lunes, 1 de junio de 2020

MARTES DE PENTECOSTES



EL ESPIRITU SANTO Y LA FORMACION DE LA IGLESIA
Hemos visto la obra del Espíritu Santo que realizaba en el mundo por los Apóstoles y por los que les sucedieron, la conquista del género humano al nombre de Jesús, a quien "todo poder ha sido dado en el cielo y en la tierra". La lengua de fuego ha vencido, y el Príncipe del mundo, a pesar de sus furores, ha visto desplomarse sus altares y caer su poder. Veamos la consecuencia de las obras de este divino Espíritu por la glorificación del Hijo de Dios que le ha enviado a los hombres.
Emmanuel descendió aquí abajo buscando en su amor a la Esposa que había deseado desde toda la eternidad. La abrazó tomando la naturaleza humana y uniéndola indisolublemente a la persona divina; pero esta unión individual no era suficiente para su amor. Se dignó aspirar a poseer la raza humana entera; le era necesaria su Iglesia, "su única", como la llama en el Cantar de las Cantares', su Iglesia formada de la flor y nata de todos los pueblos, "llena de gloria sin tacha ni arruga, pero santa e inmaculada". Encontró a la raza humana manchada por el pecado, indigna de celebrar con él las nuncias augustas a que la convidaba. Su amor no titubeó. Declaró que era el Esposo anunciado; lavó con su propia sangre las manchas de su desposada y la dió en dote los méritos infinitos que había conquistado.
Habiéndola preparado para sí mismo, quiso que su unión con El fuese lo más íntima posible. Jesús y su Iglesia son un solo cuerpo; El es la cabeza, ella es el conjunto de los miembros reunidos en la unidad bajo este único jefe. Esta es la doctrina del Apóstol: "Cristo es la cabeza de la Iglesia; nosotros somos los miembros de su cuerpo, somos de su carne y de sus huesos". Este cuerpo se formará por la agregación sucesiva de los hijos de la raza humana que, prevenidos con el socorro sobrenatural de la gracia, quisieren tomar parte a ella; y este mundo que habitamos será conservado hasta que el último elegido que falte aún a la integralidad del cuerpo místico del Hijo de Dios se haya unido a ella por toda la eternidad. Entonces todo estará consumado y la última de las consecuencias de la Encarnación se cumplirá.
Ahora bien, de la misma manera que en el Verbo encarnado la humanidad está compuesta de un alma invisible y de un cuerpo visible, así la Iglesia será a la vez un alma y un cuerpo; un alma cuya belleza sólo podrá contemplar acá abajo el ojo de Dios; un cuerpo que atraerá las miradas de los hombres y será testimonio admirable del poder de Dios y del amor que tiene a la raza humana. Hasta los días en que estamos, los justos llamados a reunirse bajó el divino Jefe habían pertenecido sólo al alma de la Iglesia; porque el cuerpo no existía aún. El Padre celestial los había adoptado por hijos suyos, el Hijo de Dios los había aceptado por miembros suyos y el Espíritu Santo, cuya acción veremos más adelante, había realizado íntimamente su elección y su consumación. El punto de partida del nuevo orden de cosas está en María. En ella residió primero la Iglesia completa, alma y cuerpo. La que debía ser también tan realmente la Madre del Hijo de Dios según la humanidad, como el Padre celestial es su Padre según la divinidad, debía ser en el orden de los tiempos como en la medida de las gracias, superior a todo lo que había precedido y a todo lo que debía seguir.
El Emmanuel quiso también colocar por sí, fuera de su madre muy querida, los fundamentos de su Iglesia. Puso con sus benditas manos la Piedra fundamental, levantó sus columnas y hemos visto cómo empleó los cuarenta días que precedieron a la Ascensión en la organización de esta Iglesia aún tan limitada, pero que un día debía cubrir todo el mundo. Anunció que estaría con los suyos "hasta la consumación de los siglos; era prometer que, cuando subiese al cielo, la raza de sus discípulos se perpetraría hasta el fin de los tiempos.
Para el cumplimiento de su obra que sólo había bosquejado, contaba con el Espíritu divino, Era también menester que este Espíritu Santo descendiese para perfeccionar y confirmar a los elegidos. Debía ser su Paráclito, su Consolador, después de la partida de su Maestro; era la Virtud de lo alto que debía protegerles como una armadura en sus combates; debía ponerles en la memoria las enseñanzas de su Maestro; debía fecundizar con su acción los Sacramentos que Jesús había instituido y cuyo poder estaba en ellos por el carácter que había impreso en sus almas. He ahí porqué les dijo: "Os conviene que me vaya; porque si yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros". El día de Pentecostés vimos al Espíritu Santo obrar sobre la persona de los Apóstoles y de los discípulos; ahora nos hace falta verle poner manos en la obra de la creación, del mantenimiento y perfeccionamiento de esta Iglesia, a quien Jesús ha prometido asistir con su presencia misteriosa "hasta la consumación de los siglos'".
COMIENZOS DE LA IGLESIA. — La primera operación del Espíritu Santo en la Iglesia es la elección de los miembros que deben componerla. Este derecho de elección le es de tal modo personal, que, según las palabras del texto sagrado, los discípulos mismos que Jesús escogió para ser las bases de su Iglesia, los eligió "con el concurso del Espíritu Santo".
Le vimos el día de Pentecostés principiar su obra por la elección de tres mil personas. Pocos días después son conquistadas otras cinco mil mediante la predicación de Pedro y Juan bajo los pórticos del templo. Después de los judíos llega su vez a los gentiles; el Espíritu Santo conduce a Pedro a casa del centurión Cornelio, y penetra en este Romano y en sus familiares, eligiéndoles así para la naciente Iglesia y llamándolos al bautismo. La Liturgia nos hizo revivir este pasaje en la Misa de ayer.
¿Quién podrá seguir en adelante la marcha de este Espíritu Santo, que nadie ni nada será capaz de impedir? "La voz de sus elegidos recorre toda la tierra y su palabra de fuego resuena hasta en los últimos confines del mundo'". El Espíritu Santo les precede y les acompaña siempre y es quien hace la conquista, cuando ellos hablan. En los principios del siglo ni, un escritor cristiano pudo decir a los magistrados del imperio romano: "Somos de ayer y todo lo llenamos, vuestras villas, vuestras ciudades, vuestros campos, los palacios, el senado, el foro". Nada resiste el empuje arrollador del Espíritu Santo; no pasaron todavía tres siglos desde la manifestación del día de Pentecostés y elige para miembros de su Iglesia a los mismos Césares.
Así se va formando poco a poco la Esposa que Jesús aguarda y cuyo crecimiento y desarrollo contempla con amor desde el cielo. En los primeros años del siglo iv, esta misma Iglesia, obra del Espíritu Santo, traspasa los límites del imperio romano; y si en este mismo imperio se encuentran esparcidos grupos aún aferrados al paganismo, han oído por lo menos hablar de ella, y la misma rabia que la profesan es un testimonio fehaciente del potente desarrollo que alcanza ante sus ojos.
DESARROLLO DE LA IGLESIA. — Mas no vayamos a creer que el papel del Espíritu Santo se limita a asegurar el establecimiento de la Iglesia sobre las ruinas del imperio pagano. Jesús quiere una Esposa inmortal, que sea cada vez más conocida, por su presencia, en todos los lugares y en todos los tiempos, superior a toda otra división de la raza humana por la expansión de su imperio y el número de sus miembros.
El Espíritu Santo no debe detenerse en el cumplimiento de su misión. Si Dios se ha propuesto sumergir al imperio culpable en la inundación de los bárbaros, es éste un nuevo triunfo para el Espíritu. Dejadle que penetre y agite suavemente esta formidable masa. Tiene allí sus elegidos, y los tiene por millones. Ha renovado la faz de la tierra pagana y renovará la del mundo bárbaro. Los cooperadores que Se prepara no le traicionarán. Crea sin cesar nuevos apóstoles, y siendo como es tan poderoso, de todos hace material apto para su obra. Las Clotildes, las Bertas, las Teodelindas, las Heduvigis y tantas otras engrosan sus filas: adornada por sus manos reales, la Esposa de Jesús crece sin cesar, cada vez más joven y más bella.
Faltan todavía por asociar a este movimiento los vastos continentes de Europa, porque es necesario consolidar la obra en las regiones, en que las cristiandades de la primera época habían sido sumergidas, bajo las olas torrenciales de la invasión. A partir de fines del siglo vi, el Espíritu Santo envía, poco a poco, uno después de otro, a islas de Bretaña, a Alemania, a las raza escandinavas, a los países eslavos, los Agustinos, Bonifacios, Anscarios, Adalbertos, Cirilos, Metodios y Otones. Por mediación de estos instrumentas fieles del Espíritu Santo, la Esposa repara las pérdidas que ha sufrido en Oriente, donde el cisma y la herejía sucesivamente han ido cercenando su heredad primitiva. Este, que siendo Dios como el Padre y el Hijo, ha recibido como misión mantenerla en sus honores, vigila fiel y escrupulosamente por su guarda.
