lunes, 4 de noviembre de 2019

5 de Noviembre: SAN ZACARÍAS Y SANTA ISABEL


SAN ZACARÍAS
Y SANTA ISABEL

"Al que tiene, se le dará, y estará en la abundancia; mas al que no tiene se le quitará aun lo que tiene". (Mateo 13, 12)

+ San Zacarías, Sacerdote y Profeta, que fue padre de san Juan Bautista, Precursor del Señor.

+ Igualmente santa Isabel, madre del mismo santísimo Precursor.

+ En Terracina de Campania, el triunfo de los santos Mártires Félix, Presbítero, y Eusebio, Monje. Eusebio, por haber enterrado a los santos Mártires Julián y Cesareo, y convertido muchos a la fe de Cristo, a quienes bautizaba el Presbítero san Félix, fue preso juntamente con el mismo Félix; y conducidos al tribunal del Juez, mas no vencidos, encerrados en una cárcel, ambos en la misma noche, por no querer sacrificar a los ídolos, fueron degollados.

+ En Emesa de Fenicia, los santos Mártires Galación y Epistema, su mujer; los cuales, en la persecución de Decio, cruelmente azotados, cortados los pies, las manos y la lengua, y últimamente la cabeza, consumaron el martirio.

+ Igualmente, los santos Mártires Domnino, Teótimo, Filoteo, Silvano y sus Compañeros, siendo Emperador Maximino.

+ En Milán, san Magno, Obispo y Confesor.

+ En Brescia, san Dominador, Obispo.

+ En Tréveris, san Fibicio, que de abad fue creado Obispo de la mencionada ciudad.

+ En Orleáns de Francia, san Leto, Presbítero y Confesor.

+ Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.
R. Deo Gratias.

SAN ZACARÍAS Y SANTA ISABEL

San Zacarías, sacerdote de la antigua Ley, y su esposa Santa Isabel, tuvieron el honor de tener por hijo a San Juan Bautista, precursor del Mesías. Fuera de lo que el Evangelio nos enseña acerca de la aparición del ángel a Zacarías, sobre el uso de la palabra, perdido en castigo de su incredulidad y recobrado al nacer San Juan, sobre las maravillas cumplidas con ocasión de la visita de la Madre de Dios, ninguna particularidad conocemos de la vida de los dos augustos esposos.

MEDITACIÓN
SOBRE CÓMO DEBEN USARSE LAS GRACIAS DE DIOS

I. Dios da a todos los hombres gracias suficientes para salvarse, si ellos quieren aprovecharlas; pero los cristianos reciben muchas más que los otros. Agradece a Dios estas gracias, sobre todo la de tu vocación al cristianismo, que es la fuente de gran número de otras, y sabe que serás castigado más severamente que los paganos, si no sacas provecho de las gracias que Dios te concede tan generosamente. Tanto más graves son nuestros pecados cuanto más abundantes fueron en nosotros las gracias (San Cesáreo).

II. Abúsase de la gracia cuando se resiste a sus inspiraciones, se aplaza el obedecerla, o se rehúsa escuchar lo que nos dice en el fondo del corazón. Escucha la voz de Dios que te habla; para oírla, huye del ruido del mundo, calma las tempestades que las pasiones excitan en tu alma, obedece sin tardanza. Camina mientras tienes luz y no remitas tu conversión a la hora de la muerte.

III. Recompensa de los que aprovechan las gracias de Dios es recibir otras mayores; como castigo de los que de ellas abusan es ser privados de las que les estaban destinadas. ¡Ten cuidado!, la gracia que desprecias será, acaso, causa de tu reprobación. No has querido trabajar por tu salvación cuando lo podías; vendrá la muerte y te quitará la posibilidad de hacer algo por tu alma. Justo castigo del pecado es no poder ya practicar la virtud después que se ha rehusado hacerlo cuando se podía (San Agustín).

El respeto a los eclesiásticos.
Orad por los sacerdotes.

ORACIÓN

Haced, oh Señor, que seamos ayudados por las oraciones de San Zacarías y de Santa Isabel, a fin de que recibamos por su intercesión lo que no podemos obtener por nosotros mismos. Por J. C. N. S.


Fuentes: Martirologio Romano (1956), Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. – Tomo IV, Patron Saints Index.

domingo, 3 de noviembre de 2019

4 de Noviembre: San Carlos Borromeo, Obispo y Confesor



SAN CARLOS
BORROMEO
Obispo y Confesor

n. 2 de octubre de 1538 en Arona (Milán), Italia;
† 3 de noviembre de 1584 en Milán, Italia

Patrono de obispos; catequistas; catecúmenos; seminaristas; directores espirituales. Protector contra las úlceras; cólicos; desórdenes intestinales; enfermedades del estómago.

"Conozco tus obras, y tu fe, y caridad, y tus servicios y paciencia". (Apocalipsis 2, 19)

+ San Carlos Borromeo, Cardenal, Obispo de Milán y Confesor, que pasó al cielo el día de ayer.

+ En Bolonia, los santos Mártires Vidal y Agrícola; el primero fue antes esclavo del segundo, y después consorte y colega en el martirio. Contra Vidal usaron los verdugos toda suerte de tormentos, de modo que no quedó en su cuerpo parte sin herida; todo lo cual sufrió él con fortaleza, y puesto en oración, entregó el alma a Dios. A Agrícola, fijándole a una cruz con muchísimos clavos, le quitaron la vida. A la traslación de estos Santos asistió san Ambrosio, y refiere que él mismo recogió los clavos, la sangre triunfal y el madero de la cruz, y los colocó debajo del sagrado altar.

+ En el monasterio de Ciervofrío, territorio Meldense, el tránsito desan Félix de Valois, Presbítero y Confesor, que fue Fundador de la Orden de la santísima Trinidad, Redención de cautivos; su fiesta, por decreto de Inocencio XI, se celebra a 20 de este mes.

+ El mismo día, el triunfo de los santos Filólogo y Patrobas, discípulos de san Pablo Apóstol.

+ En Autún, san Próculo, Obispo y Mártir.

+ En Mira de Licia, los santos Mártires Nicandro, Obispo, y Hermas, Presbítero, siendo Presidente Libanio.

+ En la aldea de Vexín de Francia, san Claro, Presbítero y Mártir.

+ En Éfeso, san Porfirio, Mártir, en el imperio de Aureliano.

+ En Rodez de Francia, san Amancio, Obispo, cuya vida fue gloriosa en santidad y milagros.

+ En Roma, el tránsito de san Pierio, Presbítero de Alejandría, varón muy versado en las divinas Letras, de vida purísima, y desembarazado y totalmente libre para el estudio de la Cristiana filosofía; el cual, en tiempo de los Emperadores Caro y Diocleciano, y gobernando la Iglesia Alejandrina el Obispo Teonás, instruyó con grandísima aceptación al pueblo y dio a luz diversos tratados; finalmente, terminada la persecución, pasó el resto de sus días en Roma, donde descansó en paz.

+ En Bitinia, san Juanicio, Abad.

+ En Alba Real de Hungría, el tránsito de san Emerico, Confesor, que fue hijo de san Esteban, Rey de los Húngaros.

