jueves, 26 de noviembre de 2020

26 de noviembre SAN SILVESTRE GOZZOLINI, ABAD, FUNDADOR DE LOS BENEDICTINOS SILVESTRINOS

 



(1267 p.c.) San Silvestre, que nació en Osimo en 1177, pertenecía a la noble familia de los Gozzolini. Estudió leyes en Bolonia y Padua, pero pronto abandonó los estudios jurídicos para dedicarse a la teología y la Sagrada Escritura. Su padre se disgustó a tal extremo que, según se dice, no le dirigió la palabra en diez años. Silvestre fue nombrado canónigo en Osimo. Ahí trabajó, hasta que su celo le indispuso con su obispo. En efecto, el prelado llevaba una vida muy poco edificante y San Silvestre se lo echó en cara, con el debido respeto pero firmemente. El obispo, encolerizado, le amenazó con privarle de su beneficio. Seguramente que ello no afectó mucho al santo, pues desde hacía tiempo se sentía muy inclinado a la vida contemplativa. Tal inclinación se convirtió en un imperativo cuando Silvestre vio el cadáver putrefacto de un hombre que había sido famoso por su apostura física. En 1227, a los cincuenta años de edad, San Silvestre renunció a su pingüe beneficio y se retiró a un sitio solitario, a unos cincuenta kilómetros de Osimo. Ahí vivió en gran pobreza e incomodidad, hasta que el señor del lugar le ofreció una ermita mejor. Pero el sitio era demasiado húmedo, de suerte que San Silvestre se trasladó a Grotta Fucile, donde se dedicó a la penitencia. En 1231, determinó establecer un monasterio con los discípulos que ya tenía. Así pues, sobre las ruinas de un antiguo templo pagano, construyó un monasterio en Monte Fano, cerca de Fabriano.

San Silvestre dio a sus monjes la regla de San Benito en toda su austeridad. Debido a su rigorismo en ciertos puntos, particularmente en materia de pobreza y también debido a la forma de su organización, la rama fundada por San Silvestre estuvo siempre separada de las otras ramas benedictinas. San Silvestre murió a los noventa años, luego de gobernar durante treinta y seis a su congregación con gran prudencia. A su muerte, once monasterios, nuevos o reformados, formaban parte de la congregación. En el sepulcro del santo se obraron muchos milagros. En 1275, sus reliquias fueron depositadas en la iglesia abacial de Monte Fano, donde se conservan todavía. En 1598, Clemente VIII incluyó el nombre de Silvestre Gozzolini en el Martirologio Romano. León XIII extendió su fiesta a toda la Iglesia de occidente. La congregación de los silvestrinos es actualmente muy poco numerosa. Sus miembros visten un hábito azul oscuro.

Andrés de Giacomo de Fabriano escribió la biografía del santo entre 1275 y 1280, es decir, unos diez años después de su muerte. Se trata de una obra completa y fidedigna. El texto latino fue publicado, por primera vez, por C. S. Franceschini, en Vita di S. Silveslro Abate (1772). Amadeo Bolzonetti lo aprovechó mucho para su obra, II Monte Fano e un grande anacoreta: Ricordi storici (1906), en la que estudia detalladamente la historia del culto del santo.

26 de noviembre SAN SILVESTRE ABAD,

 



EL FUNDADOR. — Ocurre con frecuencia que Dios lleva el mundo a los que huyen de él; tenemos hoy un ejemplo, entre otros muchos, en Silvestre Gozzolini. Se diría que ha llegado el momento en que maravillada la tierra de la santidad y de la elocuencia de las Ordenes nuevas del siglo XIII, olvida a los monjes y el camino del desierto; pero Dios, que no olvida, conduce silenciosamente a su elegido a la soledad, y otra vez la soledad se estremece y florece como el lirio. La austeridad de los antiguos tiempos, el fervor de las oraciones prolongadas revive de nuevo en Monte Fano y se propagan a otros sesenta monasterios; una nueva familia religiosa, la de los Silvestrinos, conocidos por el hábito azul que los distingue de sus hermanos mayores, hace siete siglos que aclama a San Benito, el Patriarca de Casino, como legislador y como padre suyo.

EL PENSAMIENTO DE LA MUERTE. — Se cuenta que la ocasión de su vocación fue el espectáculo horrible del cadáver de un hombre poco antes muy señalado por su belleza. Silvestre se dijo: "Yo soy lo que éste fue; lo que éste es, seré yo", y recordó la palabra del Señor: "Si alguno quiere venir en pos de mí, se renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga". Entonces lo dejó todo y se retiró a la soledad.

Al principio de este mes traía a nuestra memoria la Iglesia el pensamiento de la muerte. Nos inducía a rogar especialmente en este período por las almas del purgatorio. En la fiesta de hoy, todavía desea que pensemos en nuestras postrimerías. No debemos olvidar el juicio de Dios: Hacia Dios caminamos; Él es "el que viene"; Él es hacia quien debemos tender. Tenemos que desprendernos poco a poco y por su amor de los atractivos de la vida presente y pedirle que no vacile en romper la tela de nuestra vida cuando haya llegado su hora. La muerte es la señal del pecado; y es también su castigo. A pesar de todo, nada tiene de espantosa desde que el Señor gustó de esa bebida amarga y nos libró del terror que infundía a los antiguos. Y si la consideramos como el encuentro definitivo con el que hemos buscado y amado tanto tiempo con la fe, nada nos debe asustar. Ella será para nosotros la verdadera unión, el verdadero comienzo de todas las cosas.

En este día, pidamos a San Silvestre que nos alcance la gracia de bien morir, enseñándonos a vivir como él en este austero pero consolador pensamiento y a seguir al Señor renunciando a todo lo que vaya contra su santa voluntad.

VIDA. — El gran anacoreta cuya memoria está ligada a Monte Fano, cerca de Fabriano, en las Marcas, es San Silvestre Gozzolini, fundador de la Congregación Benedictina que tomó su nombre. Nació en Osimo en 1177 e hizo sus estudios de derecho y de teología en Bolonia. Su obispo le procuró un canonicato, pero no tardó en dar el adiós a las dignidades que le esperaban, retirándose a las soledades cubiertas de bosques que rodeaban a su ciudad natal, y desde ese momento ya no pensó más que en levantar el ideal de la vida monástica, harto decaído por cierto. En 1231 logró construir en Monte Fano con la ayuda de algunos discípulos, un pequeño monasterio dedicado a la Reina del cielo y a San Benito. Así empezó la rama benedictina de Monte Fano. Inocencio IV la aprobó por medio de la bula del 27 de junio de 1247. Al morir el fundador, el 27 de noviembre de 1267, la Congregación de los Silvestrinos contaba 433 miembros y 12 monasterios. Clemente VIII insertó su nombre en el Martirologio en 1598 y León XIII extendió su Oficio y su Misa a la Iglesia universal, el 19 de agosto de 18901.

