jueves, 27 de enero de 2022

27 de enero SAN JUAN CRISÓSTOMO, OBISPO, DOCTOR Y CONFESOR


San Juan, llamado Crisóstomo, palabra griega que significa Boca de Oro por su grande y singular elocuencia, fue uno de los hombres eminentes en ciencia y santidad en el siglo IV. Nació en Antioquia el año 344, y según algunos el 347, de padres distinguidos por su no­bleza y piedad. Su padre Segundo, capitán distinguido del ejército imperial en Siria, murió dejando de veinte años a su madre Antusa con este hijo, todavía pequeño, y una hija mayor. Rehusó la joven viuda contraer segundas nupcias, desechando una buena ocasión que se le ofreció, porque deseaba terminar sus días en el servicio de Dios, y para atender mejor a la educación de sus hijos, en especial de Juan.

Le buscó los mejores maestros de su tiempo para las ciencias y le­tras humanas; pero ella tomó a su cargo instruirle desde la niñez en la ciencia más importante de la salvación eterna. Estudió retórica con Libanio, el maestro más célebre de su época, y filosofía con Andraganto, haciendo en breve tiempo tales progresos, que no solo sobresalía de todos sus condiscípulos, sino que igualaba a sus profeso­res, dejando a todos admirados cuando, a los veinte años de edad, pronunció sus primeros discursos en el Foro, que le valieron el sobrenombre honroso que lleva y con el que es conocido.

Dados los cristianos sentimientos de sus padres, sorprende a pri­mera vista que el joven Juan, considerado ya como uno de los más hábiles maestros y por una de las lumbreras más brillantes del Foro romano, no estuviera aún bautizado; pero así era, por efecto del abu­so lamentable, y muy frecuente en aquellos tiempos de relajación que siguieron a la paz de la Iglesia, de que se dejaron arrastrar tan­tas familias cristianas por abandono y error material. Era entonces Juan un joven de singulares dotes, pero seducido por la vanidad de las grandezas humanas y alucinado por los aplausos de las gentes, á quienes apasionaba su elocuencia.

Pero Dios le deparó en su íntimo amigo Basilio el instrumento para comenzar su vida de santificación. Con el ejemplo y las exhortacio­nes de Basilio, se decidió a estudiar la religión cristiana seriamente, y, cuando estuvo bien dispuesto, a la edad de veinticinco años fue bautizado por San Melecio, obispo de Antioquía. Rápidos fueron los progresos que desde entonces hizo Juan en el camino de la per­fección. Con objeto de hacer penitencia y de recibir santas inspiraciones en los sagrados lugares en que nació, vivió, padeció y murió Nuestro Señor Jesucristo, fue en pere­grinación a Jerusalén, donde renovó con abundancia de lágrimas y el cora­zón contrito las pro­mesas y renuncias hechas solemne­mente en el bau­tismo.

Pasó luego a la Universidad de Ate­nas para perfeccionarse en las letras humanas, donde fue recibido con gran honor, al extremo de excitar la envi­dia del maestro pa­gano Antemo, quien dijo que, sólo por ser Crisóstomo cristiano, era indigno de ocupar lugar preferente entre los filósofos. Con este motivo hizo delante del prefecto una elocuente profesión de fe declarando, ante muchos filósofos paganos, que no existía otro Dios que Jesucristo, que, con el Padre y el Espíritu Santo, era adorado por los cristianos por un solo Dios, creador de Cielos y Tierra; y como Antemo, poseído por el espíritu infernal, se desgarrase sus propias carnes en un acceso de furor, nuestro Santo oró fervorosa­mente, logrando curarle, no sólo en el cuerpo, sino en el alma. Recibió Antemo el bautismo, y con él otros paganos y el mismo pre­fecto, testigos de aquel milagro.

Pero ni este triunfo, ni otras obras de piedad en que se ejercitaba Crisóstomo, satisfacían su espíritu. Su inclinación mayor era el retiro de la vida anacoreta. A este efecto, determinó irse a un de­sierto; pero las conmovedoras súplicas de su madre, acompañadas de lágrimas, le hicieron desistir de tal propósito, mientras ella vi­viese, resignándose a abrazar el estado sacerdotal, a cuyo fin reci­bió las Sagradas Órdenes, hasta el diaconado, de manos del santo obispo Melecio, a cuyo lado estuvo cinco años sirviendo de secre­tario.

Pasado este tiempo, la muerte de su madre le desligó de los lazos que aun le unían al mundo, y puso por obra su proyecto de retirarse al desierto, como lo realizó yéndose a reunir con los solitarios del monte Casiano, no sin vencer antes muchas preocupaciones que le sugería el enemigo tentador. Desde la primera noche de su en­trada en el monasterio fue favorecido por Dios con celestiales con­suelos. Fortalecido con ellos, creció en Crisóstomo el amor a la vida austera, de lo cual es testimonio el tratado que se titula Comparación de un Rey con un Monje, en que canta las excelencias de la vida monástica.

Sus mortificaciones y austeridades le hicieron caer enfermo del estómago, lo que le obligó a volver temporalmente a Antioquía para curarse. Cuatro años llevaba siendo el modelo de todos los monjes, cuando murió el abad y quisieron sus hermanos que lo fuera él; pero Crisóstomo se negó totalmente, y se refugió en una cueva pró­xima al monasterio, de donde sólo salía los días festivos. Allí se de­dicó con tal ahínco al estudio de la Sagrada Escritura, que acabó por aprendérsela toda de memoria. En los seis años de aquella vida cenobítica, compuso, además del tratado antes mencionado, tres libros Contra los Impugnadores de la Vida Monástica, en los que está incluido aquel tratado; dos libros Acerca de la Compunción, en los que manifiesta la necesidad y las condiciones del verdadero dolor de los pecados, y seis libros Del Sacerdocio, en diálogo, que son de los más excelentes entre sus escritos.

Aún no era sacerdote. Flaviano, sucesor de San Melecio en la Sede de Antioquia, recibió orden de Dios, por conducto de un ángel, para que fuese al monasterio del monte Casiano, y, sacando de allí á Crisóstomo, le consagrase sacerdote para su iglesia. Así lo hizo el prelado; y en el momento de imponerle las manos para conferirle el carácter sacerdotal, una paloma, blanca como la nieve y con alas doradas, después de revolotear por el templo, fue a posarse sobre la cabeza del nuevo presbítero, con gran admiración de toda la ciudad de Antioquíaque por este prodigio coligió cuan ilustre llegaría a ser en la Iglesia. Tenía entonces cuarenta y dos años, y re­unía eminente ciencia y virtud consumada. Con tan rico caudal empezó su apostolado.

El clero y el pueblo todos experimentaron lo mucho que puede un orador que es elocuente y santo; porque el Crisóstomo, con su ejem­plo y con su arrebatadora palabra, conmovía y convertía los cora­zones de los pecadores más endurecidos. Durante doce años fue el apóstol de Antioquía, como de ello dan testimonio, entre otras obras, todas de gran mérito, sus Homilías sobre el Evangelio de San Mateo y las Epístolas de San Pablo, que compuso en aquel pe­ríodo.

Exponía con firmeza y caridad en sus sermones los puntos más difíciles de la palabra evangélica; pero no era menor la decisión con que atacaba sin debilidad ni contemplaciones el orgullo, el lujo y la molicie de la sociedad frívola y ávida de goces de aquellos tiempos, como lo demuestra el siguiente episodio de su santa vida.
Había el emperador Teodosio impuesto un nuevo tributo a la ciu­dad de Antioquía, que sus naturales se resistieron a pagar, y, declarándose en abierta rebelión, maltrataron a los oficiales del Tesoro imperial y arrastraron por las calles las estatuas del emperador y de su esposa Flacila. Se extendió el pavor por todo el pueblo ante los preparativos que el emperador hacía para castigar a los revol­tosos; y el santo obispo Flaviano fue en persona a Constantinopla para implorar clemencia de la corte imperial, dejando en su lugar a Crisóstomo, que en tan críticas circunstancias se condujo como tierno padre de los atribulados habitantes de Antioquía. Diariamente los exhortaba en la iglesia al arrepentimiento de sus excesos y a la conformidad con el castigo que el emperador les impusiera, consiguiendo apaciguar por completo la sedición, predicando enton­ces los veintiún sermones notables sobre el tema de 
Las Estatuas.

Regresó el obispo Flaviano con la noticia del perdón del empe­rador, y, entusiasmados los habitantes de la ciudad, llevaron en triunfo por todas las calles, después de una función religiosa en ac­ción de gracias, al santo prelado y a San Juan Crisóstomo, a cuya poderosa intercesión cerca de Dios atribuyeron la feliz mudanza de Teodosio.