+ En Tréveris, santa Modesta, Virgen.

+ Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.
R. Deo Gratias.


SAN CARLOS BORROMEO
Obispo y Confesor

San Carlos Borromeo, hijo de un senador de Milán y sobrino de Pío IV, cardenal y arzobispo de Milán a los 22 años de edad, consagrose a Dios desde su juventud. Distribuyó a los pobres el precio de un principado que había vendido y se expuso a la peste sirviendo a los atacados por ella; alimentó a tres mil pobres durante una época de hambre, vendiendo para ello su platería y sus muebles más preciosos. Todos los años se retiraba durante ocho días a un lugar solitario para hacer sus ejercicios espirituales. Murió vestido de cilicio en 1584, a la edad de 46 años.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN CARLOS BORROMEO

I. La caridad de San Carlos Borromeo se extendía a todas las necesidades temporales y espirituales de su diócesis. Fundó hospitales, colegios y seminarios; catequizaba y confesaba a los pobres. Y vosotros, hombres sin corazón, ¡no pensáis sino en vuestra propia ventaja! Hasta olvidáis a vuestras almas, para ocuparos únicamente de vuestros intereses temporales. ¿Por qué eres tan mezquino con los pobres? Sabe que las riquezas, que idolatras, no te harán dichoso sino cuando las desprecies y las des a los pobres por amor de Jesucristo. Las riquezas dejan pobres a los que las aman, hacen ricos y dichosos a los que las desprecian por Jesucristo (Guerrico).

II. El amor a la oración de tal modo unía a este prelado con Dios, que a veces se lo vio permanecer ocho horas seguidas en ella. Un día, un hombre perverso le lanzó un tiro de arcabuz mientras oraba; interrumpió su oración sólo para prohibir a sus servidores que persiguieran al criminal. ¡Cuán diferente a la vuestra es nuestra oración, oh gran santo! La menor cosa nos distrae. Obtenednos el espíritu de oración. Saber orar bien es saber vivir bien (San Agustín).

III. Tanto aborrecimiento tenía para consigo, como caridad para con el prójimo. Sus ayunos, sus disciplinas, sus peregrinaciones a pie, el cilicio que llevaba, hasta en su lecho de muerte, son otras tantas pruebas de su austeridad. ¿Cómo tratas a tu cuerpo? ¿Acaso tú no desprecias las mortificaciones que se imponía este prelado recargado de trabajos? ¡Ah! ¡teme no sea que ellas te acusen en el día del juicio final!


ORACIÓN

Señor, guardad vuestra Iglesia con la protección continua de San Carlos, vuestro confesor y pontífice, y que la intercesión de este santo, a quien su solicitud pastoral condujo a la gloria eterna, para siempre nos haga fervorosos en vuestro amor.
Por J. C. N. S.



Fuentes: Martirologio Romano (1956), Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. – Tomo IV, Patron Saints Index.

Sermón del Domingo XXI Después de Pentecostés-Padre Ariel Damin

sábado, 2 de noviembre de 2019

VIGESIMOPRIMER DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES



EL OFICIO. — Los Domingos que van a continuación son los últimos del ciclo anual, pero el grado de proximidad que los relaciona con su último término, varía cada año con la Pascua. Esta variación imposibilita la coincidencia exacta entre la composición de sus Misas y las lecturas del Oñcio nocturno, que se hacen de un modo fijo desde agosto de la manera que hemos dicho. La instrucción que los fieles deben sacar de la sagrada Liturgia sería incompleta, ni verían tampoco la solicitud de la Iglesia en estas últimas semanas tan claramente como conviene para dejarse dominar de ella por entero, si pasan para ellos inadvertidas las lecturas que se hacen en los meses de octubre y noviembre: en el primero se leen los Macabeos, que nos animan a los últimos combates, y en el segundo se leen los Profetas, que anuncian los juicios de Dios.

M I S A

LUCHA CONTRA EL DIABLO. — Durando de Mende, en su Racional, se esfuerza por probar que este Domingo y los que le siguen dependen siemipre del Evangelio de las bodas divinas y no son más que su explicación. "Y porque estas bodas, dice para hoy, no tienen mayor enemigo que la envidia de Satanás contra el hombre, la Iglesia trata, en este Domingo, de la guerra contra Satanás y de la armadura de que nos debemos revestir para defendernos en ella, según se verá en la Epístola. Y, como el cilicio y la ceniza son las armas de la penitencia, la Iglesia en el Introito saca a relucir la voz de Mardoqueo, que rogaba a Dios, cubierto del cilicio y la ceniza".

MISERIA DEL GÉNERO HUMANO. — Su fundamento tienen las reflexiones del Obispo de Mende. Mas, bien que el pensamiento de la unión divina, que pronto se consumará, no abandone nunca a la Iglesia, ésta se mostrará de modo especial verdaderamente Esposa en la desdicha de los últimos tiempos, cuando, olvidándose de sí misma, sólo pensará en los hombres, cuya salvación la confió el Esposo. Lo hemos dicho ya: la proximidad del juicio final, el estado lamentable del mundo en los años que precederán inmediatamente al desenlace de la historia humana, es lo que domina en la Liturgia de estos Domingos. La parte de la Misa de hoy que más impresionó a nuestros padres, es el Ofertorio sacado de Job, con su versículos de exclamaciones expresivas y repeticiones apremiantes; puede decirse, en efecto, que este Ofertorio encierra perfectamente el verdadero sentido que conviene dar al Domingo vigésimoprimero después de Pentecostés.

Al mundo, que se ve reducido, como Job en el estercolero, a la más extrema miseria, ya solamente le queda la esperanza en Dios. Los santos que todavía viven en él, honran al Señor con una paciencia y una resignación, que en nada merman el ardor y la fuerza de sus súplicas. Tal es el sentimiento que desde el primer instante produce en ellos la oración sublime formulada por Mardoqueo. Rogaba éste en favor de su pueblo condenado a un exterminio total, figura del que espera al género humano

INTROITO

En tu voluntad, Señor, están puestas todas las cosas, y no hay quien pueda resistir a tu voluntad: porque tú lo has hecho todo, el cielo y la tierra, y todo cuanto se contiene en el ámbito del cielo: tú eres el Señor de todo. — Salmo: Bienaventurados los puros en su camino: los que andan en la Ley del Señor. V. Gloria al Padre.

La Iglesia, en la Colecta, indica bastante que, si bien está pronta a sufrir los tiempos malos, prefiere la paz, que la permite ofrecer libremente el tributo simultáneo de las obras y la alabanza. El último ruego de Mardoqueo en la oración cuyas primeras palabras las tenemos en el Introito, era para esta libertad de la alabanza divina, que será el último amparo del mundo: Podamos cantar a tu Nombre, oh Señor, y no cierres la boca de los que te alaban"

COLECTA

Suplicárnoste, Señor, custodies a tu familia con tu continua piedad: para que, con tu protección, se vea libre de todas las adversidades y, con buenos actos, sirva devota a tu nombre. Por Nuestro Señor Jesucristo.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Ap. San Pablo a los Efesios (Ef„ VI, 10-17).

