.' Y la niña cumplió tres años... Y ellos subieron al Templo del Señor, y el sacerdote la recibió, la besó y la bendijo, diciendo: 'El Señor ha engrandecido tu nombre en todas las generaciones. En ti manifestará el Señor el último día la redención de los hijos de Israel.' Y el sacerdote la hizo bajar desde el tercer escalón del altar, y el Señor derramó su gracia sobre ella. Y ella danzó con los pies, y toda la casa de Israel la amó. Y sus padres volvieron maravillados, alabando a Dios porque la niña no había vuelto con ellos. Y María se quedó en el Templo como si fuese una paloma que habitaba ahí..."

La liturgia romana no dice en ninguna parte que la fiesta de hoy se refiera a ese incidente. En realidad, no es una fiesta muy antigua, ni siquiera en el oriente, donde tuvo su origen y se la conoce con el nombre de la Entrada de la Santísima Madre de Dios en el Templo. Probablemente, la fiesta conmemoraba originalmente la dedicación de la iglesia de Nueva Santa María de Jerusalén, que tuvo lugar el año 543. En el occidente empezó a celebrarse esporádicamente en el siglo XI en Inglaterra, donde, según dice Edmundo Bishop, "constituía una fiesta litúrgica importante, que se observaba seriamente. El manual de bendiciones de la catedral de Canterbury da testimonio de ello. Ahí encontramos las siguientes palabras en el sitio que les corresponde (es decir, entre el 11 de noviembre, fiesta de San Martín, y el 22 de noviembre, fiesta de Santa Cecilia) : "Benedictio de praesentatione sanctae Mariae". Se trata de una alusión a la fiesta de la Presentación. Dicha fiesta se conmemoró algún tiempo en los libros de Winchester y Canterbury, pero desapareció después. En las últimas décadas del siglo XIV se introdujo en la Iglesia Latina. El mundo ha olvidado "usque ad hodiernam diem" la práctica inglesa, que data de 350 años antes." (Litúrgica Histórica, p. 257).

La fiesta fue imponiéndose poco a poco y fue finalmente extendida a toda la Iglesia de occidente durante el pontificado de Sixto V (1585). Véase Kellner, Heortology, pp. 265-266; Schuster, The Sacramentary, vol. V, pp. 290- 291; Holweck, Calendarium Liturgicum (1925), p. 386; S. Beissel, Verehrung Marías in Deutschland, vol. I, p. 306; vol. II, p. 281. Es curioso que ninguna de estas fuentes mencione el hecho de que la fiesta de la Presentación de la Virgen María se celebraba en Inglaterra desde el siglo XI, en la propia Canterbury: véase la edición del Manual de Bendiciones de Canterbury hecha por la Henry Bradshaw Society (p. 116). A lo que parece la fiesta llegó a ser bastante popular en Inglaterra. En el calendario de unas Horae de Anglia del este (Christ's Coll. Camb., MS. 6, de principios del siglo XIII), se habla de la "Oblado B.M.V."; el mismo título se da a la fiesta en dos libros de Worcester de la misma época: véase The Leofric Collectar, vol. II, p. 599. Que la fiesta se originó en el oriente se deduce del hecho de que los sinaxarios griegos (cuyo texto puede verse en la edición de Delehaye, ce. 243-244) la mencionan también el 21 de noviembre, y dichos sinaxarios datan del siglo X. En el Missale Romanum de 1474 (publicado por la Henry Bradshaw Society, vol. II, pp. 251-253) hay una nota muy interesante, en la que se observa que, aunque la fiesta de la presentación no figura en el calendario ni el texto de la edición de 1474, hay sin embargo una misa de la fiesta, tomada de un misal romano de 1505. Dicha misa incluye una secuencia de lenguaje tan bárbaro, que se puede suponer que San Pío V prefirió suprimir la fiesta antes que permitir que siguiese rezándose ese poema burlesco. Quien desee otras referencias posteriores sobre los orígenes de la fiesta las hallará en la obra de M. J. Kishpaugh, The Feast of the Presentation (1941); E. Campana, María nel culto cattolico, vol. I (1943), pp. 207-214; y N. Chirat, Mélanges (1945), pp. 127-143.

