jueves, 3 de marzo de 2022

3 de marzo SANTOS EMETERIO Y CELEDONIO, MÁRTIRES



Detalle del retablo del martirio de San Emeterio y San Celedonio, en la catedral de Calahorra (restaurado en 2011).

 

Entre los prodigios de valor que manifestaran los Mártires de Jesucristo en tiempo que los gentiles perseguían a la Iglesia con la mayor crueldad, fue y ha sido memorable en todos los siglos el de San Emeterio y Celedonio, hijos, según refieren varios escritores, de San Marcelo, centurión de la legión que tenían los romanos en la ciudad de León, una de las principales de España, donde los Santos siguieron la profesión militar desde su juventud. Educados en la religión cristiana por un padre que mereció la corona del martirio, persuadidos firmemente que fuera de ella no hay salvación para los hombres, luego que supieron la cruel persecución que suscitaron los emperadores de Roma contra los discípulos de Cristo, encendidos en vivísimos deseos de testificar con su sangre las verdades infalibles de nuestra Santa Fe, resolvieron de común acuerdo hacerlo así, manifestando en su defensa el brío militar, de que se hallaban asistidos, ante los perseguidores. Para alentarse a una acción tan gloriosa, que serviría de ejemplo capaz de animar a no pocos fieles tímidos a vista de los estragos que en ellos hacían los gentiles, habló Emeterio a su hermano en estos términos: Ya sabes, Celedonio, que hace muchos años que servimos a las potestades de la tierra en la guerra del mundo, sin otro objeto que el del honor y premios caducos, arriesgando nuestra vida en las funciones militares. Supuesto que al presente se nos ofrece otra guerra más noble, más digna y más meritoria contra los enemigos de Jesucristo, cuyos premios son eternos, vamos a lograrlos en un combate laudable.

No necesitas, respondió Celedonio, gastar palabras para que te siga en una resolución tan acertada: estoy muy bien persuadido de la gran diferencia que hay entre los premios indefectibles del cielo y los perecederos temporales del mundo, que son los que pueden solamente lograr los hombres en esta vida. Hace mucho tiempo que suspiro por aquellos a costa de una expedición que los merezca, pronto a derramar la sangre por amor de Jesucristo. Alentados los dos hermanos con estas y otras semejantes expresiones, nacidas de unos corazones abrasados de la llama del amor divino, sin esperar a ser llamados manifestaron públicamente su fe a los gentiles. Pero, o bien fuese su primera confesión en León de donde fueron conducidos presos a Calahorra, según quieren unos; o ya en esta ciudad, como escriben otros, todos convienen que en Calahorra tuvieron su glorioso combate contra los enemigos de la religión cristiana, donde el gobernador romano ejecutaba con los fieles que rehusaban sacrificios a los ídolos, sus acostumbradas crueldades; presentados al tribunal de aquel impío, le reprendieron cara a cara los dos hermanos con gran valor y espíritu la injusticia de sus procedimientos contra la inocencia de los Cristianos, declamaron sobre las necedades y delirios de las supersticiones adoptadas por el gentilismo, y manifestaron con admirables discursos las verdades inefables de la religión de Jesucristo.

No es fácil explicar la cólera que concibió el magistrado al oír semejante lenguaje, que graduó por uno de los mas criminales atentados contra los príncipes del mundo a su presencia; y queriendo vengarse, mandó poner en una dura prisión a los santos Confesores, donde les tuvo padeciendo mucho tiempo con el perverso fin de prolongar su martirio, tan dilatado que, según escriben varios, les creció excesivamente la barba y el cabello, haciéndoles después sufrir tormentos inauditos.

Prudencio, uno de los más antiguos y más célebres entre los poetas latinos, que compuso a fines del siglo IV un poema importante, bajo el título de las Coronas, en honor de algunos ilustres Mártires de España, consagra parte de él a los elogios de los dos hermanos Emeterio y Celedonio, quejándose en los términos más vivos de la malignidad con que los perseguidores hicieron desaparecer las actas o proceso judicial, formado contra los Santos, con la impía intención de abolir la memoria de un suceso tan memorable, robándose así el conocimiento específico de las generosas respuestas que dieron al juez, y géneros de penas que sufrieron. Lo que la fama pudo arrancar a esta intención bárbara por el canal de una tradición fiel se reduce a lo dicho, y a que los tormentos que padecieron fueron de los más crueles y exquisitos: así lo afirma el Padre San Isidoro, quien escribe, que por ser tan enormes y bárbaros, tuvieron vergüenza los gentiles de que llegasen a hacerse públicos, valiéndose de todos los medios que pudieran contribuir a ocultarles, para que no se supiese en el mundo hasta dónde llegó el valor de los dos esforzados militares de Jesucristo, que sufrieron todos cuantos artificios pudo discurrir la obstinada ceguedad de los paganos, con el perverso fin de rendir su constancia, porque de ello resultaría sin la menor duda la mayor confusión del gentilismo, y sería un convencimiento del ningún poder de los falsos dioses, a quienes tributaban cultos.