Hermanos: Confortaos en el Señor y en el poder de su virtud. Revestios de la armadura de Dios para que podáis resistir a las asechanzas del diablo. Porque no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los tenebrosos rectores de este mundo, contra los espíritus del mal en los cielos. Por lo cual, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y ser perfectos en todo. Tened, pues, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y estad vestidos de la coraza de la justicia, y tened los pies calzados con la preparación del Evangelio de la paz: tomad en todo el escudo de la fe, con el cual podréis extinguir todos los dardos encendidos del malvado: y el yelmo de la salud: y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios.

EL DÍA DEL JUICIO. — Los días malos, que ya señalaba el Apóstol el último Domingo, son muchos en la vida de cada hombre y en la historia del mundo. Mas, para cada hombre y para el mundo, hay un día malo entre todos: el del fin y el del juicio, del cual canta la Iglesia que la desgracia y la miseria le convertirán en un día de gran amargura. Los años se han dado al hombre, y los siglos se suceden unos a otros para preparar el último día. Dichosos los combatientes del buen combate y los vencedores de ese día terrible; se los verá entonces de pie sobre las ruinas y perfectos en todo, conforme a la palabra del Doctor de las naciones. No conocerán la segunda muerte; coronados con la diadema de la justicia, reinarán con Dios sobre el trono de su Verbo.

APOYARSE EN CRISTO. — La guerra es fácil con el Hombre-Dios por jefe. Unicamente nos pide por su Apóstol que busquemos nuestra fuerza sólo en El y en la potencia de su virtud. La Iglesia sube del desierto apoyada en su Amado. El alma fiel se siente conmovida al pensar que sus armas son las mismas que tiene el Esposo. No en vano los Profetas nos le pintaron ya de antemano ciñendo antes que nadie el escudo de la fe, tomando el casco de la salud, la coraza de la justicia y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. El Evangelio nos le presentó en medio de la lid para, con su ejemplo, formar a los suyos en el manejo de estas armas divinas.

EL ARMA DE LA FE. — Armas múltiples por razón de sus múltiples efectos, pero todas, ofensivas o defensivas, se resumen en la fe. Fácilmente ello se echa de ver al leer la Epístola de hoy, además de que eso es lo que nuestro jefe divino quiso enseñarnos cuando, al ser tentado por tres veces en la montaña de la Cuarentena, quiso responder otras tantas con textos de la Escritura. La victoria que triunfa del mundo es la de nuestra fe, dice San Juan; y en el combate de la fe resume el Apóstol, al final de su carrera, sus propias luchas y las de toda vida cristiana.. A pesar de las condiciones nada favorables que señala el Apóstol, es la fe la que asegura el triunfo a los hombres de buena voluntad. Si en la lucha emprendida tuviésemos que juzgar de las esperanzas del éxito de las partes adversas comparando sus fuerzas respectivas, es seguro que las conjeturas nos serían desfavorables. Porque no tenemos que hacer frente a hombres de carne y sangre, sino a enemigos impalpables que llenan el aire y son, por tanto, invisibles, inteligentes y fuertes; que conocen a maravilla los tristes secretos de nuestra pobre naturaleza caída y dirigen todo su valer contra el hombre para engañarle y perderle por el odio que tienen a Dios. En su origen fueron creados para reflejar en la pureza de una naturaleza completamente espiritual el resplandor divino de su autor; ahora, por su orgullo, son y manifiestan ser una monstruosidad de puras inteligencias consagradas al mal y a odiar la luz.

CONVERTIRSE EN LUZ. — Nosotros, que ya por nuestra naturaleza sólo somos tinieblas, ¿cómo, pues, lucharemos con estas potencias espirituales, que ponen toda su ciencia al servicio de la oscuridad? San Juan Crisóstomo lo dice: "Convirtiéndose en luz." Es cierto que la faz del Padre no puede lucir directamente sobre nosotros antes del gran día de la revelación de los hijos de Dios; pero ya desde ahora tenemos la palabra revelada -, que suple nuestra ceguera. El bautismo abrió el oído en nosotros, pero no abrió todavía los ojos; Dios habla por la Escritura y por su Iglesia, y la fe nos da una certeza tan grande como si ya viésemos.

Con su docilidad de niño, el justo camina en paz por la sencillez del Evangelio. La fe le guarda contra los peligros mejor que el escudo, y mejor que el casco y la coraza; la fe amortigua los dardos de las pasiones e inutiliza los engaños enemigos. Con ella no se necesitan razonamientos sutiles ni largas consideraciones, para descubrir los sofismas del infierno o tomar una decisión en un sentido u otro. ¿No bastará en cualquier circunstancia la palabra de Dios, que nunca se equivoca? Satanás teme al que con ella se contenta; tema más a un hombre así, que a las academias y escuelas de los filósofos. Está acostumbrado a sentirse triturar en todo choque debajo de sus pies. El día del gran combate fué arrojado de los cielos con una sola palabra de San Miguel Arcángel, convertido en estos días en modelo y defensor nuestro.

En el Gradual y Versículo recuerda la Iglesia al Señor, que nunca cesó de ser el refugio de su pueblo; su bondad y su poder precedieron a todos los siglos, porque Dios existe desde la eternidad. Defienda, pues, ahora a los suyos, que se ven obligados en su pequeño número a preparar, como en otro tiempo Israel, el éxodo final de la Iglesia, la cual abandona este mundo nuevamente infiel para ir a la verdadera tierra prometida.

GRADUAL

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. V. Antes que se hiciesen los montes o se formase la tierra y el orbe: desde siempre y para siempre tú eres Dios.

Aleluya, aleluya, y. Al salir de Egipto Israel, salió de un pueblo extranjero la casa de Jacob. Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mat., XVIII, 23-35).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso pedir cuentas a sus siervos. Y, habiendo comenzado a pedir cuentas, le fué presentado uno que le debía diez mil talentos. Mas, como no tuviese con qué pagarlos, su señor mandó venderle a él, y a su mujer, y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para que pagase. Postrándose entonces aquel siervo, ie rogó diciendo: Ten paciencia conmigo, y todo te lo pagaré. Y, compadecido el señor de aquel siervo, le soltó, y le perdonó la deuda. Mas, habiendo salido aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos, el cual le debía cien denarios: y, apretándole, le ahogaba diciendo: Da lo que debes. Y, postrándose su consiervo, le rogó diciendo: Ten paciencia conmigo, y todo te lo pagaré. Pero él no quiso: sino que se fué, y le metió en la cárcel hasta que pagase la deuda. Y, cuando vieron sus consiervos lo que había hecho, se contristaron mucho: y fueron y contaron a su señor todo lo sucedido. Entonces su señor llamó a aquel siervo, y le dijo: Siervo malo, ¿no te perdoné a ti toda la deuda porque me lo rogaste? ¿No debiste, pues, compadecerte tú también de tu consiervo, como yo me compadecí de ti? Y, airado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase toda la deuda. Así hará también mi Padre celestial con vosotros, si no perdonare cada cual a su hermano de todo corazón.