Vacó en el año 397 la Silla patriarcal de Constantinopla, por muerte del arzobispo Nectario; y como la elocuencia y las virtudes de Cri­sóstomo eran conocidas en todo el imperio, fue unánimemente designado por nobles y pueblo, y elegido canónicamente para ocupar dicha Sede, no obstante la oposición de Teófilo, patriarca de Alejan­dría, que se interesaba por otro. Pero la humildad de nuestro Santo rechazaba tan alta dignidad: ni el obispo ni el clero ni el pueblo de Antioquía consentían en desprenderse de tan sabio y ejemplar sa­cerdote. Fue preciso usar de la astucia, y una noche el gobernador de dicha ciudad, instruido por el emperador, avisó á Crisóstomo que le esperaba en las afueras para comunicarle un asunto urgente. Acu­dió nuestro Santo a la cita, y, así que el gobernador lo tuvo al al­cance de su mano, le hizo subir por fuerza a una carroza que tenía preparada de ex profeso para conducirle al buque que debía transportarlo a Constantinopla.

Al llegar cerca de esta ciudad salieron al encuentro de Crisóstomo el Senado, el clero y la nobleza de la capital, con los obispos que a la sazón se hallaban en la corte, seguidos de numeroso pueblo que aclamaba a su nuevo prelado con entusiasmo indescriptible. El acto de su consagración, verificado el 26 de febrero del 398, fue solem­nísimo, y en ella ofició el patriarca Teófilo, que antes se había opuesto a su elección. Al día siguiente fue a visitarle el joven emperador Arcadio, que el año 395 había sucedido a su padre el gran Teodosio, para pedirle su bendición, y, al dársela, le habló con la santa liber­tad cristiana que demuestran estas palabras: «Sabed, príncipe, que, aunque mis fuerzas son muy pequeñas para la carga que V. M. ha echado sobre mis hombros, comoquiera que Dios, cuyos juicios son profundamente infinitos, ha permitido que sea pastor de este gran rebaño, sólo tengo que deciros con el gran Bautista: Haced peniten­cia. A todos he de decirles libremente aquello a que mi cargo me obligue, y si escucháis mis exhortaciones tendré suma alegría, por­que de este modo contentaréis a Dios y adelantaréis en la piedad. Pero si, desgraciadamente, mis exhortaciones fueran inútiles para vuestras almas, os perderéis miserablemente; y, en cuanto a mí, rogaré á Dios que me consuele en alivio del disgusto que esto me proporcionará». El joven emperador, lejos de ofenderse por la santa libertad con que le habló Crisóstomo, prometió con respeto seguir fielmente sus consejos.

Comenzó San Juan el gobierno de su diócesis por la reforma de su propia casa, cortando desde luego muchos gastos y las profusio­nes que sus predecesores habían creído necesarias para mantener el decoro de la dignidad, e invirtiendo las cantidades que por estos conceptos se gastaban, en limosnas para los pobres. La mesa esplén­dida, los muebles y vestidos preciosos no tuvieron entrada en la casa episcopal de Crisóstomo. Se trataba a sí mismo como el más austero ana­coreta; su comida se reducía a una al día, compuesta de vegetales; no probaba el vino sino por prescripción facultativa en los grandes calores. Dormía tres o cuatro horas cada noche, pasando el resto de ella orando ante el Santísimo Sacramento, objeto de su predilecta adoración. Este procedimiento dejó asombrada a aquella corte, no acostumbrada a ver semejantes ejemplos. Y como éstos son el ser­món más elocuente, comenzó en seguida por la reforma del clero, en el que introdujo la austeridad y las virtudes que él ya practicaba. Eran casi insuperables las dificultades con que tenía que luchar un obispo en la capital del imperio de Oriente. El paganismo no se había extinguido aún; el arrianismo había contaminado con sus erro­res a no pocos del clero y de la nobleza; la corrupción de costum­bres imperaba en la sociedad de Constantinopla, todo lo cual eran otros tantos obstáculos que tenía que vencer el nuevo patriarca. Y lo consiguió. Prohibió a los eclesiásticos que tuviesen en sus casas a cier­tas mujeres que solían mantener con el nombre de beatas. Estable­ció en las iglesias el Oficio de la noche, exhortando a los seglares a que concurriesen a orar con los clérigos. Quiso que se cantasen los salmos hasta en las casas particulares; apartó a muchos de la ociosidad, de los teatros y espectáculos públicos, donde peligra la ino­cencia y se pierde el vigor de la vida cristiana. Reprendió libre­mente la avaricia, el fausto y la soberbia de los grandes. Reorganizó la piadosa asociación de las viudas consagradas al Señor con el nombre de diaconisas, dedicadas principalmente a los actos de devo­ción y de caridad, poniendo al frente de ellas á Santa Olimpia. No sabía mentir ni adular. A todos hablaba sencillamente. Hizo, en fin, revivir la devoción y el fervor en todos los fieles, y renovó la disci­plina monástica, de manera que en poco tiempo mudó de semblante la corte de Constantinopla.

No se limitó su caridad a los límites de la corte, porque hubo po­cas provincias en todo el Oriente adonde no se extendiesen los ardo­res de su santo fervor. En la Fenicia destruyó un templo gentílico, abolió los restos del paganismo y fundó iglesias y monasterios. Lo mismo hizo en los pueblos escitas y en los celtas. Arrojó y exterminó de todo el imperio a los eunomianos y montanistas; declaró guerra cruel a los arríanos, consiguiendo del emperador que no quedase uno solo dentro de la ciudad; y si su pontificado hubiera durado más tiempo, es casi seguro que hubiera acabado con todos los herejes del Universo. Causa admiración que un hombre solo, extenuado por las penitencias, pudiese a un mismo tiempo dar a luz tantas y tan ex­celentes obras; gobernar con tanto celo y prudencia una de las dió­cesis más vastas del mundo; predicar casi todos los días, lo cual ha­cía con tan felices resultados, que las gentes abandonaban los circos y los teatros para oírle, llegando a veces a tal grado el entusiasmo de sus oyentes, que le interrumpían con aplausos y aclamaciones; atender a las necesidades espirituales y corporales de tantos pobres  huérfanos y viudas; y, sobre todo, dedicar parte de su cuidado a las veintiocho provincias eclesiásticas sujetas al patriarcado de Constantinopla. En medio de tanto trabajo, ningún día dejó de decir Misa, que celebraba con tal devoción y ternura, que siempre derramaba el Señor en su bella alma mil consuelos celestiales.

La influencia que a causa de sus extraordinarias virtudes llegó nuestro Santo a adquirir sobre los fieles de Constantinopla, fue tal, que en varias ocasiones se bastó por sí solo para aplacar las iras de la muchedumbre. Entre otros casos está el del ministro Eutropio, que, desposeído de sus honores y a punto de ser arrastrado por el pueblo, se refugió en la iglesia, donde Crisóstomo le salvó la vida sin más que arengar a los que le perseguían.

Esta fortaleza apostólica, que tan respetable le hizo a los buenos, provocó el odio de los descontentos, entre los cuales había algunos obispos de los no ejemplares, varios clérigos de la corte, que no po­dían sufrir el orden de vida a que el Santo los obligaba, diferentes abades de los que frecuentaban la corte más que el monasterio, y sobre todo la emperatriz Eudoxia, que estaba irritada contra el Cri­sóstomo por lo que después se dirá. Todos estos elementos entra­ron en la conspiración, de que era cabeza el ambicioso y violento Teófilo.

Ávida de riquezas, Eudoxia no perdonaba medio de confiscarlas a sus súbditos con cualquier pretexto fútil. Entre los despojados injus­tamente estaba la viuda Teognosta, a quien privó de una villa fue­ra de la ciudad. Teognosta y las demás víctimas recurrieron a la intercesión de Crisóstomo, quien, con libertad cristiana y valor santo, reprendió a la emperatriz por su injusto proceder. Se irritó el orgu­llo de la princesa, y desde este momento juró la perdición de nues­tro Santo cuando hubiera ocasión. Ésta se presentó con motivo de haber acogido fraternalmente nuestro Santo a los cuatro abades de los monasterios de Nitria, perseguidos y arrojados de sus abadías por el avaro Teófilo.

