martes, 5 de enero de 2021
lunes, 4 de enero de 2021
5 de enero SAN TELESFORO, PAPA Y MÁRTIR
(136 p.c.) San Telésforo que figura en la lista de los Papas, como séptimo obispo de Roma, parece haber sido griego de nacimiento. Sucedió a Sixto I, hacia el año 126 y presenció la devastación causada por la persecución de Adriano. "Terminó su vida con un glorioso martirio", nos dice Eusebio, y es uno de los primeros sucesores de San Pedro, a quien San Irineo y otros autores llaman con el nombre de mártir. Las disposiciones que el Líber Pontificalis le atribuye, —por ejemplo, la celebración de la Misa de Navidad (fiesta que no existía entonces) a medianoche—, no pueden provenir de su pontificado. Actualmente la conmemoración de San Telésforo ocurre en la misa y el oficio de la vigilia de la Epifanía.
4 de enero ÁNGELA DE FOLIGNO, VIUDA
(1309 p.c.) Ángela de Foligno es una de las grandes místicas y contemplativas de la Edad Media, junto con santa Catalina de Siena y santa Catalina de Génova. La beata tenía una personalidad muy característica, y se la considera como una figura fuera de lo común, dentro del gran movimiento franciscano que ejerció una influencia tan grande en Italia central. En muchos aspectos, Ángela de Foligno fue el polo opuesto de san Francisco de Asís, cuya vida fue eminentemente activa, en tanto que la de Ángela fue exclusivamente contemplativa. San Francisco veía a Dios en todas las criaturas; Ángela veía a todas las criaturas en Dios. Pero los dos representan la misma realidad cristiana del amor gozoso.
Se conoce muy poco de la vida de la beata; ni siquiera sabemos cuál era el apellido de su familia. Debió nacer hacia el año 1248. Pertenecía a una buena familia de Foligno, población en la que nació y vivió. Se casó con un hombre rico y tuvo varios hijos. Durante la primera parte de su vida, Ángela fue mundana y poco devota. Según cuenta ella misma, no sólo era negligente y egoísta, sino verdaderamente pecadora. Pero, en 1285, tuvo la famosa visión de la Verdadera Luz, ese llamamiento al amor en el sufrimiento, a la paz de los gozos más duraderos que los del mundo. Su conversión fue súbita e impetuosa, exaltada y gozosa, como su carácter. Iluminada por la nueva luz, la beata comprendió que su vida, considerada por ella como inocua, y sin grandes ideales, era en realidad una vida de pecado. Este convencimiento la movió a buscar la penitencia, el sufrimiento, el sacrificio, la renuncia total y alegre de quien lo pierde todo para encontrar el Todo, la fe victoriosa de su gran modelo, san Francisco de Asís, en cuya tercera orden ingresó.
Pero, desde su conversión, aunque la beata siguió viviendo en el mundo, poco a poco se fueron desatando los lazos que la unían a él. Su madre, a la que profesaba un gran cariño, lo que constituía un obstáculo a su nueva vida, murió al poco tiempo. Algo más tarde, murió su esposo, y finalmente, sus hijos. Aunque el biógrafo de la beata se extiende en consideraciones sobre las maravillas de la Providencia, que le abrió así el camino de la perfección, Ángela no era una mujer desnaturalizada y el hermano Arnoldo dice que sufrió enormemente con estos golpes. Pero su conversión había sido tan total e impetuosa, que todas las cosas, las penas y las alegrías constituían una viviente unidad, como en el caso de san Francisco. Para los franciscanos de aquella época, lo único que existía era el amor de Dios.
Lo poco que sabemos sobre la vida de Ángela nos ha sido transmitido por el hermano Arnoldo, el franciscano que fue su confesor y consiguió que la beata le dictase un relato de sus visiones (aunque la tercera sección del manuscrito no fue escrita ni publicada por el hermano Arnoldo, como se había supuesto). Arnoldo narra que Ángela renunció a todas sus posesiones y que lo último que vendió fue un «castillo» por el que sentía especial predilección. Este sacrificio le había sido exigido en una visión, junto con la invitación a abrazar la pobreza franciscana, si quería ser perfecta. Arnoldo nos cuenta que, cuando él leía a Ángela lo que había escrito, la beata le decía que no la había entendido y que había interpretado mal sus palabras; otras veces decía que sus visiones parecían blasfemias al formularlas en palabras. Arnoldo previene al lector contra el escándalo que podrían producirle los éxtasis de la beata y se hace notar que, cuanto más altas eran las visiones, mayor era la humildad de Ángela. Así, pues, cuando la sierva de Dios dice que Dios la levantó «para siempre» a un nuevo estado de gozo y de luz, sus palabras no tienen nada que ver con la presunción y el orgullo espiritual, sino que significan simplemente que progresaba de continuo en la virtud y que iba adquiriendo un conocimiento más claro de Dios y una soledad espiritual no experimentada anteriormente.