Y, en efecto, cuando una defección más desastrosa aún está a punto de estallar en Europa, bajo la pretendida reforma, el Espíritu Santo ha tomado ya sus medidas de antemano. Las Indias Orientales han sido conquistadas por la nación fidelísima; un nuevo mundo occidental ha nacido de las aguas y forma un nuevo florón para el reino católico.
Entonces el Espíritu Santo, siempre preocupado de conservar en su dignidad y en su pureza el sagrado depósito que le ha confiado el Verbo encarnado, suscita nuevos enviados para llevar a estas inmensas regiones el nombre de aquel que es el Esposo, y que desde lo alto del cielo contempla con satisfacción el desarrollo que adquiere la Esposa. Francisco Javier es un don precioso para las Indias Orientales; sus hermanos, en cooperación con los hijos de Domingo y Francisco, preparan con una perseverancia tenaz la heredad que las Indias Occidentales ofrecen a la Iglesia.
TRIUNFO FINAL DE LA IGLESIA. — Mas si algo más tarde la vieja Europa, demasiado crédula a los doctores de la mentira, parece rechazar este noble reino que constituye las complacencias del Hijo eterno de Dios, si, traicionada y maltratada, ultrajada y privada de sus derechos, esta noble Iglesia debe sostener lucha con aquellos que durante mucho tiempo fueron sus hijos, tened por cierto que el Espíritu Santo no permitirá que falle en sus destinos. Examinad la obra que realiza actualmente. ¿De dónde nacen, si no es de su hálito, sus vocaciones al apostolado, cada vez más numerosas? Mientras que por una parte los retornos de los herejes a su antigua fe son ahora más frecuentes que nunca, todas las regiones infieles son, asimismo, visitadas por los heraldos inflamados del Evangelio. El siglo XIX y XX ha vuelto a ver a los mártires, ha escuchado los interrogatorios de los procónsules chinos y anamitas y ha recogido, envueltos en la aureola de la admiración, las respuestas de los confesores sugeridas por el Espíritu Santo, según la promesa de su divino Maestro. El Extremo Oriente da sus elegidos, los negros de Africa son evangelizados; y aunque una quinta parte de la tierra permanece rebelde, posee ya numerosos fieles baio una jerarquía de pastores legítimos.
¡Sed, pues, bendecido, Espíritu divino, que con tanta solicitud velas sobre la Esposa de Jesús! Ella no ha desfallecido ni un solo día gracias a tu acción constante e incansable. No has dejado pasar un solo siglo sin suscitar apóstoles que la enriquecieran con sus conquistas, has solicitado constantemente con tu divina gracia espíritus y corazones que se consagren a ella; en todos los pueblos, en todos los siglos, tú mismo has elegido los innumerables fieles que la integran. Como es nuestra madre y nosotros somos sus hijos y es la Esposa de nuestro Capitán, con el que esperamos reunimos mediante ella, trabajando por la gloria del Hijo de Dios que te ha enviado a la tierra, has trabajado también por nosotros, pobres y humildes pecadores. Te ofrecemos por todo humildes acciones de gracias.
El Emmanuel nos ha revelado que permanecerá así con nosotros hasta el fin de los tiempos y reconocemos la necesidad de tu presencia, ¡oh divino Espíritu! Dirige la formación de la Iglesia, consérvala y haz que salga victoriosa de todos los ataques, transportarla de una región a otra, cuando el suelo que pisa no es digno de llevarla; tú eres el vengador de todos aquellos que la ultrajan y lo seguirás siendo hasta el último día.
Pero esta Esposa de Dios debe permanecer así, siempre desterrada, lejos de su Esposo. Lo mismo que María, que permaneció algunos años en la tierra trabajando en la glorificación de su Hijo, y finalmente ascendió a los cielos para reinar con El, la Iglesia permanecerá militante aqui abajo durante los siglos necesarios para completar el número de los elegidos. Pero estamos seguros que ha de llegar un tiempo del que se ha escrito: "Han llegado las bodas del Cordero y su Esposa está dispuesta. Fuéle otorgado un vestido de lino de una brillantez deslumbrante y el tisú son las obras justas de los santos que ella ha formado". En estos últimos tiempos la Esposa, siempre bella y digna de tal Esposo, no crecerá más; disminuirá aquí abajo en proporción directa con su crecimiento allá en el cielo. En su alrededor, sobre la tierra se dejará sentir la defección predicha por San Pablo. Los hombres la abandonarán y correrán hacia el Príncipe del mundo, que será desatado "por poco tiempo", y hacia la bestia, a la que "será otorgado hacer la guerra a los santos y aun vencerlos".
Las últimas horas de la Esposa aquí abajo serán dignas de ella; sostendrás a nuestra madre hasta que llegue el Esposo. Mas después del nacimiento del último elegido, el Espíritu y la Esposa se unirán en un mismo grito. "Ven", dirán. Entonces el Emmanuel aparecerá en las nubes del cielo, la misión del Espíritu Santo habrá terminado y la Esposa, "recostada sobre su amado" se elevará de esta tierra ingrata y estéril al cielo, donde le aguardan las bodas de la eternidad.
MISA
La Estación se celebra hoy en la iglesia de Santa Anastasia, basílica en la que asistimos a la Misa de la Aurora el día de Navidad. La volvemos a ver hoy, cuando la serie de misterios de nuestra salvación se halla en su término. Bendigamos a Dios, que se ha dignado dar cima con tanto vigor a lo que había comenzado tan suavemente. Los neófitos asisten aún a esta Misa con sus vestidos blancos y su presencia es un testimonio a la vez del amor del Hijo de Dios, que los ha purificado en su sangre, y del poder del Espíritu Santo, que los ha arrebatado al imperio tiránico del príncipe de este mundo.
El Introito se dirige a los neófitos y les anima a alegrarse. En adelante están llamados para reino celestial; que ofrezcan, pues, una perenne acción de gracias a aquel que se ha dignado escogerlos. Las palabras de esta pieza, que datan de la más remota antigüedad, están tomadas del libro IV de Esdras, que los primeros cristianos solían leer con frecuencia, a causa de la belleza y gravedad de sus enseñanzas, aunque no sea reconocido por la Iglesia como un libro inspirado.
INTROITO
Recibid el gozo de vuestra gloria, aleluya: dando gracias a Dios, aleluya: aue os llamó a los celestes reinos, aleluya, aleluya. — Salmo: Atiende, pueblo mío, a mi Ley: inclinad vuestro oído a las palabras de mi boca. V. Gloria al Padre.
En la Coiecta, la iglesia nos enseña que la acción del Espíritu Santo está llena de dulzura para nuestras almas. Esta acción divina los purifica de todas sus imperfecciones y los preserva al mismo tiempo de los ataques del espíritu pérfido y envidioso que les está acechando sin cesar.
COLECTA
Suplicárnoste, Señor, nos asista la virtud del Espíritu Santo: la cual purifique clemente nuestros corazones, y nos proteja de toda adversidad. Por el Señor.
EPISTOLA
Lección de los Hechos de los Apóstoles.
En aquellos días, habiendo oído los Apóstoles, que estaban en Jerusalén, que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a ellos a Pedro y a Juan. Los cuales, habiendo ido, oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo: pues aun no había venido sobre ninguno de ellos, sino que sólo se habían bautizado en el nombre del Señor Jesús. Entonces impusieron sobre ellos las manos, y recibieron el Espíritu Santo.
MISIÓN EN SAMARÍA. — Los habitantes de Samaría aceptaron la predicación evangélica llevada allí por el diácono Felipe. Recibieron de su mano el bautismo, que los hizo cristianos. Se recuerda el diálogo de Jesús con una mujer de esta ciudad al borde del pozo de Jacob y los tres días que pasó en compañía de sus moradores. Su fe ha sido recompensada; el bautismo los ha hecho hijos de Dios y miembros vivos de su Redentor. Pero es necesario aún que reciban el Espíritu Santo en el sacramento, que da la fuerza. El diácono Felipe no pudo otorgarles este don; dos apóstoles, Pedro y Juan, revestidos del carácter pontifical, se lo confieren, haciéndolos perfectos cristianos. Este relato nos viene a recordar la gracia que el Espíritu Santo se ha dignado hacernos, imprimiendo en nuestras almas el sello de la Confirmación; estémosle reconocidos por este bien que nos ha unido a él con lazos más estrechos, haciéndonos al mismo tiempo capaces de confesar valientemente nuestra fe en presencia de todos los que quieran ser nuestros jefes.
ALELUYA
Aleluya, aleluya, V. El Espíritu Santo os enseñará cuanto yo os he dicho.
Aleluya. (Aquí se arrodilla.) V. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles: y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Se canta a continuación la Secuencia Veni, Sánete Spiritus AQUÍ.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan.
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: En verdad, en verdad os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, ése es ladrón y robador. Mas, el que entra por la puerta, es pastor de las ovejas. A este tal abre el portero, y las ovejas oyen su voz, y llama nominalmente a las propias ovejas, y las saca. Y, cuando ha sacado las ovejas, marcha delante de ellas: y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero al extraño no le siguen, sino que huyen de él: porque no conocen la voz de los extraños. Este proverbio les dijo Jesús. Pero ellos no entendieron lo que El les dijo. Entonces Jesús les dijo de nuevo: En verdad, en verdad os digo: que yo soy la puerta de las ovejas. Todos, los que han venido, han sido ladrones y robadores, y no les escucharon las ovejas. Yo soy la puerta. Si alguien entrare por mí, se salvará: y entrará, y saldrá, y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, y matar, y perder. Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.