Meditemos la parábola de nuestro Evangelio, que sólo pretende enseñarnos un medio seguro para saldar nuestras cuentas desde ahora con el Rey eterno.

SENTIDO DE LA PARÁBOLA. — En realidad, todos nosotros somos ese servidor negligente e insolvente deudor, que su amo tiene derecho a vender con todo lo que posee y entregarle a los verdugos. La deuda que hemos contraído con su Majestad por nuestras faltas, es de tal naturaleza, que requiere en toda justicia tormentos sin fin y supone un infierno eterno, donde, pagando continuamente el hombre, jamás satisface la deuda. ¡Alabanza, pues, y reconocimiento infinito al divino acreedor! Compadecido por los ruegos del desgraciado que le pide un poco más de tiempo para pagar, el amo va más allá de su petición y al momento le perdona toda la deuda, pero poniéndole con justicia una condición, según lo demuestra lo que sigue. La condición fué la de que obrase con sus compañeros de igual modo que su amo había hecho con él. Tratado tan generosamente por su Rey y Señor, y perdonada gratuitamente una deuda infinita, ¿podría rechazar él, viniendo de un igual, el ruego que a él le salvó y mostrarse despiadado con obligaciones que tuviesen para con él?

"Ciertamente, dice San Agustín, todo hombre tiene por deudor a su hermano; porque ¿qué hombre hay que no haya sido nunca ofendido por nadie? Pero, ¿qué hombre existe también que no sea deudor de Dios, puesto que todos pecaron? El hombre es, pues, a la vez, deudor de Dios y acreedor de su hermano. Por eso, Dios justo te ha dado esta orden: obrar con tu deudor como él hace con el suyo... Todos los días rezamos, y todos los días hacemos subir la misma súplica hasta los oídos divinos, y todos los días también nos prosternamos para decir: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿De qué deudas hablas tú, de todas tus deudas o solamente de una parte de ellas? Dirás: De todas. Luego perdona tú todo a tu deudor, dado que ésa es la regla puesta y la condición aceptada"'.

PERDONAR PARA SER PERDONADO. — "Es más grande, dice San Juan Crisóstomo, perdonar al prójimo sus agravios para con nosotros que una deuda de dinero; pues, perdonándole sus faltas, imitamos a Dios". Y ¿qué es, visto bien todo, la injusticia del hombre con otro hombre si se compara con la ofensa del hombre para con Dios? Mas ¡ay!, ésta nos es familiar: el justo lo experimenta siete veces al día; más o menos, pues, llena nuestro diario vivir. Muévanos siquiera a ser misericordiosos con los demás, la seguridad de ser perdonados todas las tardes con la sola condición de retractar nuestras miserias. Es costumbre laudable la de no acostarse si no es para quedarse dormido en los brazos de Dios, como el niño de un día; pero, si sentimos la necesidad santa de no encontrar al fin del día en el corazón del Padre que está en los cielos, más que el olvido de nuestras faltas y un amor infinito, ¿cómo pretender a la vez conservar en nuestro corazón molestos recuerdos o rencores pequeños o grandes, contra nuestros hermanos, que son también hijos suyos? Ni siquiera en el caso de haber sido objeto de violencias injustas, o de injurias tremendas, se podrán comparar nunca sus faltas contra nosotros con nuestros atentados a este bondadosísimo Dios, de quien ya nacimos enemigos y a quien hemos causado la muerte. Imposible encontrar un caso en que no se pueda aplicar la regla del Apóstol: Sed misericordiosos, perdonaos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo; sed los imitadores de Dios como sus hijos carísimos" Llamas a Dios Padre tuyo y ¡no olvidas una injuria! "Eso no lo hace un hijo de Dios", sigue diciendo admirablemente San Juan Crisóstomo; "la obra de un hijo de Dios consiste en perdonar a sus enemigos, rogar por los que le mortifican, dar su sangre por los que le odian. He aquí lo que es digno de un hijo de Dios; hacer hermanos suyos y sus coherederos a los enemigos, a los ingratos, a los ladrones, a los desvergonzados, a los traidores".

Ponemos aquí íntegramente el célebre Ofertorio de Job, con sus versículos. Lo que hemos dicho al principio de este Domingo, ayudará a entenderlo. La antífona, lo único que hoy se conserva, nos pone delante, dice Amalario, las palabras del historiador que cuenta sencillamente los hechos; por eso su estilo es el narrativo. Job, al contrario, entra en escena en los versículos, con el cuerpo agotado y el alma llena de amargura: sus repeticiones, interrupciones, nuevos comienzos, sus frases sin terminar, expresan al vivo su respiración jadeante y su dolor.

OFERTORIO

Había en la tierra de Hus un hombre llamado Job: era sencillo y recto y temeroso de Dios: al cual pidió Satanás, para tentarle: y le fué dado por el Señor poder sobre sus bienes y sobre su carne: y destruyó toda su riqueza y los hijos: e hirió también su carne con graves úlceras.

V. I. — ¡Ojalá Dios pesase mis pecados, ojalá Dios pesase mis pecados, por los que he merecido la cólera, por los que he merecido la cólera, y los males y los males que sufro: éstos parecerían más grandes!

—Había en la tierra de Hus.

V. II . — Porque ¿qué fuerza tengo, qué fuerza tengo, qué fuerza tengo para sobrellevarlos, o cuándo llegará mi fin, para obrar con paciencia? —Había en la tierra de Hus.

V. III. — ¿Acaso mi resistencia es como la de las rocas, o mi carne es de bronce?, ¿o mi carne es de bronce?

—Había en la tierra de Hus.

V. IV. — Porque, porque, porque mi ojo no volverá ya a encontrarse en condiciones de ver la felicidad, de ver la felicidad, de ver la felicidad, de ver la felicidad, de ver la felicidad, de ver la felicidad, de ver la felicidad, de ver la felicidad, de ver la felicidad.

—Había en la tierra de Hus.

La salvación del mundo, como la del hombre, está siempre en potencia en el augusto Saorificio, cuya virtud cura en la tierra y aplaca en el cielo.

Ofrezcámosle, sin desalentarnos nunca, como un recurso supremo a la misericordia divina.

SECRETA

Recibe, Señor, propicio estas hostias, con las que has querido aplacarte y restituirnos a nosotros la salud con poderosa piedad. Por Nuestro Señor Jesucristo.

En el fondo del alma de la Santa Madre Iglesia corren parejas una esperanza indefectible y su admirable paciencia. Por más que se repitan contra ella las persecuciones, su oración no desmaya; porque guarda fielmente en su corazón el recuerdo de la palabra de salvación que la dió el Señor. La antífona de la Comunión nos lo recuerda.



COMUNION


Desfallece mi alma por recibir de ti la salvación; espero en tu palabra: ¿cuándo juzgarás a los que me persiguen? Los inicuos me han perseguido: socórreme, Señor, Dios mío.

En posesión ya del alimento de inmortalidad, consigamos vivir con la sinceridad de un alma purificada.