Alrededor de Ángela se formó un grupo de terciarios y terciarias franciscanos. El hermano Arnoldo nos dice que le era especialmente adicta «una virgen cristiana» que vivía con ella. Esta compañera de Ángela no carecía de respeto humano. En efecto, un día en que las dos caminaban fuera de Foligno (tal vez en las colinas de Spello o de Asís, o a lo largo de la llanura que se extiende hasta Rivoroto y Santa María degli Angeli), Ángela entró en éxtasis: su rostro se puso resplandeciente y sus ojos parecían lanzar llamas; su compañera, muy turbada, pensó que daría buen ejemplo cubriéndose el rostro y aconsejando a Ángela que hiciera lo propio, pues sus ojos brillaban extraordinariamente: «Ocúltate, dijo a la beata, esconde tus ojos de las miradas de los hombres. ¿Qué van a decir de ti?» Ángela respondió: «Eso no tiene ninguna importancia; si encontramos a alguien, Dios nos protegerá». Arnoldo añade que la compañera de la beata tuvo que acostumbrarse a ese género de episodios, pues los éxtasis la sorprendían en los momentos más inesperados. Un Jueves Santo, Ángela dijo a su compañera: "Vamos a buscar a Jesucristo; tal vez le encontraremos en el hospital, entre los pobres y enfermos". Como no podían ir con las manos vacías, y lo único que poseían eran sus velos, que apreciaban tanto, la beata no tuvo reparo en venderlos para comprar algunos alimentos. «Y así -dice la misma Ángela-, pudimos ofrecer algo a los enfermos del hospital; después lavamos los pies a las mujeres y las manos a los hombres, pues era una pena verles solos y abandonados en sus miserables lechos. En particular, un pobre leproso quedó muy consolado». En el camino de vuelta experimentaron una gran consolación del cielo y así encontraron a Jesucristo aquel Jueves Santo
De esta suerte pasó aquella vida extraordinaria de gran sencillez y abrumadoras gracias espirituales, hasta que, a fines de 1308, la beata sintió que se acercaba la hora de la muerte. Reunió pues, a todos sus hijos espirituales, los bendijo imponiendo las manos a cada uno y les hizo una última exhortación a la total confianza en Dios. La beata Ángela murió gozosa y apaciblemente el 4 de enero de 1309.
Poseemos, además, otro detalle de su vida. Ubertino di Casale ingresó en la orden de los frailes menores en 1273. Durante catorce años llevó una vida ejemplar. Era un hombre de gran saber, famoso en varias universidades. Al cabo de esos catorce años, Ubertino decayó del primer fervor y empezó a llevar una vida licenciosa. El mismo narra que conoció a la beata Ángela de un modo maravilloso, aunque no entra en detalles sobre el hecho, y que ella le demostró que podía leer su pensamiento. «Dios hablaba por su boca», según la expresión de Ubertino. Este se convirtió sinceramente y, en su narración indica que él fue solamente uno de los muchos que debían a Ángela la vida del alma.
Cierto que conocemos pocos detalles sobre la existencia diaria de Ángela; en cambio, sus escritos nos dan una idea clara de su vida interior. «Yo, Ángela de Foligno, tuve que atravesar dieciocho etapas del camino de penitencia, antes de comprender toda la imperfección de mi vida». El primero de esos pasos o etapas fue la conciencia del pecado, a la que siguieron la vergüenza de la confesión, la misericordia de Dios, el propio conocimiento y la cruz de Cristo. En la novena etapa, que la beata llamó «el camino de la cruz», renunció a los vestidos elegantes y a los manjares delicados; pero esto le costaba todavía mucho, pues no estaba aún poseída por el amor divino. En la décima etapa tuvo la visión de Jesucristo en respuesta a su oración: «¿Qué debo hacer para agradarte?» La visión de Cristo y de su Pasión le reveló la pequeñez de sus propios sufrimientos y la beata cuenta que lloró tanto y tan amargamente, que durante mucho tiempo tuvo que enjuagarse los ojos con agua fría. Después de la visión de la cruz, vino el conocimiento de la verdadera penitencia, que le llevó a abrazar una vida de pobreza absoluta. Así fue ascendiendo poco a poco, conociendo cada vez más a fondo la Pasión de Cristo. Dios mismo le enseñó a orar por medio del Padrenuestro. La beata empezó a distinguir las gracias que provenían de la Santísima Virgen y en la décima octava etapa llegó a tal unión con Dios y a tal dulzura en la oración, que se olvidaba de comer. En dicha etapa vendió su castillo predilecto.
Ángela nos cuenta que había habitado en dos abismos, uno hacia arriba y el otro hacia abajo. En la décima octava etapa fue arrebatada del abismo superior, como lo prueba el terrible capítulo que nos dejó sobre sus tentaciones. Se sentía privada de todos los buenos deseos y pensamientos. El demonio la asaltó con las más repugnantes tentaciones de los sentidos, infundiéndole el deseo de cometer pecados de los que nunca había oído hablar. Finalmente apareció de nuevo la luz y la beata tuvo un corto respiro. El otro abismo fue el de las tentaciones de falsa humildad, de excesiva reconcentración en sí misma y de escrúpulos. Se sentía violentamente inclinada a desgarrar sus vestidos y correr desnuda por las calles, con un collar de carne cruda y pescados, gritando: «He aquí a la más infame de las mujeres, que huele a vicio y mentira y los difunde por donde quiera que pasa. Eso es lo que yo soy, pura podredumbre. Hago creer a todos que no como carne ni pescado, pero en realidad soy una glotona muy dada a la bebida. Hago creer a todos que mis vestidos son ásperos, pero de noche duermo en colchones de plumas, que oculto por la mañana».
La beata intentó hacer creer estas acusaciones a los franciscanos y a sus hijas espirituales. Finalmente, se vio libre de esta maldición de la falsa humildad, pero cayó en el otro extremo del orgullo espiritual. Se sentía amargada y malhumorada. Esta tentación empezó en 1294 y duró dos años, hasta que Dios la sacó de aquel abismo y le dio a gustar su infinita bondad. Y así fue creciendo Ángela en el gozo espiritual, la nota característica de los primeros hijos de san Francisco de Asís. En múltiples visiones, Dios le dio a conocer su amor, su bondad y su ternura; y la beata fue penetrando cada vez más a fondo en el principio básico del Pobrecito de Asís, que reducía todas las cosas al amor. En la etapa de la plena unión con Dios, aun las mismas enseñanzas de la Sagrada Escritura sobre Dios y sobre la vida de Cristo eran más bien un estorbo, pues en Dios leía Ángela palabras más altas e imposibles de expresar. Cuando volvía en sí de tales experiencias, se sentía invadida de paz y llena de amor «aun por los demonios». Perdida en el amor, hasta la Pasión de Cristo se convertía en motivo de gozo. En ciertos momentos contemplaba el cuerpo del Señor, muerto por nuestros pecados, pero otras veces el placer del amor hacía desaparecer todo el dolor de la Pasión. Así pues, concluye Ángela, «la Pasión es para mí como un camino resplandeciente de vida».