jueves, 31 de octubre de 2019

1 de Noviembre: FIESTA DE TODOS LOS SANTOS



FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Por la fe conquistaron reinos, ejercitaron la justicia, obtuvieron el efecto de las promesas. (Hebreos 11, 33)

Al comienzo del siglo VII, el santo Papa Bonifacio IV fue autorizado, por el emperador Focas, a cambiar el Panteón, erigido en honor de los falsos dioses a quienes los paganos festejaban juntamente, en iglesia que dedicó a la Santísima Virgen y a todos los mártires. Esta ceremonia tuvo lugar el 13 de mayo y su aniversario llegó a ser fiesta fija anual, que el Papa Gregorio IV transfirió al 1 de noviembre y extendió a todo el imperio, el año 835, durante el reinado de Luis el Bueno, convirtiéndola en fiesta de todos los santos.

MEDITACIÓN SOBRE LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

I. La vida de los santos ha estado llena de miserias: han sido perseguidos y atormentados por los enemigos de Jesucristo; Dios les ha enviado aflicciones para probarlos y purificarlos; en fin, ellos mismos se rehusaron a los placeres más inocentes y ejercieron sobre sus cuerpos grandísimas austeridades. ¿Quieres ir tú a donde están ellos? He ahí el camino, sigue sus huellas; estos grandes hombres tenían un cuerpo como el tuyo, pero más valor que tú. No han sido de naturaleza superior a la nuestra, sino de mayor vigilancia; no estuvieron exentos de pecados, pero hicieron penitencia (San Ambrosio).

II. Los santos a pesar de sus pruebas, siempre han estado alegres y contentos en esta vida, porque los consuelos que Dios derramaba en sus almas les quitaban todo sentimiento de los dolores del cuerpo. Míralos en el patíbulo y en los yermos: aquí, derraman lágrimas de consuelo; allí, están llenos de gozo en medio de las torturas. Dios es tan generoso que no quiere esperar la otra vida para recompensarlos, hasta lo hace en este mundo.

III. Si fueron consolados en esta vida, que era el lugar de exilio, de sus combates y sufrimientos, ¡de qué gozo no serán colmados en el cielo, su patria y lugar de su triunfo! Allí poseen todos los bienes que su corazón puede desear, porque poseen a Dios; no son afligidos por incomodidad alguna. Escucha lo que te dicen: “Para llegar al cielo no pienses encontrar un camino más cómodo que el que recorrimos nosotros en pos de Jesucristo. No busques aquí abajo lo que ningún santo ha podido encontrar, lo que Cristo mismo no ha encontrado”.

La imitación de los santos.
Orad por la Iglesia.

ORACIÓN
Omnipotente y eterno Dios, que nos concedéis que honremos en una misma solemnidad los méritos de todos vuestros santos, haced que, asistidos por tan numerosos intercesores, obtengamos cada vez más, según nuestros deseos, la multitud de vuestras gracias.
Por J. C. N. S.


Fuentes: Martirologio Romano (1956), Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. – Tomo IV, Patron Saints Index.

1 de Noviembre: Fiesta de Todos los Santos



1 de Noviembre del Año del Señor.

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


LA FIESTA DE LA IGLESIA TRIUNFANTE. — Vi una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con palmas en sus manos y clamaban con voz poderosa: ¡Salud a nuestro Dios!.

Ha pasado el tiempo; es todo el linaje humano ya redimido el que se presenta ante los ojos del profeta de Patmos. La vida militante y miserable de este mundo tendrá su fin un día. Nuestra raza tanto tiempo perdida reforzará los coros de los espíritus puros que disminuyó antaño la rebelión de Satanás; los ángeles fieles, uniéndose al agradecimiento de los rescatados por el Cordero, exclamarán con nosotros: La acción de gracias, el honor, el poderlo y la fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos.

Y esto será el fin, como dice el Apóstol: el fin de la muerte y del sufrimiento; el fin de la historia y de sus revoluciones, que en lo sucesivo comprenderemos. El antiguo enemigo, arrojado al abismo con sus partidarios, sólo existirá para ser testigo de su eterna derrota. El Hijo del Hombre, libertador del mundo, habrá entregado el mando a Dios, su Padre, término supremo de toda la creación y de toda redención: Dios será todo en todas las cosas.