POSCOMUNION

Conseguido el alimento de la inmortalidad, suplicárnoste, Señor, hagas que, lo que hemos recibido con la boca, lo practiquemos con alma pura. Por Nuestro Señor Jesucristo


Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

3 de Noviembre: San Huberto, Obispo y Confesor



3 de Noviembre del Año del Señor.

SAN HUBERTO
Obispo y Confesor

n. hacia el año 656 en Maestricht, Holanda;
† 30 de mayo del año 727 en Fura (Brabant), Bélgica

Patrono de perros; trabajadores forestales; cazadores; mecánicos; matemáticos; trabajadores metalúrgicos; arqueros. Protector contra la rabia y la hidrofobia.

Dichoso aquél que no se condena él mismo en lo que aprueba. (Romanos 14, 22)

+ En Milán, el tránsito de san Carlos Borromeo, Cardenal, Obispo de Milán y Confesor, al cual, célebre en santidad y esclarecido en milagros, el Papa Paulo V puso en el número de los Santos. Su fiesta se celebra el día siguiente.

+ En el mismo día la dichosa muerte de san Cuarto, discípulo de los Apostóles.

+ En Viterbo, los santos Mártires Valentín, Presbítero, e Hilario, Diácono, los cuales, en la persecución de Maximiano, por la fe de Cristo, arrojados con una gran piedra en el Tíber, pero sacados de allí milagrosamente por un Ángel, finalmente degollados, recibieron la corona del martirio.

+ En Cesarea de Capadocia, los santos Mártires Germán, Teófilo, Cesareo y Vidal, que, en la persecución de Decio, arrostraron generosamente el martirio.

+ En Zaragoza de España, los santos Innumerables Mártires, que, siendo Daciano Presidente de las Españas, maravillosamente ímurieron por Cristo.

+ En Inglaterra, santa Wenefrida, Virgen y Mártir.

+ En el monasterio de Claraval, en Francia, el tránsito de san Malaquías, Obispo de Connaught en Irlanda, que en su tiempo resplandeció con muchas virtudes, y cuya vida escribió san Bernardo, Abad.

+ El mismo día, san Huberto, Obispo de Tongres.

+ En Viena de Francia, san Domno, Obispo y Confesor.

+ Asimismo, el tránsito de san Pirmino, Obispo Meldense.

+ En Urgel de la España Tarraconense, san Hermengaudio, Obispo.

+ En Roma, santa Silvia, madre de san Gregorio Papa.

+ Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.
R. Deo Gratias.

SAN HUBERTO
Obispo y Confesor

San Huberto, hijo de un duque de Aquitania y descendiente de Clodoveo, abandonó Eboín y fue a ofrecerse a Pipino de Heristal, duque de Austrasia. Hombre de mundo y gran cazador, un día vio una cruz luminosa entre los cuernos de un ciervo, en la floresta de Ardennes, y al mismo tiempo una voz celestial lo instó a convertirse y a ir a encontrar a San Lamberto, obispo de Maestricht. Hízolo así. Quedó viudo y se hizo ermitaño, fue en peregrinación a Roma, y finalmente, sucedió a San Lamberto. Con ardor infatigable trabajó por destruir el vicio y los restos de idolatría hasta en las florestas. Murió en el año 727, a edad muy avanzada, después de cerca de 20 años de episcopado. Es invocado eficazmente contra la rabia.

MEDITACIÓN
SOBRE LA BUENA Y LA MALA CONCIENCIA

I. No hay en este mundo placer comparable al que nos proporciona una buena conciencia. Si tienes esta dicha, ningún tormento es capaz de afligirte; si no la tienes, ninguna diversión puede verdaderamente regocijarte. Que se acuse al justo; que se lo maltrate: su conciencia le procurará más consuelo que el que podrían darle los aplausos del mundo entero.

II. No hay suplicio comparable al de la mala conciencia: es un acusador, un juez, un verdugo que persigue en todo lugar al culpable y que no perdona a nadie; la conciencia ataca a Herodes, a Nerón, a Teodorico, y los hace temblar en medio de sus guardias. Nada es capaz de apaciguarla: te perseguirá hasta el fin de tu vida, si no la descargas del peso que la agobia.

III. La mala conciencia continúa, después de esta vida, atormentando al pecador; lo sigue al juicio de Dios, lo acusa, lo confunde, desciende con él al infierno. Uno de los más grandes suplicios de los condenados es el gusano roedor que nunca muere. ¿Quieres evitarlo? Nada hagas en este mundo contra tu conciencia, escucha los reproches que te hace y sigue sus advertencias; nada podrá afligirte en este mundo ni en el otro. Nada más agradable, nada más seguro que una buena conciencia. Aunque el cuerpo sufra, aunque el mundo nos tiente, aunque el demonio nos espante, ella permanece tranquila.

El examen de conciencia
Orad por los pecadores

ORACIÓN

Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad de San Huberto, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S.

Fuentes: Martirologio Romano (1956), Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. – Tomo IV, Patron Saints Index.

Sermón de la Fiesta de Todos los Santos-Padre Ariel Damin

2 de noviembre: CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS



No queremos, hermanos que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos, para que no os aflijáis como los demás que no tienen esperanza. Este era el deseo del Apóstol escribiendo a los primeros cristianos; y el de la Iglesia hoy no es otro. En efecto, la verdad sobre los difuntos no pone sólo en admirable luz el acuerdo de la justicia y de la bondad en Dios: los corazones más duros no resisten a la misericordia caritativa que esa verdad infunde, a la vez que procura los más dulces consuelos al luto de los que lloran. Si nos enseña la fe que hay un purgatorio, donde las faltas no expiadas pueden retener a los que nos fueron queridos, también es de fe que podemos ayudarlos, y es teológicamente cierto que su liberación más o menos pronta está en nuestras manos. Recordemos algunos principios que pueden ilustrar esta doctrina.

LA EXPIACIÓN DEL PECADO. — Todo pecado causa en el pecador doble estrago: mancha su alma y le hace merecedor del castigo. El pecado venial causa simplemente un desplacer a Dios y. su expiación sólo dura algún tiempo; mas el pecado mortal es una mancha que llega hasta deformar al culpable y hacerle objeto de abominación ante Dios; su sanción, por consiguiente, no puede consistir más que en el destierro eterno, a no ser que el hombre consiga en esta vida la revocación de la sentencia. Pero, aun en este caso, borrándose la culpa mortal y quedando revocada por tanto la sentencia de condenación, el pecador convertido no se ve libre de toda deuda; aunque a veces puede ocurrir; como sucede comúnmente en el bautismo o en el martirio, que un desbordamiento extraordinario de la gracia sobre el hijo pródigo logre hacer desaparecer en el abismo del olvido divino hasta el último vestigio y las más diminutas reliquias del pecado, lo normal es que en esta vida o en la otra exija la justicia satisfacción por cualquier falta.

EL MÉRITO.—Todo acto sobrenatural de virtud, por contraposición al pecado, implica doble utilidad para el justo; con él merece el alma un nuevo grado de gracia; satisface por la pena debida a las faltas pasadas conforme a la justa equivalencia que según Dios corresponde al trabajo, a la privación, a la prueba aceptada, al padecimiento voluntario de uno de los miembros de su Hijo carísimo. Ahora bien, como el mérito no se cede y es algo personal de quien lo adquiere, así, por lo contrario, la satisfacción, como valor de cambio, se presta a las transacciones espirituales; Dios tiene a bien aceptarla como pago parcial o saldo de cuenta a favor de otro, sea de este mundo o del otro el concesionario, con la sola condición de que pertenezca por la gracia al cuerpo místico del Señor que es uno en la caridad.

