domingo, 6 de marzo de 2022

6 de marzo SAN OLEGARIO, OBISPO DE BARCELONA

 

   


En tiempos en que Raimundo Berenguer, conde de Barcelona, primero de este nombre, ilustraba el Principado de Cataluña con las célebres victorias que alcanzó de los moros, nació en Barcelona en el año 1060 San Olegario, para gloria y honor inmortal de aquella capital y de todo su Principado. Fueron sus padres Olegario y Gila, ambos más ilustres por su piedad que por su nobleza, los cuales procuraron con el mayor esmero dar al niño una educación tan propia de su religiosidad como de su ilustre nacimiento.

Manifestó el ilustre joven su inclinación al estado eclesiástico, con la idea de dedicarse enteramente al servicio del Señor; y no queriendo sus padres quitarle tan buena vocación, le ofrecieron a Dios y a la ilustre mártir Santa Eulalia en la Catedral de la Santa Cruz, a la que hicieron donación de una rica heredad que poseían en el condado de Asura, para atender a la necesidad de aquella iglesia recién conquistada de los árabes. Admitido Olegario entre aquellos canónigos a la edad de diecisiete años, acreditó desde ese momento que su virtud era superior a su edad, de tal modo que fue muy pronto nombrado prior de de aquel Cabildo, desempeñando su nuevo destino con tal gravedad, circunspección y sabiduría, que fue la admiración de los seglares y el modelo de los eclesiásticos.

Deseoso el nuevo prior de de mayor perfección, pensó en una vida más recogida, para lo que se retiró al monasterio de San Adrián, que acababa de fundar Don Beltrán, obispo de Barcelona, para canónigos regulares de San Agustín. Bien pronto se hizo admirar en el monasterio por sus virtudes, por lo que fue nombrado por unanimidad prior de aquella santa casa.

Cuando sólo pensaba el ilustre prior en santificarse a sí y a sus súbditos ocurrió la muerte de Don Raimundo, Obispo de Barcelona, y todos convinieron, por inspiración divina, en que le sucediera Olegario, que a la sazón se hallaba en Barcelona. Fue la elección agradable a los condes, acepta al clero, y tan a satisfacción del pueblo, que manifestó su gozo con las más festivas demostraciones. Sólo el Santo reprobó una elección tan aplaudida, y resolviendo no admitir tan pesada carga, huyó secretamente a Francia en el silencio de la noche. El cardenal Bosón fue nombrado legado apostólico, con encargo especial para que se consagrase obispo a Olegario; y habiendo sabido que estaba oculto en el monasterio de San Rufo, le hizo comparecer el legado, e intimándole el precepto del Papa, le consagró inmediatamente, sin dar oídos a sus ruegos ni a sus lágrimas.

No ignoraba Olegario los formidables cargos del estado episcopal; pero lleno de confianza en aquel Señor que le eligió, surtió a su pueblo, con sus continuas predicaciones y con sus saludables consejos, de abundantes pastos espirituales; y no omitiendo su ardiente caridad los oficios de padre, socorrió las necesidades corporales de sus ovejas. El conde Berenguer intentó recuperar a Tarragona de los moros, y convencido del celo del obispo de Barcelona, le cedió dicha ciudad para sí y sus sucesores, según consta de su donación, fecha 1° de febrero de 1117. Olegario pasó con este motivo a obtener de Gelasio II la confirmación de aquella nueva promoción. El Papa le recibió con las demostraciones del mayor honor, y no sólo confirmó su elección, sino que le condecoró con el palio, insignia de los metropolitanos.

Regresó Olegario a España, y verificada la recuperación de Tarragona con su ayuda, restableció su iglesia destruida, creó canónigos, y dispuso lo necesario para la defensa de los ciudadanos. Muerto el papa Gelasio II, y habiéndole sucedido Calixto II, convocó un Concilio general en Roma, que fue el primero de Letrán, en el que se trató de la Cruzada para la reconquista de la Tierra Santa. Olegario concurrió al Concilio como uno de los Padres, y representando por su medio al conde de Barcelona; porque era no menos importante la Cruzada en España que en Palestina, debido a la opresión que padecían en ella los cristianos. Nombró Calixto por su legado apostólico a nuestro ilustre prelado, para que con su autoridad favoreciese las expediciones de Tortosa, Lérida y otras muchas villas que ocupaban los bárbaros. Volvió Olegario de Roma, condecorado con la legacía, y empeñado todo su celo y su reputación en las expediciones expresadas, acreditó muy pronto los felices resultados obtenidos por los cristianos.

Libre ya nuestro Obispo de estas ocupaciones, aconsejó al conde de Barcelona la celebración de unas Cortes generales, que se convocaron en Barcelona en el año 1135, a las que concurrieron Raimundo, Obispo de Vich, y Bernardo de Gerona, los abades, los condes, los nobles y los apoderados de las ciudades del Principado. El virtuoso Olegario, satisfecho con el buen estado de su Iglesia, hizo un viaje a Jerusalén, en donde fue obsequiado por sus virtudes, y regresó a España con la más edificante piedad. A su vuelta estableció la Orden de los Templarios, y fue el arbitro de los príncipes, decidiendo con su prudencia las diferencias suscitadas entre los reyes de Aragón y Castilla, Don Ramiro y Don Alonso, los condes de Tolosa y Venecia, y otros varios. Por último, agobiada su naturaleza con tantos trabajos, quiso Dios acrisolar su virtud en una dolorosa enfermedad, que soportó con increíble resignación. Restablecido, convocó un Sínodo diocesano en Noviembre de 1136. Volvió a recaer enfermo, y, celebrando otro Sínodo, recibió los últimos Sacramentos en presencia de todos los que asistieron al Sínodo; y dándoles su bendición, descansó en el Señor el día 6 de marzo del año 1137, a los setenta y seis de su edad.

Su cuerpo se trasladó con gran pompa a Barcelona, donde actualmente se conserva con veneración sobre un altar algo separado de la pared, por cuyo espacio se ve el cadáver íntegro, a excepción de un poco de carne que le falta en el rostro.

La Epístola es del capítulo XI de la carta del apóstol San Pablo a los hebreos.

Hermanos: Los santos por la fe vencieron los reinos, obraron justicia, alcanzaron lo que se les había prometido, cerraron las bocas de los leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, convalecieron de su enfermedad, se hicieron esforzados en la guerra, desbarataron los ejércitos de los extraños. Las madres recibieron resucitados a sus hijos que habían muerto. Unos fueron extendidos en potros y despreciaron el rescate, para hallar mejor resurrección. Otros padecieron vituperios y azotes, y además cadenas y cárceles; fueron apedreados, despedazados, tentados, pasados a cuchillo, anduvieron errantes, cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, necesitados, angustiados, afligidos; hombres que no los merecía el mundo, anduvieron errantes por los desiertos, las cuevas y cavernas de la tierra. Y todos éstos se hallaron probados por el testimonio de la fe en Cristo Jesús Nuestro Señor.

REFLEXIONES

No solamente vive el justo por la fe, sino que, en cierta manera, se puede decir que la fe es el móvil principal, o, al menos, uno de los principales de las mayores acciones del justo. La fe es la que le infunde aquel gran valor con que arrostra todas las desigualdades de la vida, teniendo su corazón fijo en Jesucristo por la fe.

Pero para que produzca estos efectos, para que sea meritoria, es necesario que sea entera y universal. No hay cosa tan vasta como la fe; no hay cosa tan dilatada a que no se extienda la fe: lo que pasa en el Cielo y lo que sucede en los Infiernos; lo que está sepultado en las tinieblas de lo pasado y lo que está aún escondido en los abismos de lo venidero; lo que sucedió en el principio del tiempo y lo que sucederá hacia su fin, todo pertenece a la fe, que siendo, como es, una participación de la ciencia del mismo Dios, encierra en sí hasta los conocimientos más remotos. Pero, aunque la fe sea tan vasta y nos descubra tanta diferencia de cosas, se debe notar, no obstante, que es una e invisible. Una sola fe, como dice el Apóstol. Divídanse cuanto se quieran las materias de la fe, pero jamás se llegará a dividir la fe misma, porque su objeto formal, como dicen los teólogos, es la primera verdad, esto es, Dios revelando a su Iglesia los dogmas que ella nos propone. Cualquiera que deja de creer alguno de ellos, cesa de asentir y someterse a esta primera verdad, y será reprobado de Dios como si ninguna hubiera creído.