A consecuencia de este hecho dispuso el papa Inocencio I que se convocase un concilio en Constantinopla, bajo la presidencia de sus legados asistidos por San Juan Crisóstomo, al que fue citado Teófilo para responder de su conducta con los monjes de Egipto. En virtud de lo cual, unidos Teófilo y Eudoxia contra Crisóstomo, comenzaron su obra de iniquidad con una orden del emperador para arrestar y desterrar a los legados del Papa, apenas desembarcasen. Después ganaron con dinero a los ministros de Arcadio, y consiguió Teófilo licencia para celebrar un concilio o junta de treinta y seis obispos parciales suyos. Y se celebró un conciliábulo en Chesme, pequeña villa cerca de Calcedonia, de donde era obispo Cirino, enemigo jurado de nuestro Santo, en el año 403. Citó Teófilo á Crisóstomo a esta junta para que respondiese a una serie de acusaciones calumniosas. Se negó Crisóstomo a asistir a tal conciliábulo, y entonces Teófilo y sus cómplices condenaron a nuestro Santo, declarándole indigno del episcopado. En su virtud fue depuesto de su silla patriarcal, obte­niendo del emperador que fuese desterrado. Estos hechos injustos y atroces llenaron de dolor y de escándalo a todos los buenos.

La noticia del destierro excitó la indignación del pueblo, que a viva fuerza se opuso durante tres días al cumplimiento de tal orden, y estaba resuelto a verter su sangre en defensa de su obispo, cuan­do Crisóstomo, para evitarlo, optó por entregarse a los soldados del emperador. Estos le condujeron durante la noche, sin saberlo el pueblo, con el rostro cubierto con una capa, al barco que había de transportarle a Bitinia, en el Asia.

Pero al día siguiente, el furor del pueblo, al saber la partida de su santo prelado, no reconoció límites. Como desbordado torrente co­rrió al palacio imperial, y ya sus puertas iban a ser derribadas por la muchedumbre, cuando la emperatriz, poseída de terror, corrió desolada al lado de su marido diciendo estas palabras: ¡Que vuelva Juan, porque, si no, el imperio se nos escapa! Al mismo tiempo, una tempestad horrible con temblores de tierra estalló sobre la ciudad, llevando la consternación a todas partes. Entonces la emperatriz es­cribió de su puño y letra una carta a San Juan Crisóstomo suplicándole que volviera a su sede, y diciendo que ella ignoraba lo que había sucedido, siendo inocente de todo; que la conspiración estaba formada por hombres perversos y corrompidos; y añadía: «Testigo es Dios de las lágrimas que he derramado y que le he ofrecido en el sacrificio de la Misa. Tengo muy presente que mis hijos están bautizados por vuestras manos».

Duró este destierro muy poco tiempo; y al pisar Crisóstomo el suelo de su amada sede, todo el pueblo corrió a su encuentro, besan­do las franjas de sus vestiduras y hasta las huellas de sus plantas, en medio de públicas aclamaciones. Así que llegó a la iglesia, ocupó el pulpito, al cual subió en brazos de la muchedumbre, y dirigió en­tonces a sus fieles una de aquellas pláticas suyas que arrebatan los corazones; y las bóvedas del templo resonaron con los ecos del in­menso llanto que arrancaba de todos los ojos lágrimas de enterneci­miento y santo júbilo.

Uno de los primeros cuidados de Crisóstomo, al ocupar de nuevo su sede, fue escribir al Papa para que declarase nulos el concilio y la sentencia del conciliábulo, llamado Ad quercum, presidido por Teófilo, contra todo derecho. Teófilo escribió en sentido contrario. El Romano Pontífice, después de haber examinado los alegatos de am­bas partes y oído el informe de cuatro obispos de Oriente que fue­ron a Roma a este fin, declaró nulo todo lo hecho por el conciliábulo, y así se lo comunicó a San Juan Crisóstomo y al clero de Constantinopla.

Pero esta feliz noticia no halló a nuestro Santo en su amada dió­cesis. La calma duró poco, porque no desistió Crisóstomo de repren­der las malas costumbres. Se había colocado una estatua de plata de la emperatriz en la plaza inmediata al templo de Santa Sofía, y se celebró su inauguración con bailes, espectáculos y juegos públicos que perturbaban el sosiego y el decoro con que se debe celebrar el Oficio divino; juegos que eran restos del gentilismo, que veinte años después abolió el emperador Teodosio el Joven. El santo patriarca clamó contra estos juegos paganos y los prohibió, dirigiendo su dis­curso contra el director de ellos, que era un maniqueo. Es apócrifo el sermón que se supone predicó contra Eudoxia. Pero ésta se dio por injuriada, por creer que estaba retratada en los discursos del prelado, bajo el nombre de Jezabel, y, sin más que esto, hizo que se diera un decreto para que volviera al destierro. Protestó Crisós­tomo del error en tales suposiciones, y de que sólo violentado dejaría su grey. Los conjurados no desistieron de su intento de hacer que padeciese hasta morir en el destierro o en el camino.                   

El pueblo estaba conmovido, sin consentir la partida de su querido pastor. Para salir del paso, dio el emperador orden al gentil Lucio, oficiar del ejército, para que con una cohorte invadiese la iglesia a fin de contener al pueblo, y los soldados cometieron atropellos execrables. Se alborotó la ciudad, y los fieles acuden al palacio del patriarca y le cercan para que no se le violentase. Pero Crisóstomo, dispuesto a dar la vida por sus ovejas en defensa de la doctrina de Jesucristo, queriendo evitar más derramamiento de sangre, salió secretamente del palacio, se presentó a los ministros imperiales, e in­mediatamente; salió para el destierro, en medio de un diluvio de lágrimas de los pobres, de los enfermos y de las viudas, de quie­nes era su padre común. Con fortaleza de mártir escribió a Santa Olimpia estas palabras: «Mi corazón goza de inexplicable alegría en los sufrimientos, pues en ellos encuentro un tesoro escondido. De­béis, por lo tanto, regocijaros conmigo y bendecir al Señor que me concede hasta este punto la gracia de padecer por Él».

A pie, y sufriendo fatigas y privaciones, fue conducido a Cúcuso, ciudad de Armenia, en los confines de la Cilicia, en los desiertos del monte Tauro, adonde llegó enfermo y maltratado, pues ni agua clara le dieron para apagar la sed. Pero en Cúcuso le recibieron el obispo y el pueblo como correspondía, y Crisóstomo no estuvo ocioso en el destierro: predicaba, socorría a los pobres con lo poco que tenía, consolaba a los desgraciados; no cesaba, en fin, en sus tareas apostólicas. Viendo sus enemigos este resultado, contrario a sus deseos, consiguieron que fuese trasladado a otro punto peor: a Pitionte, lu­gar desierto en lo último del imperio, junto al mar Negro, en la fron­tera de los sármatas, gente salvaje. Encargaron su conducción a dos oficiales, ofreciéndoles nuevos grados si con malos tratamientos le daban lentamente la muerte. El uno, compadecido, favorecía al Santo sin verlo el otro; pero éste, bárbaro y ambicioso, le obligó a andar a deshoras al agua y al sol. De esta suerte llegó enfermo y desfallecido a Comana, donde hubo necesidad de detenerse para pasar la noche, y el Santo la pasó en el oratorio dedicado al obispo San Basi­lisco. Allí se le apareció este santo mártir, y le anunció la feliz nue­va de su subida al Cielo con estas palabras: «¡Valor, hermano mío! ¡Mañana estaremos juntos!»

En efecto, luego que amaneció, pidió que difiriesen la salida hasta las once, lo que no le fue concedido. Partieron, y, apenas habían andado legua y media, se sintió el Santo tan exánime, que fue nece­sario volverle al mismo templo. Luego de que se vio en él, hizo que le mudasen el traje, pidió un vestido blanco, repartió entre los circuns­tantes lo poco que le quedaba, y en ayunas todavía recibió el Viáti­co, hizo un poco de oración, concluyéndola con estas palabras, que repetía con frecuencia: En todo sea Dios alabado: al decir Amén, se santiguó y entregó su espíritu al Señor el 14 de septiembre del año 407, a los sesenta y tres años de edad, y nueve y medio de su glorioso pontificado. Celebradas sus exequias con el concurso mayor posible, su cuerpo fue enterrado junto al de San Basilisco, donde permaneció por espacio de treinta y un años.

Después de muerto Crisóstomo, cayó en Constantinopla un horrible granizo. Eudoxia había muerto antes con reputación deplorable, y Arcadio murió al siguiente año, sin que nadie sintiese su muerte, y dejando pésimos recuerdos a sus súbditos. Respecto a sus enemigos, su odio al santo prelado le persiguió aun después de muerto, no queriendo que se escribiera su nombre en el catálogo de los obispos de Constantinopla. ¡Hasta dónde llega la perversidad del humano corazón! Le sucedió en la Sede el obispo Ático, a quien el Papa no quiso reconocer mientras el nombre ilustre de Juan Crisóstomo no quedase inscrito en los dípticos de su iglesia, entre los obispos legí­timos.