Mucho antes que San Juan, cantaba Isaías: He visto al Señor sentado sobre un trono elevado y sublime; las franjas de su vestido llenaban el templo y los Serafines clamaban uno a otro: Santo, Santo, Santo el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.

Las franjas del vestido divino significan aquí los elegidos, convertidos en ornamento del Verbo, esplendor del Padre, pues, siendo cabeza de todo el género humano desde el momento en que se desposó con nuestra naturaleza, esta esposa es su gloria, como El es la de Dios. Las virtudes de los santos son el único adorno de nuestra naturaleza; ornato maravilloso que, cuando reciba la última mano, será indicio de que llega el fin de los siglos. Esta fiesta es el anuncio más apremiante de las bodas de la eternidad; cada año celebramos en ella el progreso que en sus preparativos hace la esposa.

CONFIANZA. — ¡Dichosos los invitados a las bodas del Cordero! Y ¡felices también nosotros, que recibimos en el bautismo el vestido nupcial de la santa caridad como un título para el banquete de los cielos! Preparémonos, con nuestra Madre la Iglesia, al destino inefable que nos reserva el amor. A este fin tienden nuestros afanes de este mundo: trabajos, luchas, padecimientos sufridos por amor de Dios realzan con franjas inestimables el vestido de la gracia que hace a los elegidos. ¡Bienaventurados los que lloran!

Lloraban aquellos a quienes el salmista nos presenta abriendo antes que nosotros el surco de su carrera mortal; su alegría triunfante llega ahora hasta nosotros, lanzando como un rayo de gloria anticipada sobre este valle de lágrimas. Sin esperar a la muerte, la solemnidad que hemos comenzado nos da entrada por medio de una santa esperanza en la mansión de la luz, a donde siguieron a Jesús nuestros padres. ¡Qué pruebas no nos parecerán livianas ante el espectáculo de la eterna felicidad en que terminan las espinas de un día! Lágrimas derramadas sobre los sepulcros recién abiertos, ¿cómo es posible que la felicidad de los seres queridos que desaparecieron no mezcle con vuestra tristeza un placer celestial? Escuchemos los cantos de liberación de aquellos cuya separación momentánea nos hace llorar; pequeños o grandes ésta es su fiesta, como pronto lo será nuestra. En esta estación en que abundan las escarchas y las noches son más largas, la naturaleza, deshaciéndose de sus últimas galas, se diría que prepara al mundo para su éxodo hacia la patria eterna.

Cantemos, pues, nosotros también con el salmo: "Me he alegrado de lo que se me ha dicho: iremos a la casa del Señor. Nuestro pies sólo pisan aún en tus atrios, pero vemos que no cesas en tu crecimiento, Jerusalén, ciudad de paz, que te edificas en la concordia y en el amor. La subida hacia ti de las tribus santas se continúa en la alabanza; los tronos tuyos que aún están vacíos, se llenan. Sean todos los bienes, oh Jerusalén, para los que te aman; el poder y la abundancia reinen en tu afortunado recinto. A causa de mis amigos y de mis hermanos que ya son habitantes tuyos, puse en ti mis complacencias; por el Señor nuestro Dios, cuya mansión eres, coloqué en ti todo mi deseo".

HISTORIA DE LA FIESTA. — E n Oriente encontramos los primeros vestigios de una fiesta en honor de los Mártires. San Juan Crisóstomo pronunció una homilía en honra suya en el siglo IV y, en el anterior, celebraba San Gregorio Niseno solemnidades junto a sus sepulcros. En 411, el calendario siríaco nos señala la Conmemoración de los Confesores el sexto día de la semana de Pascua, y en 359, el 13 de mayo, en Edesa, se hace "memoria de los mártires de todo el mundo".