Una gran parte del libro de las visiones está llena de descripciones extraordinariamente vividas, pero siempre respetuosas, de los sufrimientos y la crucifixión de Cristo. La beata parece elevarse cada vez más sobre los dolores y sufrimientos, siguiendo el ejemplo de Cristo, quien «dejó de lado el gozo que se le proponía y abrazó la cruz, sin tener en cuenta la humillación». Ángela narra que en cierta ocasión en que asistía a una representación de la Pasión, al aire libre, como se acostumbraba en la Edad Media, se sintió tan transportada de felicidad que le parecía haber sido introducida en la herida del costado de Cristo. Dios le concedió grandes favores y visiones durante la misa y la comunión.
Una de las últimas visiones de las que habla la beata es la de la Paz. Turbada por alguna cosa, Ángela había perdido la alegría y la tranquilidad. Dios le reveló entonces que le había hecho más favores que a cualquier otro de los habitantes de Espoleto. La beata preguntó que por qué se sentía tan abandonada de su mano. En respuesta, recibió una exhortación a la confianza total y poco a poco, se hizo en su alma una paz superior a la que había experimentado hasta entonces. El libro termina con la visión que la beata llama «el camino de salvación», en la que habla de la felicidad de quienes conocen a Dios, no a través de su dones, sino en sí mismo. «Señor -exclama Ángela-, dime qué quieres de mí, pues soy toda tuya. Pero no se me dio ninguna respuesta. Oré desde la hora de maitines hasta la hora de tercia y entonces vi y oí». Lo que vio fue un abismo de luz, un abismo sobre el que la verdad de Dios se extendía como un camino por el que pasaban los que iban a El y los que se apartaban de Él. Y la voz de Dios le dijo: «En verdad te digo que el único camino de salvación es seguir mis pasos desde la cruz sobre la tierra, hasta la luz que estás contemplando». Y las palabras divinas se hicieron cada vez más claras y distintas, y el camino se inundó de luz, hasta donde alcanzaba la vista.
domingo, 3 de enero de 2021
3 de enero SANTA GENOVEVA VIRGEN, PATRONA DE PARÍS
El Martirologio de la Iglesia Romana nos presenta hoy el nombre de una santa Virgen, cuya memoria es demasiado estimada en la Iglesia parisiense y en todas las iglesias de Francia, para que podamos pasar por alto el recuento de sus gloriosos méritos. En compañía de los Mártires y del Confesor y Pontífice San Silvestre,. Santa Genoveva brilla con suave resplandor al lado de Santa Anastasia. Como ella hace también guardia amorosa ante la cuna del divino Niño cuya sencillez imitó, y del cual mereció ser Esposa. Es justo que, al celebrar el misterio del virginal alumbramiento, celebremos también con solemnes honores a las vírgenes fieles que siguieron a María. Si nos fuera dado agotar los Anales de la Santa Iglesia, ¡qué magnífica pléyade de Esposas de Cristo deberían ser honradas en estos cuarenta días, del tiempo de Navidad!
Genoveva fue célebre en todo el mundo. Viviendo aún en carne mortal, el Oriente conocía ya su nombre y sus virtudes; Simeón el estilista, desde lo alto de su columna, la saludaba ya como a hermana suya en la perfección del cristianismo. La capital de Francia está bajo su amparo; una sencilla pastora protege los destinos de París, como un pobre labrador S. Isidro vela por la capital de España.
Uno de los mayores obispos de la Galia del siglo v fue el encargado por Dios de revelar la elección que Jesucristo había hecho de la jovencita de Nanterre para Esposa suya. Acudía San Germán de Auxerre a la Gran Bretaña a donde le enviaba el Papa San Bonifacio I para combatir la herejía pelagiana (hacia el año 430). Acompañado de San Lupo, obispo de Troyes, que debía compartir con él sus trabajos, se detuvo en la aldea de Nanterre; al dirigirse los dos prelados a la iglesia para orar por el buen éxito de su viaje, todo el pueblo fiel los rodeó con piadosa curiosidad. Ilustrado por luz divina, Germán advirtió en medio de la multitud a una jovencita de siete años, y conoció interiormente que el Señor se la había escogido para sí. Preguntó el nombre de aquella niña, e hizo que la condujeran a su presencia. Acercáronse sus padres, llamados Severo y Geruncia. Ambos se enternecieron a la vista de las caricias que a su hija prodigaba el santo obispo. "¿Es vuestra esta ni fia?" les dijo Germán. — "Sí, señor," respondieron ellos. — "Felices padres de tal hija" repuso el obispo. "Sabed que los Ángeles hicieron gran fiesta en el cielo cuando nació esta niña. Esta niña será grande ante el Señor; por la santidad de su vida, arrebatará muchas almas al yugo del pecado." Luego, dirigiéndose a ella le dijo: "Genoveva, hija mía." — "Padre santo, respondió ella, vuestra sierva escucha." Entonces Germán le dijo: "Dime sin miedo, ¿te gustaría consagrarte a Cristo como Esposa con una pureza inmaculada?".—"¡ Bendito seáis, Padre mío! exclamó la niña, ese es el deseo más querido de mi corazón. Es todo lo que yo anhelo; dignáos rogar para que el Señor me lo conceda". — "Ten confianza, hija mía, repuso Germán, sé constante en tu determinación, conforma tus obras con tu fe, y el Señor añadirá su virtud a tu belleza."