NO HAY MÁS QUE VANIDAD. — Cuán vanas son nobleza y belleza: la muerte, al hacértelo ver, abrió ante ti los senderos de la vida. La frivolidad de un mundo que tan mal uso hace del espejismo de los placeres falaces, no podía comprender al Evangelio, que difiere la felicidad para la vida futura, y hace consistir el camino que a ella nos lleva, en el renunciamiento, en la humillación, en la cruz. Con la Iglesia pedimos a Dios clementísimo que en atención a tus méritos tenga a bien concedernos el despreciar como tú las felicidades terrenas que tan pronto se disipan, para saborear un día contigo la eterna y verdadera dicha. Dígnate favorecer con tu ruego nuestras súplicas. Esperamos que el que te ha llevado a la gloria, bendiga y multiplique a tus hijos y favorezca juntamente con ellos a todo el Orden monástico.


miércoles, 25 de noviembre de 2020

25 de noviembre SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA, VIRGEN Y MÁRTIR

 Guido Renni, S. Catalina de Alejandría, s. XVII

Guido Renni, S. Catalina de Alejandría, s. XVII

Desde el siglo X o aun antes, se venera mucho en el oriente a Santa Catalina de Alejandría (~290 – 25 de noviembre de 303). Sin embargo, desde la época de las Cruzadas hasta el siglo XVIII, la santa fue todavía más popular en occidente. En efecto, se le dedicaron numerosas iglesias y se celebraba su fiesta con gran solemnidad; se la incluyó en el número de los Catorce Santos Protectores y se la veneró como patrona de las estudiantes, de los filósofos, de los predicadores, de los apologistas, de los molineros, etc. Adán de San Víctor escribió un poema en su honor. Su voz fue una de las que oyó Santa Juana de Arco. Bossuet le dedicó uno de sus más célebres panegíricos.

Según las actas respectivas, pertenecía a una noble familia de Alejandría. En el curso de sus profundos estudios, Catalina conoció el cristianismo y se convirtió a él gracias a una aparición de la Virgen y el Niño Jesús. Cuando estalló la persecución de Majencio, Catalina, que sólo tenía dieciocho años y era extraordinariamente bella, se presentó ante él y le echó en cara su tiranía. Majencio, no pudo contestar a sus argumentos contra los dioses y reunió a cincuenta filósofos para que los rebatiesen. Los filósofos se convirtieron a la fe, vencidos por la sabiduría de Catalina y fueron condenados por el emperador a perecer en la hoguera. Alban Butler comenta sobre este episodio: "El sexo femenino no es menos apto que el masculino para las ciencias sublimes, ni se distingue menos por la vivacidad de su genio." Todavía en la actualidad se considera a Santa Catalina como patrona de los filósofos cristianos, por razón de su erudición.

En seguida, Majencio trató de convencer a la santa con halagos y le ofreció casarla con un príncipe. Catalina se rehusó indignada, por lo cual fue golpeada y encarcelada. Majencio partió a inspeccionar un campo militar. A su regreso, se enteró de que su esposa y un cortesano habían ido, por curiosidad, a visitar a Catalina y se habían convertido, junto con 200 soldados de la guardia. El emperador los mandó matar, y condenó a Catalina a morir en una rueda erizada de puntas afiladas, (de ahí procede el nombre de la "rueda de Santa Catalina"). Pero, no bien pusieron los guardias a Catalina sobre la rueda, se desataron milagrosamente sus ataduras, la rueda se rompió, y las puntas de hierro volaron por el aire y mataron a muchos de los presentes. Entonces la santa fue decapitada: de su cuello brotó un líquido blanco como la leche. 

Todos los textos de las actas afirman que los ángeles trasladaron su cuerpo al Sinaí, donde más tarde se construyó una iglesia y un monasterio. El año 527, el emperador Justiniano construyó un monasterio fortificado para los ermitaños del Sinaí. Según se dice, allá fueron trasladadas las reliquias de Santa Catalina en el siglo VIII o en el IX. Actualmente, el gran monasterio del Sinaí, tan famoso en una época, no es más que una sombra de lo que fue, pero todavía conserva las reliquias de Santa Catalina, bajo el cuidado de los monjes de la iglesia ortodoxa de oriente.


martes, 24 de noviembre de 2020

24 de noviembre SAN JUAN DE LA CRUZ, DOCTOR DE LA IGLESIA

 SAN JUAN DE LA CRUZ, DOCTOR DE LA IGLESIA - Vidas de los Santos de A. Butler

(1591 P.C.) Gonzalo de Yepes pertenecía a una buena familia de Toledo, pero como se casó con una joven de clase inferior, fue desheredado por sus padres y tuvo que ganarse la vida como tejedor de seda. A la muerte de Gonzalo, su esposa, Catalina Alvarez, quedó en la miseria y con tres hijos. Juan, que era el menor, nació en Fontiveros, en Castilla la vieja, en 1542. Asistió a una escuela de niños pobres en Medina del Campo y empezó a aprender el oficio de tejedor, pero como no tenía aptitudes, entró más tarde a trabajar como criado del director del hospital de Medina del Campo. Así pasó siete años. Al mismo tiempo que continuaba sus estudios en el colegio de los jesuítas, practicaba rudas mortificaciones corporales. A los veintiún años, tomó el hábito en el convento de los carmelitas de Medina del Campo. Su nombre de religión era Juan de San Matías. Después de hacer la profesión, pidió y obtuvo permiso para observar la regla original del Carmelo, sin hacer uso de las mitigaciones que varios Pontífices habían aprobado y eran entonces cosa común en todos los conventos. San Juan hubiese querido ser hermano lego, pero sus superiores no se lo permitieron. Tras haber hecho con éxito sus estudios de teología, fue ordenado sacerdote en 1567. Las gracias que recibió con el sacerdocio le encendieron en deseos de mayor retiro, de suerte que llegó a pensar en ingresar en la Cartuja.