En Occidente, los Sacramentarios de los siglos V y Vi contienen muchas misas en honor de los santos mártires que se celebran sin día fijo. El 13 de mayo de 610, el Papa Bonifacio IV dedicó el templo pagano del Panteón, trasladó a él muchas reliquias y quiso se llamase en lo sucesivo Sancta Maria ad Martyres. El aniversario de esta dedicación continuó festejándose con la intención de honrar en él a todos los mártires en general. Gregorio III consagraría en el siglo siguiente un oratorio "al Salvador, a su santa Madre, a todos los apóstoles, mártires, confesores y demás justos fenecidos en el mundo".

En 835 Gregorio IV, deseando que la fiesta romana del 13 de mayo se extendiese a toda la Iglesia, pidió al emperador Ludovico Pío que promulgase un edicto con ese fin y la fijase en el día primero de noviembre. Pronto tuvo su vigilia y Sixto IV, en el siglo XV, la daba también una Octava para toda la Iglesia.

MISA

"En las calendas de noviembre hay el mismo fervor que en Navidad para asistir al Sacrificio en honor de los Santos", dicen los antiguos documentos relativos a este día. Por general que fuese la fiesta y aun por razón de su universalidad, ¿no era ésta motivo de especial alegría para todos y también un honor para las familias cristianas? Santamente orgullosas de aquellos cuyas virtudes se iban transmitiendo de generación en generación, la gloria que estos antepasados, desconocidos del mundo, tenían en el cielo, las daba a su parecer más nobleza que cualquier honra mundana. Pero la fe viva de aquellos tiempos veía además en esta fiesta una ocasión para reparar las negligencias voluntarias o forzosas que se habían tenido durante el año en el culto de los bienaventurados inscritos en el calendario público.

La antífona del Introito canta el triunfo de los Santos y nos invita a la alegría. ¡Alegría, pues, en la tierra, que sigue dando tan magníficamente su fruto! ¡Alegría entre los Angeles, que ven llenarse los vacíos de sus coros! ¡Alegría, dice el versículo, a todos los bienaventurados, a quienes dirigen sus cantos la tierra y el cielo!

INTROITO

Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar esta fiesta en honor de todos los Santos: de cuya solemnidad se alegran los Ángeles, y alaban juntos al Hijo de Dios. — Salmo: alegraos, justos, en el Señor: a los rectos conviene la alabanza. V. Gloria al Padre.

Los pecadores, los que estamos siempre en el destierro debemos ante todo, en cualquier circunstancia y en todas las fiestas, ser solícitos de la misericordia de Dios. Tengamos hoy una firme esperanza, ya que hoy la piden por nosotros tantos intercesores. Si la oración de un habitante del cielo es poderosa, ¿qué no alcanzará todo el cielo?

COLECTA

Omnipotente y sempiterno Dios, que nos has concedido venerar los méritos de todos tus Santos en una misma festividad: suplicámoste que, multiplicados los intercesores, nos concedas la ansiada abundancia de tu propiciación. Por Nuestro Señor Jesucristo.

EPISTOLA

Lección del Libro del Apocalipsis del Ap. San Juan (Apoc., VH, 2-12).

En aquellos días he aquí que yo, Juan, vi subir del nacimiento del sol a otro Angel, que tenía el sello del Dios vivo: y clamó con gran voz a los cuatro Angeles a quienes se había ordenado dañar a la tierra y al mar, diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que señalemos a los siervos de Dios en sus frentes. Y oí el número de los señalados: ciento cuarenta y cuatro mil señalados de todas las tribus de los hijos de Israel. De la tribu de Judá, doce mil señalados. De la tribu de Rubén, doce mil señalados. De la tribu de Gad, doce mil señalados, De la tribu de Aser, doce mil señalados. De la tribu Neftalí, doce mil señalados. De la tribu de Manasés, doce mil señalados. De la tribu de Simeón, doce mil señalados, De la tribu de Leví, doce mil señalados. De la tribu de Isacar, doce mil señalados. De la tribu de Zabutón, doce mil señalados. De la tribu de José, doce mil señalados. De la tribu de Benjamín, doce mil señalados. Después de éstos, vi una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de todas las gentes y tribus y pueblos y lenguas, que estaban ante el trono y en presencia del Cordero, vestidos con blancas ropas, y con palmas en sus manos: y clamaban con gran voz, diciendo: Salud a nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y al Cordero. Y todos los Angeles estaban en torno del trono y de los ancianos y de los cuatro animales: y cayeron delante del trono sobre sus rostros, y adoraron a Dios, diciendo: Amén. Bendición y claridad y sabiduría y acción de gracias y poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.