Su cuerpo fue trasladado a Constantinopla con gran pompa, por disposición de San Proclo, y colocado en la iglesia de los Santos Após­toles, el 27 de enero del 438. A esta ceremonia asistieron el empe­rador Teodosio y su hermana Pulqueria, hijos de Arcadio, y aquél se postró delante de las reliquias y pidió perdón al Santo, en nombre de sus padres, por lo mal que le habían tratado. Posteriormente se lle­varon las reliquias a Roma, depositándose en la basílica del Vatica­no, donde se veneran, excepto algunas que quedaron en Constantinopla. Del retrato de este Santo doctor hay uno precioso en los fres­cos de Fra Angélico, en la capilla de San Nicolás, en el Vaticano. Es general la admiración del Crisóstomo, por la multitud de obras que dejó escritas; por la piedad y el esplendor que brillan en todos sus sermones y escritos; por el modo de interpretar y exponer el sen­tido de las Sagradas Escrituras, en lo cual parece que el apóstol San Pablo, de quien era amantísimo devoto, le dictaba al escribir y al predicar. Sus obras ocupan trece volúmenes en folio en la edición del Padre Montfaucon, llamada de los Benedictinos. El abate Maigne las ha publicado en 1845, en ocho volúmenes. Por último, el profesor Fessler dividió sus obras en cuatro clases: Exposición de la Sagrada Escritura; Homilías; Opúsculos, y Cartas. Es de lamentar que perso­nas competentes, conocedoras del griego, no traduzcan directamente al castellano, para utilidad y consuelo del pueblo, aunque sólo fuese sus hermosos sermones y las exposiciones de la Sagrada Escritura.

miércoles, 26 de enero de 2022

26 de enero SAN POLICARPO, OBISPO DE ESMIRNA, Y MÁRTIR

 


 

San Policarpo, discípulo de San Juan Evangelista, nació hacia el año 70, en tiempo del emperador Vespasiano, y fue convertido a la religión cristiana en su niñez, cuando imperaba Tito. Se hizo no sólo querer, sino estimar de los apóstoles, por la inocen­cia de sus costumbres, por su piedad y por el ardiente celo que mos­teaba por la religión. Tuvo la fortuna de conocer y conversar con muchos que habían tratado al Salvador cuando vivía en el mundo: fueron sus maestros los Apóstoles, y San Juan Evangelista tomó especialmente a su cargo el cuidado de enseñarle.

«Policarpo (dice San Ireneo en el libro de las Herejías), no sólo fue enseñado por los Apóstoles, sino que éstos mismos le eligieron por obispo de Esmirna en Asia. Yo le conocí en mis juveniles años, porque murió muy viejo y tenía ya muchos cuando salió de esta vida por medio de un gloriosísimo y muy ilustre martirio. Enseñó siempre la misma doctrina que había aprendido de los Apóstoles: la que enseña la Iglesia y la que es únicamente doctrina verdadera. Todas las iglesias del Asia, y cuantos hasta ahora han sido suceso­res de Policarpo en la silla episcopal, dan testimonio de que fue in­violable predicador de la verdad, más digno de fe que Valentino, Marción y los demás descaminados que se han dejado llevar de la mentira y del error. En tiempo de Aniceto vino a Roma, convirtió a la fe y reconcilió con la Iglesia de Dios a muchos secuaces de los he­rejes, publicando que la doctrina que él había aprendido de los Após­toles, era únicamente la que la Iglesia enseñaba». Esto dice San Ireneo.

Como era San Juan Evangelista quien tenía a su cargo todas las iglesias del Asia, él fue quien le encomendó la iglesia de Esmirna, consagrándole obispo de ella, bajo el imperio de Trajano, poco tiempo antes que saliese a su destierro de la isla de Patmos, siendo el único de los siete obispos que fue declarado por irreprensible, de boca del mismo Cristo, por estas palabras: Yo sé que padeces y que eres muy pobre; con todo eso, eres muy rico, porque eres objeto de la murmuración de los que se llaman judíos y no lo son, porque componen la sinagoga de Satanás. No temas por lo que te resta de padecer; ves aquí que el demonio va a meter en la cárcel a muchos de vosotros, para que todos seáis probados, y vuestra tribulación será de diez días. Sé fiel hasta la muerte, que Yo te daré la corona debida.

En efecto, tuvo Policarpo gran necesidad de mucho valor y mucha paciencia para sufrir las persecuciones que se levantaron contra él, no sólo de parte de los paganos, sino también de los herejes y de los falsos hermanos, que por largo tiempo ejercitaron su virtud y sufrimiento.

Habiendo muerto su amado maestro San Juan, quedó Policarpo privado de gran socorro y de dulcísimo consuelo, pero conservó siempre sus máximas y su espíritu, tanto, que parecía hablaba Juan por boca de Policarpo.

Fue condenado a muerte su gran amigo San Ignacio, obispo de Antioquia, por el emperador Trajano, que se hallaba a la sazón en Siria, y se dio orden de que fuese conducido a Roma, donde había de ser echado a las fieras por la fe de Jesucristo. Tuvo gran consuelo San Ignacio de pasar por Esmirna, y dar un abrazo antes de morir á su amigo Policarpo. Se llenó de gozo cuando vio la Iglesia de Esmirna tan fervorosa, y dio mil gracias a Dios por haberle concedido un obispo tan santo. Ambos habían sido discípulos del Evangelista San Juan, y desde entonces habían contraído estrechísima amistad. Antes de llegar a Roma, San Ignacio escribió varias cartas laudatorias a San Policarpo, a quien no sólo tenía por amigo, sino que, en cierta manera, le trataba como a hijo, por ser mucho más anciano que él. En una de las cartas le da consejos semejantes a los que San Pablo daba a su discípulo Timoteo. «Cumple (le dice) con las obligaciones de tu cargo, dedicando a éste todo tu cuerpo y tu espíritu. Sufre a los demás como el Señor te sufre a ti. Si todos te diesen que padecer, padece de todos con caridad, como lo haces. Pide a Dios la sabiduría aún en mayor abundancia que la tienes. Vela, puesto que posees un espíritu que no duerme. Habla a cada uno en particular, según lo que el Señor te diere a entender. Lleva con paciencia las flaquezas de los demás, como perfecto atleta. Cuando el trabajo es mayor, también es mayor el provecho. El que ames a los buenos, no es gracia. Aplícate a ganar a los más perversos por la dulzura. No todas las llagas se curan con un mismo remedio. Las inflamaciones se supuran bañándolas y rociándolas. No te dejes aturdir de los que parecen dignos de fe y enseñan errores. Mantente firme, como se mantiene el yunque, por más que lo golpeen. Es propio de un grande atleta ser despedazado y vencer».

Hallándose San Ignacio en Filipos de Macedonia, escribió otra carta a San Policarpo, en la cual le habla con licencia de anciano, con autoridad de obispo, con cordialidad de amigo, y con el fervor de mártir que estaba ya casi tocando con la mano la corona en el fin de su gloriosa carrera.

San Ireneo, su amigo y su discípulo ilustre, dice que fue testigo ocular de la santidad de toda su vida, de la gravedad de todas sus operaciones, de la majestad de su semblante y de su porte; de su inmensa caridad y de la maravillosa estimación que se ganó en el concepto de todos.

Habiendo sido discípulo de San Juan Evangelista, no es de extrañar se le hubiese comunicado un ardentísimo amor a Jesucristo, y una devoción muy tierna a la Santísima Virgen María. Se ha observado que todas las iglesias que lograron la dicha de tener por obispos a los Apóstoles o a sus discípulos, han conservado siempre devoción muy particular a la Madre de Dios y Reina de los Ángeles.

Hallándose ya San Policarpo en los ochenta años de su edad, pasó a Roma para consultar con el papa Aniceto algunos puntos sobre la disciplina eclesiástica, especialmente el que entonces era muy controvertido, acerca del día en que los cristianos habían de celebrar la Pascua. Fue utilísima su estancia en aquella ciudad para algunos fieles que estaban algo tocados del veneno de las nuevas herejías. Quedó confundido el error con la presencia y doctrina de un discípulo tan ilustre de San Juan Evangelista. Encontrando un día en la calle al heresiarca Marción, preguntó éste al Santo si le conocía, y Policarpo le respondió: Sí, te conozco; ya sé que eres el primogénito de Satanás.

Vuelto al Asia nuestro obispono gozó por mucho tiempo de la paz en que había dejado a su iglesia al tiempo de partir a Roma. El emperador Marco Aurelio, que había sucedido a Antonino, hizo punto de honra y de religión el exterminar a los cristianos del mundo. Esto dio lugar a la sexta persecución, que fue una de las más crueles; y la de la iglesia de Esmirna fue uno de los primeros teatros de ella. El procónsul Quadrato dio principio a la persecución, mandando echar a las fieras doce cristianos traídos de Filadelfia. Era como capitán de esta tropa San Germánico, cuya constancia irritó tanto a los gentiles contra los cristianos, que el pueblo comenzó a clamar por su muerte, pidiendo ante todas la de Policarpo, cuya presencia hacía invencibles a los fieles, inspirándoles el menosprecio de la muerte y de todos los tormentos.