Por último, y como cualidad la más necesaria, la fe debe ser viva, activa y que nos una y nos incorpore con Jesucristo, como dice el Apóstol en la epístola de este día: En obsequio de Cristo. El creer no consiste en rezar simplemente el Credo, ni el ser fiel en decir solamente con la boca las palabras de la fe, sin dar a conocer por las obras lo mismo que se cree; la fe que justifica, y sin la cual nadie puede salvarse, es una fe que obra por medio de la caridad, se explica en obras de caridad; ésta es la fe de que vive el justo; ésta es la que elogia San Pablo en su epístola a los hebreos, en donde, recorriendo todos los siglos pasados, nos hace ver los grandes hombres que hubo en el Antiguo Testamento, y nos los representa grandes sólo en cuanto lo fueron delante de Dios, diciendo que esto lo lograron sólo por la fe.

No sólo la Ley antigua tuvo esta ventaja; también la nueva puede lisonjearse, y con razón, de haber tenido héroes y conquistadores por la fe. Imitemos, pues, si no podemos la fortaleza de los mártires, la fe de tantas almas puras y justas con la que dan incesantemente frutos de buenas obras, y que nada perdonan ni olvidan por ganar el Cielo. Sea, en una palabra, nuestra fe obediente, entera, viva y activa, y conseguiremos como los santos sus premios.

El Evangelio es del Capítulo XXI de San Lucas:

En aquel tiempo dijo Jesús á sus discípulos: Cuando oyereis las guerras y sediciones no os asustéis, porque es menester que haya antes estas cosas, pero no será luego el fin. Entonces les decía: Se levantará una nación contra otra nación, y un reino contra otro reino, y habrá grandes terremotos por los lugares, y pestes y hambres, y habrá en el cielo terribles figuras y grandes portentos. Pero antes de todo esto os echarán mano, y os perseguirán, entregándoos a !as sinagogas, a las cárceles, trayéndoos ante los reyes y presidentes por causa de mi nombre. Y esto os acontecerá en testimonio. Fijad, pues, en vuestros corazones que no cuidéis de pensar antes lo que habéis de responder. Porque Yo os daré boca y sabiduría, a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros contrarios. Y seréis entregados hasta por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas.

MEDITACIÓN

 De la violencia que todos deben hacer para salvarse.

Punto primero.— Considera que el Salvador ni exageró ni ponderó más de lo justo la moral de su Evangelio cuando aseguró que el Reino de los Cielos padece fuerza, y que solamente los que se hacen violencia le conquistan. En efecto, las dificultades de la salvación son reales y efectivas; el camino es muy estrecho, todo está cubierto de enemigos, y casi a cada paso se tropieza con un estorbo. Si fue menester que Jesucristo padeciese para entrar en su gloria, ¿quién puede racionalmente prometerse entrar en ella sin padecer?

¿Qué significan tantas figuras, tantas parábolas, y todas tan expresivas, de que se vale el Salvador para hacernos concebir una idea cabal de la dificultad de la salvación? Unas veces el Reino de los Cielos es un convite general al que todo el mundo es invitado, sin excepción de personas; pero a nadie se le admite excusa alguna, ni ocupaciones, ni atenciones, ni pretexto de ningún género. Otras es una guerra sangrienta; y en ella ¡cuántos ataques se han de resistir, cuántas batallas hay que sostener, cuántos trabajos se han de tolerar para llegar a vencer! No solamente no hay salvación fuera de la religión de Jesucristo, ni tampoco la hay dentro de la misma religión, sino por el camino que el mismo Jesucristo nos dejó señalado. Así lo comprendieron los gloriosos mártires de este día, que todo lo renunciaron, hasta su vida, por conseguir el gran premio señalado a los que no perdonan violencias ni sacrificio alguno por Jesucristo. Ahora, pregunto: las reglas que sigo, el camino por donde ando, y las máximas que observo, ¿son las reglas, el camino y las máximas de Jesucristo?

Punto segundo.— Considera que para comprender bien lo mucho que es menester combatir y lo mucho que necesariamente ha de costar la victoria en punto de salvación, no hay más que conocer lo que es nuestra religión y lo que es el corazón humano. Pero esto, bastante bien lo sabemos por nuestra propia experiencia. Mas ¿cuándo ha de llegar el tiempo de que discurramos como prudentes y como racionales sobre dos principios tan conocidos?

El negocio de la salvación es un negocio arduo, espinoso, delicado. ¿Cuánto tiempo dedicamos a este importantísimo negocio? En él todo es peligros, todo lazos; apenas hay abrigo; no hay seguridad alguna; hasta la misma calma es sospechosa. Nosotros mismos somos nuestra mayor tentación; nuestro propio corazón nos vende, y del fondo de él nacen las más furiosas tempestades; los malos ejemplos se agigantan en torrentes; la corrupción general apenas asusta a nadie. ¿Qué se ha de inferir de todo esto sino que es preciso estar constantemente con las armas en la mano, que es menester hacerse una continua violencia?

No permitáis, Señor, que haga inútilmente unas reflexiones tan vivas como urgentes y necesarias. Conozco, comprendo y veo que es preciso hacer los últimos esfuerzos para entrar en el Cielo; que el camino es poco frecuentado; que la puerta es muy estrecha; pero aunque sea menester sacrificarlo todo, aunque sea necesario hacernos todavía más violencia, confío tanto en los poderosos auxilios de vuestra gracia, que estoy resuelto a hacer cuanto haya que hacer y a sufrir cuanto haya que sufrir para salvarme y gozar de vuestra divina presencia.

JACULATORIAS

¡Qué angosto, qué estrecho es el camino que lleva á la vida eterna! Mateo VII, 14.

Penetrad, Señor, mi alma, y también mi cuerpo, con vuestro santo temor, para que evite con la penitencia el terrible rigor de vuestro espantoso juicio.— Salmo CXVIII.

PROPÓSITOS

1. Todos confiesan que el negocio de la salvación es muy dificultoso, y con todo eso, todos viven como si fuese la cosa más fácil de conseguir. Cuesta mucho ir al Cielo; ningún santo dejó de caminar por la senda estrecha, ninguno dejó de llevar la cruz, ninguno dejó de mortificar sus pasiones, ninguno dejó de merecer el Cielo por la penitencia. Se conoce, se conviene en la verdad de todas estas proposiciones. Pero los que pasan la vida en el regalo y en la ociosidad, aquellas personas que se alimentan de las diversiones, aquellos que a solo el nombre de ayuno, de abstinencia y de mortificación se asustan y se estremecen, ¿trabajan éstos seriamente en el negocio de su salvación? ¿Trabajas tú mismo con seriedad e interés cuando vives como viven ellos? Esto es lo que debes examinar hoy, no con examen especulativo, sino práctico. El camino que lleva a la vida es estrecho; y dime: el que tú sigues ¿no es muy ancho? ¿Cuántas violencias haces a tus inclinaciones? Ea, déjate de reflexiones superficiales y estériles; no te contentes con decir: este es mi retrato; no hay rasgo en él que no me represente; añade, pero sin dilatarlo un momento: es preciso y necesario enmendarme; y comienza a hacerlo desde ahora. Hoy he de ayunar rigurosamente; desde ahora para siempre me despido de tales juegos, de tales fiestas, de tales visitas, de tales ocasiones de perder miserablemente mi alma. Se acabaron ya para mí tales reuniones y concurrencias, y desde este mismo momento quiero entablar una vida regular y cristiana.

2. Pero no basta evitar lo malo; es menester que no dejes pasar el día sin hacer alguna obra buena. Pocos cristianos habrá en el mundo que no tengan algo que reformar en sus trajes, costumbres e inclinaciones. Reparte entre los pobres, tus hermanos, lo que ahorres de tus superfluidades; gasta en la iglesia parte del tiempo que habrías de perder inútilmente en las visitas, en el teatro y en el juego. Lee todos los días con tu familia la vida del Santo o Santa del día. Vela un poco más sobre tus hijos y criados. Si eres persona retirada, si tienes la dicha de vivir en el estado religioso, examina cuidadosamente cómo cumples con tus gravísimas obligaciones; mira si vives según el espíritu de tu instituto. Reforma desde ahora esos modales tan desarreglados, esa excesiva inclinación a salir de casa, esa perpetua alternativa de tibieza y de fervor, esas aversiones o antipatías, y también esas amistades particulares.