Santa Teresa fundaba por entonces los conventos de la rama reformada de las carmelitas. Cuando oyó hablar del hermano Juan, en Medina del Campo, la santa se entrevistó con él, quedó admirada de su espíritu religioso y le dijo que Dios le llamaba a santificarse en la orden de Nuestra Señora del Carmen. También le refirió que el prior general le había dado permiso de fundar dos conventos reformados para hombres y que él debía ser su primer instrumento en esa gran empresa. Poco después, se llevó a cabo la fundación del primer convento de carmelitas descalzos, en una ruinosa casa de Duruelo. San Juan entró en aquel nuevo Belén con perfecto espíritu de sacrificio. Unos dos meses después, se le unieron otros dos frailes. Los tres renovaron la profesión el domingo de Adviento de 1568, y nuestro santo tomó el nombre de Juan de la Cruz. Fue una elección profética. Poco a poco se extendió la fama de ese oscuro convento, de suerte que Santa Teresa pudo fundar al poco tiempo otro en Pastrana y un tercero en Mancera, a donde trasladó a los frailes de Duruelo.

En 1570, se inauguró el convento de Alcalá, que era a la vez colegio de la Universidad; San Juan fue nombrado rector. Con su ejemplo, supo inspirar a sus religiosos el espíritu de soledad, humildad y mortificación. Pero Dios, que quería purificar su corazón de toda debilidad y apego humanos, le sometió a las más severas pruebas interiores y exteriores. Después de haber gozado de las delicias de la contemplación, San Juan se vio privado de toda devoción sensible. A ese período de sequedad espiritual se añadieron la turbación, los escrúpulos y la repugnancia por los ejercicios espirituales. En tanto que el demonio le atacaba con violentas tentaciones, los hombres le perseguían con calumnias. La prueba más terrible fue sin duda la de los escrúpulos y desolación interior, que el santo describe en "La Noche Oscura del Alma". A esto siguió un período todavía más penoso de oscuridad, sufrimiento espiritual y tentaciones, de suerte que San Juan se sentía como abandonado por Dios. Pero la inundación de luz y amor divinos que sucedió a esta prueba, fue el mejor premio de la paciencia con que la había soportado el siervo de Dios. En cierta ocasión, una mujer muy atractiva tentó descaradamente a San Juan. En vez de emplear el tizón ardiente, como lo había hecho Santo Tomás de Aquino en una ocasión semejante, Juan se valió de palabras suaves para hacer comprender, a la pecadora su triste estado. El mismo método empleó en otra ocasión, aunque en circunstancias diferentes, para hacer entrar en razón a una dama de temperamento tan violento, que el pueblo le había dado el apodo de "Roberto el diablo". En 1571, Santa Teresa asumió por obediencia el oficio de superiora en el convento no reformado de la Encarnación de Avila y llamó a su lado a San Juan de la Cruz para que fuese su director espiritual y su confesor. La santa escribió a su hermana: "Está obrando maravillas aquí. El pueblo le tiene por santo. En mi opinión, lo es y lo ha sido siempre." Tanto los religiosos como los laicos buscaban a San Juan, y Dios confirmó su ministerio con milagros evidentes. Entre tanto, surgían graves dificultades entre los carmelitas descalzos y los mitigados. Aunque el superior general había autorizado a Santa Teresa a emprender la reforma, los frailes antiguos la consideraban como una rebelión contra la orden. Finalmente, en 1577, el provincial de Castilla mandó a San Juan que retornase al convento de Medina del Campo. El santo se negó a ello, alegando que había sido destinado a Avila por el nuncio del Papa. Entonces el provincial envió un grupo de hombres armados, que irrumpieron en el convento de Avila y se llevaron a San Juan por la fuerza. Sabiendo que el pueblo de Avila profesaba gran veneración al santo, le trasladaron a Toledo. Como Juan se rehusase a abandonar la reforma, le encerraron en una estrecha y oscura celda y le maltrataron increíblemente. Ello demuestra cuan poco había penetrado el espíritu de Jesucristo en aquellos que profesaban seguirlo.

La celda de San Juan tenía unos tres metros de largo por dos de ancho. La única ventana era tan pequeña y estaba tan alta, que el santo, para leer el oficio, tenía que ponerse de pie sobre un banquillo. Por orden de Jerónimo Tostado, vicario general de los carmelitas de España y consultor de la Inquisición, se le golpeó tan brutalmente, que conservó las cicatrices hasta la muerte. Lo que sufrió entonces San Juan coincide exactamente con las penas que describe Santa Teresa en la "Sexta Morada": insultos, calumnias, dolores físicos, angustia espiritual y tentaciones de ceder. Más tarde dijo: "No os extrañe que ame yo mucho el sufrimiento. Dios me dio una idea de su gran valor cuando estuve preso en Toledo". Los primeros poemas de San Juan que son como una voz que clama en el desierto, reflejan su estado de ánimo:

"¿En dónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido ?
Como el ciervo huíste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

El prior Maldonado penetró la víspera de la Asunción en aquella celda que despedía un olor pestilente bajo el tórrido calor del verano y dio un puntapié al santo, que se hallaba recostado, para anunciarle su visita. San Juan le pidió perdón, pues la debilidad le había impedido levantarse en cuanto lo vio entrar.

—"Parecíais absorto. ¿En qué pensabais?", le dijo Maldonado.

—'"Pensaba yo en que mañana es fiesta de Nuestra Señora y sería una gran felicidad poder celebrar la misa", replicó Juan.

—"No lo haréis mientras yo sea superior", repuso Maldonado.

En la noche del día de la Asunción, la Santísima Virgen se apareció a su afligido siervo, y le dijo: "Sé paciente, hijo mío; pronto terminará esta prueba." Algunos días más tarde se le apareció de nuevo y le mostró, en visión, una ventana que daba sobre el Tajo: "Por ahí saldrás y yo te ayudaré." En efecto, a los nueve meses de prisión, se concedió al santo la gracia de hacer unos minutos de ejercicio. Juan recorrió el edificio en busca de la ventana que había visto. En cuanto la hubo reconocido, volvió a su celda. Para entonces ya había comenzado a aflojar las bisagras de la puerta. Esa misma noche consiguió abrir la puerta y se descolgó por una cuerda que había fabricado con sábanas y vestidos. Los dos frailes que dormían cerca de la ventana no le vieron. Como la cuerda era demasiado corta, San Juan tuvo que dejarse caer a lo largo de la muralla hasta la orilla del río, aunque felizmente no se hizo daño. Inmediatamente, siguió a un perro que se metió en un patio. En esa forma consiguió escapar. Dadas las circunstancias, su fuga fue casi un milagro.