Quiso el Santo mantenerse en la ciudad, sin hacer caso de estos clamores, y continuar en sus visitas pastorales; pero se vio precisado a ceder a las ardientes instancias de los cristianos, que le obligaron a retirarse y esconderse en una casa de campo, donde no estuvo muchos días, y los pocos que estuvo los pasó en continua oración día y noche.

Tres días antes que le prendiesen, tuvo una visión en sueños, pareciéndole que ardía la almohada sobre que reclinaba su cabeza. Luego que despertó, juntó a los fieles y les dijo: «Tened por cierto que dentro de pocos días he de ser quemado vivo; demos por siempre gracias a nuestro dulcísimo Jesús, que me quiere hacer merecedor de la corona del martirio». Al día siguiente se halló la casa cercada de soldados. Se hallaba el Santo en oración, en el desván de la casa, y, oyendo el ruido, se ofreció por víctima al Señor, suplicándole se dignase aceptar el sacrificio de su vida; y lleno de extraordinaria alegría, bajó donde estaban los soldados; saludó cortésmente al oficial que los mandaba; le declaró quién era; le rogó que entrase con su gente a descansar un poco; mandó que le dispusiesen de comer, y él se retiró a continuar su oración.

Quedaron atónitos el oficial y los soldados al ver tanta serenidad, tanta dulzura y mansedumbre; llenándoles también de veneración y de respeto la majestuosa presencia de aquel venerable anciano; pero, al fin, eran mandados y no podían dejar de cumplir su comisión, aunque ya con general dolor de todos. Al amanecer hicieron montar al Santo en un humilde jumento para ir a Esmirna. Poco antes de entrar en la ciudad encontró al corregidor y a su padre Nicetas, que iban de paseo; le obligaron a que se metiese en su coche, y comen­zaron a persuadirle a que se rindiese al emperador y sacrificase a los dioses. Indignado el santo obispo de que tuviesen valor para hablarle así, les respondió con tanta resolución y tanto brío, que le arrojaron violentamente del coche, quedando no poco maltratado el golpe que recibió en la caída.

Al entrar en el anfiteatro oyó una voz del Cielo que le decía: Buen ánimo, Policarpo, y está firme. Fue luego presentado ante el tribunal del procónsul, que le exhortó mucho a que obedeciese y considerase que ni sus años ni su gran debilidad podrían tolerar el rigor de los tormentos, a que irremisiblemente le condenaría si al instante no maldecía a Jesucristo, Entonces el santo viejo, como recogiendo todos los espíritus de su celo, y cobrando vigor y tono de voz muy superiores a su avanzada edad, le respondió de esta manera: Ochenta y seis años hace que sirvo a mi Señor Jesucristo; nunca me ha hecho ningún mal, y siempre me ha hecho mucho bien, recibiendo cada día de su mano nuevos favores. Pues ¿cómo quieres que maldiga al que me dio la vida, que es mi Creador, mi Salvador y mi Padre, arbitro de mi suerte eterna, que ha de juzgar a todos los hombres, y, finalmente, mi Dios, a quien debo todo mi amor, todo mi reconocimiento y todo mi respeto? ¿Qué son las llamas con que me amenazas? Ellas queman durante una hora, pero el fuego que la Justicia divina reserva a los impíos es inextinguible. ¿Qué te detiene? No tardes: ordena contra mí el suplicio que más te plazca.  

Irritado el procónsul con esta respuesta, que no esperaba, le amenazó que le echaría a las fieras. Confiado en mi Señor Jesucristo, respondió el Santo, no temo ni a las fieras, ni al fuego, ni al acero. Cuando oyó el pueblo estas palabras, comenzó a gritar enfurecido: Pues dice que no teme al fuego, que sea quemado vivo. En seguida encendieron tumultuariamente una hoguera, arrojaron en ella a Policarpo, que con semblante alegre, y los ojos puestos en el Cielo se estaba ofreciendo a Dios en holocausto; pero, respetándole las llamas, le rodearon blandamente, y elevándose sobre la cabeza a modo de pabellón, le cubrían sin hacerle daño. Irritados los paganos con este prodigio, le atravesaron una espada por el cuerpo; y la sangre que derramaba el santo mártir apagó el fuego. De esta manera acabó su gloriosa carrera Policarpo; y desde entonces celebra toda la Iglesia su ilustre martirio. La Francia le venera y le ha venerado siempre por uno de sus apóstoles, por haber sido maestro de San Ireneo, obispo de León, de San Benigno, obispo de Langres, de San Andoco, San Tirso y San Andeolo, que pasaron a evangelizar a las Galias. Sucedió su glorioso martirio cerca del año 160 de Nuestro Señor Jesucristo. Los restos del glorioso mártir fueron recogidos por los cristianos, y parte de ellos fueron llevados a Francia por San Ireneo y otros discípulos de San Policarpo.

martes, 25 de enero de 2022

25 de enero LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO


 

Parmigianino: Conversión de San Pablo, 1527

Son tan grandes los beneficios que ha recibido la Iglesia de la poderosa mano de Dios por el ministerio del apóstol San Pablo, que, en señal de su agradecimiento, quiso celebrar con particular culto la memoria de su conversión, por ser la época famosa de todas sus maravillas, y porque, con razón, puede considerarse como el milagro de los milagros. Se estableció, pues, esta fiesta para dar gracias a Dios por la conversión de este apóstol, por su divina vocación y por su especial misión a la conversión de la gentilidad. Estos tres señalados favores que hizo Jesucristo a San Pablo en el instante de su conversión, forman como el objeto principal de esta festividad. Y a la verdad, si en el pueblo judaico se celebraba solemnemente el aniversario de las victorias señaladas, que habían sido especialmente beneficiosas al Estado, ¿qué victoria hubo jamás que fuese tan beneficiosa a la Iglesia, de la cual hubiese sacado tanto fruto ni que la hubiese sometido tantos pueblos, como la que Cristo consiguió del perseguidor más furioso de los fieles, por cuyo medio, del mayor enemigo suyo hizo el mayor defensor de su Ley, un vaso de elección, el doctor de las gentes y, en fin, uno de sus mayores apóstoles?

Saulo, que después tomó el nombre de Pablo, era de nación judío, de la tribu de Benjamín, y había nacido en Tarso, ciudad de Cilicia, en el Asia Menor. Profesaba su padre la secta de los fariseos, esto es, de los judíos que hacían profesión de ser los más exactos observadores de la Ley y de seguir la moral más rígida y más severa. Por su nacimiento era ciudadano romano, por ser éste uno de los privilegios de la ciudad de Tarso, que era Municipio de Roma (título más noble que el de Colonia), en atención a que en las guerras civiles se había siempre declarado en favor de Julio César, y después de Augusto, hasta tomar el nombre de Juliópolis. Pasó los primeros años de su juventud en Tarso, donde estudió las ciencias griegas, que se enseñaban en aquella ciudad, de la misma manera que en Alejandría y en Atenas. Como tenía Saulo ingenio conocido y era de suyo inclinado al estudio, le enviaron sus padres a Jerusalén para instruirse en la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento, bajo la dirección del célebre doctor judío Gamaliel, convertido más tarde a la fe cristiana, y tuvo, entre otros, por condiscípulos a Bernabé, su futuro compañero en el apostolado, y a Esteban, protomártir.

Era Saulo de carácter impetuoso y rígido observador de la Ley mosaica, sobre todo en lo exterior, y por esto él mismo dijo ser fariseo e hijo de fariseo. Aprendió bien, con su claro talento y genio vehemente, todo lo que pertenecía a la religión y a las costumbres y ceremonias de los judíos. Su edad, con corta diferencia, era la de Nuestro Señor Jesucristo, a quien parece que no conoció en su vida mortal. Tampoco hay indicio de que estuviera en Jerusalén en el tiempo de la Pasión y Muerte del Salvador del mundo.

Lo que sí puede asegurarse, es que el celo ardiente que tenía por las ceremonias de sus padres y su temperamento bilioso, le hizo el enemigo más implacable de la Iglesia naciente desde el momento en que tuvo noticia de su existencia. La secta farisaica opuso, desde luego, su predicación a la de los apóstoles y discípulos de Jesucristo; y Saulo, esperanza de la Sinagoga, concibió un odio y una envidia profundos contra su condiscípulo San Esteban. Se tiene por cierto que fue uno de los judíos de Cilicia que se levantaron contra el protomártir y que disputaron con él. Y es indudable que fue de los que con más ardor clamaron por su muerte, y que quiso tener el gusto de guardar las capas de los que lo hacían apedrear, como dice la Sagrada Escritura.