6 de marzo SANTA COLETA, VIRGEN

 


 


Nació en Corbia, lugar de Picardía, al Norte de Francia, el año de 1380. Fueron sus padres humildes y respetables por su bondad. Sólo tuvieron a esta hija, y procuraron educarla bien, logrando fácilmente sus santos deseos, porque encontraron en ella un corazón nacido para la virtud. Desde la edad de cuatro años conoció y amó a Dios tan tierna y constantemente, que en aquella prematura devoción se descubría la santidad a que había de ascender con los años. Su único entretenimiento era la oración, y su diversión el retiro.

Desde la tierna edad cobró tal amor a los desprecios y a la penitencia, que no podían darle mayor gusto que mortificarla en algún modo, ni mayor consuelo que reprenderla aun sin motivo. Guardó de tal modo la preciosa virtud de la pureza, que, habiendo oído ponderar un día su hermosura, no omitió medio de mortificación para desfigurar y afear su rostro, y lo consiguió perfectamente. Porque, por medio de una rigurosísima abstinencia, de un ayuno casi continuo y de las extraordinarias penitencias con que atormentaba su virginal cuerpo, logró borrar completamente los rasgos de su bello rostro, el que se transformó, y en el resto de su vida se conservó siempre pálida y extenuada. Este género de vida no pudo menos de causar admiración en el público, y el pueblo comenzó ya a llamarla la bienaventurada Coleta. Personas de todas clases iban a visitarla y a encomendarse a sus oraciones. Esta general estimación, tan contraria a su humildad y retiro, sirvió para inspirarle el deseo de huir de la vista del mundo. Juzgó que esto lo conseguiría en el convento de religiosas de Santa Clara, que era uno de los llamados mitigados, porque podían poseer rentas, en virtud de una bula de Urbano IV, por la que se mitigaba el rigor de la primitiva Regla. Pero esta templanza no le agradó, porque ella aspiraba a la perfección; y así, por consejo de su confesor, resolvió tomar el hábito de la Orden Terciaria de Penitencia de San Francisco.

Las que profesaban entonces este instituto de terciarias no vivían en comunidad, viviendo cada cual en su casa. Por lo cual, nuestra santa doncella, vestida ya del hábito de penitencia, para huir del mundo, se encerró en una celdilla que comunicaba a un templo, donde podía oír todos los días Misa y recibir la sagrada Comunión. Allí estuvo encerrada por espacio de cuatro años, ejercitándose en las más heroicas virtudes. Ayunaba toda la Cuaresma a pan y agua, haciendo lo mismo muchos días de la semana en el resto del año. Muchas veces pasaba el día sin otro alimento que la sagrada Eucaristía. Su cama eran unos manojos de sarmientos extendidos en el suelo, donde descansaba pocas horas. Traía de continuo junto a las carnes un áspero cilicio. Su oración era continua, y, absorta siempre en la contemplación más elevada, bebía en la misma fuente de la divina Sabiduría el sublime espíritu de Coleta, que fue la admiración de su siglo, y la hacía tan célebre en el mundo sin salir del rincón de su retiro.

Pero no la quería el Señor tan escondida. A pesar de su amor a la soledad, se vio precisada a rendirse a las visibles señales que dio a la joven Coleta el Señor, de ser voluntad suya que saliese de aquella celda para ocuparse en la reforma de las religiosas de Santa Clara. Meditaba un día sobre los medios de que se valdría para agradar a su Celestial Esposo, cuando, arrebatada en éxtasis, se la dio a conocer el lastimoso estado de las religiosas, que, relajadas las Reglas de su profesión, hacían poco caso de cumplir los deberes de su Orden, descubriéndosela al mismo tiempo las penas a que serían condenadas. Derramaba Coleta copiosas lágrimas, meditando todo esto, cuando la pareció ver a la Virgen Santísima y al patriarca San Francisco, quienes, tomándola por la mano, se la proponían a Jesucristo como instrumento proporcionado para restablecer el espíritu de la primitiva observancia entre las religiosas franciscanas, que no observaban ya la Regla.     

Aunque nuestra santa doncella deseaba con vehemencia ver reformado el fervor antiguo entre sus hermanas de religión, carecía por sí misma de facultad para emprender tan importante reforma. El título de reformadora y de superiora asustaba su modestia y detenía su celo; y, aunque era muy obediente a su confesor, en este punto no fue posible vencerse hasta que, viéndose de repente muda y ciega, en castigo de su resistencia, como se lo habían pronosticado, conociendo claramente la voluntad de Dios, se sometió al fin, y al instante recobró la vista y el habla.

Animada con tan visible prueba de la voluntad divina; asistida de los prudentes consejos de Fray Enrique de la Beaume, gran siervo de Dios del Orden de San Francisco, y ayudada con los socorros que le dio la piadosa señora de Brisay, salió de su retiro en dirección a Niza de la Provenza, y fue a verse con Don Pedro de Luna, que había tomado el nombre de Benedicto XIII (Anti-Papa), a quien ella reconocía por legítimo Papa (por error), como le reconocía entonces la mayor parte de Francia, y en España San Vicente Ferrer (por error). Fue recibida con singular benevolencia, y consiguió licencia para tomar el hábito de Santa Clara, y para observar la Regla primitiva sin modificaciones, como también para emprender bajo su autoridad la reforma de todos los conventos de la Orden; entendiéndose esto con las que voluntariamente quisiesen abrazarla.

Esto último tuvo al principio grandes dificultades; pero habiendo muerto en breve, arrebatados por la peste, que entonces causaba muchos estragos, todos los que principalmente se oponían á la reforma. Benedicto XIII (Anti-Papa) la nombró abadesa y superiora general de todos los conventos de la Orden de Santa Clara. Hizo Coleta en sus manos la profesión, y le dio el velo el mismo Pontífice (Anti-Papa). Con todo, como siempre sucede con las obras de Dios, apenas habló de reforma nuestra Santa, el mundo se turbó, y toda la Tierra parecía levantarse contra ella. Fue tratada de orgullosa, de hipócrita y de ilusa, y fue tanta la oposición en Francia, que se vio precisada a retirarse a Saboya, donde, protegida por el señor de Beaume, hermano de su confesor, en pocos meses tuvo el consuelo de ver alistadas bajo su santa Regla gran número de fervorosas doncellas. Se extendió luego por Borgoña la utilísima reforma, gloriándose el convento de Besanzón de ser el primero en abrazar el vigor de tan sagrado instituto. De Borgoña regresó Santa Coleta a Francia, donde, calmada la tempestad, hizo en el reino maravillosos progresos en todas partes. Se extendió después la reforma por los Países Bajos, y más allá de las márgenes del Rin, hasta dejar a la espalda las elevadas cumbres de los Pirineos.

No satisfecha con los muchos conventos antiguos que redujo a la primitiva observancia, fundó de nuevo por sí misma diez y ocho con el título de Clarisas Pobres, por la pobreza evangélica que en ellos se profesaba. Fácil es comprender los sinsabores, las mortificaciones y los trabajos que la costaría introducir la reforma, luchando con costumbres arraigadas, tenidas por muy santas. Le dieron mucho que padecer seglares, religiosos y hasta prelados; pero todo lo llevó con valor y heroico sufrimiento, pensando siempre en el santo fin que perseguía.

De esta manera se fundó y propagó por toda Europa, aun en vida de Coleta, la famosa reforma, que fue como segundo nacimiento de la religión de Santa Clara. Hasta mediados del siglo pasado se conservaba el verdadero espíritu de su primitivo instituto en todo su vigor, y se veían resucitados en esos tiempos los grandes ejemplos de perfección, que admiraba el mundo en jóvenes ilustres de complexión deli­cada, las cuales, sepultadas en oscuro retiro, observaban los rigores de la penitencia, haciéndose invisibles a las criaturas y aspirando únicamente a ser vistas por los ojos del Creador. Esto se debió en parte al celo, a los sudores y a la virtud eminente de Santa Coleta.

Cuarenta años hacía que trabajaba en fundar por todas partes nuevas colonias de almas seráficas, cuando el Señor le dio a entender que se acercaba el fin de su gloriosa carrera. Hizo esfuerzos para renovar su fervor, y después de haber recibido con extraordinaria devoción los Sacramentos, entregó dulcemente su espíritu en manos de su Creador, en Gante, ciudad de Flandes, el 6 de Marzo del año 1446 (ahora obedeciendo el reinante verdadero Papa, Eugenio IV), a los sesenta y seis de edad, dejando a sus Hijas tan edificadas con sus heroicas virtudes, como afligidas por su dolorosa ausencia. Ilustró Dios en vida la santidad de su sierva con el don de profecía, y en muerte la declaró con la gracia de milagros. En el mismo siglo en que murió fue beatificada por el papa Sixto IV, por vivæ vocis oráculo, y Urbano VII, en el siglo XVII, dio licencia para que se celebre su fiesta en toda la religión de San Francisco.