El santo se dirigió primero al convento reformado de Beas de Segura y después pasó a la ermita cercana de Monte Calvario. En 1579, fue nombrado superior del colegio de Baeza y, en 1581, fue elegido superior de Los Mártires, en las cercanías de Granada. Aunque era el fundador y jefe espiritual de los carmelitas descalzos, en esa época participó poco en las negociaciones y sucesos que culminaron con el establecimiento de la provincia separada de Los Descalzos, en 1580. En cambio, se consagró a escribir las obras que han hecho de él un doctor de teología mística en la Iglesia. La doctrina de San Juan es plenamente fiel a la tradición antigua: el fin del hombre en la tierra es alcanzar la perfección de la caridad y elevarse a la dignidad de hijo de Dios por el amor; la contemplación no es por sí misma un fin, sino que debe conducir al amor y a la unión con Dios por el amor y, en último término, debe llevar a la experiencia de esa unión a la que todo está ordenado. "No hay trabajo mejor ni más necesario que el amor", dice el santo. "Hemos sido hechos para el amor." "El único instrumento del que Dios se sirve es el amor." "Así como el Padre y el Hijo están unidos por el amor, así el amor es el lazo de unión del alma con Dios." El amor lleva a las alturas de la contemplación, pero como el amor es producto de la fe, que es el único puente que puede salvar el abismo que separa a nuestra inteligencia de la infinitud de Dios, la fe ardiente y vivida es el principio de la experiencia mística. San Juan no se cansó nunca de inculcar esa doctrina tradicional con su estilo maravilloso y sus ardientes palabras. Sin embargo, el santo era hijo de su tiempo, como lo muestra un dibujo que hizo como proyecto para una "crucifixión", y que se conserva en el convento de Avila. En algunos casos las mortificaciones que practicaba rayaban en la exageración. Por ejemplo, sólo dormía unas dos o tres horas y pasaba el resto de la noche orando ante el Santísimo Sacramento. Solía pedir a Dios tres cosas: que no dejase pasar un solo día de su vida sin enviarle sufrimientos, que no le dejase morir en el cargo de superior y que le permitiese morir en la humillación y el desprecio. Con su confianza en Dios (llamaba a la divina Providencia el patrimonio de los pobres), obtuvo milagrosamente en algunos casos provisiones para sus monasterios. Con frecuencia estaba tan absorto en Dios, que debía hacerse violencia para atender los asuntos temporales. Su amor de Dios hacía que su rostro brillase en muchas ocasiones, sobre todo al volver de celebrar la misa. Su corazón era como una ascua ardiente en su pecho, hasta el punto de que llegaba a quemarle la piel. Su experiencia en las cosas espirituales, a la que se añadía la luz del Espíritu Santo, hacían de él un consumado maestro en materia de discreción de espíritus, de modo que no era fácil engañarle diciéndole que algo procedía de Dios.

Después de la muerte de Santa Teresa, ocurrida en 1582, se hizo cada vez más pronunciada una división entre los descalzos. San Juan apoyaba la política de moderación del provincial, Jerónimo de Castro, en tanto que el P. Nicolás Doria, que era muy extremoso, pretendía independizar absolutamente a los descalzos de la otra rama de la orden, el P. Nicolás fue elegido provincial, y el capítulo general nombró a San Juan vicario de Andalucía. El santo se consagró a corregir ciertos abusos, especialmente los que procedían del hecho de que los frailes tuviesen que salir del monasterio a predicar. El santo opinaba que la vocación de los descalzos era esencialmente contemplativa. Ello provocó la oposición contra él. San Juan fundó varios conventos y, al expirar su período de vicario, fue nombrado superior de Granada. Entre tanto, la idea del P. Nicolás había ganado mucho terreno y el capítulo general que se reunió en Madrid en 1588, obtuvo de la Santa Sede un breve que autorizaba una separación aún más pronunciada entre los descalzos y los mitigados. A pesar de las protestas de algunos, se privó al venerable P. Jerónimo Gracián de toda autoridad y se nombró vicario general al P. Doria. La provincia se dividió en seis regiones, cada una de las cuales nombró a un consultor para ayudar al P. Gracián en el gobierno de la congregación. San Juan fue uno de los consultores. La innovación produjo grave descontento, sobre todo entre las religiosas. La venerable Ana de Jesús, que era entonces superiora del convento de Madrid, obtuvo de la Santa Sede un breve de confirmación de las constituciones, sin consultar el asunto con el vicario general. Finalmente, se llegó a un compromiso en ese asunto. Sin embargo, en el capítulo general de Pentecostés de 1591, San Juan habló en defensa del P. Gracián y de las religiosas. El P. Doria, que siempre había creído que el santo estaba aliado con sus enemigos, aprovechó la ocasión para privarle de todos sus cargos y le envió como simple fraile al remoto convento de La Peñuela. Ahí pasó San Juan algunos meses, entregado a la meditación y la oración en las montañas, "porque tengo menos materia de confesión cuando estoy entre las peñas que cuando estoy entre los hombres."

Pero no todos estaban dispuestos a dejar en paz al santo, ni siquiera en aquel rincón perdido. Siendo vicario provincial, San Juan, durante la visita del convento de Sevilla, había llamado al orden a dos frailes y había restringido sus licencias de salir a predicar. Por entonces, los dos frailes se sometieron pero su consultor de la congregación, recorrió toda la provincia tomando informes sobre la vida y conducta de San Juan, lanzando acusaciones contra él y afirmando que tenía pruebas suficientes para hacerle expulsar de la orden. Muchos de los frailes traicionaron la amistad del santo, temerosos de verse comprometidos, y quemaron sus cartas para no caer en desgracia. En medio de esa tempestad San Juan cayó enfermo. El provincial le mandó salir del convento de Peñuela y le dio a escoger entre el de Baeza y el de Ubeda. El primero de esos conventos estaba mejor provisto y tenía por superior a un amigo del santo. En el otro era superior el P. Francisco, a quien San Juan había corregido junto con el P. Diego. Ese fue el convento que escogió. La fatiga del viaje empeoró su estado y le hizo sufrir mucho. Con gran paciencia, se sometió a varias operaciones. El indigno superior le trató inhumanamente, prohibió a los frailes que le visitasen, cambió al enfermero porque le atendía con cariño, sólo le permitía comer los alimentos ordinarios y ni siquiera le daba los que le enviaban algunas personas de fuera. Cuando el provincial fue a Ubeda y se enteró de la situación, hizo cuanto pudo por San Juan y reprendió tan severamente al P. Francisco, que éste abrió los ojos y se arrepintió. Después de tres meses de sufrimientos muy agudos, el santo falleció el 14 de diciembre de 1591. Para entonces, no se había disipado todavía la tempestad que la ambición del P. Nicolás y el espíritu de venganza del P. Diego habían provocado contra él en la congregación de la que había sido cofundador y cuya vida había sido el primero en llevar.