Entraron en la iglesia los dos obispos acompañados por el pueblo y se cantó el Oficio de Nona y Vísperas. Germán había hecho que le llevaran a su lado a Genoveva, y durante toda la salmodia tuvo impuestas sus manos sobre la cabeza de la niña. Al día siguiente, temprano, antes de emprender el viaje, hizo que su mismo padre le presentara a Genoveva. "Dios te salve, hija mía Genoveva, le dijo; ¿te acuerdas de la promesa de ayer?". — "¡Oh padre santo, repuso la niña, no puedo olvidar lo que prometí a vos y a Dios!; mi deseo es guardar siempre con la ayuda del cielo la pureza de mi alma y de mi cuerpo." En aquel momento^ Germán vio en tierra una medalla de cobre con la imagen de la Cruz grabada en ella. La levantó, y entregándosela a Genoveva la dijo: "Abre en ella un agujero, cuélgatela al cuello y guárdala en memoria mía. No lleves nunca collares ni sortijas de oro o plata, ni piedras preciosas; porque si el atractivo de las bellezas terrenas prendiese en tu corazón, perderías bien pronto tu ornato celestial que debe ser eterno." Después de estas palabras, Germán le rogó que se acordase de él con frecuencia en Cristo, y recomendándosela a Severo como un tesoro doblemente precioso, continuó su camino hacia la Gran Bretaña, con su piadoso compañero.
Hemos querido trasladar aquí esta sugestiva escena, tal como nos la describen las Actas de los Santos, para demostrar el poder del Niño de Belén, que con tanta libertad obra en la elección de las almas, cuando quiere unirlas a sí con un lazo más estrecho. Obra como señor; ningún obstáculo le resiste, pues su acción no es menos visible en este siglo de decadencia y tibieza espiritual, que en los días de San Germán y de Santa Genoveva. Algunos, por desgracia se irritan; otros se sorprenden; la mayoría no reflexionan; pero, unos y otros han de hallarse en presencia de las señales más maravillosas de la divinidad de la Iglesia.
Vida: Genoveva nació en Nanterre hacia el año 419. A la edad de siete años fue consagrada virgen por el obispo san Germán de Auxerre. Con su oración y milagros protegió contra los ataques de los Normandos y alimentó durante su asedio a la ciudad de París, que la tiene por patrona. Después de una vida rica en las más eminentes virtudes, se durmió en la paz, el 3 de enero de 512. Su sepulcro, ilustrado con numerosos milagros, llegó a ser un centro de peregrinación nacional.
¡Oh virgen fiel, Genoveva! te ensalzamos por los méritos que quiso el divino Niño florecieran en ti. Apareciste en nuestra patria como un ángel tutelar; en tus plegarias confiaron los franceses durante mucho tiempo; y has tenido a gala en el cielo y en la tierra el proteger a la capital de Clodoveo, de Carlomagno y de San Luis. Han llegado tiempos nefandos, en los cuales ha sido abolido sacrílegamente tu culto, cerrados tus templos y tus preciosas reliquias profanadas. Con todo, no nos has abandonado; más bien, has implorado para nosotros días mejores, y a pesar de las profanaciones recientes añadidas a las antiguas, podemos respirar nuevamente, al ver otra vez florecer tu culto entre nosotros.
En esta época del año, embellecida y consagrada por tu nombre, bendice al pueblo cristiano. Ayúdanos a comprender el misterio del pesebre. Da nuevo temple en las puras fuentes de la fe, a esta nación tan querida por ti, y alcánzanos del Emmanuel, que su Nacimiento, renovado todos los años, sea verdaderamente un tiempo de salvación y de auténtica renovación. Somos enfermos, a punto de perecer, porque las verdades han disminuido entre nosotros, según frase de David; la verdad se halla oscurecida, porque- el orgullo ha reemplazado a la fe y la indiferencia al amor. Únicamente Jesús, conocido y amado en el misterio de su inefable Encarnación, puede devolvernos la vida y la luz. Tú que le recibiste y le amaste a través de tu larga e inocente vida, llévanos a su cuna.
Guarda ¡oh poderosa pastora! a la ciudad que te está confiada. Líbrala de los pecados que la asemejan a veces a una gran ciudad pagana. Deshaz las tempestades que se fraguan en su seno, para que llegue a ser discípula de la verdad, en lugar de apóstol de los errores. Alimenta también a su población que desfallece de hambre; pero ante todo alivia sus miserias morales. Apaga esa ardiente fiebre que devora a las almas, fiebre que es más funesta aún que el fuego que sólo atormenta a los cuerpos. Desde tu tumba vacía, desde lo alto del monte que domina al grandioso templo que a tu nombre levantaron nuestros padres, y que continúa siendo tuyo a pesar de las vanas tentativas de la fuerza bruta, ten cuidado de esa juventud de Francia, apifiada junto a las cátedras de la ciencia humana, juventud tantas veces traicionada por las enseñanzas que debieran guiarla; procura para nuestra patria generaciones cristianas. Haz que, a despecho del infierno, brille siempre la cruz sobre la cúpula de tu profanado santuario; no permitas que sea de allí derribada. Haz que cuanto antes reine plenamente sobre nosotros esa cruz inmortal, y que desde lo más alto de tu templo domine sobre todas las moradas de la ciudad señora, devuelta a su antigua fe, a tu culto y a tu antiguo patronato.