FIDELIDAD AL VERDADERO PASTOR. — Proponiendo este pasaje evangélico a los neófitos de Pentecostés, quiere la Iglesia ponerlos en guardia contra un peligro con que pueden chocar en el curso de la vida.
En el momento presente, son el rebaño de Jesús, el buen Pastor, y este divino Pastor se halla representado ante ellos por los hombres que El mismo ha confiado el encargo de apacentar sus corderos. Estos hombres han recibido su misión de Pedro, y todo el que se halla con Pedro se halla también con Jesús. Pero sucede muchas veces que se introducen falsos pastores en el aprisco y el Salvador los califica de salteadores y ladrones, porque, en lugar de entrar por la puerta, penetran por las tapias en el redil. Nos dice que El mismo es la Puerta por la que deben pasar todos los que tienen derecho a apacentar su rebaño. Todo pastor, para no pasar por ladrón, debe recibir la misión de Jesús, y esta misión no puede venir sino por medio de aquel que ha establecido para que ocupe su puesto hasta que venga El mismo en persona. El
Espíritu Santo ha derramado sus dones en las almas de estos nuevos cristianos; pero las virtudes que brillan en ellos no se pueden ejercer de suerte que les sirvan para alcanzar la vida eterna, sino en el seno de la Iglesia verdadera. Si en lugar de seguir al legítimo pastor tienen la desgracia de entregrarse a falsos pastores, todas estas virtudes resultan estériles. Deben, pues, huir como de un mercenario de aquel que no ha recibido su misión del Maestro, que únicamente puede conducirles a los pastos de vida. Frecuentemente, en el correr de los siglos se han encontrado pastores cismáticos; es deber de los fieles el huir de ellos y todos los hijos de la Iglesia deben prestar atención a la prevención que nuestro Señor les dirige aquí. La Iglesia que El ha fundado y que gobierna por medio de su Espíritu Santo tiene como carácter y distintivo el ser Apostólica. La legitimidad de la misión de los pastores se manifiesta por la sucesión; y como Pedro vive en sus sucesores, el sucesor de Pedro es la fuente del poder pastoral. Quien está con Pedro, está con Jesucristo.
En el Ofertorio, la Iglesia, preludiando al Sacrificio, exalta, por las palabras del salmista, el alimento sagrado que van a comulgar los fieles; es un maná bajado del cielo, el pan de los mismos Angeles.
OFERTORIO
El Señor abrió las puertas del cielo: y llovió para ellos maná, para que comieran: les dió pan del cielo, pan de Angeles comió el hombre. Aleluya.
La víctima que va a ser ofrecida tiene la virtud de purificar por su inmolación a aquellos que son llamados a alimentarse de ella; la Santa Iglesia, en la Secreta, pide esto mismo para los fieles que integran la asamblea.
SECRETA
Suplicárnoste, Señor, nos purifique la oblación del presente don y nos haga dignos de la sagrada participación. Por el Señor.
En la antífona de la Comunión, la Iglesia recuerda las palabras por las cuales Jesús anunció que el Espíritu Santo le glorificaría. Nosotros, que acabamos de contemplar a este Espíritu obrando en todo el mundo, sabemos que ha cumplido el oráculo en toda su extensión.
COMUNION
El Espíritu, que procede del Padre, aleluya: El me glorificará, aleluya, aleluya.
El pueblo fiel ha participado en el Misterio de Jesús; la Iglesia nos enseña en la poscomunión que la virtud del Espíritu Santo ha intervenido en este momento con su acción divina. El es quien ha obrado el cambio de los dones: sagrados en el cuerpo y sangre del Redentor, y quien ha preparado las almas para que se unanai Hijo de Dios, purificándolas de todo pecado.
POSCOMUNION
Suplicárnoste, Señor, hagas que el Espíritu Santo repare nuestras almas con estos divinos Sacramentos: porque El es la remisión de todos los pecados. Por el Señor. >>
EL DON DE CIENCIA
Habiendo sido el alma desarraigada del mal por el don de Temor de Dios, y abierta a los afectos nobles por el don de Piedad, experimenta la necesidad de saber el medio de evitar todo aquello que es objeto de su temor y encontrar lo que debe amar. El Espíritu Santo viene en su ayuda, reportándole lo que ella desea, infundiéndola el don de Ciencia. Por este don precioso se la aparece la verdad, conoce lo que Dios pide y lo que reprueba, todo lo que debe buscar y lo que debe huir. Sin la ciencia divina, nuestra vista corre peligro de extraviarse, a causa de las densas tinieblas que tan frecuentemente obscurecen del todo o en parte la inteligencia del hombre. Estas tinieblas provienen, desde luego, de nuestra propia naturaleza, que lleva impresas señales reales de decadencia. Tienen también como causa los prejuicios y máximas del mundo que adulteran con frecuencia a los espíritus tenidos como los más firmes. Finalmente, la acción de Satanás, príncipe de las tinieblas, va dirigida en gran parte hacia el fin de rodear nuestra alma de obscuridades o de extraviarla sumiéndola en falsos resplandores.
La fe que se nos infundió en el bautismo es la luz de nuestra alma. Por el don de Ciencia, el Espíritu Santo hace producir a esta virtud rayos muy vivos que disipen nuestras tinieblas. Entonces, las dudas se aclaran, el error se esfuma y aparece la verdad en todo su radiante esplendor. Cada cosa se ve en su verdadera claridad, que es la claridad de la fe. Se descubren los deplorables errores que circulan por el mundo, que seducen a un número tan grande de almas y cuya víctima ha sido quizá frecuentemente uno mismo.
El don de Ciencia nos revela el fin que Dios se ha propuesto en la creación, este fin sin el cual los seres no encuentran ni el bien ni el reposo. Nos muestra el uso que debemos hacer de las criaturas que se nos han dado no precisamente como un estorbo, sino como una ayuda eficaz en nuestra marcha hacia Dios. Una vez descubierto el secreto de la vida, nuestro caminar se hace seguro, no vacilamos ya más y nos sentimos dispuestos a abandonar todo camino que no nos conduciría a nuestro fin.
Esta es la Ciencia, don del Espíritu Santo, que el Apóstol tiene en vista, cuando, hablando a los cristianos, les dice: "Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; caminad, pues, como hijos de la luz" De ahí proviene esta firmeza, este tesón de la conducta cristiana. La experiencia puede tener sus fallos algunas veces y el mundo se alarma al pensar en los malos pasos, que hay que temer mucho; es que el mundo ha obrado sin el don de Ciencia. "El Señor conduce al justo por caminos rectos, y para asegurar sus pasos le ha dado la ciencia de los Santos". Cada dia se da esta lección. El cristiano, en medio de la luz sobrenatural, escapa a todos los daños, y si no tiene la experiencia propia, posee la experiencia de Dios.
Sé bendito, Espíritu Santo, por esta luz que derramas sobre nosotros y que mantienes con tan amable constancia. No permitas que jamás vayamos en busca de otra. Ella sola nos es suficiente; sin ella todo son densas tinieblas. Líbranos de las tristes inconsecuencias de las cuales muchos se dejan seducir imprudentemente. Aceptan un día tu dirección, y al siguiente se abandonan a los prejuicios del mundo, llevando una doble vida que no satisface ni al mundo ni a ti. Nos es necesario, pues, el amor a esta Ciencia que tú nos has otorgado, si queremos salvarnos; el enemigo de nuestras almas envidia en nosotros esta ciencia salvadora; quisiera suplantarla con sus tinieblas. No permitas, Espíritu Santo, que realice sus pérfidos designios y ayúdanos siempre a discernir lo falso de lo verdadero, lo justo de lo injusto. Que, según la palabra de Jesús, nuestro ojo sea sencillo, a fin de que todo nuestro cuerpo, es decir, el conjunto de nuestros actos, de nuestros deseos y de nuestros pensamientos se realicen en la luz; líbranos de ese ojo que Jesús llama malo y que envuelve en tinieblas todo el cuerpo.