Es la consecuencia, como lo explica Suárez en su tratado de los Sufragios, del misterio de la Comunión de los Santos, que en estos días se nos manifiesta: "Creo que esta satisfacción de los vivos en favor de los difuntos vale en justicia y que es infaliblemente aceptada en todo su valor y conforme a la intención del que la aplica, de suerte que, por ejemplo, si la satisfacción que me corresponde me valía en justicia, percibiéndola yo, el perdón de cuatro grados de purgatorio, otro tanto se la perdona al alma por quien la ofrezco.

LAS INDULGENCIAS. — Sabido es cómo secunda la Iglesia en este punto la buena voluntad de sus hijos. Por medio de la práctica de las Indulgencias, pone a disposición de su caridad el tesoro inagotable donde se juntan sucesivamente las satisfacciones abundantísimas de los Santos con las de los Mártires, y también con las de Nuestra Señora y con el cúmulo infinito debido a los padecimientos de Cristo. Casi siempre ve bien y permite que la remisión de la pena, que ella directamente concede a los vivos, se aplique por modo de sufragio a los difuntos, los cuales ya no dependen de su jurisdicción. Quiere esto decir que cada uno de los fieles puede ofrecer por otro a Dios, que lo acepta, el sufragio o ayuda de sus propias satisfacciones, del modo que acabamos de ver. Tal es la doctrina de Suárez, el cual enseña también que la indulgencia que se cede a los difuntos no pierde nada de la certeza o del valor que tendría para nosotros los que pertenecemos todavía a la Iglesia militante. Ahora bien, las Indulgencias se nos ofrecen en mil formas y en mil ocasiones.

Sepamos utilizar nuestros tesoros y practiquemos la misericordia con las pobres almas que padecen en el purgatorio. ¿Puede existir miseria más digna de compasión que la suya? Tan punzante es, que no hay desgracia en esta vida que se la pueda comparar. Y la sufren tan noblemente, que ninguna queja turba el silencio de "aquel río de fuego que en su curso imperceptible las arrastra poco a poco al océano del paraíso". El cielo a ellas de nada las sirve; allí ya no se merece. Dios mismo, buenísimo pero también justísimo, se ha obligado a no concederlas su liberación si no pagan completamente la deuda que llevaron consigo al salir de este mundo de prueba. Es posible que esa deuda la contrajesen por nuestra culpa o con nuestra cooperación; y por eso se vuelven a nosotros, que continuamos soñando en placeres mientras ellas se abrasan, cuando tan fácil nos es abreviar sus tormentos. Apiadaos, apiadaos de mi, siquiera vosotros, mis amigos, pues me ha herido la mano del Señor.

LA ORACIÓN POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO.— Como si el purgatorio viese rebosar más que nunca sus cárceles con la afluencia de multitudes que allí lanza todos los días la mundanalidad del siglo presente y acaso debido también a la proximidad de la cuenta corriente ñnal y universal que dará término al tiempo, al Espíritu Santo ya no le basta sostener el celo de las cofradías antiguas consagradas en la Iglesia al servicio de los difuntos; suscita la Iglesia nuevas asociaciones y hasta familias religiosas, cuyo fin exclusivo es promover por todos los medios la liberación o el alivio de las almas del purgatorio. En esta obra, que es una especie de redención de cautivos, hay también cristianos que se exponen y se ofrecen a cargar sobre sí las cadenas de sus hermanos, renunciando para ello libre y voluntariamente, no sólo a sus propias satisfacciones, sino también a los sufragios de que se podían beneficiar después de muertos; acto heroico de caridad que no se debe hacer a la ligera, pero que aprueba la Iglesia; dicho acto da a Dios mucha gloria y, en el caso de un retardo temporal de la bienaventuranza, merece a su autor el estar más cerca de Dios para siempre, desde ahora por la gracia y después, en el cielo, por la gloria.

Y, si los sufragios de un simple fiel tienen tanto valor, ¡cuánto más tendrán los de toda la Iglesia en la solemnidad de la oración pública y en la oblación del augusto Sacrificio en que Dios mismo satisface a Dios por todas las faltas! La Iglesia, desde su origen, siempre rezó por los difuntos, como antes lo hizo la Sinagoga. Así como celebraba el aniversario de sus hijos mártires con acciones de gracias, así también honraba con súplicas el de los demás hijos, que quizá no estuviesen aún en los cielos. Diariamente se pronunciaban en los Misterios sagrados los nombres de unos y otros con el doble fln de la alabanza y de la oración; y, así como por no poder recordar en cada iglesia particular a cada uno de los bienaventurados del mundo entero, los incluyó a todos en una fiesta y en una mención común, así de igual manera hacía conmemoración general de los difuntos en todas partes y todos los días a continuación de las conmemoraciones particulares. Tampoco faltaban sufragios, observa San Agustín, a los que no tenían parientes ni amigos; ésos tenían para remediar su desamparo, el cariño de la Madre común.

SAN ODILÓN. — Al seguir la Iglesia desde un principio el mismo proceso respecto a la memoria de los bienaventurados y la de las almas del purgatorio era de prever que la institución de la fiesta de todos los Santos reclamaría muy pronto la actual Conmemoración de los fieles difuntos. Según nos dice la Crónica de Sigeberto de Gemblaux, el abad de Cluny San Odilón la instituía en 998 en todos los monasterios que de él dependían, para celebrarla perpetuamente al día siguiente de todos los Santos. Así respondía a las acusaciones que le denunciaban a él y a sus monjes, en visiones que se leen en su Vida, como los auxiliadores más intrépidos de las almas que se purifican en el lugar de la expiación, y también como los más temibles para los poderes infernales. El mundo aplaudió el decreto de San Odilón. Roma le hizo suyo y se convirtió en ley de toda la Iglesia latina.

Los griegos hacen una primera Conmemoración general de los difuntos la víspera de nuestro domingo de Sexagésima, que es para ellos el de carnestolendas o de Apocreos, en el cual celebran la segunda venida del Señor. Llaman a este día Sábado de ánimas, como también al Sábado que precede a Pentecostés, en que rezan de nuevo solemnemente por todos los difuntos.

MISA DE LOS DIFUNTOS

La Iglesia Romana tenía antiguamente doble tarea en este día en su servicio diario para con la divina Majestad. La memoria de los difuntos no la permitía olvidar la Octava de todos los Santos. El oficio del segundo día de esta Octava precedía al de los difuntos; a la hora de Tercia de todos los Santos, seguía la Misa correspondiente; y después de Nona del mismo oficio, ofrecía el Sacrificio del altar por los difuntos.