sábado, 2 de enero de 2021
2 de enero SAN MACARIO DE ALEJANDRÍA
(c. 394 p.c.) San Macario el joven, ciudadano de Alejandría, era pastelero de oficio. Deseoso de servir plenamente a Dios, abandonó el mundo en la flor de su edad y pasó más de sesenta años en contemplación y penitencia en el desierto. Primero, se retiró a la Tebaida, en 335. Después de un período de introducción a la practica de la virtud, bajo la dirección de maestros de gran santidad, se transladó del alto al bajo Egipto, en 373. En dicha región había tres desiertos casi limítrofes: el de Esqueta, en las fronteras de Libia; el de Celles, que debía su nombre a las celdas de ermitaños que abundaban en él, y el de Nitria, que confinaba con el ramal occidental del Nilo. San Macario tenía una celda en cada uno de dichos desiertos, pero su residencia principal se hallaba en el de Celles. Cada uno de los anacoretas vivía confinado en su propia celda, excepto los sábados y domingos, cuando todos se reunían en una iglesia para celebrar y recibir los divinos misterios. Cuando llegaba un nuevo candidato, todos los anacoretas ponían sus celdas a su disposición, dispuestos como estaban a construirse otra. Las celdas estaban a suficiente distancia unas de otras, para que los monjes no pudieran verse. El trabajo manual, que consistía en tejer cestos, no interrumpía la oración del corazón. En toda la región reinaba el silencio más profundo. Nuestro santo recibió la ordenación en el desierto de Celles, y en él fue la edificación de sus hermanos, en tanto que San Macario el Viejo era la edificación de los monjes de Esqueta. Paladio nos cuenta un ejemplo de la extraordinaria abnegación de los anacoretas. Habiendo recibido como regalo un racimo de uvas frescas, San Macario lo llevó a un monje vecino que se hallaba enfermo, el cual a su vez lo regaló a un tercero; de esta suerte el racimo paso por «todas las celdas y volvió a manos de Macario, quien se regocijó sobremanera de ver el espíritu de mortificación de sus hermanos y dejó intacto el racimo.
La austeridad de todos los ermitaños era extremada, pero en esto, Macario dejaba atrás a sus hermanos. Durante siete años no se alimentó más que de raíces silvestres y, en los tres años siguientes, sólo comía cuatro o cinco onzas de pan al día y unas gotas de aceite, según narra Paladio. Sus vigilias no eran menos sorprendentes. Dios le había dado un cuerpo capaz de soportar todos los rigores, y su fervor era tan grande, que adoptaba sin vacilar cuantas prácticas de penitencia veía empleadas por los otros. Poco antes del año 349, la fama del monasterio de Tabennisi, dirigido por San Pacomio, le movió a ir a el disfrazado. San Pacomio le dijo que le encontraba demasiado viejo para adaptarse a las penitencias y vigilias del monasterio, pero finalmente se decidió a admitirle, a condición de que observara todas las reglas. Como se aproximara la cuaresma, cada uno de los monjes se preparaba a emplear ese santo tiempo según su fervor y sus fuerzas, ya fuera ayunando totalmente dos, tres y hasta cuatro días enteros; ya trabajando intensamente. Macario recogió una buena cantidad de hojas de palma para ocuparse en la confección de cestos, y pasó los cuarenta días en el retiro, sin comer más que unas cuantas yerbas los domingos. Mientras sus manos trabajaban activamente, su corazón se perdía en Dios. Tal prodigio sorprendió a los mismos monjes, quienes en Pascua manifestaron al abad que, de no ponerle coto, tal singularidad podía perjudicar a la comunidad. San Pacomio hizo oración para saber quién era en realidad el nuevo monje; y, habiendo conocido por revelación divina, que se trataba del gran Macario, le abrazó, le dio las gracias por la edificación que había dado a la comunidad y le rogó que no les olvidase en sus oraciones al volver a su desierto.
Las tentaciones no faltaron a nuestro santo. Una de ellas fue la idea de dejar el desierto e ir a Roma a cuidar a los enfermos de los hospitales. Pero, reflexionando sobre ello, Macario comprendió que sólo le movía un secreto deseo de ser conocido y estimado por su virtud. Sólo una humildad tan profunda como la suya era capaz de descubrir el veneno de la vanagloria, escondido bajo esa apariencia de caridad. Convencido del grave peligro que la vanagloria constituía para él, Macario se arrojó por tierra en su celda, gritando al demonio: "Sácame de aquí por la fuerza, si eres tan poderoso, que yo no he de ir por mi propio pie". En tal actitud permaneció hasta la noche; pero, en cuanto se puso en pie, el enemigo renovó su asalto. Para resistirle, Macario llenó de arena dos cestos, se los echó al hombro y se puso a marchar en el desierto. Un amigo que le encontró en el camino, le preguntó qué hacía y se ofreció a ayudarle a transportar la arena; el santo sólo le respondió: "Estoy atormentando a mi verdugo". Al volver a su celda, la tentación había desaparecido. Paladio nos cuenta que, deseando Macario entregarse a la contemplación celestial sin interrupción alguna durante cinco días, se encerró en su celda y dijo a su alma: "Has plantado tu tienda en el cielo para conversar con Dios y sus ángeles; guárdate, pues, de volver tus ojos a la tierra a mirar las cosas bajas". Pasó los dos primeros días en éxtasis; pero el demonio le combatió en tal forma al tercer día, que Macario tuvo que volver a su vida ordinaria. Como lo observó el santo en esta ocasión, Dios se retira algunas veces de sus escogidos, para que sientan su propia debilidad y comprendan que la vida del hombre es una lucha sin fin. San Jerónimo y otros autores narran que, habiendo un anacoreta dejado a su muerte cien coronas que había ganado tejiendo túnicas, los monjes se reunieron para deliberar lo que debía hacerse con aquel dinero. Algunos pensaban que convenía repartirlo entre los pobres, otros que debía darse a la Iglesia; pero Macario, Pambo, Isidoro y el resto de "Los Padres", ordenaron que se arrojase el dinero sobre la tumba con estas palabras: "Tu dinero sea contigo para tu perdición". Este ejemplo aterrorizó a los monjes y acabó con toda tentación de codicia.