LOS DOS EMPADRONAMIENTOS.—El Hombre-Dios, sirviéndose para ello de César Augusto, empadronó al mundo una vez por los días de su primera venida; era conveniente que al principio de la redención se hiciese de modo oficial un recuento del estado del mundo. Ahora ha llegado el tiempo de otro recuento que tiene que hacer constar en el libro de la vida el resultado de las obras ordenadas a la salvación.

San Gregorio se pregunta en una de las homilías de Navidad: "¿Para qué se hace este empadronamiento del mundo cuando nace el Señor, sino para hacernos comprender que venía vestido de la carne el que tenía que empadronar en la eternidad a los elegidos? Pero, al quedar por su culpa muchos fuera del beneficio del primer empadronamiento, que se extendía a todos los hombres por la redención del Salvador, se necesitaba otro definitivo, que separase de la universalidad del precedente a los culpables. Sean borrados del libro de los vivos; su lugar no está entre los justos; así habla el rey profeta y lo recuerda en el mismo lugar el santo papa.

Aunque entregada completamente a la alegría, la Iglesia en este día sólo piensa en los escogidos; y únicamente de ellos se trata en el recuento solemne en el que, según acabamos de ver, irán a parar los anales del linaje humano. De hecho, ante Dios, ellos solos cuentan; los réprobos no son más que el deshecho de un mundo en el que sólo la santidad responde a los designios del Creador, al precio del amor infinito. Aprendamos a adaptar nuestras almas al molde divino que las tiene que hacer conformes a la imagen del Unigénito y sellarnos para el tesoro de Dios. Ninguno que esquive la impronta sagrada, evitará la de la bestia; el día que los Angeles cierren las cuentas eternas, cualquier moneda que no pueda ponerse en el activo divino, irá por sí misma a la hornaza, donde arderán eternamente las escorias.

Vivamos, por consiguiente, en el temor que nos recomienda el Gradual: no el del esclavo que sólo teme el castigo, sino el temor filial que nada teme tanto como desagradar a Aquel de quien nos vienen todos los bienes y que merece por su bondad todo nuestro amor. Sin perder nada de su felicidad, sin menguar su amor, las potestades angélicas y todos los bienaventurados se postran en el cielo con un santo temblor, delante de la augusta y tremenda Majestad.

GRADUAL

Temed al Señor, todos sus Santos: porque nada falta a los que le temen. V. Y a los que busquen al Señor no les faltará ningún bien.

Aleluya, aleluya. V. Venid a mí, todos los que trabajáis y estáis cargados: y yo os aliviaré. Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Mateo (Mt„ V, 1-12).

En aquel tiempo, viendo Jesús a las turbas, subió a un monte y, habiéndose sentado, se acercaron a El sus discípulos, y, abriendo su boca, les enseñó, diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos: porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia: porque ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón: porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos: porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis vosotros, cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren contra vosotros todo mal, mintiendo, por mí: alegraos y gozaos, porque vuestra recompensa será muy grande en los cielos.

LAS BIENAVENTURANZAS. —Hoy está tan cerca la tierra del cielo, que un mismo pensamiento de felicidad llena los corazones. El Amigo, el Esposo, viene a sentarse en medio de los suyos y a hablar de su dicha. Venid, a mi todos cuantos andáis fatigados y agobiados, cantaba hace un momento el versículo del Aleluya, eco feliz de la patria, si bien nos recordaba nuestro destierro. E inmediatamente en el Evangelio se muestra la gracia y la benignidad de nuestro Dios y Salvador. Escuchémosle cómo nos enseña los caminos de la santa esperanza, las delicias dignas, garantía y anticipo de la dicha total de los cielos.

Dios, en el Sinaí, manteniendo al judío a distancia, sólo tenía para él preceptos y amenazas de muerte. ¡De qué modo tan distinto se promulga la ley de amor en la cumbre de esa otra montaña, donde se sentó el Hijo de Dios! Las ocho Bienaventuranzas han ocupado al principio del Nuevo Testamento el lugar que ocupaba, como prólogo del Antiguo, el Decálogo grabado en piedra.