Cada día obra el Señor nuevos milagros en el sepulcro de su sierva. Cuando se abrió el año 1536, por orden y en presencia del obispo de Sarepta, observó este, y lo hizo observar a los demás presentes, que chorreando agua la bóveda por todas partes, por su gran humedad, no caía una sola gota sobre las preciosas reliquias de Santa Coleta; y el paño de damasco blanco en que estaban envueltas se halló tan entero y tan fresco casi como en el día en que se puso. La canonizó el papa Pío VII, en 1807.

6 de marzo SANTAS PERPETUA Y FELICIDAD, MÁRTIRES

 


 


Giovanni Gottardi, Martirio de Santas Perpetua
y Felicidad 1780- 90, Pinacoteca Faenza


GLORIA DE ESTE DÍA. — La fiesta de estas dos ilustres heroínas de la fe cristiana correspondía en las iglesias que les fueron consagradas, al día siguiente del aniversario de su triunfo; pero la festividad de Santo Tomás de Aquino, el 7 de marzo, eclipsaba la de las dos mártires africanas. La santa Sede, al elevar en toda la Iglesia su festividad al grado de rito doble, mandó anticipar un día su solemnidad; por eso la Liturgia propone hoy a la admiración del lector cristiano el espectáculo de que fue testigo la ciudad de Cartago en el año 202 o 203. Nada hay más propio para hacernos comprender el verdadero espíritu del Evangelio, sobre el cual debemos reformar en estos días nuestros sentimientos y nuestra vida. Estas dos mujeres, estas dos madres, han soportado los mayores sacrificios; Dios les pide sus vidas y algo más que sus vidas; y obedecen con la sencillez y magnanimidad que hizo de Abrahán Padre de los creyentes.

LA FUERZA EN LA DEBILIDAD. — Observa San Agustín que los dos nombres son un presagio de la suerte que el cielo les reserva: una perpetua felicidad. El ejemplo que dan del valor cristiano es ya de por sí una victoria que asegura el triunfo de la fe de Cristo sobre la tierra africana. Algunos años más y la voz de San Cipriano se dejará oír elocuente, llamando a los cristianos al Martirio; pero aún más elocuente y penetrante son las páginas escritas por la mano de mujer de 22 años, que nos relata con una sencillez celestial las pruebas por las que ha tenido que pasar para llegar a Dios, y que al momento de ir al anfiteatro, entrega a otra pluma con la que debería escribir el desenlace de su sangrienta tragedia.

Al leer tales escritos, cuyo encanto y grandeza no han alterado los siglos, se siente uno en presencia de nuestros antepasados en la fe, se admira el poder de la gracia divina que suscita tal valor en el seno mismo de una sociedad idólatra y corrompida; y considerando qué genero de héroes emplea Dios para quebrantar la formidable resistencia del mundo pagano, no se puede por menos de decir con San Juan Crisóstomo: "Me agrada leer las Actas de los Mártires; pero tengo atracción particular por las que cuentan los combates que han sostenido las mujeres cristianas. Cuanto más débil es el luchador, más gloriosa es la victoria; pues entonces el enemigo ve venir su derrota por la parte que triunfaba hasta entonces; por la mujer nos venció y ahora por ella es vencido. En sus manos fue una arma vuelta contra nosotros; mas ella viene a ser la espada que le traspasa. Al principio la mujer pecó, y como precio de su pecado se la da la muerte; el mártir muere, pero muere para no pecar ya más. Seducida por una promesa mentirosa la mujer viola el precepto de Dios; el mártir, para no infringir su felicidad para con su divino bienhechor. "Qué escusa presentará el hombre ahora para que se le perdone su molicie, cuando débiles mujeres despliegan un valor tan varonil, cuando se las ha visto débiles y delicadas triunfar de la inferioridad de su sexo, y fortalecidas por la gracia llevar a cabo victorias tan brillantes… "

Las Actas de estas dos mártires reproducen los principales hechos de sus combates; se quiere ver en ellas un fragmento del propio relato de Santa Perpetua. Sin duda inspirará a más de un lector el deseo de leer enteramente, en las Actas de los Mártires, lo demás de este magnífico testamento de nuestra heroína.

El emperador Severo, detuvo en Cartago, África, a muchos catecúmenos: entre otros a Revocato y Felicidad, los dos de humilde condición; también a Saturnino y Segundo; entre ellos se encontraban también Vibia Perpetua, mujer joven de familia distinguida, educada con esmero, casada con un hombre de aristocrática condición, teniendo un niño de pecho. Contaba alrededor de 22 años de edad, y nos ha dejado el relato de su martirio escrito por su propia mano. "Estábamos aún con nuestros perseguidores, dice, cuando mi padre, con el cariño que me tiene, hace nuevos esfuerzos para inducirme a cambiar de resolución. ‘Padre mío, le digo yo, no me es posible decir otra cosa sino la verdad: soy cristiana’."

Al oír estas palabras, lleno de cólera se arroja sobre mí para arrancarme los ojos; pero no hace más que maltratarme y se retira vencido, lo mismo que el demonio y todos sus satélites. Pocos días después nos bautizan. El Espíritu Santo me inspiró entonces que no debía pedir otra cosa sino la paciencia en las penas corporales.

Poco después nos encerraron en la prisión. Sufrí primeramente un pasmo. No había estado nunca en tinieblas como las de este calabozo. Después de algunos días, corrió el rumor de que íbamos a ser interrogadas. Mi padre llegó de la ciudad, abrumado de tristeza, y se vino junto a mí para hacerme renunciar a mi intento. Me dijo: "Hija mía, ten compasión de mis canas, ten piedad de tu padre; si es que merezco llamarme tu padre. Mira a tus hermanos, mira a tu madre, mira a tu hijo que no podrá vivir si tú mueres. Deja ese orgullo y no seas la causa de nuestra pérdida." Mi padre me decía todas estas cosas por cariño; después se arrojó a mis pies, bañado en lágrimas, llamándome no su hija sino su señora. Sentía yo la ancianidad de mi padre, pensando que sería el único de toda la familia que no se alegraría de mi martirio. Le dije para fortalecerle: "De todo esto no sucederá más que lo que Dios quiera. Sepa que no dependemos de nosotros sino de Él." Y se retiró agobiado de tristeza.

Un día, cuando comíamos, nos sacaron para sufrir el interrogatorio. Llegamos al foro, subimos al estrado. Mis compañeros fueron interrogados y confesaron. Cuando me llegó la vez a mí apareció mi padre con mi hijo; me apartó y me dijo suplicante: "Ten piedad de tu hijo." El procurador Hilario me decía también: "Apiádate de la vejez de tu padre y de la tierna edad de tu hijo; sacrifica a los emperadores." Respondí: "No lo haré, soy cristiana." Entonces el juez pronunció la sentencia por la que se me condenaba a las fieras y entramos gozosas a la prisión. Como alimentaba a mi hijo y le había tenido hasta entonces en la prisión conmigo, envié a pedirle a mi padre; mas no quiso devolvérmele. Dios quiera que el niño no pida ya más de mamar, y que yo no sea incomodada por mi leche." Todo esto está sacado del relato de Santa Perpetua, que llevó hasta la víspera del combate.

En cuanto a Felicidad, se hallaba encinta de ocho meses cuando fue apresada. Estando cercano el día de los espectáculos, lloraba inconsolable, previendo que su preñez difiriera su martirio. Sus compañeros no estaban menos afligidos que ella al pensar que dejarían sola en el camino de la esperanza celeste a una compañera tan excelente. Hicieron, pues, sus instancias y sus lágrimas ante Dios para obtener su alumbramiento. Faltaban tres días para los espectáculos. Apenas acabaron su oración cuando Felicidad se sintió presa de agudos dolores. Como el parto era difícil, el sufrimiento le arrancaba lamentos, y le dijo un carcelero: "Si lloras ya, ¿qué será cuando seas expuesta a las bestias que has desafiado al no querer sacrificar?” Ella respondió: "Ahora soy yo quien sufro, pero entonces habrá otro que sufrirá por mí, porque debo sufrir por Él. Dio a luz una niña que fue adoptada por una de nuestras hermanas.