Paladio, que vivió bajo la dirección de nuestro santo algún tiempo, hacia el año 391, fue testigo de algunos de los milagros obrados por él. Según su relato, Macario se negó a recibir y aun a dirigir la palabra a cierto sacerdote, cuyo rostro estaba desfigurado por una excrescencia cancerosa. Paladio se apresuró a rogar al santo anacoreta que dijera cuando menos unas palabras de consuelo al infeliz, a lo que Macario respondió que la enfermedad era un castigo de Dios por un pecado de la carne, pero que rogaría por él, en caso de que prometiera arrepentirse sinceramente y no volver a celebrar los divinos misterios. El sacerdote confesó su pecado y prometió enmendarse; el santo le absolvió y le impuso las manos; pocos días más tarde el sacerdote volvió perfectamente curado, glorificando a Dios y proclamando su agradecimiento a Macario.
Los dos Macarios cruzaban un día el Nilo en la misma barca, y algunos oficiales que en ella se hallaban no pudieron dejar de observar en voz alta que, a juzgar por la alegría de sus rostros, los monjes debían ser muy felices en medio de su pobreza. A lo cual Macario de Alejandría respondió, haciendo alusión a su nombre, que en griego significa "feliz": "Tenéis razón en llamarnos felices, pues tal es nuestro nombre. Como veis, nosotros somos felices despreciando al mundo, en tanto que vosotros sois miserables sirviéndolo". Estas palabras, pronunciadas con un acento de inmensa verdad, hicieron tal efecto al tribuno que les había interpelado, que distribuyó todo su haber entre los pobres y abrazó la vida eremítica.
Un monasterio que llevaba el nombre de San Macario subsistió varios siglos en el desierto de Nitria. En su carta a Rústico, San Jerónimo parece haber transcrito una buena parte de los documentos espirituales de nuestro santo. En la Concordia Regularum o "Colección de reglas" se halla otra serie de normas espirituales de los dos Macarios, de Serapión (de Arsinoe o de Nitria), de Pafnucio de Bekbale (sacerdote del desierto de Esqueta) y de otros treinta y cuatro abades. Según narra, este último, los monjes ayunaban todo el año, excepto los domingos y el período del año que va de Pascua a Pentecostés; observaban igualmente la más estricta pobreza y pasaban el día en la oración y el trabajo manual. La hospitalidad era considerada como una gran virtud; pero, a fin de favorecer la vida de retiro, estaba prohibido a los monjes dirigir la palabra a los extraños sin licencia especial, excepto a aquél de los ermitaños cuyo cargo consistía en ocuparse de los huéspedes. La definición del anacoreta que nos da el abad trapense de Raneé, es un verdadero retrato de Macario en el desierto: cuando un alma ha gustado de Dios en la soledad; ya no puede pensar sino en el cielo. El canon de la misa de los coptos nombra a Macario.
Domingo entre la Circuncisión y la Epifanía o el 2 de enero FIESTA DEL SMO. NOMBRE DE JESÚS
Para la celebración de esta fiesta fue escogido en su principio el segundo domingo después de Epifanía, que recuerda el banquete de las bodas de Caná. Es precisamente el día de la boda, cuando el nombre del Esposo pasa a ser propiedad de la Esposa; ese nombre significará que en adelante es suya. Queriendo honrar la Iglesia con un culto especial un nombre tan precioso, unió su recuerdo al de las bodas divinas. Hoy, une a la celebración de este augusto Nombre, el aniversario del día en que le fue impuesto, ocho días después del Nacimiento.
El Antiguo Testamento había rodeado el Nombre de Dios de un profundo terror; este nombre era entonces tan temible como santo, y no todos los hijos de Israel tenían el honor de pronunciarlo. Aún no había aparecido Dios en la tierra conversando con los hombres; todavía no se había hecho hombre uniéndose a nuestra débil naturaleza; no podíamos, pues, darle ese nombre amoroso y tierno que la Esposa da al Esposo. Pero, cuando llega la plenitud de los tiempos, cuando el misterio del amor está próximo a aparecer, el nombre de Jesús baja primeramente del cielo, como un anticipo de la presencia del Señor que lo ha de llevar. El Arcángel dice a María: "Le pondrás por nombre Jesús"; ahora bien, Jesús quiere decir Salvador. ¡Qué dulce será este nombre para el mortal perdido! y, ¡cómo acerca ese solo Nombre al cielo con la tierra! ¿Hay alguno más amable y más poderoso? Si, al sonido de ese divino Nombre, debe doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos ¿habrá algún corazón que no se conmueva de amor al oírlo? Mas, dejemos que nos describa San Bernardo el poder y la dulzura de ese bendito Nombre. He aquí cómo se expresa a este propósito en su Sermón decimoquinto sobre el Cantar de los Cantares.
"El Nombre del Esposo es luz, alimento, medicina. Ilumina, cuando se le publica; alimenta, cuando en él se piensa, y cuando en la tribulación se le invoca, proporciona lenitivo y unción. Detengámonos, si os place, en cada una de estas cualidades. ¿Cómo pensáis que pudo derramarse por todo el mundo esa tan grande y súbita luz de la fe, sino es por la predicación del Nombre de Jesús? ¿No nos llamó Dios a su admirable luz, por medio de la antorcha de su bendito Nombre? Al ser iluminados por ella, y viendo en esta luz otra luz, oímos a San Pablo que acertadamente nos dice: Erais antes tinieblas, mas ahora luz en el Señor.