La muerte del santo trajo consigo la revalorización de su vida y, tanto el clero como los fieles acudieron en masa a sus funerales. Sus restos fueron trasladados a Segovia, pues en dicho convento había sido superior por última vez. Fue canonizado en 1726. San Juan de la Cruz no fue un sabio, si se le compara con ciertos doctores. Pero Santa Teresa veía en él un alma muy pura, a la que Dios había comunicado grandes tesoros de luz y cuya inteligencia había sido enriquecida por el cielo. Los escritos del santo justifican plenamente este juicio de Santa Teresa, particularmente los poemas de la "Subida al Monte Carmelo", la "Noche Oscura del Alma", la "Llama Viva de Amor" y el "Cántico Espiritual", con sus respectivos comentarios. Así lo reconoció la Iglesia en 1926, al proclamar doctor a San Juan de la Cruz por sus obras místicas. La doctrina de San Juan se resume en el amor del sufrimiento y el completo abandono del alma en Dios. Ello le hizo muy duro consigo mismo; en cambio, con los otros era bueno, amable y condescendiente. Por otra parte, el santo no ignoraba ni temía las cosas materiales, puesto que dijo: "Las cosas naturales son siempre hermosas; son como las migajas de la mesa del Señor." San Juan de la Cruz vivió la renuncia completa que predicó tan persuasivamente. Pero, a diferencia de otros menores que él, fue "libre, como libre es el espíritu de Dios". Su objetivo no era la negación y el vacío, sino la plenitud del amor divino y la unión sustancial del alma con Dios. "Reunió en sí mismo la luz extática de la Sabiduría Divina con la locura estremecida de Cristo despreciado".

lunes, 23 de noviembre de 2020

23 de noviembre SAN CLEMENTE I, PAPA Y MÁRTIR

 SAN CLEMENTE I, PAPA Y MÁRTIR - Vidas de los Santos de A. Butler

(99 P.C.) El tercer sucesor de San Pedro, San Clemente, fue contemporáneo de los santos Pedro y Pablo. En efecto, San Ireneo escribía en la segunda mitad del siglo II: "Vio a los bienaventurados apóstoles y habló con ellos. La predicación de éstos vibraba aún en sus oídos y conservaba sus enseñanzas ante los ojos." Orígenes y otros autores le identifican con el Clemente a quien San Pablo llama su compañero de trabajos (Fil., IV, 3) y así lo repiten la misa y el oficio del santo. Pero no es imposible que haya sido un liberto de la servidumbre del emperador, cuyos ascendientes fueron judíos. Las "actas" del siglo IV, afirman que convirtió a una pareja de patricios, llamados Sisinio y Teodora, y a otros 423. Aquello le atrajo el odio del pueblo y el emperador Trajano le desterró a Crimea, donde tuvo que trabajar en las canteras. La fuente más próxima distaba diez kilómetros, pero Clemente descubrió, por inspiración del cielo otro manantial más próximo, donde pudieron beber los numerosos cristianos cautivos. El santo predicó en las canteras con tanto éxito que, al poco tiempo, había ya setenta y cinco iglesias. Entonces, fue arrojado al mar con un ancla colgada al cuello. Los ángeles le construyeron un sepulcro bajo las olas. Cada año, las aguas se abrían milagrosamente para dejar ver el sepulcro.

San Ireneo dice: "En la época de Clemente, estalló una importante sedición entre los hermanos de Corinto. La iglesia de Roma les envió una larga carta para restablecer la paz, renovar la fe y para anunciarles la tradición que había recibido recientemente de los apóstoles." Esa carta hizo famoso el nombre del Papa Clemente I. En los primeros tiempos de la Iglesia, la carta de Clemente tenía casi tanta autoridad como los libros de la Sagrada Escritura y solía leerse junto con ellos en las iglesias. En el manuscrito de la Biblia (Codex Alexandrinus, siglo V) que Cirilo Lukaris, patriarca de Constantinopla, envió al rey Jacobo I de Inglaterra, había una copia de la carta de Clemente. Patricio Young, encargado de la biblioteca real de Inglaterra, la publicó en Oxford,, en 1633.

San Clemente comienza por dar una explicación de que las dificultades por las que atraviesa la Iglesia en Roma (la persecución de Diocleciano) le habían impedido escribir antes. En seguida, recuerda a los corintios cuan edificante había sido su conducta cuando todos eran humildes, cuando deseaban más obedecer que mandar y estaban más prontos a dar que a recibir, cuando estaban satisfechos con los bienes que Dios les había concedido y escuchaban diligentemente su Palabra. En aquella época eran sinceros, inocentes, sabían perdonar las injurias, detestaban la sedición y el cisma. San Clemente se lamenta de que hubiesen olvidado el temor de Dios y cayesen en el orgullo, en la envidia y en las disensiones y los exhorta a deponer la soberbia y la ira, porque Cristo está con los que se humillan y no con los que se exaltan. El cetro de la majestad de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, no se manifestó en el poder sino en la humillación. Clemente invita a los corintios a contemplar el orden del mundo, en el que todo obedece a la voluntad de Dios: los cielos, la tierra, el océano y los astros. Dado que estamos tan cerca de Dios y que El conoce nuestros pensamientos más ocultos, no deberíamos hacer nada contrario a su voluntad y deberíamos honrar a nuestros superiores; las necesidades disciplinares han obligado a crear obispos y diáconos, a quienes se debe toda obediencia. Las disputas son inevitables y los justos serán siempre perseguidos. Pero señala que unos cuantos corintios están arruinando su iglesia. "Obedezca cada uno a sus superiores, según la jerarquía establecida por Dios. Que el fuerte no olvide al débil y que el débil respete al fuerte. Que el rico socorra al pobre y que el pobre bendiga a Dios, a quien debe el socorro del rico. Que el sabio manifieste su sabiduría, no en sus palabras, sino en sus obras. Los grandes no podrían subsistir sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes. En un cuerpo, la cabeza no puede nada sin los pies, ni los pies sin la cabeza. Los miembros menos importantes son útiles y necesarios al conjunto." En seguida, Clemente afirma que en la Iglesia los más pequeños serán los más grandes ante Dios, con tal de que cumplan con su deber. Termina con la petición de que le "envíen pronto de vuelta a sus dos mensajeros, en paz y alegría, para que nos anuncien cuanto antes que reinan ya entre nosotros la paz y concordia por la que tanto hemos orado y que tanto deseamos. Así podremos regocijarnos de vuestra paz".