2 de junio: SAN ERASMO, OBISPO Y MÁRTIR

SAN ERASMO, OBISPO Y MÁRTIR - Vidas de los Santos de A. Butler
Nicolás Poussin, Martirio de S. Erasmo
s. XVII - Ciudad del Vaticano
(¿303? p.c.) - San Erasmo, llamado también San Elmo, muy venerado en la antigüedad como patrón de los marineros y como uno de los "Catorce Auxiliadores Celestiales", se une a los dos mártires mencionados arriba, en la misa y el oficio de la Iglesia de occidente, en la actualidad. En el Acta Sanctorum se le describe como obispo de Formia, en la Campania y, por San Gregorio el Grande sabemos que sus reliquias se conservaban en la catedral de la ciudad, en el siglo VI. En 842, los sarracenos destruyeron Formia, y el cuerpo de San Erasmo fue trasladado a Gaeta, ciudad ésta que le considera todavía como su patrón principal. Nada en concreto se sabe de su historia, puesto que sus llamadas "actas" son recopilaciones posteriores de leyendas donde se le confunde con un obispo y mártir de Antioquía. De acuerdo con la más antigua de estas biografías espurias, San Erasmo de Formia era un obispo sirio que huyó durante la persecución de Diocleciano para refugiarse en el Monte Líbano, donde vivió como un ermitaño solitario a quien alimentaba un cuervo. Al descubrírsele, compareció ante el emperador, quien le mandó azotar y apalear con garrotes claveteados; luego se le envolvió en pez a la que se prendió fuego. Como a pesar de todo aquello, el obispo seguía ileso, se le arrojó en un calabozo para que muriera de hambre. Sin embargo, un ángel lo sacó de la prisión y lo condujo a la provincia romana de Iliria. Ahí consiguió convertir a muchos, pero también fue sometido a otras torturas incluidas la silla y las corazas de hierro calentadas al rojo. De nuevo quedó indemne, y el ángel volvió a salvarlo, llevándolo a Formia donde al fin murió, a consecuencia de sus heridas.
En Bélgica, Francia y otras partes, las representaciones populares de San Erasmo lo muestran con una enorme cortadura en su costado, por la cual le salen los intestinos para enredarse en un molinete que está junto a él. En consecuencia, se le invoca contra los calambres y los cólicos, especialmente entre los niños. Pero en la historia legendaria de San Erasmo, no hay ningún dato o indicio que lo relacione con esta forma de tortura. Las linternas de color azul que suelen encenderse en el tope de los mástiles cuando amenaza una tormenta y después de que ésta ha pasado, eran conocidas por los marinos napolitanos como signos de la protección de su santo patrono, y por eso se las llama hasta hoy "fuegos de San Elmo" y "fuegos de San Telmo".
No hay razones para dudar de que el nombre de San Elmo o San Telmo se derive del de San Erasmo, puesto que éste se transformó en Eramo, en Elamo y finalmente en Enermo. De ahí se extrajo el apelativo de Elmo, así como el de Catalina proviene de Catarina. En la actualidad, las descargas eléctricas de color azul que se producen bajo ciertas condiciones atmosféricas especiales sobre los mástiles y palos mayores de los barcos, se llaman oficialmente en el lenguaje de la navegación, "fuegos de San Telmo", porque San Erasmo, honrado al principio como patrono de navegantes, mostraba su protección de esta manera, según era creencia arraigada entre las gentes de mar. Cuando los navegantes portugueses adoptaron al Beato Pedro González como patrón, los "fuegos de San Telmo" se convirtieron en "luces de Pedro"; pero los marineros portugueses optaron por sostener que el Beato Pedro había sido el verdadero San Telmo y siguieron llamando a los fuegos como siempre.
La iglesia parroquial del pequeño puerto de Faversham, en Kent, tenía, hasta antes de la Reforma, un altar dedicado a San Erasmo y, por aquel entonces, había un dicho popular muy arraigado en el que se afirmaba que "un hombre está condenado a vivir mientras tenga algo que dar, a menos que haga un legado para que se mantengan encendidas las luces que arden ante el altar de San Erasmo".
El texto que más ha circulado sobre la historia legendaria de San Erasmo, está impreso en el Acta Sanctorum, junio, vol. I. Una reseña más amplia sobre las varias revisiones de esta narración mítica, se encuentra en BHL., nn. 2578-2585. Véase también a F. Lanzoni, Le Diócesi d'ltalia, pp. 163-164; R. Flahault, S. Erasme (1895); E. Dümmler, en Neues Archiv, vol. v (1880), pp. 429-431; y M. R. James. Illustrations to the Life of St. Alban (1924), pp. 23 y 27. El aspecto artístico del asunto, lo trata Künstle en Ikonographie worterbuch des deutschen Aberglaubens, vol. II, cols. 791, 866. En épocas posteriores surgió una confusión entre San Elmo, el patrón de los marineros y el dominico, Beato Pedro González: ver el 14 de abril. No puede haber dudas de que San Erasmo existió realmente, por muy improbables que sean les leyendas que se contaron después sobre él. Su nombre se conmemora en el Hieronymianum, lo mismo que en el Félire de Oengus y su historia se relata en el Antiguo Martirologio Inglés del siglo nueve. Para la confusión entre San Erasmo y San Agapito, con el nombre de "Agrappart" o "Agrapau", ver los escritos en Etudes d'histoire et d'archéologie Namuroises, dedicados a F. Courtoy (1952), por Fr. B. de (luiffer, quien amablemente proporcionó al editor una copia de su obra.

2 de junio: SANTOS MARCELINO y PEDRO, MÁRTIRES


SANTOS MARCELINO y PEDRO, MÁRTIRES - Vidas de los Santos de A. Butler
G. Lapis, Martiro de los Stos. Marcelino y Pedro, Roma
(304 p.c.) - Marcelino y Pedro se encuentran entre los santos romanos que se conmemoran diariamente en el canon de la misa. Marcelino era un prominente sacerdote en Roma durante el reinado de Diocleciano, mientras que Pedro, según se afirma, era un exorcista. Debido a un error de lectura del llieronymianum, se llegó a la conclusión de que otros mártires perecieron con ellos, en número de cuarenta y cuatro, pero no hay ninguna prueba concreta que respalde esta aseveración. Un relato muy poco digno de confianza sobre su "pasión", declara que ambos cristianos fueron aprehendidos y arrojados en la prisión, donde tanto Marcelino como Pedro mostraron un celo extraordinario en alentar a los fieles cautivos y catequizar a los paganos, para obtener nuevas conversiones, como la del carcelero Artemio, con su mujer y su hija. De acuerdo con la misma fuente de información, todos fueron codenados a muerte por el magistrado Sereno o Severo, como también se le llama. Marcelino y Pedro fueron conducidos en secreto a un bosquecillo que llevaba el nombre de Selva Negra, para que nadie supiera el lugar de su sepultura y se les cortó la cabeza. Sin embargo, el secreto se divulgó, tal vez por medio del mismo verdugo que posteriormente se convirtió al Cristianismo. Dos piadosas mujeres, Lucila y Fermina, exhumaron los cadáveres y les dieron conveniente sepultura en la catacumba de San Tiburcio, sobre la Vía Lavicana, no sin recoger antes algunas reliquias. El Papa Dámaso, autor del epitafio para la tumba de los dos mártires, declaró que siendo niño, se enteró de los pormenores de su ejecución por boca del propio verdugo. El emperador Constantino mandó edificar una iglesia sobre la tumba de los mártires y quiso que ahí fuera sepultada su madre, Santa Elena. En el año de 827, el Papa Gregorio IV hizo donación de los restos de estos santos a Eginhard, antiguo hombre de confianza de Carlomagno, para que las reliquias fueran veneradas en los monasterios que había construido o restaurado; por fin, los cuerpos de los mártires descansaron en el monasterio de Seligenstadt, a unos veintidós kilómetros y medio de Francfort. Todavía se conservan los relatos donde se registraron minuciosamente todos los detalles de los milagros que tuvieron lugar durante aquella famosa traslación. La prueba de que en la Roma antigua se rendía mucho culto a estos dos santos, está en que abundan inscripciones para conmemorarlos, como ésta: "Sánete Petr (e) Marcelline, suscipite vestrum alumnum".
La legendaria pasión y otros datos, fueron impresos en el Acta Sanctorum, junio, vol. I. Consúltese especialmente a J. P. Kirsch, Die Mdrtyrer der Katakombe ad duas lauros (1920), pp. 2-5; a Marucchi, en el Nuovo Bullettino, 1898, pp. 137-193; a Wilpert, en el Romische Quartalschrift, 1908, pp. 73-91. En las traducciones, puede leerse la de M. Bondois, con muchas reservas; véase Analecta Bollandiana vol. XXVI (1907), pp. 478-481. Un buen estudio sobre esta cuestión es el de K. Esselborn, Die Ubertragung ... (1925). La versión inglesa sobre la historia de la traslación, fue publicada por B. Wendell (1926).

1 de junio: SAN VISTANO o WISTANO DE MERCIA, REY y MÁRTIR

SAN VISTANO o WISTANO DE MERCIA, REY y MÁRTIR
(850 p.C.) - San Winstan o Vistano, pertenece a las docenas de príncipes soberanos ingleses del primer milenio de la era cristiana que alcanzaron la gloria de la santidad. Muerto tempranamente su padre Wigmund en 839, Vistano debía suceder al año siguiente en el trono de Mercia a su su abuelo Wiglaf. Siendo aun muy joven, le fue confiada temporalmente la regencia a su madre Elfleda.
Berhtic (Brifardo), miembro de la familia real, quería casarse con Elfleda, pero existían impedimentos no sólo de consanguinidad, sino también porque él era su padrino.
Por oponerse Vistrano al matrimonio incestuoso de su madre, con Berhtric, fue decapitado en Wistantostow, Shroposhire.