No es que las Bienaventuranzas supriman los mandamientos; pero su justicia superabundante va más allá que todas las prescripciones. Las hizo Jesús de su Corazón para imprimirlas en el corazón de su pueblo y no en la roca. Son todo un retrato del Hijo del Hombre, el resumen de su vida redentora. Mira, pues, y obra conforme al modelo que se te ha puesto delante en el monte.

La pobreza fué ciertamente la primera nota del Dios de Belén; y ¿quién se presentó más manso que el Hijo de María? ¿Quién lloró por causas más nobles en el pesebre donde ya expiaba nuestros pecados y aplacaba a su Padre? Los que tienen hambre de la justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los pacíficos ¿dónde encontrarán, sino en El, el ejemplar incomparable, nunca logrado, siempre imitable? Aun la muerte, que hace de El el augusto capitán de los perseguidos por la justicia es en este mundo la bienaventuranza suprema; en ella se complace la Sabiduría encarnada más que en otra ninguna, de ella habla con insistencia, la describe con pormenores, hasta terminar hoy con ella como en un canto de éxtasis.

La Iglesia no tuvo otro ideal; siguiendo al Esposo, su historia en las diversas épocas no fué más que el eco prolongado de las Bienaventuranzas. Entendámoslo también nosotros; para la felicidad de nuestra vida en la tierra esperando la del cielo, sigamos al Señor y a la Iglesia.

Las Bienaventuranzas evangélicas logran que el hombre supere los tormentos y hasta la misma muerte, que no quita la paz a los justos, antes la consuma. Esto precisamente es lo que canta el Ofertorio, sacado del libro de la Sabiduría.

OFERTORIO

Las almas de los justos están en la mano de Dios, y no los tocará el tormento de la malicia: a los ojos de los necios pareció que morían: pero ellos están en la paz, aleluya.

El Sacrificio al que tenemos la dicha de asistir, dice la Secreta que da gloria a Dios, honra a los Santos y nos granjea a nosotros el favor divino.

SECRETA

Ofrecérnoste, Señor, estos dones de nuestra devoción: los cuales te sean gratos a ti en honor de todos los Justos y, por tu misericordia, sean saludables a nosotros. Por Nuestro Señor Jesucristo.

La Antífona de la Comunión es un eco de la lección evangélica, pero, no pudiendo enumerar otra vez la serie completa de las Bienaventuranzas, recuerda las tres últimas y justamente relaciona a todas con el Sacramento divino de que se nutren.

COMUNION

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios: bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios: bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

La Iglesia pide en la Poscomunión que esta fiesta de todos los Santos tenga por resultado hacer que sus hjjos los honren asiduamente, para beneficiarse también siempre de su poder cerca de Dios.

POSCOMUNION

Suplicárnoste, Señor, concedas a tus pueblos fieles la gracia de alegrarse siempre con la veneración de todos los Santos: y la de ser protegidos con su perpetua intercesión. Por Nuestro Señor Jesucristo.

LA TARDE, LAS VISPERAS DE LOS DIFUNTOS

De la última Antífona, que cierra la solemnidad de los Santos, se desprende un sentimiento de inefable dulzura y de deseo resignado. Pero el día no ha terminado aún para la Iglesia. Casi no ha despedido a sus hijos gloriosos, que con túnicas blancas van desapareciendo en pos del Cordero y ya la multitud innumerable de las almas pacientes la rodea en las puertas de la gloria; sólo piensa en cederles su voz y su corazón. El aderezo resplandeciente que la recordaba el blanco vestido de los bienaventurados, se ha trocado en los colores de luto; han desaparecido sus ornamentos y las flores de sus altares; el órgano guarda silencio; el toque de las campanas parece lamento de los muertos. A las Vísperas de todos los Santos suceden sin transición las Vísperas de los Difuntos. No hay elocuencia ni ciencia que puedan alcanzar la profundidad de doctrina y la fuerza de súplica que predominan en el oficio de los Difuntos. Sólo la Iglesia conoce en este punto los secretos de la otra vida, los caminos del Corazón de Cristo; sólo la Madre posee ese tino que la permite aliviar la purificación dolorosa de los que han salido ya de este mundo y consolar a la vez a los huérfanos, a los desamparados, a los que dejaron en la tierra envueltos en lágrimas.