Pero, el Nombre del Jesús no es sólo luz; es también alimento. ¿No os sentís reconfortados al recordar ese dulce Nombre? ¿Hay algo en el mundo que tanto nutra el espíritu de quien en El medita? ¿Qué hay asimismo como él que restaure la flojedad de los sentidos, que dé fortaleza a las virtudes, haga florecer las buenas costumbres y mantenga los puros y castos afectos? Todo alimento del alma es árido si no está empapado en este aceite, insípido si no está sazonado con esta sal.
Cuando me escribís, vuestro relato no tiene para mí ningún sabor si no leo allí el nombre de Jesús. Cuando conmigo habíais o disputáis, la conversación no tiene para mí interés alguno si en ella no oigo resonar el nombre de Jesús. Jesús es miel para mi boca, melodía para mi oído, júbilo para mi corazón; y además de todo esto, una benéfica medicina. ¿Está triste alguno? Venga Jesús a su corazón, salga de allí a su boca, y en seguida se disipará cualquier nublado, y volverá la serenidad, en presencia de ese divino Nombre que es una verdadera luz. ¿Cae alguien en el crimen, o corre desesperado al abismo de la muerte? Que invoque el Nombre de Jesús y comenzará de nuevo a respirar y a vivir. ¿Quién, en presencia de ese nombre, permaneció nunca con el corazón endurecido, con la incuria de la pereza, el rencor o la languidez del fastidio? ¿Quién, por ventura, teniendo seca la fuente de las lágrimas, no la sintió correr repentinamente más abundante y suave, en cuanto invocó el nombre de Jesús? ¿Qué hombre hay, que temeroso y temblando en lo más recio del peligro, haya invocado ese Nombre, y no haya sentido inmediatamente que nacía en él la confianza, y huía el miedo? ¿Quién es, os lo pregunto, el que sacudido y agitado por las dudas, no vió brillar la certidumbre, tan pronto como invocó ese luminoso Nombre? ¿Quién es el que, habiendo dado oídos a la desconfianza en tiempo de la adversidad, no recobró el valor cuando llamó en su ayuda a ese Nombre poderoso? Efectivamente, todas esas son enfermedades del alma, y él es su medicina.
Así es, y puedo probarlo con estas palabras: Invócame, dice el Señor, en el día de la tribulación, y te libraré de ella, y tú me honrarás. Nada sujeta tanto el ímpetu de la ira, ni calma tanto la hinchazón del orgullo. Nada cura tan radicalmente las heridas de la tristeza, reprime los excesos lúbricos, extingue las llamas de las pasiones, apaga la sed de la avaricia, y ahuyenta el prurito de los apetitos deshonestos. En efecto, cuando pronuncio el nombre de Jesús, me represento un hombre manso y humilde de corazón, benigno, sobrio, casto, misericordioso, en una palabra, un hombre radiante de pureza y santidad, el cual es al mismo tiempo Dios omnipotente que me cura con sus ejemplos, y me fortalece con su ayuda. Todo esto suena en mi corazón cuando oigo el Nombre de Jesús. De esta manera, si le considero como hombre, saco de él ejemplos para imitarlos; si le considero como Dios Todopoderoso, una ayuda segura. Me sirvo de los referidos ejemplos como de hierbas medicinales, y de su ayuda como de un instrumento para triturarlas, elaborando con ellas una mezcla cual ningún médico sabría confeccionarla.
¡Oh, alma mía, tienes un maravilloso antídoto encerrado, en este Nombre de Jesús como en un vaso! Jesús, es ciertamente un Nombre saludable y un medicamento que nunca resultará ineficaz para ninguna dolencia. Tenedlo siempre en vuestro seno, siempre a la mano, de tal modo que todos vuestros actos vayan siempre dirigidos hacia Jesús."
Tal es, la virtud y la dulzura del santísimo Nombre de Jesús, nombre que fué impuesto al Emmanuel el día de su Circuncisión; pero, como el día de la Octava de Navidad está ya consagrado a celebrar la Maternidad divina, y el misterio del Nombre del Cordero exigía por sí solo una festividad propia, la Iglesia instituyó la fiesta de hoy. Su primer propulsor fué San Bernardino de Sena, en el siglo xv, el cual estableció y propagó la costumbre de representar, rodeado de rayos, el Santo Nombre de Jesús, reducido a sus tres primeras letras IHS, reunidas en monograma. Esta devoción se extendió rápidamente por Italia, favorecida por el ilustre San Juan Capistrano, de la Orden Franciscana, lo mismo que San Bernardino de Sena. La Santa Sede aprobó solemnemente esta devoción al Nombre del Salvador; y en los primeros años del siglo xvi, Clemente VII, a ruego de muchos, concedió a toda la Orden, de San Francisco el privilegio de celebrar una fiesta especial en honor del santísimo Nombre de Jesús. Sucesivamente extendió Roma este privilegio a las distintas Iglesias, y llegó el momento en que fue incluida en el calendario universal. Ocurrió esto en 1721 a petición de Carlos VI Emperador de Alemania; el Papa Inocencio XIII determinó que la fiesta del santísimo Nombre de Jesús se celebrase en toda la Iglesia, fijándola primitivamente en el domingo segundo después de Epifanía.
MISA
La Iglesia celebra la gloria del Nombre de su Esposo, desde el Introito. Cielo, tierra, abismos, temblad al oír ese Nombre adorable, porque el Hijo del hombre que lo lleva, es también el Hijo de Dios.