1 de junio: SANTA ANGELA MERICI, VIRGEN, FUNDADORA DE LA COMPAÑÍA DE SANTA ÚRSULA

SANTA ANGELA MERICI, VIRGEN, FUNDADORA DE LA COMPAÑÍA DE SANTA ÚRSULA - Vidas de los Santos de A. Butler
(1540 p.c.) - La fundadora de las Ursulinas, primera congregación femenina dedicada a la enseñanza, nació el 21 de marzo de 1470 o de 1474, en el pueblecito de Desenzano, a orillas del Lago de Garda, en Lombardía. Los padres de la santa, más piadosos que ricos, la educaron cristianamente. Ambos murieron cuando Angela tenía diez años y dejaron a sus dos hijas y a su hijo al cuidado de un tío acomodado que vivía en Saló. Cuando Angela tenía trece años, murió su hermana mayor, lo cual constituyó un rudo golpe; a la pena de verse separada de quien era para ella como una segunda madre, se añadía la incertidumbre acerca de su suerte eterna, ya que su hermana, una buena mujer, piadosa y de sólidos principios, no había podido recibir los últimos sacramentos. Angela tuvo, por entonces, la primera de sus numerosas visiones, y en ella le fue revelado que su hermana se había salvado. Llena de gratitud, Angela se consagró, con mayor ahinco que antes, al servicio de Dios y, poco después, tomó el hábito de terciaria franciscana. Llevaba una vida extremadamente austera. A imitación de San Francisco, no quería poseer nada, ni siquiera una cama y se alimentaba exclusivamente de pan, agua y algunas verduras.
Angela volvió a Desenzano después de la muerte de su tío, hacia los veintidós años de edad. En sus visitas a los vecinos, quedó sorprendida por la total ignorancia de los niños, a quienes sus padres no podían o no querían enseñar ni siquiera lo más elemental del catecismo. Poco a poco se sintió llamada a remediar ese estado de cosas y habló de ello con algunas amigas. La mayoría de ellas eran terciarias franciscanas o jóvenes de la clase social de Angela, con poco dinero y menos influencia, pero dispuestas a seguir generosamente a la santa. Angela era de baja estatura, pero tenía todas las cualidades de un jefe y no carecía de belleza y encanto. Encabezadas por Angela, las buenas mujeres empezaron a reunir a las niñas de la vecindad y a educarlas sistemáticamente. La obra, que había tenido comienzos tan humildes, prosperó rápidamente, y se invitó a Angela a fundar, en Brescia, una escuela semejante. La santa aceptó y recibió cordial hospitalidad en la casa de un noble matrimonio al que había consolado en un momento de tribulación. Por medio de sus huéspedes, entró en contacto con las principales familias de Brescia y se convirtió en la inspiradora de un devoto círculo de hombres y mujeres. De cuando en cuando, hacía una peregrinación a algún santuario. Se hallaba en Mantua, a donde había ido para visitar la tumba de la Beata Osanna, cuando aprovechó la oportunidad que se le ofreció para acompañar a Tierra Santa a una joven pariente. Antonio de Romanis, un mercader ya anciano, sufragó los gastos de Angela. En Creta, la santa sufrió un ataque de ceguera. Sus compañeros le propusieron volver a Italia, pero ella se negó a hacerlo y visitó los Santos Lugares de Palestina con tanta devoción, como si los viese con los ojos del cuerpo. En el viaje de vuelta, cuando se hallaba orando exactamente en el mismo sitio en que había sido atacada por la enfermedad, recobró la vista.
El Año Santo de 1525, Angela fue a Roma para ganar la indulgencia del jubileo y tuvo el privilegio de obtener una audiencia privada con el Papa. Clemente VII hubiese querido que se quedara en Roma a dirigir una congregación de religiosas hospitalarias, pero la santa declinó respetuosamente el honor, por humildad y por fidelidad a su verdadera vocación. Volvió, pues, a Brescia. Sin embargo, tuvo que abandonar pronto la ciudad, porque, cuando las tropas de Carlos V estaban a punto de tomarla, pareció conveniente evacuar el mayor número posible de civiles. Angela se trasladó a Cremona con algunas de sus amigas y ahí permaneció, hasta que se firmó la paz. Los habitantes de Brescia la recibieron jubilosamente a su regreso, pues admiraban su caridad, su don de profecía y su santidad. Se cuenta que, poco después, mientras asistía a la misa, fue arrebatada en éxtasis y estuvo largo tiempo suspendida en el aire, a la vista de numerosos testigos.
Algunos años antes, en Desenzano, Santa Angela había tenido una visión de un grupo de doncellas que subían al cielo por una escala luminosa y había oído una voz que le decía: "Ten buen ánimo, Angela, porque antes de morir vas a fundar una compañía de doncellas como las que acabas de ver." Ahora había llegado el tiempo del cumplimiento de esa profecía. Según parece, hacia el año 1533 la santa empezó a formar a varias jóvenes selectas en una especie de noviciado informal. Doce de esas jóvenes se fueron a vivir con ella en una casa de las cercanías de la iglesia de Santa Afra, pero la mayor parte siguió en la casa de sus padres o de sus parientes. Dos años después, veintiocho jóvenes se consagraron al servicio de Dios. Angela las puso bajo la protección de Santa Úrsula, la patrona de las universidades medievales, a la que el pueblo veneraba como guía del sexo femenino. Por ello, las hijas de Santa Angela han conservado hasta nuestros días el nombre de "Ursulinas". El 25 de noviembre de 1535, fue la fecha oficial de la fundación de la Orden de las Ursulinas. Sin embargo, en la época de la fundadora, se trataba más bien de una asociación piadosa, ya que sus miembros no llevaban hábito (aunque se les recomendaban los vestidos negros), no hacían votos y no vivían en comunidad. Las Ursulinas se reunían para la enseñanza y la oración, ejecutaban trabajos que se les encomendaban y procuraban llevar vida de perfección en la casa paterna. La idea de una orden femenina de enseñanza era tan nueva, que hacía falta tiempo para que la cristiandad se acostumbrase a ella.
Sin embargo, pese a los cambios y modificaciones que han sufrido, las Ursulinas conservan, hasta el día de hoy, la finalidad para la que fueron creadas: la educación de las niñas, sobre todo de las niñas pobres. En las primeras elecciones, Santa Angela fue nombrada superiora y ejerció ese cargo durante los cinco últimos años de su vida. A principios de enero de 1540, cayó enferma y murió el 27 del mismo mes. En 1544, una bula de Paulo III confirmó la Compañía de Santa Úrsula y la reconoció como congregación. La fundadora fue canonizada en 1807.
Las fuentes sobre la vida de Santa Angela pueden verse, en inglés, en la minuciosa obra de la hermana M. Mónica, Angela Merici and Her Teaching Idea (1927). El P. Cozzano, secretario de la santa, nos dejó un manuscrito que contiene las reglas, el "testamento" y los consejos de la sierva de Dios. Un notario llamado G. B. Nazari escribió en 1560, la primera biografía de Santa Angela; puede verse en el apéndice de la obra de Giuditta Bertolotti, Storia di S. Angela Merici (1923). La primera biografía que se publicó fue, probablemente, la de Ottavio Gondi (1600) que está plagada de datos legendarios. La biografía de Cario Doneda, compuesta con miras a la canonización, vio la luz en 1768 y es un poco más fidedigna que la anterior. Ver la obra de Postel (1878), en dos volúmenes, la de W. E. Hubert (en alemán), y la obra titulada Saint Angele Merici et l'Ordre des Ursulines (2 vols., 1922); también M. Aron, Les Ursulines (1937) y la biografía de G. Bernoville (1947). En inglés existe una biografía del siglo pasado, St Angela Merici and the Ursulines (1880), de B. O'Reilly, y una biografía de tipo popular más reciente: St Angela of the Ursulines, de la madre Francis. La obra de la hermana Mónica es, sin duda, la mejor; pero hay que confesar que resulta desconcertante el apéndice en que la autora cita la monografía de J. H. Kessel (1863), como una autoridad en la cuestión de las once mil vírgenes. Más inteligentemente hubiese podido citar el artículo Úrsula de la "Catholic Encyclopedia" (cf. nuestro artículo del 21 de oct.).

LUNES DE PENTECOSTES




El Espíritu Santo tomó ayer posesión del mundo, y sus comienzos en la misión que había recibido del Padre y del Hijo anunciaron su poder, y preludiaron con ostentación sus futuras conquistas. Vamos a seguir su camino y sus acciones sobre la tierra que le fué confiada; la sucesión de los días de Octava tan solemne nos permitirá señalar una tras otra sus obras en la Iglesia y en las almas.
ISRAEL Y LA GENTILIDAD.— Jesús es el Rey del mundo; recibió de su Padre las naciones en herencia. El mismo nos declaró que "le ha sido otorgado todo 1 poder en el cielo y en la tierra"2. Pero subió al cielo antes de establecerse su imperio en este mundo. El pueblo de Israel a quien hizo escuchar su palabra, a cuyos ojos realizó los prodigios que atestiguaban su misión, le despreció y dejó de ser su pueblo3. Sólo algunos de sus miembros le recibieron y le recibirán todavía; pero la masa de Israel suscribe la exclamación sacrilega de sus pontífices: "No queremos que reine sobre nosotros"".