No puede dudarse de que la plegaria que San Esteban elevó a Dios cuando, al expirar, pidió que no se imputase a sus verdugos la muerte suya, fue escuchada por el Señor, haciendo que la sangre de este Santo cayese sobre la cabeza de Saulo, no para su condenación, sino a modo de lluvia superabundante de gracia, que hizo, poco después, de tan furioso perseguidor de la Iglesia un vaso de elección.

Pero la sangre de este primer mártir irritó más la cólera y encendió más la rabia de los judíos. Excitaron una horrible persecución contra la Iglesia de Jerusalén; pero ninguno se mostró más ardiente que Saulo en el ansia de destruirla. Le animaba contra los cristianos un celo que parecía furor. Viéndose aplaudido y autorizado por los de su nación, no guardaba términos ni medidas. Se entraba por las casas, sacaba de ellas a todos los que sospechaba ser discípulos de Cristo, los metía en las cárceles, y los hacía cargar de prisiones y cadenas.

Crecía su rabia contra los fieles, según que experimentaba el buen éxito de su persecución. Obtuvo sin dificultad amplia comisión del pontífice Caifás para hacer minuciosa pesquisa de todos los cristianos, con facultad de castigarlos. Se iba a todas las sinagogas, hacía apalear y azotar cruelmente a cuantos creían en Jesucristo, y ponía en ejecución cuantos medios alcanzaba: promesas, amenazas, tormentos, para hacerlos blasfemar de su Santo Nombre.

Habiéndose extendido la fama de esta terrible persecución, era mirado Saulo como furioso perseguidor de los cristianos, como enemigo jurado de Jesucristo, y como el azote de sus fieles siervos, de manera que sólo el nombre de Saulo aterraba a los que creían en Él. Parecían cortos los límites de Judea, de Galilea y de toda la Palestina para contener el celo, o, por mejor decir, la furia de este rabioso perseguidor. Lleno siempre de amenazas, alentaba sangre y respiraba muerte al oír sólo el nombre de cristiano.

Teniendo noticia de que cada día se aumentaba el número de los discípulos de Jesucristo en Damasco, ciudad célebre a la otra parte del monte Líbano, pidió al príncipe de los sacerdotes cartas para aquellas sinagogas con facultad de prender a cuantos cristianos hallase y de llevarlos a Jerusalén, donde podrían ser castigados con mayor libertad, resuelto a exterminar él solo aquella naciente iglesia.

Se hallaba ya a dos o tres leguas de la ciudad, cuando a la hora del mediodía vio bajar del Cielo una gran luz más resplandeciente que el mismo Sol, la cual le rodeó a él y a todos los que le acompañaban. Al punto cayeron todos en tierra atónitos y deslumbrados, y Saulo oyó una voz que le dijo en hebreo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? En vano tiras coces contra el aguijón. Entonces preguntó Saulo: Señor, ¿quién sois Vos? Y le respondió el Salvador: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Fuera de sí Saulo, al oír esta respuesta, replicó temblando y despavorido: Señor ¿qué queréis que haga? Le mandó el Salvador que se levantase; y aunque le envió a otro para que supiese de él lo que era voluntad suya que hiciese, no por eso dejó de darle allí mismo una idea general de lo que había de padecer. Levántate, le dijo, y estate en pie, porque Yo me he dejado ver de ti para hacerte ministro y testigo de las cosas que has visto, y de otras que te manifestaré. Te saqué de las manos de este pueblo y de las naciones a las cuales te envío ahora, para que, abriéndoles los ojos, pasen de las tinieblas a la luz y del imperio de Satanás al de Dios, y para que reciban la remisión de sus pecados y la herencia de los santos por medio de la fe, que hace creer en Mí.

Mientras pasaba todo esto, los que iban en compañía de Saulo, levantados ya de la tierra, estaban de pie, atónitos y suspensos. Oían una voz, pero no veían al que hablaba. Habiéndose también levantado Saulo, aunque tenía los ojos abiertos, nada veía. Fue menester cogerle de la mano para conducirle a Damasco. Le metieron en casa de cierto vecino, que se llamaba Judas, donde estuvo tres días ciego, sin comer ni beber, para prepararse a recibir las inspiraciones divinas.

Vivía a la sazón en Damasco un discípulo de Jesucristo, llamado Ananías, hombre de gran piedad y venerado por su virtud hasta de los mismos judíos. Se le apareció el Señor en una visión y le mandó que fuese a la calle Recta y que buscase en ella a cierto hombre llamado Saulo, natural de Tarso, a quien hallaría en oración. Al oír Ananías el eco del nombre de Saulo, replicó lleno de admiración: ¡Cómo, Señor, si he oído decir a muchas personas que ese hombre ha hecho grandes males a vuestros santos en Jerusalén! Aun ahora trae amplísimo poder de los príncipes de los sacerdotes para meter en la cárcel a los que invocan vuestro Santo Nombre. No importa, le respondió el Señor, ve adonde te mando; ese hombre ya es un vaso de elección, escogido por Mí para que predique mi Nombre delante de las naciones, delante de los reyes de la Tierra y delante de los judíos de Israel. Así, ya le tengo indicado y prevenido lo mucho que ha de padecer por mi amor.

Al mismo tiempo que el Salvador estaba declarando esto a Ananías, estaba Saulo viendo en espíritu que un hombre llamado Ananías entraba en su cuarto, y ponía las manos sobre él para que recobrase la vista.

Obedeció Ananías a Dios sin dilación, lleno de fe y de confianza: fue a buscar a Saulo a la calle Recta y, poniendo las manos sobre él, le dijo: Saulo hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado aquí para que te restituya la vista y para que seas lleno del Espíritu Santo. Al mismo tiempo se le cayeron de los ojos como unas escamas, y comenzó a ver con toda claridad. Se levantó lleno de alegría, de admiración y de los más vivos sentimientos de gratitud y de amor; y, habiéndole declarado Ananías lo que el Señor le había dado a entender tocante a su vocación, le bautizó y el Espíritu Santo le llenó de sus celestiales dones. Entonces tomó el nombre de Pablo, convirtiéndose de perseguidor del Nombre de Cristo en Apóstol de los gentiles y de las naciones todas. Después de haber dado gracias a Dios, tomó Pablo alimento, recobró las fuerzas materiales y permaneció algunos días con los fieles que estaban en Damasco. Créese que tendría entonces cerca de treinta y seis años de edad. Antes de salir de Damasco se presentó en las sinagogas proclamando que Jesucristo es el Hijo de Dios y el Redentor del mundo. Es fácil concebir cuan atónitos exclamarían los judíos que le escuchaban, habiéndole visto pocos días antes perseguir tan furiosamente a los que invocaban al Nazareno, y sabiendo que había venido a Damasco exclusivamente para prender a cristianos y conducirlos cargados de cadenas a presencia de los príncipes de los sacerdotes en Jerusalén.

¿Qué mayor maravilla que ésta, dice San Juan Crisóstomo? El lobo es hecho pastor; el que bebió la sangre de las ovejas no cesó ya de derramar su sangre por la salud de las ovejas. Mayor milagro fue convertir a Saulo en Pablo que resucitar muertos. En esto último, la naturaleza sigue sin contradicción al que es su Señor; pero, en la conversión de Saulo, estaba en la potestad del libre albedrío de éste el dejarse o no persuadir. Mayor maravilla, pues, es convertir la voluntad que corregir la naturaleza, mucho más obrándose la conversión después de haber sido Jesucristo crucificado como un infame malhechor y humildemente sepultado.

En efecto, en el alma de Saulo había grandes obstáculos para su conversión, y, al ser vencidos, pusieron de manifiesto la eficacia y el poderío de la gracia y la infinita misericordia de Dios para el pecador. Estos obstáculos, según los sagrados expositores, eran cuatro pecados gravísimos, que hacían a Saulo esclavo del demonio: 1.°, la envidia que sintió contra San Esteban, su condiscípulo, nacida en las disertaciones de las aulas y convertida en odio profundo cuando fue vencido por el protomártir, lo cual le llevó a coadyuvar a su martirio; 2.°, el orgullo y el gran concepto que de sí mismo tenía, que por sí solo era el mayor obstáculo para que penetrase en su corazón la divina gracia, la cual sólo se da a los humildes; 3.°, el ser blasfemo, perseguidor e injuriador del Nombre de Jesucristo y de los que le invocaban, y haber inducido a otros a blasfemar; y 4.°, el ser colérico y dominado por la ira, pues sabido es cuán difícil es que penetre la gracia de Dios en el pecho de un hombre iracundo. Y, no obstante, todos estos obstáculos fueron vencidos en un solo instante, cuando menos se esperaba, y sin anterior preparación de su espíritu. Las palabras: ¿Qué queréis que yo haga?, revelan, no el principio de su conversión, sino la conversión completa y perfectísima. ¿Qué protestas de arrepentimiento ni qué propósito de enmienda pueden igualar a la elocuencia de esta sola frase?