INTROITO
En el Nombre de Jesús debe doblarse toda rodilla, en los cielos, en la tierra y en los infiernos: y toda lengua debe confesar que Jesucristo, el Señor, está en la gloria de Dios Padre. Salmo: Señor, Señor nuestro: ¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! — J. Gloria al Padre.
En la Colecta, la Iglesia, que halla el consuelo de su destierro en el Nombre de su Esposo, pide el poder disfrutar pronto, de la visión de Aquel a quien ese Nombre querido representa.
ORACION
Oh Dios, que constituiste a tu Unigénito, Salvador del género humano, y ordenaste que se llamara Jesús: concédenos, propicio, la gracia de gozar en el cielo de la presencia de Aquel, cuyo santo Nombre veneramos en la tierra. Por el mismo Señor.
EPISTOLA
Lección de los actos de los Apóstoles. (IV, 8-12.)
En aquellos días, Pedro lleno del Espíritu Santo, dijo: Príncipes del pueblo y ancianos, oíd: Ya que en este día se nos pide razón del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera ha sido curado éste, sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que este hombre está en vuestra presencia sano en el Nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificásteis y Dios resucitó de entre los muertos. Esta es la piedra que vosotros desechasteis al edificar, la cual se ha convertido en piedra angular; y no hay salud en ningún otro. Ni se ha dado a los hombres otro Nombre debajo del cielo, por el cual podamos salvarnos. Ya lo sabemos ¡oh Jesús! ningún otro nombre sino el tuyo podía salvarnos, pues ese Nombre significa Salvador. Bendito seas, pues te dignaste aceptarlo: ¡bendito seas por habernos salvado! Eres del cielo y tomas un nombre de la tierra, un nombre que todos los labios mortales pueden pronunciar: unes, pues, para siempre la naturaleza divina con la humana. ¡Oh! haznos dignos de tan sublime alianza y no consientas que jamás la rompamos. La Santa Iglesia celebra a continuación con sus cantos, las glorias de este divino Nombre a quien bendicen todas las naciones, porque es el Nombre del Redentor del mundo.
GRADUAL
Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y júntanos de entre las naciones: para que confesemos tu santo Nombre, y nos gloriemos en tus alabanzas. — Y. Tú, Señor, eres nuestro Padre y nuestro Redentor: tu Nombre exista desde siempre.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. — J. Las alabanzas del Señor cantará mi boca; y bendiga toda carne su santo Nombre. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Lucas. II, 21.)
En aquel tiempo, pasados los ocho días para circuncidar al Niño, llamaron su Nombre Jesús, el cual le fué puesto por el Angel antes de que fuese concebido en el vientre. ¡Oh Jesús! recibiste el Nombre al derramar en la Circuncisión tu primera sangre; así tenía que ser, ya que ese nombre quiere decir Salvador; y nosotros no podemos salvarnos tampoco si no es por medio de tu sangre. Algún día, esa feliz alianza que has venido a contraer con nosotros, te ha de costar la vida; el anillo nupcial que colocarás en nuestro dedo, estará templado en tu sangre, y nuestra vida inmortal será el precio de tu cruel muerte. Todas estas cosas nos las dice ya tu sagrado Nombre ¡oh Jesús, oh Salvador! Tú eres la Viña que nos invita a libar de su vino generoso; mas, todavía el celeste racimo ha de ser duramente pisado en el lagar de la justicia del Padre de los cielos, de manera que sólo después de haber sido violentamente arrancado de la cepa y desmenuzado, podremos nosotros embriagarnos con su divino jugo. Recuérdenos siempre este misterio, tu divino Nombre, oh Emmanuel, y guárdenos del pecado su memoria, conservándonos siempre fieles a Ti. Durante el Ofertorio canta la Iglesia todavía al Nombre divino, objeto de la presente festividad, ensalzando las gracias reservadas a los que le invocan.
OFERTORIO
Te alabaré, Señor, Dios mío, con todo mi corazón y glorificaré tu Nombre para siempre: porque Tú, Señor, eres suave y manso: y muy misericordioso con todos los que te invocan, aleluya.
SECRETA
Suplicárnoste, clementísimo Dios, hagas que tu bendición, con la que vive toda criatura, santifique este sacrificio nuestro, que te ofrecemos para gloria del Nombre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que tribute a tu Majestad una alabanza, agradable, y a nosotros nos aproveche para la salud. Por el mismo Señor. Después de haber recibido los fieles el alimento celestial del Cuerpo y sangre de Jesucristo, la Iglesia en agradecimiento, invita a todas las naciones a cantar y glorificar el Nombre de quien las creó y redimió.
COMUNION
Todas las gentes que hiciste vendrán a ti, y se humillarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu Nombre: porque Tú eres grande y haces maravillas: Tú sólo eres Dios, aleluya. Sólo queda ya a la Iglesia por expresar un deseo: que los nombres de todos sus hijos sean inscritos, a continuación del glorioso Nombre de Jesús, en el libro de la predestinación eterna. Tendremos esta dicha asegurada, si sabemos estimar siempre este Nombre salvador, conformando nuestra vida con las obligaciones que impone.
POSCOMUNION
Omnipotente y eterno Dios, que nos has creado y redimido: contempla propicio nuestros votos, y dígnate aceptar, con rostro plácido y benigno, el sacrificio de la: saludable Hostia que hemos ofrecido a tu Majestad, en honor del Nombre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: para que, infundida en nosotros tu gracia, nos alegremos de ver escritos en el cielo nuestros nombres, bajo el glorioso Nombre de Jesús, con el título de la predestinación eterna. Por el mismo Señor.
viernes, 1 de enero de 2021
Sermón Viernes 01 de enero 2021 - CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR Y OCTAVA DE NAVIDAD
Sermón Viernes 01 de enero 2021 - CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR Y OCTAVA DE NAVIDAD
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