La gentilidad está también tan alejada de recibir al hijo de Maria por su señor. Desconoce su persona, su doctrina y su misión. Las antiguas tradiciones de la religión primitiva se han borrado gradualmente. El culto de la materia ha invadido tanto al mundo civilizado como al mundo bárbaro, y se ha prodigado adoración a toda criatura. La moral está alterada hasta en sus fuentes más sagradas y más inviolables. La razón se ha oscurecido en esta minoría imperceptible que se gloría del nombre de filósofos; "se desvanecieron sus pensamientos y se oscureció su insensato corazón"Las razas humanas emigradas se han mezclado sucesivamente por la conquista. Tantos transtornos sólo dejaron en los pueblos la idea de la fuerza, y el colosal imperio romano del César cae con todo su peso sobre la tierra. Es el momento que el Padre celestial escogió para enviar a su Hijo a este mundo. No hay lugar para un rey de las inteligencias y de los corazones; con todo eso, es necesario que Jesús reine sobre los hombres y que su reino sea recibido.
EL PRÍNCIPE DE ESTE MUNDO. — Entretanto, se ha presentado otro señor y los pueblos le acogieron. Es Satanás, y su imperio se ha establecido con tanto poder, que Jesús mismo le llama el Príncipe de este mundo. Es menester "echarle fuera"; se trata de arrojarle de sus templos, de expulsarle de las costumbres, del pensamiento, de la literatura, de las artes, de la política; porque todo lo posee. No es sólo la humanidad depravada quien resiste; es el fuerte armado quien la guarda como su dominio y que no cederá ante una fuerza creada.
Todo está, pues, contra el reino de Cristo, y nada a su favor. ¿Qué sirve a la impiedad moderna decir, contra la evidencia de los hechos, que el mundo estaba preparado a una tan completa revolución? ¡Como si todos los vicros y todos los errores fuesen una preparación a todas las virtudes y a todas las verdades!; ¡como si bastase al hombre vicioso sentir la miseria, para comprénder que su desgracia viene de que está en el mal y resolverse a ser de repente, y a costa de todos los sacrificios, un héroe de virtud!
No, para que Jesús reinase sobre este mundo perverso era necesario un milagro y el mayor de todos, un prodigio que, como dijo Bossuet, no tiene término de comparación más que con el acto creador que hizo salir los seres de la nada. Además, este prodigio, ¿quién lo ha hecho sino el Espíritu Santo? Fué él quien quiso que nosotros, que no vimos a Nuestro Señor Jesucristo, estuviésemos tan seguros de su naturaleza divina y de su misión de Salvador, como si hubiésmos sido testigos de sus milagros y oyentes de sus enseñanzas. Con este fin ha obrado este prodigio de los prodigios, esta conversión del mundo, en la que "Dios escogió lo que era más débil en el mundo para hacerlo fuerte, lo que no es nada para destruir lo que es". En este hecho inmenso y más luminoso que el sol, el Espíritu Santo ha hecho visible su presencia y se ha dado testimonio de sí mismo.
ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES. — Veamos de qué medio se ha servido para asegurar el reino de Jesús sobre el mundo. Volvamos de nuevo al Cenáculo. Considera a estos hombres revestidos ahora de la virtud de lo alto. ¿Qué eran ha poco? Gente sin influencia, de condición baja, sin letras, de una debilidad conocida. ¿No es verdad que el Espíritu Santo hizo de ellos en seguida hombres elocuentes y del más alto valor, hombres a los que el mundo conocerá pronto y que obtendrán sobre él una victoria ante la cual palidecerán de los más gloriosos conquistadores? También es menester que la incredulidad lo confiese, el hecho es demasiado evidente: el mundo se ha transformado, y esta transformación es la obra de estos pobres judíos del Cenáculo. Recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés y este Espíritu Santo cumplió en ellos lo que tenia que hacer.
Les ha dado tres cosas ese día: ta palabra figurada por las lenguas, el ardor del amor representado por el fuego y el don de los milagros que ejercen al punto. La palabra es la espada de que están armados, el amor es el alimento del valor que les hará desafiarlo todo y por el milagro atraerán la atención de los hombres. Tales son los medios ante los cuales el Príncipe del mundo será obligado a capitular, por los que el reino del Emmanuel se establecerá en su dominio, y todos estos medios proceden del Espíritu Santo. ...
SOBRE TODOS LOS HOMBRES. — Pero no limita allí su acción. No basta que los hombres oigan resonar la palabra, que admiren el valor, que vean los prodigios. No basta que vean el esplendor de la verdad, que sientan la belleza de la virtud y reconozcan la vergüenza y el crimen de su situación. Para llegar a la conversión del corazón, para reconocer un Dios en este Jesús, que se les va a predicar, para amarle y ofrecerse a él en el bautismo y hasta el mismo martirio, es necesario que el Espíritu Santo intervenga. El solo, como dice el Profeta, puede quitar de su pecho el corazón de piedra y sustituirle por un corazón de carne capaz de experimentar el sentimiento sobrenatural de la fe y del amor. El Espíritu divino acompañará siempre a sus enviados; para ellos la acción visible, para él la acción invisible, y la salvación del hombre resultará de esta colaboración. Será necesario que ambas acciones se ejerzan sobre cada individuo, que la libertad de cada uno acepte y se entregue a la predicación exterior del apóstol y a la moción interior del Espíritu. Ciertamente es una gran obra llevar a la raza humana a confesar a Jesús por su rey y señor; la voluntad perversa se resistirá mucho tiempo; pero, pasados tres siglos, el mundo civilizado se pondrá bajo la cruz del Redentor.
LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS. — Era justo que el Espíritu Santo y sus enviados se dirigiesen primero al pueblo de Dios. Este pueblo "había recibido en depósito los oráculos divinos". Había suministrado la sangre de la redención, Jesús había declarado que era enviado "a las ovejas perdidas de la casa de Israel". Pedro, su vicario, debía heredar la gloria de ser el Apóstol del pueblo circuncidado, aunque la gentilidad, en la persona de Cornelio el Centurión, debía ser por él introducida en la Iglesia, y la emancipación de los gentiles bautizados proclamada por él en la asamblea de Jerusalén. Pero el honor se debía en primer lugar a la familia de Abraham, de Isaac y de Jacob; por eso, el primer Pentecostés es judío, porque nuestros primeros antepasados en este día son judíos. El Espíritu Santo reparte primero sus dones a la raza de Israel.
Ved partir ahora de Jerusalén a estos judíos que han recibido la palabra, y cuyo bautismo ha hecho verdaderos hijos de Abraham. Terminada la solemnidad, vuelven a las provincias de la gentilidad que habitan, llevando en sus corazones a Jesús, a quien han reconocido por el Mesías rey y salvador. Saludemos estas primicias de la Iglesia, a estos trofeos del Espíritu, a estos portadores de la buena nueva. No tardarán en ver llegar a los hombres del Cenáculo que se volverán hacia los gentiles, después de la inútil intimación hecha a la orgullosa e ingrata Jerusalén.
Una débil minoría de la nación judía ha consentido, pues, en reconocer al hijo de David por el heredero del Padre de familia; la masa ha permanecido rebelde y corre obstinadamente a su pérdida. ¿Cómo calificar su crimen? Esteban, el Protomártir, nos lo enseña. Dirigiéndose a estos indignos hijos de Abraham: "Hombres de dura cabeza, les dijo, corazones y oídos incircuncisos, resistís continuamente al Espíritu Santo". Tan culpable negativa de obedecer en la nación privilegiada da la señal de la emigración de los Apóstoles hacia la gentilidad. El Espíritu Santo no les abandona ya, y en adelante, sobre los pueblos sentados en las sombras de la muerte, esparcirá los torrentes de la gracia que Jesús mereció a los hombres por su Sacriñcio sobre la cruz.
LA CONVERSIÓN DE LOS PAGANOS. — Estos portadores de la palabra de vida se llegan a las regiones paganas. Todo se auna contra ellos, pero triunfan de todo. El Espíritu que les anima fecundiza en ellos sus dones. Obra al mismo tiempo sobre las almas de sus oyentes, la fe en Jesús se extiende con rapidez y pronto Antioquía, luego Roma y Alejandría, ven levantarse en su seno una población cristiana. La lengua de fuego recorre el mundo; no se detiene ni en los límites del imperio romano, predestinado, según los Profetas, a servir de base al imperio de Cristo. La India, China, Etiopía y cien pueblos lejanos oyen la voz de los Evangelistas de la paz.
Pero no les basta dar testimonio por la palabra a la dignidad real de un Señor, también le deben el testimonio de la sangre. No serán tardos. El fuego que les abrasó en el Cenáculo les consume en el holocausto del martirio.
Admiremos aquí el poder y la fecundidad del Espíritu divino. A estos primeros enviados sucede una generación nueva. Los nombres están cambiados, pero la acción continúa y continuará hasta el fin de los tiempos, porque es menester que Jesús sea reconocido por salvador y señor de la humanidad, y que el Espíritu Santo ha sido enviado para operar este reconocimiento sobre la tierra.