En nuestros días, solicitada por la caridad para con las pobres almas más numerosas y más desamparadas, las dedica hoy todas sus Horas canónicas y sólo después de Nona a la que sigue la misa solemne de los difuntos, vuelve a tomar el oficio de los Santos en las Vísperas del dos de noviembre.

En cuanto a la obligación de guardar fiesta el día de ánimas, era sólo de semiprecepto en Inglaterra, donde se permitían los trabajos más necesarios; en muchos lugares el cese del trabajo no excedía la mitad del día; en otros se prescribía únicamente la asistencia a la misa. París observó durante algún tiempo el dos de noviembre como fiesta de primera obligación: en 1673 el arzobispo Francisco de Harlay mantenía aún en sus estatutos el mandato de guardarle hasta el mediodía. Hoy ni en Roma existe ya la obligación.

La antífona del Introito no es más que la súplica apremiante que suple en el oficio de difuntos a otra cualquier doxología; está sacada de un pasaje del libro cuarto de Esdras. El segundo salmo de Laudes nos da el versículo.

INTROITO

Dales, Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua. — Salmo: A ti, oh Dios, te corresponden loores en Sión, a ti se te darán votos en Jerusalén: escucha mi oración, a ti irán todos los hombres.

En la Colecta la Iglesia implora, en favor de las almas que sufren, la misericordia de su Esposo, del Dios hecho Hombre, al que llama Creador y Redentor, títulos que dicen todo lo que estas almas le costaron y le invitan a dar la última mano a su obra.

COLECTA

Oh Dios, Criador y Redentor de todos los fieles: concede a las almas de tus siervos y siervas el perdón de todos los pecados; para que, por nuestras piadosas súplicas, consigan la indulgencia que siempre ansiaron. Tú, que vives.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Corintios (I Cor., XV, 51-57).

Hermanos: He aquí un misterio que os digo: Todos resucitaremos ciertamente, pero no todos seremos transformados. En un momento, en un pestañear de ojos, al son de la última trompeta: porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptos: y nosotros seremos transformados. Porque es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción: y que esto mortal se revista de inmortalidad. Mas, cuando esto mortal se hubiere vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: Fué absorbida la muerte por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Pues el aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado es la Ley. Mas gracias a Dios, que nos dió la victoria por nuestro Señor Jesucristo.

MUERTE Y RESURRECCIÓN. — Mientras el alma, al salir de este mundo, suple en el purgatorio la insuficiencia de sus expiaciones, el cuerpo que dejó vuelve a la tierra para cumplir la sentencia lanzada contra Adán y su raza en el principio del mundo. Pero la justicia es amor tanto para el cuerpo como para el alma del cristiano. La humillación del sepulcro es justo castigo de la falta original; mas en ese retomo del hombre al polvo de la tierra de que fue formado, nos hace ver San Pablo además la siembra necesaria para la transformación del grano predestinado, que un día ha de volver a vivir en muy distintas condiciones. Es que, en efecto, la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios ni los que están sujetos a la corrupción aspirar a la inmortalidad. Trigo candeal de Cristo, según la palabra de San Ignacio de Antioquía, el cuerpo del cristiano es arrojado al surco de la tumba para dejar en él lo que tenía de corruptible, la forma del primer Adán con su flaqueza y su pesadez; mas, por virtud del nuevo Adán, que le vuelve a formar a su propia imagen, saldrá completamente celestial y espiritualizado, ágil, impasible y glorioso. Gloria al qué sólo quiso morir como nosotros para destruir la muerte y hacer de su victoria nuestra victoria. La Iglesia continúa pidiendo con insistencia en el Gradual la liberación de los difuntos.

GRADUAL

Dales, Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua. V. El justo dejará eterna memoria: no temerá la mala fama.

TRACTO

Absuelve, Señor, a las almas de todos los fieles difuntos de todo vínculo de pecado. J. Y, socorriéndolos tu gracia, merezcan evitar el juicio de la venganza. V. Y gozar de la dicha de la luz eterna.

La Iglesia antiguamente no excluía el Aleluya de los funerales de sus hijos; expresaba su alegría fundada en la esperanza de que una muerte santa acababa de asegurar al cielo un elegido más, aunque pudiese prolongarse algún tiempo la expiación del cristiano cuya vida, de prueba finalizaba. Con todo, la adaptación de la liturgia de los difuntos a los ritos de los últimos días de Semana Santa, aunque modificó en este punto antiguas costumbres, no quiso excluir de la Misa de los difuntos la Secuencia, la cual fue primitivamente una composición de carácter festivo y una continuación del Aleluya Roma hacia una excepción a las reglas tradicionales, a favor del poema atribuido erróneamente a Tomás de Celano. En Italia se cantó desde el siglo XIV el Dies irae y toda la Iglesia lo adoptó en el siglo XVI.

SECUENCIA

1. El día de la Ira, el día aquel disolverá al mundo en ceniza: testigo es David con la Sibila.
2. ¡Cuánto temor habrá entonces, cuando se presente el Juez a discutir todo con rigor!
3. La trompeta, lanzando su son por las tumbas de la tierra, llevará ante el trono a todos.
4. Se pasmarán muerte y naturaleza, cuando resucite la criatura, para responder al Juzgador.
5. Abriráse el libro escrito, en que está todo contenido, por el que será juzgado el mundo.
6. Cuando, pues, se siente el Juez, aparecerá todo lo oculto: nada quedará sin vengar.
7. ¿Qué diré entonces, desgraciado? ¿Qué patrono invocaré, cuando apenas el justo estará seguro?
8. Rey de majestad tremenda, que a los buenos salvas gratis, sálvame a mí, fuente de piedad.
9. Acuérdate, Jesús piadoso, que soy de tu camino la causa: no me pierdas en aquel día.
10. Buscándome, te sentaste cansado: me redimiste sufriendo la cruz: no sea Inútil tanto trabajo.
11. Justo Juez de la venganza, da la gracia del perdón antes del día de la cuenta.
12. Gimo como verdadero reo: con la culpa enrojece mí cara: perdona, oh Dios, al que suplica.
13. Tú, que absolviste a María y escuchaste al J buen ladrón, a mí esperanza me diste. .
14. Mis plegarias no son dignas: pero tú haz,! bueno y benigno, que no arda en fuego perenne. .
15. Colócame entre las ovejas, y apártame de los* cabritos, poniéndome a la parte diestra.
16. Refutados los malditos, aplicadas las crueles llamas: llévame con los benditos. .
17. Ruégote humilde y sumiso, el corazón, como ceniza, deshecho: Ten cuidado de mi fin..
18. Lacrimoso día aquel, en que surgirá del polvo el hombre para ser juzgado reo..
19. Perdona, pues, a éste, oh Dios: oh piadoso señor Jesús, dales el descanso. Amén.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Juan (Jn., V, 25-29).

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas de los judíos: En verdad, en verdad os digo, que ha llegado la hora, y es ésta, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios: y, los que la escucharen, vivirán. Porque, como el Padre tiene la vida en si mismo, así dió también al Hijo el tener la vida en sí mismo: y le dió poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre. No os maravilléis de esto, porque llega la hora en que, todos los que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios; e irán los que obraron bien, a la resurrección de la vida y los que obraron mal, a la resurrección del juicio.