Llegó el día de la victoria. Los mártires salieron de la prisión para el anfiteatro como para el cielo, con el rostro gozoso e inundado de felicidad celestial, conmovidos por el gozo, no por el temor. Perpetua caminaba la última; sus rasgos respiraban tranquilidad y su porte digno como el de una noble matrona amada por Cristo. Tenía los ojos bajos para sustraer su brillo a los espectadores. Felicidad estaba junto a ella, llena de gozo por haber dado a luz a tiempo para combatir con las bestias.

Una vaca feroz les había preparado el diablo. Se les envolvió en una red para exponerlas a esta bestia; Perpetua fue la primera. La bestia la lanzó al aire y cayó de espaldas. La mártir, vuelta en sí, al darse cuenta de que su vestido estaba rasgado de arriba abajo, le unió de nuevo, más codiciosa del pudor que sensible a los sufrimientos. Se la volvió para recibir una nueva embestida; y ella entonces se ató los cabellos que tenía desaliñados; pues no convenía que una mártir, el día de su victoria, tuviese los cabellos esparcidos y mostrase duelo en momentos tan gloriosos. Cuando se hubo levantado y viendo a Felicidad, a quien la embestida la había herido, tirada en tierra, fue a ella y dándola la mano la ayudó a levantarse.

Ambas se presentaron para un nuevo ataque; mas el pueblo se compadeció de ellas y se las condujo a la puerta Sanavivaria. Entonces Perpetua saliendo como de un sueño (tan profundo había sido el éxtasis de su espíritu), echando una mirada en torno suyo, dijo con gran sorpresa de todos: “¿Cuándo nos van a exponer a esta vaca furiosa?” Cuando se la relató todo lo ocurrido, no lo creyó hasta después de haber visto, en sus vestidos, las huellas de lo que había sufrido. Entonces mandando acercarse a su hermano y a un catecúmeno, llamado Rústico, les dijo: "Permaneced firmes en la fe, amaos unos a otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos."

En cuanto a Segundo, Dios le había retirado de este mundo cuando estaba aún en la prisión. Saturnino y Revocato, después de ser atacados por un leopardo, fueron arrastrados por un oso. Saturnino resultó expulsado de su jaula, de suerte que el mártir, libre dos veces, fue retirado. Al final del espectáculo, fue expuesto a un leopardo que de una dentellada le cubrió de sangre. El pueblo, al darse cuenta, haciendo una alusión a este segundo bautismo exclamó: ¡Salvado, lavado! ¡Salvado, lavado! Inmediatamente se trasladó al mártir moribundo al lugar donde debía ser degollado con los otros. El pueblo pidió que no se les volviese a llevar al anfiteatro para saciar sus miradas homicidas viéndoles morir bajo la espada. Los Mártires se levantaron y fueron a donde les pedía el pueblo, después de haberse abrazado para sellar su martirio con el beso de la paz. Recibieron el golpe mortal sin hacer ningún movimiento y sin dejar escapar suspiro alguno; sobre todo Saturnino que fue el primero en morir. A Perpetua, para que sintiese algún dolor, la hirió el gladiador en la espalda y le hizo dar un grito. Ella misma llevó a su garganta la mano aún novicia de este aprendiz. Sin duda fue porque esta mujer sublime no podía morir de otro modo puesto que el espíritu inmundo la temía y no habría osado a atentar contra su vida si ella no hubiese consentido.

Nota sobre la composición de las Actas

"Cuando se lee este célebre trozo de exaltación tan ardiente y pura, una sencillez tan impresionante y graciosa, apenas salpicada aquí y allí por alguna sospecha de retórica, fácilmente se da uno cuenta de su contextura. El capítulo primero es un prólogo del redactor que ha reunido las diversas partes de la narración. En el capítulo segundo este redactor relata brevemente el arresto simultáneo de Vibia Perpetua, una joven de 22 años, docta y de noble familia; de dos jóvenes Saturnino y Segundo y finalmente de dos esclavos Revocato y Felicidad, todos ellos catecúmenos. (Un poco más tarde se entregará espontáneamente cierto Saturnino, que fue quien le instruyó en la doctrina, cristiana). A continuación declara que va a dejar la palabra a Perpetua, que escribió ella misma la narración de sus sufrimientos. —La narración es de Santa Perpetua; llega hasta el § X y concluye observando que se halla en la víspera de su muerte y que por tanto a otro toca si le place, el narrar lo sucedido en el anfiteatro. Al principio del § XI vuelve a tomar la pluma el redactor, pero sólo por un momento: no hace más que atraer la atención sobre la descripción que hace el mismo Saturnino de las visiones con que ha sido favorecida durante la prisión. Toda la parte última de las Actas desde el § XIV es del redactor que, atendiendo a los deseos o mejor dicho al testamento de Perpetua, describe las luchas admirables de los mártires, su muerte sangrienta y, en una peroración de espíritu análogo al que respira el prólogo, pone de relieve la lección que se desprende de estos ejemplos.

Es necesario representarse las cosas poco más o menos así: Perpetua y Saturnino tuvieron tiempo en la cárcel para relatar en una corta narración los sufrimientos que soportaron y sobre todo los "carismas" que recibieron de Dios. Estas notas caen en manos de un testigo de su suplicio, que saca enseñanzas complementarias de lo que no pudo ver con sus propios ojos, terminando la narración de los mártires; y de estos elementos diversos, forma un todo, que encierra en una exhortación moral y religiosa. Por tanto, hay que distinguir dos partes en las Actas: la parte del compilador y la parte compuesta por los mismos mártires.

Creo que el redactor se puede identificar decididamente con Tertuliano. Es su estilo, son sus mismas palabras... El texto debió ser redactado entre el 202, 203, fecha del suplicio de los mártires." (Pedro de Labriolle, Historia de la literatura latina cristiana.)

Perpetua, mientras estaba encarcelada, tuvo varias visiones, las cuales transcribió en su diario. Así relató una de ellas:

«Pocos días después, mientras estaba yo orando, se me escapó el nombre de Dinócrates (su hermano de sangre que había muerto a los siete años). La cosa me sorprendió mucho, pues yo no estaba pensando en él. Al punto comprendí que debía orar por él y así lo hice con gran fervor e insistencia… ».

Gracias a este precioso relato escrito, podemos saber cuán valioso era, ya desde el tiempo de los primeros cristianos, la oración a los fieles difuntos y a las almas del purgatorio.

 

SANTA PERPETUA. — La cristiandad entera se postra ante ti, oh Perpetua; más aun: todos los días, el sacerdote en el altar pronuncia tu nombre, entre los nombres privilegiados que merecieron estar ante la sagrada víctima; así tu memoria está asociada para siempre a la inmolación de Cristo, a quien manifestaste tu gran amor derramando tu sangre. Pero ¡cuán grande beneficio se ha dignado concedernos permitiéndonos penetrar los sentimientos de tu alma generosa en esas bellísimas páginas escritas por tu propia mano, y que han llegado a nosotros a través de los siglos! En ellas aprendemos cómo este amor "es más fuerte que la muerte" (Cantar de los Cantares VIII, 6), y te hizo triunfar en todos tus combates. Aun el agua bautismal no había regado tu frente y ya estabas alistada entre los mártires. Pronto tuviste que soportar los asaltos de un padre y triunfar de la ternura filial natural para salvaguardar la que debías a este otro Padre que está en los cielos. Tu corazón maternal no tardó en verse sometido a la más terrible de las pruebas, cuando te arrebataron, como nuevo Isaac, el niño al que diste de mamar en las oscuras bóvedas de un calabozo, y te quedaste sola en la víspera del último combate.

"¿Dónde estabas, diremos con San Agustín, cuando ni siquiera veías esa bestia feroz a la que fuiste expuesta? ¿De qué delicias gozabas, hasta el punto de hacerte insensible a tales dolores? ¿Qué amor te embriagaba? ¿Qué belleza celeste te cautivaba? ¿Qué bebida te había arrebatado el sentimiento de las cosas de la tierra, a pesar de que estabas aún atada con las cadenas de un cuerpo mortal?". Pero el Señor te había preparado para el sacrificio. Así se comprende que tu vida llegase a ser celestial y que tu alma, habitada ya por el amor con que Jesús te había pedido todo y al que diste todo, fueses desde entonces como extranjera a este cuerpo que tan pronto habías de abandonar. Una atadura te retenía aún, y la espada la había de romper; pero con el fin de que tu inmolación fuese voluntaria, hasta el fin se necesitaba que tú misma llevases esta espada libertadora que abriría el paso a tu alma hacia el Bien soberano. ¡Oh mujer verdaderamente fuerte, enemiga de la serpiente infernal y objeto de su odio, tú la has vencido! Desde hace tantos siglos tu corazón tiene el privilegio de hacer latir a todo corazón cristiano.