PRIMER SALMO. — DILEXI: el primer canto del purgatorio es un canto de amor, como el último del cielo en esta fiesta memorable ha sido el CREDIDI, salmo que recordaba la fe y las pruebas por que pasaron los elegidos. Vínculo común del alma paciente y del alma triunfante, la caridad es para las dos su dignidad y su inamisible tesoro; pero, como la visión que sigue a la fe no deja en la una más que un gozarse en el amor, así este mismo amor se convierte para la otra, en la sombra donde la retienen sus faltas no expiadas todavía, en una fuente inefable de tormentos. Con todo, ya se acabaron las angustias de este mundo, los peligros del infierno; confirmada en gracia, el alma ya no vuelve a pecar; no tiene más que agradecimiento para la misericordia divina que la ha salvado y para la justicia que la purifica y hace digna de Dios. Y; es tal su estado de aquiescencia absoluta, de esperanza resignada, que la Iglesia le llama: "un sueño de paz".

¡Llegar un día a agradar a Dios sin restricción! Separada ya del cuerpo que la distraía y la entorpecía con mil cuidados inútiles, el alma queda absorta en esta única aspiración; a satisfacerla, tienden todas sus energías, todos los tormentos por los cuales da gracias al cielo, que la ayuda en su flaqueza. ¡Bendito crisol en que se consumen las reliquias del pecado y de modo tan completo se paga toda la deuda! Borradas ya totalmente las antiguas manchas, de sus llamas bienhechoras volará el alma al Esposo, considerándose verdaderamente feliz y segura de que las complacencias del Amado no encontrarán en ella obstáculo alguno.

SEGUNDO SALMO. — Mas su destierro se prolonga harto dolorosamente. Si por la caridad está en comunión con los habitantes del cielo, el fuego que la castiga no difiere en su materialidad del de los infiernos. Su morada está junto a la de los malditos; tiene que aguantar la vecindad el infierno, de los adversarios de toda paz, de los demonios que la persiguieron en su vida mortal con asaltos y asechanzas y que en el tribunal de Dios seguían acusándola con bocas mentirosas. "De la puerta del infierno, líbrala", va a suplicar pronto la Iglesia.

TERCER SALMO.—El alma, con todo, no desfallece; levantando sus ojos a los montes, sabe que puede contar con el Señor, que no la han desamparado ni el cielo, que la espera, ni la Iglesia, de quien es hija. Por muy cerca que se encuentre de la región de los llantos eternos, no es inaccesible a los Angeles el purgatorio, donde la justicia y la paz se dan el abrazo. A las comunicaciones divinas con que estos mensajeros augustos la llevan un alivio, se junta el eco de la oración de los bienaventurados, de los sufragios de la tierra. El alma está sumamente segura de que el único mal que merece ese nombre, el pecado, no puede hacerla ya daño ninguno.

SALMO CUARTO. — El uso del pueblo cristiano ha hecho del salmo 129 una oración especial por los difuntos; es un grito de angustia, pero también de esperanza. La aflicción de las almas en la mansión de la expiación es a propósito para conmover nuestros corazones. Sin estar en el cielo ni pertenecer a la tierra, perdieron los privilegios que por disposición divina compensan en nosotros los peligros del viaje en este mundo de prueba. Por perfectos que sean todos sus actos de amor, de esperanza y de fe resignada, no pueden merecer ya; y son esas almas tan aceptas a Dios, que sus indecibles tormentos nos merecerían a nosotros la recompensa de millares de mártires; en cambio, tratándose de la eternidad, nada ponen en el activo de esas almas; sólo valen para dejar arreglada una cuenta examinada en otro tiempo por sentencia del Juez.