LA VOZ DEL JUEZ. — El purgatorio no es eterno. Su duración es infinitamente diversa según las sentencias del juicio particular que sigue a la muerte de cada uno; para ciertas almas más culpables o que, excluidas de la comunión católica, están privadas de los sufragios de la Iglesia, puede prolongarse a siglos enteros, aunque la misericordia divina se dignase librarlas del infierno. Mas al fin del mundo y de todo lo que es temporal se ha de cerrar el purgatorio. Dios sabrá conciliar su justicia y su gracia en la purificación de los últimos llegados de la raza humana, supliendo, v. gr., con la intensidad de la pena expiatoria lo que podría faltar a la duración. Pero, en lo que se refiere a la bienaventuranza, mientras las sentencias del juicio particular son con frecuencia suspensivas y dilatorias y dejan provisionalmente el cuerpo del elegido y del condenado a la suerte común de la sepultura, el juicio universal tendrá carácter definitivo tanto para el cielo como para el infierno, y sus sentencias serán absolutas y se ejecutarán al instante íntegramente. Vivamos, pues, a la expectativa de la hora solemne en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios. El que tiene que venir, vendrá y no tardará, nos recuerda el Doctor de las gentes; su día llegará rápido y de improviso como un ladrón, nos dicen con él, el Príncipe de los Apóstoles y Juan el discípulo amado, haciendo eco a la palabra del mismo Jesucristo: como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre.

Asimilémonos los sentimientos expresados en el Ofertorio de los difuntos. Aunque las benditas almas del purgatorio tienen asegurada para siempre la eterna bienaventuranza y ellas lo saben bien, con todo eso, el camino más o menos largo que las conduce al cielo, se abre entre el peligro del último asalto diabólico y las angustias del juicio. La Iglesia, pues, abarcando con su oración todas las etapas de esta vía dolorosa, anda solícita para no descuidar la entrada; y no teme llegar para eso demasiado tarde. Para Dios, cuya mirada abarca todos los tiempos, la súplica que hoy hace la Iglesia, estaba ya presente en el momento del paso tremendo y procuraba a las almas la ayuda que aquí se pide. Además, esta misma súplica la va siguiendo a través de los altibajos de su lucha contra las potestades del abismo, de las cuales se sirve Dios como de instrumentos en la expiación reclamada por su justicia, según lo han comprobado más de una vez los Santos. En esta hora solemne, en que la Iglesia presenta sus ofrendas para el augusto y omnipotente Sacrificio, redoblemos nosotros también nuestros ruegos por los finados. Imploremos su liberación de las fauces del león. Supliquemos al glorioso Arcángel, prepósito del paraíso, sostén de las almas al salir de este mundo, su guía enviado "por Dios, que las conduzca a la luz, a la vida, a Dios mismo, que se prometió como recompensa a los creyentes en la persona de su padre Abraham.

OFERTORIO

Señor Jesucristo, Rey de la gloria, libra las almas de todos los fieles difuntos de las penas del infierno y del profundo lago: líbralas de la boca del león, para que no las absorba el tártaro, ni caigan en lo obscuro: sino que el abanderado San Miguel las presente en la luz santa: Que prometiste en otro tiempo a Abraham y a su descendencia, y. Ofrecérnoste, Señor, hostias y preces de alabanza: tú acéptalas por aquellas almas cuya memoria celebramos hoy: hazlas, Señor, pasar de la muerte a la vida: Que prometiste en otro tiempo a Abraham y a su descendencia.

La fe, cuyas obras practicaron, es garantía para las almas del purgatorio de la recompensa postrera y la que hace a Dios propicio ante los dones ofrecidos en favor de ellas.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, mires propicio estas hostias que te ofrecemos por las almas de tus siervos y siervas: para que, a quienes diste el mérito de la fe cristiana, les des también el premio. Por Nuestro Señor Jesucristo.

PREFACIO

Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que siempre y en todas partes te demos gracias a ti, Señor santo. Padre omnipotente, Dios eterno, por Cristo nuestro Señor. En quien brilló para nosotros la esperanza de una resurrección bienaventurada, de suerte que a quienes contrista la certeza de tener que morir, los consuele la promesa de la futura inmortalidad. Porque a tus siervos. Señor, la vida se les cambia, no se les quita: y, desmoronada la casa de esta terrestre morada, alcanzan en los cielos una mansión eterna. Y, por eso, con los Angeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con todo el ejército de la celeste milicia, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo, etc.

Al Agnus Dei, la petición del descanso para los difuntos suple a la de la paz por los vivos.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, dales el descanso.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, dales el descanso.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, dales el descanso sempiterno.

Como caen los copos silenciosos de una nieve abundante en un día de invierno, así suben blancas y apacibles las almas liberadas, ahora cuando en todo el mundo, al finalizar sus largas súplicas, la Iglesia derrama a raudales sobre las llamas expiatorias la sangre redentora. Hechos fuertes con el valimiento que da a nuestra oración el participar en los Misterios sagrados, digamos con ella en la Comunión:

COMUNION

Brille para ellos, Señor, la luz eterna: Con tus Santos para siempre: porque eres piadoso. V. Dales Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua. Con tus Santos para siempre: porque eres piadoso.

Es tal, no obstante eso, y tan por encima de nuestros pensamientos humanos el misterio impenetrable y adorable de la justicia de Dios, que para algunas almas la expiación tiene que seguir aún. La Iglesia también, sin cansarse ni dejar de esperar, continúa su oración en la Poscomunión. La Santa Madre Iglesia recordará a los difuntos todos los días y a todas las Horas del oficio, en todas las Misas que se ofrecen a lo largo del año, de cualquier solemnidad que sean.

POSCOMUNION

Rogárnoste, Señor, hagas que la oración de los que te suplicamos, aproveche a las almas de tus siervos y siervas: para que las libres de todos los pecados y las hagas participantes de tu redención. Tú, que vives.

El Benedicamus Domino, que hace las veces del Ite missa est en las misas en que se suprime el Gloria in excelsis, se reemplaza en las de difuntos por una invocación en favor de los finados:

Descansen en paz. Amén.

LAS TRES MISAS. — Aquí no damos más que el texto de la misa que se celebra por todos los fieles difuntos. Cada cual puede encontrar fácilmente en su misal el texto de las otras dos. Desde 1915, gracias a la piedad de Benedicto XV, los sacerdotes pueden en este día celebrar tres misas: una de ellas, a intención del celebrante, la segunda se dice por las intenciones del Papa y la tercera por todos los fieles difuntos.

Quiso Benedicto XV ayudar con esta generosidad no sólo a los miles y miles que durante la guerra cayeron en los campos de batalla, sino también a las almas cuyas fundaciones de misas habían sido robadas por la Revolución y confiscación de los bienes eclesiásticos.

Más recientemente Pío XI concedió una Indulgencia plenaria, aplicable a las almas del purgatorio, por la visita que se hiciese a un cementerio el 2 de noviembre y cualquier otro día de la Octava, pero con la condición de rezar por las intenciones del Romano Pontífice.

Fte: Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger 

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