SANTA FELICIDAD. — Recibe también tú nuestros homenajes, Felicidad, porque has sido digna de ser compañera de Perpetua. En el siglo, ella brillaba en la categoría de las matronas de Cartago; pero, a pesar de tu condición servil, el bautismo la hizo tu hermana y fuisteis juntas al combate del martirio. Apenas se levantaba de sus caídas violentas corría a ti y tú le tendías la mano; la mujer noble y la sierva se confundieron en el abrazo del martirio, y los espectadores del teatro podían ya prever que la nueva religión encerraba en sí misma una virtud en cuya fuerza haría desaparecer la esclavitud.

¡Oh Perpetua y Felicidad! Pedid que no desaprovechemos vuestros ejemplos y el pensamiento de vuestros heroicos sacrificios nos sostenga en los pequeños que el Señor exige de nosotros. Rogad también por nuestras nuevas Iglesias que surgen en África; se encomiendan a vosotras; bendecidlas y haced que florezcan la fe y las costumbres cristianas por vuestra intercesión.

sábado, 5 de marzo de 2022

5 de marzo SAN VIRGILIO, OBISPO DE ARLÉS



San Virgilio nació en Gascuña, pero se educó en el monasterio de San Honorato, en una de las dos islas que se hallan a tres kilómetros de Cannes, tan conocidas por los turistas de la Costa Azul. Según su biógrafo, aunque vivió varios siglos después de los hechos, Virgilio fue monje y abad del monasterio de San Honorato. Una noche estaba el santo paseándose en la playa cuando vio un extraño navío cerca de la costa; sobre la cubierta, trabajaban algunos marinos, quienes desembarcaron y vinieron al encuentro de Virgilio. Le saludaron por su nombre, le dijeron que su fama había llegado hasta el extranjero y le aseguraron que si les acompañaba a Jerusalén, haría mucho bien a los cristianos y alcanzaría un alto grado de perfección. Pero Virgilio no se dejó engañar y, haciendo la señal de la cruz, replicó: "Las mañas del enemigo no pueden engañar a los soldados de Cristo y vosotros sois totalmente impotentes contra los protegidos de Dios, porque la oración ha arrojado al dragón de la Isla de San Honorato y el demonio no tiene en ella ningún poder para hacer mal". En cuanto el santo acabó de pronunciar estas palabras, el navío y los marineros desaparecieron.
   El nombre de San Virgilio no figura en la lista de los abades de Lerins; en algunas crónicas figura como un monje de Lerins que más tarde llegó a ser abad del monasterio de San Sinforiano de Autún. Lo que sí se tiene por seguro es que San Virgilio era monje antes de ser nombrado obispo de Arles y que recibió el palio de manos del Papa Gregorio I, quien le nombró vicario apostólico ante el rey Childeberto II. El Venerable Beda menciona a San Virgilio a propósito de la misión de San Agustín en Inglaterra. Según parece, San Virgilio lo consagró por orden del Papa Gregorio. San Virgilio gobernó su diócesis con gran vigor; su celo lo llevó demasiado lejos en una ocasión, pues San Gregorio le reprendió por haber intentado convertir, por la fuerza, a los judíos de su arquidiócesis y le recomendó que se limitase a orar y predicar.

   San Virgilio construyó varias iglesias en Arles. Se cuenta que, durante la construcción de la basílica de San Honorato, los obreros se encontraron un día con que no podían mover las columnas para transportarlas a su sitio. San Virgilio acudió al punto y vio que era el demonio, bajo la forma de un negro muy vigoroso, el que impedía con su peso que los obreros moviesen la columna; pero éstos no le veían. El santo increpó al demonio, que desapareció, dejando una estela pestilente y los obreros pudieron continuar su trabajo. El biógrafo de San Virgilio da otros muchos ejemplos de los milagrosos poderes de su héroe: cuenta que el santo obró numerosas curaciones, resucitó a varios muertos, y destruyó a una terrible serpiente que había causado grandes estragos. Sin duda que el pueblo de Arles tenía entera confianza en la protección de su arzobispo, persuadido de que mientras los restos del Santo permanecieran en la ciudad, ésta vencería a todos sus enemigos. San Virgilio fue sepultado en la iglesia de San Salvador, que él mismo había construido.

viernes, 4 de marzo de 2022

4 de marzo SAN LUCIO I, PAPA Y MÁRTIR

 



Al principio del pontificado de Lucio, el emperador Galo continuó la persecución iniciada por Decio. El Papa fue desterrado a un sitio del que los anales no conservan memoria, pero el destierro duró poco tiempo ya que Galo murió ese mismo año, y le sucedió Valeriano, más favorable a los cristianos. A su vuelta, Lucio fue aclamado por el pueblo, que salió a recibirle triunfalmente. Con esa ocasión San Cipriano le escribió una carta de felicitación, diciéndole que no por haber sido preservado por Dios de la muerte, como los jóvenes lo fueron de las llamas del horno, ha perdido la palma del martirio. San Cipriano añade: «No cesamos de ofrecer sacrificios y oraciones a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo para darle gracias y suplicarle que, puesto que da la perfección en todo, perfeccione también en ti la gloriosa corona de tu confesión. Tal vez al destierro no fue sino para mostrarte que tu gloria debe brillar a los ojos de todos, pues es conveniente que la víctima, que debe a sus hermanos ejemplo de virtud y fe, sea sacrificada delante del pueblo». En otra carta que escribió al Papa Esteban, San Cipriano dice que San Lucio condenó a los herejes novacianos que rehusaban la absolución y la comunión a los pecadores arrepentidos.

Según Eusebio, San Lucio sólo ocupó la cátedra pontifical ocho meses. Durante muchos siglos se lo tuvo como «martirizado en la persecución de Valeriano», pero es positivamente cierto que murió antes de que empezara dicha persecución y es muy poco probable que haya muerto martirizado. El cronista del año 354 no nombra a san Lucio en la «depositio martyrum», sino en la «depositio episcoporum», en tanto que los restos de la inscripción, descubierta por De Rossi en las catacumbas, no mencionan su martirio.

Se dice que en Bolonia se conservan algunas reliquias de san Lucio. En la catedral de Roskilde, cerca de Copenhague, se veneró durante largo tiempo la cabeza de este Papa, que era el patrono de la ciudad. Pero muy probablemente, tanto las reliquias de Dinamarca como las de Bolonia, pertenecen a otros dos santos del mismo nombre. San Lucio fue sepultado en la catacumba de San Calixto; pero sus restos fueron trasladados más tarde a la iglesia de Santa Cecilia, por orden de Clemente VIII, y ahí se conservan todavía.

4 de marzo SAN CASIMIRO HIJO DEL REY DE POLONIA, CONFESOR

 


Daniel Georg Schultz, San Casimiro



Fue San Casimiro hijo de Casimiro III, rey de Polonia y gran duque de Lituania, y de Isabel de Austria, hija del emperador Alberto, rey de Hungría y de Bohemia. Nació en Cracovia el día 5 de Octubre del año 1458, y desde la cuna le fueron formando en la virtud y en la devoción los cuidadosos desvelos de la reina, su madre, una de las más piadosas princesas de aquel siglo. Apenas dejó que hacer a la educación el bello natural de Casimiro; y con su ingenio vivo, penetrante y delicado hizo en poco tiempo maravillosos progresos en las letras.

Pero fueron mucho más prontos y más admirables los que adelantó en la virtud. No es posible imaginar mayor inocencia, mayor compostura, mayor devoción ni mayor virtud en un príncipe de tierna edad. Le previno el Señor desde la cuna con tan singulares bendiciones de su gracia, que por toda la vida ignoró hasta el nombre del vicio. Tan lejos estuvo de envanecerle su elevado nacimiento, y el verse heredero de una casa que era de las más ilustres de Europa, que ni aun le mereció siquiera la más ligera atención. Era hijo de rey, hermano de rey, y él mismo era también rey de Hungría; pero hizo tan poco caso de estos majestuosos títulos, que sólo escogió el de ciudadano del Cielo, sin apreciar ni darse a sí mismo otro.