Al oír la voz de Dios, su soberbia se cambió en humildad; su cólera en docilidad cuando, al quedar ciego, se dejó conducir a Damasco; de blasfemo se hizo fervoroso adorador de Dios, y la envidia y el odio, que antes sentía contra San Esteban, se transformaron en caridad ardentísima, que le llevó a hacerse todo de todos para hacer a todos de Jesucristo. El alma se abisma en la consideración de tan gran milagro, y el pecho del pecador, por enormes que sean sus culpas, debe abrirse a la esperanza al contemplar los prodigios que la divina misericordia obró en Saulo.

Después de que hizo la primera manifestación pública de fe cristiana en Damasco, se retiró a los desiertos de la Arabia, donde estuvo tres años preparándose para las batallas que había de reñir por el Señor. Allí fue instruido por el mismo Jesucristo en la doctrina del Evangelio y del Nuevo Testamento y sus relaciones con el Antiguo; pudiendo decirse con verdad que durante aquel tiempo fue su vida un éxtasis y arrobamiento continuos. Pasado aquel santo noviciado, volvió a Damasco para comenzar a predicar el Evangelio a gentiles y a judíos. De todo lo cual, hasta el término de su gloriosa carrera, se hablará el 30 de junio.

Aún existen en las cercanías de Damasco algunas piadosas señales que marcan el sitio donde cayó San Pablo herido por el resplandor de la luz celeste, que le detuvo en el camino; y se hallan a un cuarto de legua de la puerta llamada Mediodía, sirviendo hoy de cementerio a los cristianos. Antiguamente se levantó allí un templo, del que sólo quedan trozos de columnas.

Damasco, ciudad ya noble en tiempo de David, es hoy capital del valiato o provincia de Siria, en la Turquía asiática, y pertenecía al imperio otomano, siendo la ciudad más importante después de Constantinopla. Contiene ciento cincuenta mil almas, de las que noventa mil son musulmanes, y los restantes cristianos, griegos, maronitas y drusos principalmente; así que la población es muy turbulenta. Célebre fue la horrible matanza de cristianos en 1860, que motivó la intervención de Francia. Con todo, los cristianos residentes en Damasco organizan todos los años, el 25 de enero, una devota procesión, que visita el sitio donde se realizó la conversión de San Pablo y la calle donde vivió, en el barrio de los judíos, que conserva el nombre de Recta o derecha, con que es mencionada en el Nuevo Testamento.

Muchos siglos hace que se fijó la fiesta de la Conversión de San Pablo el 25 de enero, en el cual se hacía antes sólo conmemoración del Apóstol con motivo de la traslación de sus reliquias a Roma. En los calendarios y misales del siglo VIII se hace memoria de esta fiesta; y desde el pontificado de Inocencio III, a principios del siglo XIII, se celebra con general solemnidad. En muchos obispados de Francia, de los Países Bajos y de Inglaterra se celebra como fiesta de precepto. En los misales y breviarios romanos se señala con rito doble mayor.

La Misa es en honor de la Conversión de San Pablo, y la oración la que sigue:

¡Oh Dios, que enseñaste a todo el mundo, por medio de la predicación del Apóstol San Pablo! Concédenos la gracia de que, así como hoy honramos su Conversión, así también caminemos a Ti, siguiendo su ejemplo. Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.

La Epístola es del capítulo 6, versículos 1.° al 22, de los Hechos de los Apóstoles.

En aquellos días: Saulo, que todavía no respiraba sino amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al príncipe de los sacerdotes y le pidió cartas para Damasco dirigidas a las sinagogas, para traer presos a Jerusalén a cuantos hombres y mujeres hallase de esa profesiónCaminando, pues, a Damasco, ya se acercaba a esta ciudad, cuando de repente le cercó de resplandor una luz del Cielo. Y, cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él respondió: ¿Quién eres tú, Se­ñor? Y el Señor le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón. Él entonces, temblando y despavorido, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga? Y el Señor le respondió: Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer. Los que venían acompañándole estaban asombrados, oyendo, sí,  pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo de la tierra, y, aunque tenía abiertos los ojos, nada veía. Por lo cual, llevándole de la mano, le metieron en Damasco. Así permaneció tres días privado de la vista, y sin comer ni beber. Estaba a la sazón en Damasco un discípulo llamado Ananías, al cual dijo el Señor en una visión: ¿Ananías? Y él respondió: Aquí me tenéis, Señor. Levántate, le dijo el Señor, y ve a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso, llamado Saulo, que ahora está en oración. (Y  veía a un hombre, llamado Ananíasque entraba y le imponía las manos para que recobrase la vista). Respondió empero Ananías: Señor, he oído decir a muchos que este hombre ha hecho grandes daños a tus santos en Jerusalén, y aun aquí está con poderes de los príncipes de los sacerdotes para prender a todos los que invocan tu Nombre. Ve a encontrarle, le dijo el Señor, que ese mismo es ya un instrumento elegido por Mí para llevar mi Nombre delante de todas las naciones y de los reyes y de los hijos de Israel. Y yo le haré ver cuántos trabajos tendrá que padecer por mi Nombre. Marchó, pues, Ananías, y entró en la casa, e imponiéndole las manos le dijo: Saulo, hermanoel Señor Jesús, que se te apareció en el camino que traías, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo. Al momento cayeron de sus ojos unas como escamas y recobró la vista, y, levantándose, fue bautizado. Y habiendo tomado después alimento, recobró sus fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos que habitaban en Damasco. Y desde luego empezó a predicar en las sinagogas a Jesús, que Éste era el Hijo de Dios. Todos los que le oían estaban pasmados, y decían: ¿Pues no es éste aquel mismo que perseguía en Jerusalén a los que invocaban este Nombre, y que vino acá de propósito para conducirlos presos a los príncipes de los sacerdotes? Saulo empero cobraba cada día nuevo vigor y esfuerzo, y confundía a los judíos que habitaban en Damasco, demostrándoles que Jesús era el Cristo.

 

REFLEXIONES

¡Qué ardiente, qué impetuoso y digno de temor es el celo falso, el celo postizo! Hace en la viña del Señor el mismo destrozo que las raposas de que habla la Sagrada Escritura, y va introduciendo el fuego por todas las mieses. Como esta furiosa pasión se cubre siempre con el especioso pretexto de la mayor gloria de Dios, no hay cosa capaz de vencerla, ni aun de moderarla. El celo puro y santo es vivo, pero dulce: el falso celo siempre es amargo, siempre es caprichoso y no da oídos a la razón.

A la verdad, en este particular apenas hay lugar a la ignorancia invencible. A poca reflexión que se haga, se descubre todo el error: reina en él demasiado la pasión para estar muy encubierta. Sólo con que se considere el verdadero motivo de esa aspereza, de esos desprecios y de esas picantes aversiones, está descubierto todo el veneno. Al verdadero celo le anima siempre la verdadera caridad, que nunca respira daño al prójimo, sino deseo de su mayor bien; tan lejos está de triunfar en sus desgracias, que antes se compadece y se contrista en todas sus aflicciones. No hay cosa más moderada ni más apacible y compasiva que el verdadero celo; su perpetuo y su divino ejemplar es la conducta que observó Jesucristo con los mayores pecadores. Al contrario, el falso celo, como, en suma, no es más que una vehemente pasión mal disfrazada, siempre es turbulento, siempre inquieto, siempre maligno, siempre lleno de sal y de hiel. Su fuego no purifica, pero abrasa; lleno de industrias, de calumnias y de dureza, hace consistir toda su virtud en la malignidad y en el artificio. En conclusión, no es celo, que es espíritu de parcialidad y de amor propio.

Este era el falso celo de Saulo. No respiraba más que amenazas, muertes y estragos; todo lo quería trastornar, todo lo quería perder; y en nada menos pensaba que en convencer y en convertir.

Pide cartas de recomendación para las sinagogas de Damasco. ¿Será acaso para que le ayudasen a sacar dulcemente a sus hermanos del engaño y del error en que los consideraba metidos? Nada de eso. Las pide para sepultarlos a todos en profundos calabozos y cargarlos de cadenas. Todo celo falso es duro y desabrido. Le sirve de pretexto la religión; pero el móvil principal que le rige, el verdadero motivo que le anima, es el espíritu de indignación y de encono. Mas ¡oh, qué difícil es curar una enfermedad que está arraigada en el corazón y en el entendimiento!