LA DERROTA DE SATANÁS. — El Príncipe de este mundo, "la vieja serpiente"se agita con violencia para impedir las conquistas de los enviados del Espíritu. Crucificó a Pedro, cortó la cabeza a Pablo e inmoló a sus compañeros; mas cuando los jefes desaparecieron, su orgullo fué sometido a una prueba más dura todavía.
El misterio de Pentecostés produjo un pueblo entero; la semilla apostólica germinó en proporciones gigantescas. La persecución de Nerón pudo derribar los jefes judíos del Nuevo Testamento; pero ved ahí a la gentilidad establecida en la Iglesia. Como cantábamos ayer "el Espíritu del Señor llenó toda la tierra". Vemos, desde fines del primer siglo, la espada de Domiciano cebarse aun en los miembros de la familia imperial. Pronto los Trajanos, los Adrianos, los Antoninos, los Marco Aurelios, espantados del competidor Jesús Nazareno, se lanzan sobre su rebaño; pero en vano. El Príncipe del mundo les había armado con la política y con la filosofía; el Espíritu Santo deshace estos falsos prestigios, y la verdad se extiende sobre la faz del mundo. A estos sabios suceden tiranos furiosos, un Severo, un Decio, un Gallo, un Valeriano, un Aureliano, un Maximiano; la carnicería se extiende por todo el imperio, porque hay cristianos por todas partes. En fin, el esfuerzo supremo del Príncipe del mundo está en la horrorosa persecución decretada por Diocleciano y los feroces Césares que comparten con él el poder. Habían decretado el exterminio del cristianismo, y ellos son los que, después de derramar torrentes de sangre, se hunden en la desesperación y en la ignominia.
¡Qué magníficos son tus triunfos, divino Espíritu! ¡Qué sobrehumano es el imperio del Hijo de Dios, cuando lo estableces así contra todas las resistencias de la debilidad y de la malignidad humanas, ante Satanás, cuyo reino parecíaconsolidado para siempre en la tierra! Pero amas el futuro rebaño del Redentor y extiendes en millones de almas el atractivo por una verdad que exige tan tremendos sacrificios. Derribaste los pretextos de una vana razón conprodigios innumerables, y caldeando luego por el amor estos corazones arrancados de la concupiscencia y del orgullo, les envías llenos de un entusiasmo tranquilo a la muerte y a las torturas.
LA VICTORIA DE LOS MÁRTIRES. — La promesa de Jesús se cumplió cuando sus fieles comparecían ante los ministros del Príncipe del mundo. Había dicho: "No os preocupéis por lo que habéis de hablar o decir. Entonces se os dará lo que tengáis que decir; porque no hablaréis vosotros, sino el Espíritu de vuestro Padre será quien hable por vosotros" Podemos juzgar aún de ello leyendo las Actas de nuestros mártires, siguiendo estos interrogatorios y estas respuestas sencillas y sublimes que se escapan de en medio de los tormentos. La voz del Espíritu es quien lucha y quien triunfa. Los asistentes decían: "¡Grande es el Dios de los cristianos!", y más de una vez se vió que los verdugos seducidos por una elocuencia tan elevada, se declaraban discípulos de Dios tan poderoso, y se colocaban de súbito entre las víctimas que desgarraban poco ha. Sabemos, por los monumentos contemporáneos, que la arena del martirio fué la tribuna de la fe, y que la sangre de los mártires, unida a la belleza de su palabra, fué la semilla de los cristianos.
Tres siglos después de estas maravillas del divino Espíritu, la victoria fué completa, Jesús era declarado Rey y Salvador del mundo, doctor y redentor de los hombres. Satanás era expulsado del dominio que había usurpado, el politeísmo, cuyo autor fué, era reemplazado por la fe en un solo Dios, y el culto bajo de la materia era objeto de vergüenza y de desprecio. Así, tal victoria, que tuvo por primer teatro el imperio romano, y que no ha dejado de extenderse de siglo en siglo a tantas naciones infieles, es la obra del Espíritu Santo. La manera milagrosa con que se cumplió contra todas las previsiones humanas es uno de los principales argumentos sobre los que descansa la fe. No hemos visto, no hemos oído al Señor Jesús; pero le confesamos por Dios nuestro, a causa del testimonio que de él ha dado tan visiblemente el Espíritu Santo que nos ha enviado. ¡Gloria sea por siempre a este divino Espíritu, reconocimiento y amor de toda criatura!, porque nos ha puesto en posesión de la salvación que el Emmanuel nos habla traído.
MISA
Hoy la estación es en la Basílica de San Pedro ad vincula. Esta iglesia, llamada también la Basílica de Eudoxia, del nombre de la emperatriz que la erigió, guarda precisamente las cadenas con que San Pedro fué atado en Jerusalén por orden de Herodes, y en Roma por orden de Nerón. La reunión del pueblo en su recinto recuerda la fuerza con el que el Espíritu Santo revistió a los Apóstoles el día de Pentecostés. Pedro se ha dejado atar para servir a su maestro Jesús, y se ha gloriado de sus ligaduras. Este apóstol, que había temblado a la voz de una criada, después de recibir el don del Espíritu Santo, marchó ante las cadenas. El Príncipe del mundo creyó que podría encadenar la palabra divina; pero esta palabra estaba libre hasta en los hierros.
El Introito hace alusión a los neófitos que acaban de ser bautizados y están allí presentes con sus vestiduras blancas. Al salir de la fuente han sido alimentados con el pan de vida que es la flor fina del manjar celestial. Se les ha dado a gustar la dulzura de la miel que sale de la piedra. La Piedra es Cristo, nos dice el Apóstol, y Cristo ha admitido a Simón, hijo de Jonás, en la participación de este noble símbolo. Le dijo: "Tú eres Piedra", y las sagradas cadenas que hay allí muestran bien con qué fidelidad Simón comprendió el unirse al seguimiento de su Maestro. El mismo Espíritu que le fortificó en la lucha descansa ahora sobre los neófitos de Pentecostés.
INTROITO
Les alimentó con grosura de trigo, aleluya: y les saturó de miel de roca, aleluya, aleluya. — Salmo: Ensalzad a Dios, nuestro ayudador: cantad jubilosos al Dios de Jacob. V. Gloria al Padre.
En la Colecta, la Iglesia recuerda el descendimiento del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y dando gracias a Dios que se ha dignado infundir el don de la fe en los nuevos cristianos, pide para ellos el de la paz que Jesús resucitado aportó a sus discípulos.
COLECTA
Oh Dios, que diste a tus Apóstoles el Espíritu Santo: concede a tu pueblo el efecto de su piadosa petición; para que, a los que has dado la fe, les des también la paz. Por el Señor... en la unidad del mismo Espíritu Santo.
EPISTOLA
Lección de los Hechos de los Apóstoles.
En aquellos días, abriendo Pedro su boca, dijo: Varones hermanos, a nosotros nos ordenó el Señor predicar al pueblo, y atestiguar que es El mismo el que ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos. De El dan testimonio todos los profetas, diciendo que, todos los que creen, reciben por su nombre el perdón de los pecados. Aun estaba Pedro diciendo estas palabras, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra. Y se pasmaron los fieles de la circuncisión, que habían venido con Pedro: porque la gracia del Espíritu Santo se derramaba también en las naciones. Pues les oían hablar en lenguas, y glorificar a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Acaso puede alguien negar el agua, para que no se bauticen éstos, que han recibido el Espíritu Santo como nosotros? Y mandó que fueran bautizados en el nombre del Señor Jesucristo.
EL BAUTISMO DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS. — Este pasaje del libro de los Actos de los Apóstoles tiene una subida elocuencia en tal día y en tal lugar. Pedro, el vicario de Cristo, está en presencia de los cristianos salidos de la Sinagoga; a sus ojos se reúnen muchos gentiles que la gracia condujo por la predicación de Pedro a reconocer a Jesús por el H i j o de Dios. El Apóstol llegó al momento solemne en que debe abrir la puerta de la Iglesia a los gentiles. Para tener miramientos con la susceptibilidad de los antiguos judíos apela a sus profetas. ¿Qué han dicho estos profetas? Han anunciado que todos los que, sin excepción, creyeren en Jesús recibirían la remisión de sus pecados por su Nombre. De repente, el Espíritu Santo interrumpe al Apóstol, decide al cuestión infundiéndose como el día de Pentecostés, sobre estos gentiles humildes y creyentes. Las señales de su presencia arranca un grito de admiración a los cristianos circuncisos: "¡Cómo! —exclaman—. ¡La gracia del Espíritu Santo es también para los gentiles!" Entonces Pedro, con toda la autoridad del Jefe de la Iglesia, decide la cuestión. "¿Osaríamos rehusar el bautismo a hombres que han recibido el Espíritu Santo como nosotros lo hemos recibido?" Y sin esperar respuesta, ordena conferir inmediatamente el bautismo a estos felices catecúmenos.
Tal lectura, en el seno de Roma, centro de la gentilidad, en una basílica dedicada a San Pedro, en presencia de los neófitos, tan recientemente iniciados en los dones del Espíritu Santo por el Bautismo, ofrecía una oportunidad que nos es fácil percibir. Saquemos al mismo tiempo un profundo sentimiento de acción de gracias hacia el Señor nuestro Dios que se ha dignado llamar a nuestros padres del seno de la infidelidad asociarnos a los favores de su divino Espíritu.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. V. Hablaban los Apóstoles en varias lenguas las maravillas de Dios.