En la carta hay un pasaje muy conocido, que el historiador anglicano Lightfoot califica de "noble reprensión" y de "primer paso hacia la dominación pontificia". Helo aquí: "Si algunos desobedecen las palabras que El nos ha comunicado, sepan que cometen un pecado grave e incurren en un peligro muy serio. Pero nosotros seremos inocentes de ese pecado." La carta de Clemente es muy importante por sus hermosos pasajes, porque constituye una prueba del prestigio y autoridad de que gozaba la sede romana a fines del siglo I y porque está llena de alusiones históricas incidentales. Además, "constituye un modelo de carta pastoral... una homilía sobre la vida cristiana." Existen otros escritos, llamados "Pseudo-clementinos", que se atribuían antiguamente al Papa. Entre ellos se cuenta otra carta a los corintios, que estaba también incluida en el "codex" alejandrino de la Biblia.

Se venera a San Clemente como mártir,  San Cirilo trasladó de Crimea a Roma, a fines del siglo IX, las reliquias  de San Clemente. Dichas reliquias fueron depositadas bajo el altar de San Clemente, en la Vía Celia. Debajo de la iglesia y de la basílica que se construyó encima en el siglo IV, se conservan unas habitaciones de la época imperial.  El nombre de San Clemente I figura en el canon de la misa. Nuestro santo es uno de los llamados "Padres Apostólicos", que son los que conocieron personalmente a los apóstoles o recibieron su influencia casi directa.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Sermón Vigesimoquinto Domingo después de Pentecostés - Último Domingo después de Pentecostés


 Sermón Vigesimoquinto Domingo después de Pentecostés -
Último Domingo después de Pentecostés

Padre Ariel Damin
San Martin, Mendoza, Argentina
22 de Noviembre del 202
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VIGESIMOQUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - ÚLTIMO DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS

 ÚLTIMO DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

EL FIN DEL AÑO LITÚRGICO. — El número de Domingos después de Pentecostés puede pasar de veinticuatro y llegar hasta veintiocho, según que la Pascua se acerque más o menos, en los diversos años, al equinoccio de primavera. Pero la Misa que sigue se reserva siempre para el último; el intervalo se llena, si le hay, con los varios, más o menos, Domingos después de Epifanía, que en este caso no se usaron al principio del año. Pero esto debe entenderse exclusivamente de las Oraciones, Epístolas y Evangelios: pues, como ya dijimos, el Introito, Gradual, Ofertorio y Comunión son hasta el fln los mismos que los del Domingo veintitrés.

MISA DEL DOMINGO VIGÉSIMOTERCERO. — Ya hemos visto que esta Misa del Domingo era considerada verdaderamente por nuestros antepasados como la última del Ciclo. El Abad Ruperto nos ha explicado el profundo sentido de sus diversas partes. Según la doctrina que tuvimos ocasión de meditar anteriormente, la reconciliación de Judá se nos presenta en ella como término de las intenciones divinas en el tiempo; las últimas notas de la Sagrada Liturgia se han mezclado en ella con la última palabra de Dios en la historia del mundo. El fln que la eterna Sabiduría pretendió en la creación y que misericordiosamente prosiguió después de la caída con la redención, está conseguido en efecto y de modo completo; porque este fln no fué otro sino la unión divina con el género humano, verificada en la unidad de un solo cuerpo. Ahora que los dos pueblos enemigos, gentil y judío, quedan unidos en un solo hombre nuevo, en su cabeza Jesucristo los dos Testamentos que tan hondamente señalaron a través de los siglos la distinción de los tiempos viejos y nuevos, se borran a si mismos para dar lugar a los esplendores de la eterna alianza.

LA MISA DE ESTE DÍA. —La Iglesia, pues, detenía antiguamente aquí la marcha de su Liturgia. Estaba contenta de haber llevado a sus hijos, no sólo a penetrar de esta forma en el desarrollo completo del pensamiento divino, sino también y principalmente a unirse de esa manera con el Señor en una verdadera unión, mediante la comunidad de intentos, de intereses y de amor. Tampoco volvía ya a anunciar la segunda venida del Hombre-Dios y el juicio final, que hizo durante el Adviento objeto de sus meditaciones al empezar la vía purgativa. Sólo después de siglos, queriendo dar al Ciclo una conclusión más precisa y más al alcance de los cristianos de nuestros días, se decidió a terminarlo con el relato profético de la tremenda venida del Señor, que da fln al tiempo y principio a la eternidad. Como San Lucas ya desde tiempo inmemorial es el encargado de anunciar esta terrible venida en los días del Adviento, se escogió el Evangelio de San Mateo para describirla de nuevo y más ampliamente en el último Domingo después de Pentecostés.

M I S A

INTROITO

Dice el Señor: Yo pienso pensamientos de paz y no de aflicción: me invocaréis, y yo os escucharé: y os haré volver de vuestra cautividad en todos los lugares.— Salmo: Bendijiste, Señor, tu tierra: redimiste la cautividad de Jacob. V. Gloria al Padre.

La práctica de las buenas obras nos hace alcanzar con la ayuda de la gracia una gracia mayor. Pidamos con la Iglesia, en la Colecta, una acción eficaz de este divino motor sobre nuestras voluntades.

COLECTA

Suplicárnoste, Señor, excites la voluntad de tus ñeles: para que, buscando con más diligencia el fruto de buenas obras, reciban de tu misericordia mayores remedios. Por Nuestro Señor Jesucristo.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Ap. San Pablo a los Colosenses (Col., I, 9-14).

Hermanos: No cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenados del conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría y toda inteligencia espiritual: para que caminéis dignamente, agradando a Dios en todo: fructificando en toda clase de obras buenas y creciendo en la ciencia de Dios: confirmándoos en toda virtud según el poder de su claridad, en toda paciencia y longanimidad, con gozo, dando gracias al Dios Padre, que nos hizo dignos de participar de la herencia de los Santos en la luz: que nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en el cual poseemos la redención, por su sangre, la remisión de los pecados.