Fue tan enemigo de los entretenimientos más ordinarios y aun más inocentes de aquella edad, que no encontraba recreo más dulce ni más de su gusto que pasar largas horas en la iglesia, haciendo corte, como él decía, a Jesucristo; y cuando sus ayos le advertían que era menester desahogar el ánimo con alguna diversión honesta, les respondía con gracia que en el templo, a los pies de Jesucristo, hallaba él toda la diversión del paseo, del juego y de la caza.

Era tan particular y tan tierna la devoción que profesaba a la Sagrada Pasión del Señor, que al oír hablar de los dolores y de los tormentos que se le representaron en el Huerto, y que padeció en el Calvario; al considerar aquel exceso de amor que le hizo víctima de nuestros pecados, sólo con poner los ojos en un crucifijo se le derretían en lágrimas, y no pocas veces caía en una especie de deliquio, que parecía verdadero desmayo.

No ha habido ni habrá predestinado alguno que no profese una ternísima devoción a la Santísima Virgen; la de San Casimiro a esta Reina de los escogidos era extraordinaria. No acertaba a llamarla con otro nombre que con el de su buena Madre; se explicaba con excesiva ternura y con los términos más enérgicos para manifestar el respeto y el ardiente amor que le profesaba.

Por desahogar en parte su encendida devoción a la Emperatriz de los ángeles, fuera de otros muchos devotos ejercicios que le eran familiares, compuso en honra suya, siendo aún muy joven, una especie de prosa con consonantes, llena de los más tiernos afectos de su corazón, y era como sigue traducida al castellano:

«Alma mía, no dejes pasar día alguno sin rendir tus respetos a María; solemniza con devoción sus fiestas, celebra sus asombrosas virtudes.



«Admira su grandeza y su elevación sobre todas las criaturas; no ceses de publicar la dicha que logró en ser Madre de Dios, sin dejar de ser Virgen.



«Hónrala como a tu Reina, para que te alcance el perdón de los pecados; invócala como a tu Madre, y no permitirá que te arrastre el torrente de las pasiones.



«Aunque sé muy bien que María es superior a toda alabanza, también sé que es impiedad, que es locura dejar de alabarla porque no se puede hacer dignamente.



«Esta Señora debe ser singularmente alabada y exaltada por todos los hombres; y no debiéramos cesar jamás de honrarla, bendecirla e invocarla.



«Virgen Santa, ornamento y gloria de tu sexo, Tú, que eres reverenciada en toda la Tierra y estás colocada tan elevadamente en el Cielo,



«Dígnate oír las oraciones de los que se glorían en cantar tus alabanzas; alcánzanos el perdón de nuestros pecados y haznos dignos de la felicidad eterna.



«Dios te Salve, Virgen y Madre, pues por Ti se nos abrieron a nosotros miserables las puertas del Cielo; y a Ti no te pudo morder ni engañar la antigua serpiente.



«Después de Dios, ninguno tuvo más parte que Tú en nuestra redención; por eso ponemos en Ti toda nuestra confianza, y esperamos por tu santa intercesión que no nos ha de tocar la infeliz suerte de los réprobos.



«Líbrame de aquel estanque de fuego donde se padecen todos los tormentos, y consígueme por tus oraciones un lugar en la estancia feliz de los bienaventurados.



«Alcánzame una pureza inalterable, una modestia que edifique, una dulzura universal, una devoción constante, una prudencia verdadera, un corazón sin artificio y un espíritu recto.



«Destierra de mi corazón todo afecto de aversión o de tibieza; enciende en él una caridad perfecta; apaga toda centella, toda inclinación de concupiscencia; consígueme la perseverancia final y halle yo en Ti toda la asistencia que he menester contra los enemigos de mi eterna salvación».



Se descubren bien en la notable sencillez y en las frases de este himno los tiernos afectos del santo príncipe para con la Madre de Dios. No contento con rezarle todos los días en forma de oración, quiso enterrarse con él; y ciento veinte años después de su preciosa muerte se halló en la sepultura debajo de su cabeza.

A la eminente piedad de Casimiro correspondía el celo por la religión. En fuerza de él persuadió al rey su hermano que despojase a los herejes de las iglesias de que se habían apoderado, donde celebraban sus sediciosas juntas, y que no se devolviesen a los cismáticos las que se les habían quitado.

Acompañaba a este celo ardiente por la religión una caridad no menos ardiente por los pobres, de quienes era amoroso padre. Si le representaban que era abatimiento de su elevación y de su real persona el entregarse tan sin distinción a todo género de obras de caridad, respondía que ninguna cosa honraba más a los grandes, ninguna era más digna de la suprema elevación de los príncipes, que servir a Jesucristo en la persona de sus pobres. Por lo que toca a mí, solía añadir, toda mi gloria la coloco en servir al pobre más andrajoso y despreciado.

Fue electo rey de Bohemia su hermano mayor Ladislao, y toda la Polonia celebraba ya la dicha que esperaba de lograr algún día por su rey a Casimiro, cuando llegó la noticia de haberle elegido rey de Hungría toda la nobleza y todos los estados del reino, que, cansados ya de las intolerables costumbres y gobierno del rey Matías Hunyadi, le habían precipitado del trono. A pesar de la resistencia que hizo al cetro la modestia del joven Casimiro, le fue forzoso rendirse. Partió, en efecto, a tomar posesión de la corona; pero la lentitud de su marcha, efecto de la repugnancia y aun del fastidio con que miraba las grandezas de la Tierra, dieron tiempo a Matías para volver a ganar los corazones y la compasión de la principal nobleza húngara, y para levantar un ejército considerable con que hacer frente al nuevo rey, que estaba muy ajeno de querer conquistar con la sangre de sus vasallos una corona cuya aceptación había costado a su inclinación y a su heroica virtud tanto sacrificio. Rindió mil gracias al Cielo por aquel suceso tan conforme a su desengaño y a sus piadosos deseos, y lleno de gozo dio la vuelta a Polonia.

Los doce años que le restaron de vida los dedicó enteramente a santificarse más y más por la práctica de todas las virtudes, y singularmente por el ejercicio de una rigurosísima penitencia. Traía siempre a raíz de las carnes un áspero cilicio; su ayuno era perpetuo; dormía en la tierra al pie de la rica cama, que era sólo de honor y de respeto, pasando muy de ordinario en oración la mayor parte de la noche.

Aunque joven de gallarda disposición, y criado entre las delicias de la corte, conservó hasta la muerte su primera inocencia. Hizo voto de perpetua castidad una vez que tuvo años y reflexión para conocer lo que vale esta heroica virtud. En vano le persuadieron y le instaron a que se casase; no hubo razón, ni de estado, ni de familia, ni de la propia salud que venciese su constancia; en conclusión, antes quiso perder la vida que la virginidad.

Ya estaba el santo príncipe muy maduro para el Cielo. No parecía justo que poseyese la Tierra por más tiempo un tesoro tan precioso, de que no era digno el mundo. Al lento, pero maligno ardor de una calenturilla continua, se fue disponiendo con mucho tiempo para morir. Redobló su devoción y fervor, y habiendo recibido los últimos Sacramentos con extraordinaria piedad, llegado, en fin, el día 4 de Marzo de 1484, a los veintitrés años y cinco meses de su edad, murió con la muerte de los justos en Vilna, capital del gran ducado de Lituania, cuyo título poseía el santo mancebo.

Desde luego quiso el Señor acreditar la santidad de su fiel siervo con multitud prodigiosa de milagros. El papa León X terminó el proceso de su canonización con la mayor solemnidad, y desde entonces fue reconocido por patrono singular de Lituania y de Polonia.

El año de 1604, ciento veinte después de su dichosa muerte, fue hallado el sagrado cuerpo entero y sin corrupción, y en el instrumento auténtico de esta maravilla, que, con autoridad del obispo de Vilna, se otorgó a presencia de todo el Cabildo y de los principales de aquella ciudad, se dice que los preciosos vestidos con que fue enterrado se hallaron tan enteros y tan nuevos como si se los hubieran puesto aquel mismo día, aunque la humedad del sitio había penetrado las piedras de la bóveda y los parajes inmediatos al sepulcro. Se añade en el mismo instrumento que por espacio de tres días se percibió una admirable fragancia en toda la iglesia, y que se halló también la devota prosa o himno en honor de la Santísima Virgen que copiamos arriba, escrito todo de su mano, el que se conserva aún como preciosa reliquia. El autor antiguo de su vida dice que se invoca la intercesión de San Casimiro principalmente para conseguir de Dios el don de la castidad, para librarse de la peste y contra las incursiones de los infieles.