Aleluya. (Aquí se arrolilla.) V. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles: y enciende en ellos ei fuego de tu amor. La Secuencia Veni, Sáncte Spiritus, AQUÍ.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan.
En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo, que dió a su Hijo unigénito: para que, todo el que crea en El, no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo se salve por El. El que cree en El, no es juzgado; pero, el que no cree, ya está juzgado: porque no cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz: porque eran malas sus obras. Pues, todo el que obra mal, odia la luz, y no va a la luz, para que no sean reprochadas sus obras: mas el que obra la verdad, va a la luz, para que se manifiesten sus obras, porque han sido hechas en Dios.
LA VIRTUD DE LA FE. — El Espíritu Santo crea la fe en nuestras almas, y por la fe conseguimos la vida eterna; porque la fe no es la adhesión a una tesis razonalmente demostrada, sino una virtud que procede de la voluntad fecundada por la gracia. En el tiempo en que vivimos, la fe es rara. El orgullo del espíritu ha llegado al colmo, y la docilidad de la razón a las enseñanzas de la Iglesia falta en un gran número. Se cree cristiano y católico, y a la vez no está dispuesto a renunciar a sus ideas con toda sencillez, si fuesen desaprobadas por la autoridad, que sólo tiene el derecho de dirigirnos en la creencia.
Se permiten lecturas imprudentes, a veces malas, sin intranquilizarse si se contraviene a sagradas prohibiciones. Se hace poco por trabajar en una instrucción seria y completa en cosas de religión, de suerte que se conserva en su espíritu, como un veneno oculto, muchas ideas eterodoxas, que tienen curso en la atmósfera que se respira. Con frecuencia ocurre que un hombre se cuenta entre los católicos, y cumple los deberes exteriores de la fe por principio de educación, por tradición de familia, por cierta disposición natural del corazón o de la imaginación. Es triste decirlo, muchos juzgan tener fe, pero está extinguida en ellos.
Con todo, la fe es el primer lazo con Dios; por la fe, nos dice el Apóstol, se acerca uno a Dios 1 y se queda unido a El. Tal es la importancia de la fe, que el Señor nos dice que "el que cree no es juzgado". En efecto, el que cree en el sentido de nuestro Evangelio, no sólo se adhiere a una doctrina; cree, porque se somete de corazón y de espíritu, porque quiere amar lo que cree. La fe obra por la caridad que la completa, pero es un gusto anticipado de la caridad. Y por eso el Señor promete ya la salvación al que cree. Esta fe sufre obstáculos de parte de nuestra naturaleza caída. Acabamos de oírlo: "La luz ha venido al mundo, pero los hombres han preferido las tinieblas a la luz" En nuestro siglo, las tinieblas reinan y se hacen más densas; también se ve levantarse falsas luces; espejismos falsos extravían a los viajeros, y lo repetimos, la fe se ha hecho más rara, esta fé que une con Dios y salva de sus juicios. Espíritu divino, líbranos de las tinieblas, corrige el orgullo de nuestro espíritu, rescátanos de esta vana libertad que se la propone como el único fin de todo, y que es tan estéril para el bien de las almas. Amamos la luz, deseamos poseerla, conservarla y merecer por la docilidad y la sencillez de niños la dicha de verla abierta en el día eterno.
El Ofertorio está sacado de uno de los mejores cánticos de David. En él se anuncia el ruido de la tempestad que anuncia la llegada del Espíritu. Pronto las fuentes de agua viva se derraman y fertilizan la tierra; es el viento impetuoso de Pentecostés y el bautismo que sucede a la emisión de los fuegos.
OFERTORIO
Tronó desde el cielo el Señor, y el Altísimo dió suvoz: y aparecieron las fuentes de las aguas, aleluya.
En la Secreta, la Iglesia pide que no haya más que una ofrenda sobre el altar, y que por obra del Espíritu Santo esté formada a la vez de los elementos sagrados y de los corazones de los fieles.
SECRETA
Suplicárnoste, Señor, santifiques propicio estos dones: y, aceptada la oblación de esta hostia espiritual, haz que nosotros mismos seamos para ti un don eterno. Por el Señor.
La Antífona de la Comunión está formada de las palabras de Cristo al anunciar a sus discípulos el ministerio que va a realizar el Espíritu Santo sobre la tierra. Presidirá las enseñanzas de las verdades que Jesús mismo ha revelado.
COMUNION
El Espíritu Santo os enseñará, aleluya: cuanto yo os he dicho, aleluya, aleluya.
En la Poscomunión, la Santa Iglesia se preocupa de la suerte de sus neófitos. Acaban de participar del Misterio celestial, pero además de graves pruebas les aguardan: Satanás, el mundo, los perseguidores. La Madre común Interviene cerca de Dios, para obtener que sus nuevos hijos sean tratados con los miramientos proporcionados a su edad aún tierna.
POSCOMUNION
Suplicárnoste, Señor, asistas a tu pueblo: y, al que has imbuido de tus celestiales Misterios, defiéndele del furor de los enemigos. Por el Señor.
EL DON DE PIEDAD
El don de Temor de Dios está destinado a sanar en nosotros la plaga del orgullo; el don de piedad es derramado en nuestras almas por el Espíritu Santo para combatir el egoísmo, que es una de las malas pasiones del hombre caído, y el segundo obstáculo a su unión con Dios. El corazón del cristiano no debe ser ni frío ni indiferente; es preciso que sea tierno y dócil; de otro modo no podría elevarse en el camino al que Dios, que es amor, se ha dignado llamarle.
El Espíritu Santo produce, pues, en el hombre el don de Piedad, inspirándole un retorno filial hacia su Creador. "Habéis recibido el Espíritu de adopción, nos dice el Apóstol, y por este Espíritu llamamos a Dios: ¡Padre! ¡Padre!"1. Esta disposición hace al alma sensible a todo lo que atañe al honor de Dios. Hace que el hombre nutra en sí mismo la compunción de sus pecados, a la vista de la infinita bondad que se ha dignado soportarle y perdonarle, con el pensamiento de los sufrimientos y de la muerte del Redentor. El alma iniciada en el don de Piedad desea constantemente la gloria de Dios; querría llevar a todos los hombres a sus pies, y los ultrajes que recibe le son particularmente sensibles. Goza viendo los progresos de las almas en el amor y los sacrificios que este amor les inspira para el que es el soberano bien. Llena de una sumisión filial para con este Padre universal que está en los cielos, está presta a cumplir todas sus voluntades. Se resigna de corazón a todas las disposiciones de la Providencia.
Su fe es sencilla y viva. Se mantiene amorosamente sometida a la Iglesia, siempre pronta a renunciar a sus ideas más queridas, si se apartan de su enseñanza o de su práctica, teniendo horror instintivo a la novedad y a la independencia.
Esta ofrenda a Dios que inspira el don de Piedad al unir el alma a su Creador por el afecto filial, le une con un afecto fraterno a todas las criaturas, porque son la obra del poder de Dios y porque le pertenecen.
En primer lugar, en los afectos del cristiano animado del don de Piedad se colocan las criaturas glorificadas, en los que Dios se regocija eternamente, y que ellas se regocijan de él para siempre. Ama con ternura a María, y está celoso de su honor; venera con amor a los santos; admira con efusión a los mártires, y los actos heroicos de virtud cumplidos por los amigos de Dios; ama sus milagros, honra religiosamente las reliquias sagradas.
Pero su afecto no es sólo para las criaturas coronadas en el cielo; las que están aún aquí tienen gran acogida en su corazón. El don de Piedad le hace encontrar en ellas a Jesús en persona. Su benevolencia para con sus hermanos es universal. Su corazón está dispuesto al perdón de las injurias, a soportar las imperfecciones de otro, excusando las faltas del prójimo. Es compasivo con el pobre, solícito con el enfermo. Una dulzura afectuosa revela el fondo de su corazón; y en sus relaciones con los hermanos de la tierra se le ve siempre dispuesto a llorar con los que lloran, a regocijarse con los que se regocijan.
Tal es, Espíritu divino, la disposición de los que cultivan el don de Piedad que has derramado en sus almas. Por este beneficio inefable neutralizas el triste egoísmo que marchita su corazón, le libras de esta aridez odiosa que hace al hombre indiferente con sus hermanos, y cierras su alma a la envidia y al rencor. Por eso ha tenido necesidad de esta piedad filial para su Creador. Ha enternecido su corazón, y este corazón se ha fundido en un vivo afecto por todo lo que sale de las manos de Dios. Haz que fructifique en nosotros tan precioso don; no permitas que sea sofocado por el amor a npsotros mismos. Jesús nos ha animado diciendo que su Padre celestial "hace salir su sol sobre los buenos y los malos" 1; no consientas, Paráclito divino, que indulgencia tan paternal sea ejemplo perdido, y dígnate desarrollar en nuestras almas este germen de sacrificio, de benevolencia y de compasión que has colocado allí cuando tomabas posesión de ella por el Bautismo.

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