Para convertir a Saulo fue menester cegarle. La luz de sus ojos solamente le servía para que viese menos. Si había de ver con claridad, era menester que desconfiase y renunciase su propia luz. Mil preocupaciones siniestras alimentaban su pasión; su orgullo la encendía. Preciso era extinguir todo este fuego; y para esto fue necesario un milagro. Hubo de bajar del Cielo una nueva claridad que derribase en tierra aquel espíritu orgulloso. Nunca se acompañó con el falso celo la virtud de la humildad. Fue menester mudar aquel corazón maligno y duro; hacer dócil aquel animal impetuoso y fiero. ¡Oh cuántos milagros son menester para curar un celo falso! Ilustre prueba es de esto la conversión de Saulo. Señor, ¿qué queréis que haga? ¡Oh, qué diferencia de dictámenes y qué diversidad de lenguaje! Que vaya Saulo a saber de Ananías lo que debe creer y lo que debe obrar. Esto se le dijo. Siempre nos habla y nos instruye Dios por el oráculo de la Iglesia. ¡Cuánto va del celo de Saulo al celo de Pablo! Aquél sólo respiraba muertes: éste sólo alienta la salvación de todos los hombres, a ejemplo de Jesucristo.

El Evangelio es del capítulo 19, versículos 27 al 29, de San Mateo.

En aquel tiempo dijo Pedro a Jesús: Bien ves que nosotros hemos abandonado todas las cosas, y te hemos seguido: ¿cuál será, pues, nuestra recompensa? Mas Jesús les respondió: En verdad os digo que vosotros que me habéis seguido, en el día de la resurreccióncuando el Hijo del hombre se sentare en el solio de su majestad, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos y juzgaréis a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casa o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa o hijos, o heredades, por causa de mi Nombre, recibirá cien veces másy poseerá la vida eterna.

 

MEDITACIÓN

De las señales ciertas de una conversión verdadera.

Punto primero. — Considera que muchas veces se cree ser conversión lo que no es más que un proyecto o simple idea de convertirse. Muchos son los que se engañan en esto. La obediencia pronta a la voz de Dios, la mudanza de costumbres, de creencias y de conducta: ésta es la única prueba de haberse convertido de veras. ¿Experimento yo en mí mismo esta genuina prueba?

En Saulo, aquel fiero enemigo del nombre cristiano, puedes ver el modelo de una conversión perfecta. Al primer rayo de la gracia, por decirlo así, a la sola voz de Dios, cae Saulo por tierra, y exclama fuera de sí: Señor, ¿qué queréis que haga? Así habla el que está verdaderamente convertido. Cuando desaparecen de nuestros ojos mil brillos falsos y se pierden de vista muchos objetos que nos alumbran, ¿decimos a Dios desde luego: Señor, ¿qué queréis que haga?, o haced lo que quisiereis de mí?

El primer paso es el retiro. Se busca un Ananías, esto es, un director seguro, bien instruido en los caminos de Dios. Ya no dominan los respetos humanos; si antes se persiguió a Jesucristo, ya se hace pública profesión de ser su discípulo y de padecer tal en todas ocasiones. Ni la tentación, ni el amor propio, ni las persecuciones, ni las adversidades, ni las pruebas, ni las cruces, nada inmuta a un corazón verdaderamente convertido; todo sirve para purificarle más y para hacerle más puro y más fiel. ¿Se parecen a este modelo las conversiones de muchos que se ven en estos tiempos? La mía ¿es de este carácter? Por solas estas señales se conoce una conversión verdadera.

¡Qué error imaginar que uno se ha convertido sólo porque se conoce y se confiesa la necesidad que hay de convertirse! Entre el pensamiento de convertirse y la conversión efectiva hay un dilatado espacio de camino, hay grandísima distancia. ¡Oh qué cosa tan triste es morir sólo con el deseo de convertirse!

No permitáis, Señor, que me suceda esta desdicha. Resuelto estoy, con la asistencia de vuestra divina gracia, a probar el deseo de convertirme con mi misma conversión.

Punto segundo.—Considera con qué prontitud lo dejan todo los apóstoles por seguir a Jesucristo en el instante en que los llama; en aquel punto, en aquel momento, y no después. Es poco sincera la conversión menos pronta; en materia de conversión, toda tardanza es sumamente peligrosa; el dilatarlo un punto es tanto como no querer hacerlo. Ni aun ir a rendir los últimos obsequios a un padre difunto se permite a un joven que dice quiere seguir a Cristo; pues ¿qué se dirá de los que no quieren convertirse hasta que hayan redondeado bien todos sus negocios; hasta que se acabe esta comisión; hasta que vuelva de tal viaje; hasta que deje este empleo; hasta que mude de estado? ¡Oh Dios, y con cuánta razón os burláis de estas vanísimas monerías, de estos fantásticos trampantojos! [Pero hay que cumplir con los compromisos justos].

He aquí que todo lo hemos dejado. Otra prueba que caracteriza la conversión verdadera. Quien dice todo, nada exceptúa. Aunque sólo esté preso con un alfiler el corazón humano, ya no es corazón libre. Conversión con reserva no es conversión, sino superchería. Todos los Amalecitas han de ser sacrificados, desde el rey hasta el esclavo más vil. ¡Oh qué compasión ver tantas excepciones, tantas limitaciones frívolas en tantas imperfectas conversiones! Siempre se ha de reservar alguna cosa; pero, desengáñate, que si no te retiras de todos los objetos, si no huyes de todas las ocasiones, si no rompes todos los lazos, ciertamente no te has convertido.

Pero no basta dejarlo todo por Jesucristo, es necesario seguirle: Te hemos seguido. Otra prueba de la conversión verdadera, con la circunstancia de que a esta precisa condición se promete únicamente el premio. Y, para seguir a Cristo, no basta haber dejado el pecado, es menester practicar todas las virtudes cristianas. Conversión poco activa, no es más que un fantasma de conversión. ¡Cuánto tiempo hace que estoy haciendo vanos propósitos de conversión, pero no me convierto! A la verdad, me desprendí ya de algunos lazos; pero ¿me he desprendido de todos? ¿Puedo decir con verdad que sigo a Cristo? Pues ¿en qué título fundo la esperanza de la recompensa? ¡Qué locura vivir con tanto atolondramiento en punto tan delicado y en materia de tanta consecuencia!

Reconozco, Dios mío, y confieso con el más vivo dolor de mi corazón, que hasta ahora no me he convertido, por más que Vos me habéis llamado tanto para que me convirtiese. Pero, al presente, que por vuestra gracia estoy sinceramente resuelto a mi conversión, quiero desde luego daros pruebas verdaderas de que es efectiva y sincera, siendo fiel en serviros, fervoroso en amaros, regular y exacto en todo lo que sea obedeceros.

JACULATORIAS

Hablad, Señor, que vuestro siervo oye. —Libro de los Reyes, III, 10.

Señor, ¿qué queréis que haga? —Hechos de los Apóstoles, IX, 6.

 

PROPÓSITOS

1. - Al principio del año formaste un plan de vida, y el día siguiente renovaste el propósito de convertirte sin dilación. Vuelve a leer lo que entonces escribiste con los propósitos que se señalaron en el tercer día del año, y sin andar entreteniéndote más en vanos deseos, ni engañándote con vanas ideas, tómate cuenta a ti mismo; y, si hallares que desde entonces acá en nada te has reformado, pregúntate: ¿en qué pararon aquellos grandes proyectos de conversión? Y concluye que todos fueron cosa de juego.

2. - Considera, en particular, cuál es tu pasión dominante; porque todos tenemos cierta pasión favorecida, a la cual no la incomodamos habitualmente. Resuélvete, desde luego, a no darle oídos, a no agradarla; y, para no incurrir en adelante en otra tal ineficacia, imponte, por modo de penitencia, una limosna o alguna mortificación por espacio de quince días, siempre que cayeres en semejante falta. Cuando se quiere de veras una cosa, se aplican los medios para conseguirla. Las resoluciones vagas o ineficaces sólo sirven para adormecernos en nuestros desórdenes. Todos los días meditar y no enmendarse, viene a ser estudiar en ser tibio sin remordimiento. Nadie hay que no tenga necesidad de convertirse, porque ningún cristiano se hallará que no necesite de alguna reforma. Examina hoy si te has enmendado en las faltas de que te acusas en casi todas tus confesiones; si has pagado esos salarios o esas deudas como lo habías prometido; si has hecho esa restitución que tanto agrava tu conciencia. ¿Eres ya menos colérico y no tan arrebatado? ¿Eres ya más vigilante en el cuidado de tu familia y en la educación de tus hijos? ¿Cumples mejor con las obligaciones de tu estado? ¿Eres más fervoroso y más exacto en la observancia regular? Si te faltan estas señales de conversión, no te des por convertido; pero comienza desde este día a convertirte, y determina dos o tres puntos de enmienda, que sirvan de prueba y acrediten tu reforma.

Sede Vacante desde 1958

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