La Misa es en honra del Santo, y la oración es la que sigue:

 

¡Oh Dios, que entre las delicias de la corte y en medio de los más halagüeños atractivos del mundo, fortaleciste a San Casimiro con una inmoble constancia! Te suplicamos que, por su intercesión, tus fieles siervos menosprecien siempre las cosas de la Tierra, y aspiren perpetuamente a las del Cielo. Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.

La Epístola es del capítulo XXXI del libro del Eclesiástico.

 

Dichoso el hombre que fue hallado sin mancha, y que no corrió tras el oro, ni puso su confianza en el dinero ni en los tesoros. ¿Quién es éste, y le alabaremos? Porque hizo cosas maravillosas en su vida. El que fue probado en el oro y fue hallado perfecto, tendrá una gloria eterna; pudo violar la ley, y no la violó; hacer mal, y no lo hizo. Por esto sus bienes están seguros en el Señor, y toda la congregación de los santos publicará sus limosnas.

REFLEXIONES

Asombro es que, después de tantas experiencias de lo poco que se debe fiar en los bienes de esta vida, cada día sea mayor el hambre que se tiene de ellos. Crece con la edad la codicia de las riquezas, y aun se puede añadir que también crece con la misma abundancia; porque no suele ser vicio de los pobres la avaricia. Parece que a proporción de los bienes crece la necesidad. Aquél estaba contento en una mediana fortuna, que en otra más sobresaliente vive sin sosiego, sin gusto y sin seguridad. En la humildad del valle o al pie de la montaña se está a cubierto de las tempestades; las eminencias son siempre peligrosas; y a los que andan en alto se les suele turbar la vista y trastornarla cabeza. ¡Qué bien prueba todo esto la insuficiencia y aun la vanidad de las riquezas! ¡La riqueza verdadera consiste en la verdadera virtud! Las demás riquezas, a son ilusiones, o a lo más unas espinas cubiertas de flores, que agradan y pican; se ven las flores y se sienten las puntas. Esta es la verdadera causa de aquellos enfadosos cuidados, de aquellas continuas inquietudes, de aquellas ansias que a todas partes acompañan a los ricos. Es dichoso, es verdaderamente rico el que es justo en los ojos de Dios. ¡Qué consuelo tan grande y qué consuelo tan sólido! En vano se acumulan tesoros sobre tesoros; no es más que acumular cuidados sobre cuidados, nuevos disgustos sobre nuevas inquietudes.

 

MEDITACIÓN

Del cuidado que tiene Dios de los que le sirven con fidelidad.

 

Punto primero.— Considera los términos, las figuras, los símbolos de que se vale Dios, para que comprendamos el cuidado que tiene de los que le sirven con fidelidad y con celo. No hay cosa más tierna, no hay cosa más expresiva.

Llega el amo, dice el Salvador; encuentra velando a sus fieles criados por esperarle; ¡con qué bondad premia su vigilancia en la misma hora y en el mismo instante! No contento con alabarlos, los trata como si fueran hijos suyos; los colma de nuevos favores; se pone, digámoslo así, haldas en cinta para servirlos con más desembarazo; los hace sentar, y él mismo les sirve a la mesa. ¿Qué figura puede haber más expresiva de los desvelos (quiero explicarme de esta manera) con que el Señor se aplica voluntariamente a cuidar de sus fieles siervos?

Pero aun esto no es bastante. Dime, pregunta el mismo Señor por el Profeta. (Isaías XLIX, 15¿Podrá una tierna madre olvidarse de su hijo, podrá no compadecerse, no tener cuidado de aquél infante que estuvo nueve meses dentro de sus mismas entrañas? ¡Oh ternísima comparación! Pues mira: posible es que una madre se olvide de su hijo; pero no es posible que Yo me olvide jamás de los míos. Dios mío, ¿puede haber cosa de mayor consuelo? ¡Y después de esto os serviremos con frialdad o con indiferencia!

Mas no creáis que este cuidado mío es un cuidado que ligeramente se desvanece. A todos os tengo grabados en la parte exterior y superior de mi misma mano. ¡Oh gran Dios, y que expresiones tan vivas para que comprendamos la continuación de vuestro desvelo y el exceso de vuestra ternura!

Punto segundo.— Considera que no sólo se ha valido Dios de los profetas para manifestarnos sus afectos de ternura, sus cuidados, sus desvelos en hacernos bien; sino que más sensible, más eficazmente se ha explicado por la boca de su Hijo. ¡Mira bien el ardor y el celo de Jesucristo por nuestra salvación!

Si servimos al Señor con disgusto, y muchas veces por fuerza, ¿de qué nos quejamos cuando no somos oídos? ¿Nos halla acaso velando siempre que nos llama y nos busca? ¿No nos encuentra dormidos muchas veces? Y después de esto ¿extrañaremos que no nos siente a su mesa? ¡Se le sirve tan mal, y se pretende que nos colme de favores! Sirvamos a Dios como le sirvió San Casimiro, y hasta en el trono. Sirvámosle como tantos y tan ilustres santos de todos sexos, edades y condiciones, y con ellos experimentaremos los continuos y dulces efectos de su sabia y amorosa providencia.

Trae a la memoria las demostraciones de bondad, de protección y de paciencia que has recibido de Dios durante el curso de tu vida, y juzga si debes tardar un solo momento en dedicarte a servirle. No, Dios mío, nada tengo que deliberar en este punto. Solamente os suplico que os dignéis no desechar a un siervo perezoso, ingrato y cobarde en vuestro servicio, pero que está resuelto con vuestra divina gracia a mudarse enteramente, y a ser en adelante un siervo fiel. Aumentad, Señor, vuestras misericordias; concededme vuestros auxilios, pues desde este mismo instante doy principio a amaros y a serviros con fervor y fidelidad.

JACULATORIAS

Sí por cierto; el Señor siempre está velando sobre sus siervos, sin que el sueño sea capaz de interrumpir su vigilancia.— Salmo CXX.

Sirvamos a Dios, que Él será centinela para que nada nos dañe ni nos inquiete. Sirvamos a Dios, que Él velará continuamente en nuestra conservación.— Ibídem.

PROPÓSITOS

1.    Siendo tan admirable el cuidado que tiene Dios de nuestra conservación y de nuestra vida, no son menos dignos de admiración y de reconocimiento los medios espirituales que nos ofrece en la protección poderosa de los santos. No despreciemos, pues, estos medios tan fáciles para nuestra santificación; imitemos las grandes virtudes que practicaron, y seremos, como ellos, de gloria coronados. En todos los estados, clases y condiciones podemos ser santos. La virtud no es patrimonio de algunas y determinadas personas, lo es de todas. Mil y mil ejemplos tenemos de ello, y particularmente en el glorioso San Casimiro, que se santificó en el trono y santificó a sus pueblos. Procura tú, á imitación de tan gran Santo, adelantar de día en día en la perfección, santificándote á tí, y santificando con el buen ejemplo á tu familia, criados y personas que en alguna manera dependan de ti. Socorre las necesidades de tus hermanos en la forma que pudieres. Prívate de tal y cual gasto superfluo, y enjugarás el llanto del afligido, llevando pan á la boca del hambriento.

2.    Procura, como ya se ha dicho repetidas veces, tener un Crucifijo en tu cuarto; pero no sea como un adorno; medita en él, como San Casimiro, los dolores y los tormentos y muerte de cruz que padeció por todos nosotros, y ciertamente que esto sólo será bastante para retraerte del pecado. Ten particular devoción a la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y te llenarás de gracias y mercedes sin fin. Profesa igualmente una ternísima devoción a la Purísima Virgen María, Madre de todo consuelo, de toda vida, de toda esperanza. Pídela continuamente su amparo y protección para todo, y sobre todo que reciba tu último suspiro y abogue por ti ante su divino Hijo, y de este modo tu vida será santa, tu muerte será dichosa, y después gozarás eternamente en las mansiones de los bienaventurados. Todo cuanto hagamos será poco para recompensa, honor y felicidad tan grande, sin igual y completa.

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