Ni pueden merecer, ni tampoco pueden satisfacer, como nosotros, a la justicia por actos equivalentes aceptados de Dios. Su impotencia para valerse por sí mismas es más radical aún; que la del paralítico de Betsaida; la piscina de salvación, con el augusto sacrificio, los Sacramentos y el uso de las llaves que se confiaron a la Iglesia, es algo que pertenece a este mundo.; La Iglesia, pues, no tiene ya jurisdicción sobre ellas, las ama, en cambio, con la misma ternura de Madre, y se sirve, en favor de ellas, de su poder de intercesión cerca del Esposo, poder, que es siempre grande. La Iglesia hace suya la oración del Esposo; y, abriendo el tesoro recibido de la copiosa redención del Señor, ofrece al Señor, que lo formó para ella, con el fin de obtener la liberación de esas almas o el alivio de sus penas; y así sucede que, sin lesionar otros derechos, la misericordia penetra y se desborda en los abismos en que sólo reinaba la inexorable justicia.

SALMO QUINTO. — Te alabaré porque me has escuchado. La Iglesia nunca ruega en vano. El último salmo canta su agradecimiento y el de las almas que habrán salido de los abismos o se han acercado a los cielos por el oficio que va a terminar. Gracias a él más de una, que esta mañana permanecía aún cautiva, hace su entrada en la luz al crepúsculo de esta fiesta de todos los Santos, cuya gloria y alegría se aumenta de ese modo en el último momento. Sigamos con el corazón y el pensamiento a las nuevas elegidas, las cuales, sonriéndonos y dándonos gracias a nosotros, hermanos suyos o hijos, se levantan radiantes de la región de las sombras y cantan: Señor, te glorificaré en presencia de los Angeles; te adoraré, pues, en tu santo templo. No, el Señor no desprecia las obras de sus manos.

EL MAGNÍFICAT.—Y así como toda gracia de Cristo nos viene en esta vida por María, así también por medio de ella se obra, después de esta vida mortal, toda liberación y se consigue cualquier beneficio. En cualquier parte a donde llegue la redención del Hijo, allí ejerce su imperio la Madre. Por eso, las visiones de los Santos nos la presentan como verdadera Reina del purgatorio, ya se haga representar en él benignamente por los Angeles de su corte, ya, penetrando en aquellas sombrías bóvedas como aurora del día eterno, se digne derramar con abundancia el rocío matutino. ¿Faltará por ventura alguna vez, dice el Espíritu Santo, la nieve del Líbano a la piedra del desierto? Y ¿quién podrá impedir a las aguas frescas caminar al valle? Comprendamos, pues, el cántico del Magníficat en el oficio de Difuntos: es el homenaje de las almas que llegan a los cielos; y es también la dulce esperanza de las que aún permanecen en la mansión de la expiación.

CONCLUSIÓN. — Día grande y bello es en verdad este día. La tierra, colocada entre el purgatorio y el cielo, los ha aproximado a los dos. El augusto misterio de la comunión de los Santos se muestra en toda su amplitud. La inmensa familia de los hijos de Dios se nos ofrece a la vista, una por el amor y distinta en sus tres estados de felicidad, de prueba y de expiación purificadora; la expiación y la prueba durarán sólo algún tiempo; la felicidad no tendrá fln. Es el digno coronamiento de las enseñanzas de la liturgia. Irá creciendo la luz cada día de la octava. Pero en este momento todas las almas se recogen en el culto de sus seres más queridos, de sus recuerdos más nobles. Al dejar la casa de Dios, tengamos piadosamente nuestro pensamiento en el que a ello tiene derecho. Es la fiesta de nuestros carísimos difuntos. Escuchemos atentamente su voz, que de campanario en campanario, a través del mundo cristiano, resuena tan dulce y tan suplicante desde las primeras horas de esta noche de noviembre. Esta tarde o mañana debemos visitar la tumba donde descansan en paz sus restos mortales. Roguemos por ellos y también pidámosles por nosotros; no temamos hablarles continuamente de los intereses que les fueron queridos en la presencia de Dios. Porque Dios los ama y por una especie de satisfacción concedida a su bondad, los escucha mucho más cuando piden para otros, ya que su justicia los mantiene en un estado de la más absoluta impotencia de lo que a ellos se refiere.


Fuente: Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

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