ACCIÓN DE GRACIAS. — Acción de gracias y oración es el resumen de nuestra Epístola y la conclusión digna de las instrucciones del Apóstol y de todo el Ciclo de la sagrada Liturgia. El Doctor de las naciones no ha desmayado en la tarea que la Madre común le confió; no es culpa suya el que las almas cuyo guía quiso ser desde el día siguiente al de la venida del Espíritu de amor, no hayan llegado a las cumbres de perfección que soñaba para todas ellas. De hecho, los cristianos que han sido fieles en caminar por la senda que hace un año viene mostrándoles la Santa Madre Iglesia, saben ahora, por haberlo dichosamente experimentado, que ese camino de salvación va a parar de modo seguro a la vida de unión, donde reina como soberana la caridad divina. ¿En qué hombre, además, por poco que haya dominado a su inteligencia y a su corazón el interés que presenta el desarrollo de las estaciones litúrgicas, en qué hombre, digo, no ha aumentado al mismo tiempo la luz? Pues la luz es el elemento indispensable que nos arranca del imperio de las tinieblas y nos traslada, con la ayuda de Dios Altísimo, al reino de su amadísimo Hijo. La obra de la redención que este Hijo de su amor vino a realizar en el mundo, no ha podido menos de adelantar en todos los que se han asociado de una forma o de otra a los pensamientos de la Iglesia, desde las semanas de Adviento hasta estos últimos días del Ciclo Litúrgico. Por eso, todos, cualesquiera que seamos, debemos dar gracias al Padre de las luces, que nos ha hecho dignos de tener una parte, por minúscula que sea, en la herencia de los santos.

SÚPLICA. —Pero todos también tenemos que rogar, en una u otra medida, para que el don excelente depositado en nuestros corazones crezca con el nuevo año litúrgico a punto de empezar. El justo no puede permanecer estacionario aquí en este mundo; tiene que subir o bajar; y cualquiera que sea la altura a donde ya le subió la gracia, debe subir siempre más y más mientras esté en esta vida. Los Colosenses, a los que se dirigía el Apóstol, habían recibido totalmente el Evangelio; la palabra de verdad sembrada entre ellos fructificaba allí de modo admirable en la fe, la esperanza y el amor: pues bien, lejos de servir de ocasión para aflojar en su solicitud hacia ellos, son precisamente sus progresos la razón por la que San Pablo, que ya rogaba por ellos, no cesa de hacerlo. Roguemos, por tanto, nosotros también. Pidamos a Dios que nos colme todavía y siempre de su divina Sabiduría y del Espíritu de inteligencia. Lo necesitamos para responder a sus intenciones misericordiosas. El año que va a comenzar reserva a nuestra fidelidad ascensiones nuevas tal vez laboriosas; pero serán recompensadas con horizontes nuevos en los jardines del Esposo, y una cosecha de frutos más abundantes y suaves. Caminemos, pues, de una manera digna de Dios, alegres y fuertes bajo de la mirada de su amor, por el camino ascendente que nos lleva al descanso sin fln de la visión beatifica.

GRADUAL

Nos libraste, Señor, de los que nos afligían: y confundiste a los que nos odiaron. V. Nos gloriaremos en Dios todo el día, y alabaremos tu nombre por los siglos.

Aleluya, aleluya. V. Desde lo profundo clamo a ti, Señor: Señor, escucha mi oración. Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mat., XXIV, 15-34).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando viereis la abominación de la desolación predicha por el Profeta Daniel caer sobre el templo: el que lea, que entienda: entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes: y el que esté en la terraza, no baje a tomar nada de su casa: y el que esté en campo, no vuelva a tomar su túnica. Y ¡ay de las preñadas y de las que alimenten en aquellos días! Rogad, en cambio, para que vuestra fuga no sea en invierno, o en sábado. Porque habrá entonces una tribulación muy grande, como no ha existido ni existirá otra, desde el principio del mundo hasta hoy. Y, si no fuesen acortados aquellos días, no se salvaría nadie: pero, por amor de los elegidos, serán abreviados aquellos días. Si alguien os dijere entonces: Aquí o allí está el Cristo: no lo creáis. Porque surgirán seudocristos y seudoprofetas: y harán grandes milagros y prodigios, de tal modo que sean engañados (si fuese posible) los mismos elegidos. Ya os lo he predícho. Si os dijeren, pues: Está en el desierto; no salgáis: Está escondido; no lo creáis. Porque, como el relámpago sale de Oriente y aparece al punto en Occidente,, así será también la llegada del Hijo del hombre. Donde estuviere el cuerpo, allí se congregarán las águilas. Y, en seguida, después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no lucirá, y las estrellas caerán del cielo, y los pilares del cielo se tambalearán: y entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre: y entonces llorarán todas las tribus de la tierra: y verán al Hijo del hombre venir en las nubes del cielo con mucho poder y majestad. Y enviará sus Angeles con trompeta y con gran voz: y congregarán a sus elegidos de los cuatro vientos, desde lo más alto de los cielos hasta su extremo. Y aprended esta parábola de la higuera: cuando ya está tierna la rama, y han nacido las hojas, sabéis que está cerca el verano: así también vosotros, cuando viereis todas estas cosas, sabed que el Hijo del hombre está cerca, está a las puertas. En verdad os digo, que no pasará esta generación, hasta que se realice todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

EL JUICIO. — Muchas veces, a través de las semanas de Adviento, han sido tema de nuestras meditaciones las circunstancias que acompañarán a la última venida del Señor; dentro de pocos días, esas mismas enseñanzas van de nuevo a llenar nuestras almas de un temor saludable. Permítasenos hoy, con el deseo y la alabanza, volvernos hacia el Jefe que tiene que terminar la obra y señalar el triunfo de la hora solemne del juicio.

Oh Jesús, tú vendrás entonces a librar a tu Iglesia y vengar a Dios de los insultos que tanto se han prolongado; ¡qué terrible será al pecador esa hora de tu llegada! Entonces comprenderá claramente que el Señor hizo todo para él, todo hasta el impío ordenado a dar gloria a su justicia en el día malo. Conjurado el universo para perdición de los malvados se resarcirá por fln de la esclavitud del pecado que le fué impuesta. Los insensatos inútilmente gritarán a las montañas que los aplasten para librarse así de la mirada del que estará sentado en el trono: el abismo se negará a tragarlos; y obedeciendo al que tiene las llaves de la muerte y del infierno, vomitará hasta el último de sus tristes habitantes al pie del terrible tribunal.

LA ALEGRÍA DE LOS ELEGIDOS. — ¡Oh Jesús, Hijo del hombre, cuán grande nos parecerá tu poder, al verte rodeado de las falanges celestes6, que forman tu lucida corte, juntar a los elegidos de los cuatro ángulos del universo! Pues también nosotros, tus redimidos, miembros tuyos ahora por haberlo sido de tu Iglesia muy amada, también nosotros estaremos allí ese día; y nuestro lugar ¡misterio inefable! será el que el Esposo reserva a la Esposa: tu trono, donde, sentados contigo, juzgaremos hasta a los mismos Angeles. Desde ahora, todos los benditos del Padre esos elegidos cuya juventud se ha renovado tantas veces como la del águila al contacto de tu sangre preciosa, tienen ya preparados sus. ojos para clavarlos sin pestañear en el Sol de justicia, cuando aparezca en el cielo. Con su hambre acrecida por el lento caminar del destierro, ¿quién podría detener su vuelo? ¿Qué fuerza sería capaz de romper la impetuosidad del amor que los reunirá en el banquete de la Pascua eterna Porque aquello será la vida y no la muerte, la destrucción de la antigua enemiga, la redención que llega hasta los cuerpos, el tránsito perfecto a la verdadera tierra prometida, en una palabra, la Pascua, esta vez real para todos y sin ocaso, anunciada por la trompeta del Angel sobre las tumbas de los justos. ¡Qué alegría sentirán entonces en aquel verdadero día del Señor los que hayan vivido de Cristo por la fe y, sin verle, le hayan amado! No obstante la debilidad de la carne frágil, oh Jesús, identificándose contigo, han continuado en el mundo tu vida de dolores y humillaciones; qué triunfo el suyo cuando, al verse libertados para siempre del pecado y revestidos de cuerpos inmortales, sean llevados a tu presencia para estar ya siempre con tu majestad.

EL TRIUNFO DE CRISTO. — Pero su gozo mayor consistirá sobre todo en asistir ese gran día a la exaltación de su amantísimo Capitán, cuando se haga público el poder que le fué concedido sobre toda carne. Entonces aparecerás, oh Emmanuel, como el único príncipe de las naciones, haciendo añicos la cabeza de los reyes y poniendo a tus enemigos por escabel de tus pies. Y entonces también juntos el cielo, la tierra y el infierno doblarán las rodillas delante del Hijo del Hombre, que vino antes en forma de esclavo, fué juzgado, condenado y muerto entre criminales; y juzgarás, oh Jesús, a los jueces inicuos a quienes anunciaste esta venida sobre las nubes del cielo« cuando te hallabas en lo más profundo de tus humillaciones. Una vez terminada la tremenda sentencia los réprobos irán al suplicio eterno y los justos a la vida que no acaba Tu Apóstol nos dice que entonces vencedor de todos tus enemigos y rey indiscutible, pondrás en manos del Padre Eterno el reino conquistado a la muerte, como homenaje perfecto de la Cabeza y de los miembros. Dios será todo en todos.

Será eso el cumplimiento de la oración sublime que nos enseñaste a los hombres y que sale más ferviente cada día del corazón de tus fieles, cuando, dirigiéndose al Padre que está en los cielos, le piden incansables, a pesar de la apostasía general, sea santificado su Nombre, venga a nos el su reino, y hágase su voluntad así en la tierra como en el cielo. ¡Incomparable serenidad la de aquel día en que cesará la blasfemia y la tierra será un nuevo paraíso, purificada por el fuego, del fango del pecado! ¿Qué cristiano no saltará de gozo esperando ese último día que dará comienzo a la eternidad? ¿Quién no tendrá en poco la agonía de la última hora, pensando que aquellos sufrimientos tan sólo significan, como dice el Evangelio, que el Hijo del Hombre está ya muy cerca, a la puerta?

VEN, SEÑOR, JESÚS! — Oh Jesús, despréndenos cada vez más de este mundo, cuya figura pasa con sus tareas inútiles, sus glorias falsificadas y sus falsos placeres. Como en los días de Noé y como en Sodoma, según nos lo anunciaste, los hombres siguen comiendo y bebiendo y dejándose absorber por el tráfico y el placer; no pensar en la proximidad de tu venida, como tampoco sus antepasados se preocuparon del fuego del cielo y del diluvio hasta el momento en que todos perecieron. Dejémoslos gozarse y hacerse regalos mutuamente, como dice tu Apocalipsis, figurándose que Cristo y su Iglesia son cosa pasada. Mientras de mil modos oprimen a tu ciudad santa y la imponen pruebas que antes no conoció, no tienen la menor idea de que contribuyen a las bodas de la eternidad; ya sólo la faltaban a la Esposa las joyas de estas pruebas nuevas y la púrpura esplendorosa con que la adornarán sus últimos mártires. En cuanto a nosotros, prestando atención a los ecos de la patria, percibimos la voz que sale del trono y que grita: "Alabad a nuestro Dios todos sus siervos y cuantos le teméis, pequeños y grandes, aleluya, porque Nuestro Señor, Dios todopoderoso, ha establecido su reino. Alegrémonos y regocigémonos, démosle gloria porque han llegado las bodas del Cordero y su Esposa está preparada". Un poco más de tiempo para que se complete el número de nuestros hermanos; y te diremos juntamente con el Espíritu y la Esposa, con entusiasmo de nuestras almas, tanto tiempo sedientas: ¡"Ven, oh Jesús, ven a perfeccionarnos en el amor por la unión eterna, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, por los siglos sin fin"!

OFERTORIO

Desde lo profundo clamo a ti, Señor: Señor, escucha mi oración: desde lo profundo clamo a ti, Señor.

Pidamos al Señor en la Secreta que, al acercarse el último juicio, dirija hacia Sí todos los corazones y se digne reemplazar en nosotros los apetitos terrenales por los deseos y gustos del cielo.

SECRETA

Sé propicio, Señor, a nuestras súplicas: y, aceptadas las oblaciones y preces de tu pueblo, convierte a ti los corazones de todos nosotros; para que, libres de las ambiciones terrenas, nos llenemos de anhelos celestiales. Por Nuestro Señor Jesucristo.

COMUNION

En verdad os digo: Todo lo que pidiereis en la oración, creed que lo recibiréis, y se os concederá. Ojalá el divino Sacramento, como lo pide la Iglesia en la Poscomunión, cure del todo por su virtud lo que pueda quedar todavía de vicioso en nuestras almas al fin de este año.

POSCOMUNION

Suplicárnoste, Señor, hagas que, por medio de estos Sacramentos que hemos recibido, todo lo que haya de vicioso en nuestra alma, sea curado con el don de su medicamento. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Sede Vacante desde 1958

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