Últimamente, viendo los perseguidores frustradas todas sus tentativas para vencer a los santos hermanos, unos en la fe, unos en los sentimientos, unos en la fortaleza, y unos en el valor y espíritu, mandó el gobernador degollarles, no encontrando otro arbitrio; se ejecutó la sentencia en el día 3 de marzo del año 298 según unos, a 306 según otros, cerca del rio llamado antiguamente Araneto, hoy Arnedo. En el momento que les derribó las cabezas el verdugo, sucedió el prodigio, de que fueron testigos oculares los mismos gentiles, de elevarse por el viento hasta las nubes el anillo del uno y banda del otro, lo cual se tuvo por una cierta seguridad de la gloria con que Dios recompensaba la fidelidad y pureza de los Santos, de cuyas cualidades son símbolo la banda blanca y anillo de oro. San Gregorio de Tours no ha olvidado esta circunstancia en el elogio que hizo de estos dos ilustres Mártires, reputándola por un gran milagro.

Los venerables cuerpos de los Santos parece fueron por entonces sepultados en la ribera del rio dicho, donde se mantuvieron ocultos todo el tiempo que duró el furor de la persecución, y descubiertos luego que cesó la tempestad; después de sus traslaciones al monasterio de Leger en la diócesis de Pamplona, según escribe Yepes, y de la que sostienen otros a Sellés en Cataluña, se conservan hoy en la iglesia catedral de Calahorra, donde se les tributa el culto y honores correspondientes a los de patronos de la ciudad y toda la diócesis, que por su intercesión ha conseguido del Señor muchos y muy grandes beneficios. En cuanto a las cabezas de los Santos, se cree halladas en uno de los puertos de la montaña, llamado antiguamente de San Emeterio, y hoy en día Santander, en cuya iglesia permanecen con el honor y veneración debida.

 

La Misa es en honor de los santos Emeterio y Celedonio, y la Oración la siguiente:

 

Oh Dios, que diste fortaleza a los gloriosos mártires Emeterio y Celedonio para confesar tu santo nombre; concédenos, piadosísimo Señor, que, pues veneramos en la tierra sus sagrados cuerpos, lleguemos a gozar también de su compañía en los cielos. Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.

La Epístola es del capítulo III del libro de la Sabiduría.

Las almas de los justos están en la mano de Dios, y no llegará a ellos el tormento de la muerte. Pareció a los ojos de los necios que morían, y se juzgó ser una aflicción el que saliesen de este mundo, y una entera ruina el separarse de nosotros; pero ellos están en paz: y si han sufrido tormentos en presencia de los hombres, su esperanza está llena de la inmortalidad. Habiendo padecido ligeros males, recibirán grandes bienes; porque Dios los tentó, y los halló dignos de Sí. Los probó como al oro en la hornilla, y los recibió como a una hostia de holocausto, y a su tiempo los mirará con estimación. Resplandecerán los justos, y correrán como centellas por entre las cañas. Juzgarán a las naciones, y dominarán a los pueblos, y su Señor reinará eternamente.

REFLEXIONES

Las almas de los justos las tiene Dios en su mano. ¿Qué consuelo podrá igualar a la satisfacción que engendra por sí sola esta sentencia? ¿Quiénes, sino los justos, podrán gloriarse de un apoyo tan fuerte, tan sólido, tan duradero, tan incontrastable? La mano de Dios, que es decir aquella virtud infinita que sacó de la nada los cielos y la tierra; aquel poder inmenso, a que no se encuentra oposición ni resistencia; aquella fuerza y valor que postra todo poder de los asirios, y nubla en un momento todo el resplandor de sus victorias; aquel dominio omnipotente que manda a las olas del mar Bermejo que se rompan y formen dos murallas mientras se salva el pueblo electo, y que se junten y sumerjan al Faraón con todo su ejército; la mano de Dios, que es la omnipotencia de Dios, inseparable de su justicia, de su bondad, de su misericordia y de todos sus atributos, es el sitio, el castillo y muro donde los justos se refugian, y en donde colocan su seguridad y confianza.

Por eso están seguros de que no pueda tocarlos el tormento de la muerte. No solamente de la muerte eterna, que es la que temen los justos, sino de la muerte temporal, la cual miran con ojos distintos y con diferentes respetos que la miran los impíos. Para éstos la muerte es el mayor de los males, y los tormentos que la acompañan lo más horroroso entre todas las miserias; para los justos es una condición necesaria para haber de gozar de su Dios. Para los impíos es el cúmulo de las amarguras, porque los remordimientos de su conciencia los despedazan; sus delitos los condenan; la necesidad de dejar para siempre aquellas desventuradas delicias, en que fijaron su corazón, los devora; y la consideración de que van a ser juzgados en una mala causa los llena de turbación y de congoja. Pero los justos consideran la muerte como un sueño, la tranquilidad de su conciencia se la representa como un descanso; ya van al tribunal en donde se han de examinar sus obras; pero saben que éstas no son arregladas a las leyes de Dios, y al juez le miran con el carácter de su padre y de su amigo: saben finalmente que si se deshace y desmorona la terrena habitación de su cuerpo, Dios les tiene preparada una casa eterna en los cielos, que no está fabricada por mano de hombres, como dice San Pablo. (II Corintios V).

Por eso se equivocan tanto los ojos carnales cuando ven una muerte cercada al parecer de tormentos; cuando ven a los justos que son destrozados en el suplicio por los azotes, los ecúleos, los peines de hierro, las espadas y los cuchillos. Todos estos instrumentos de horror eran para los Mártires de más agradable aspecto que los manjares y las rosas; porque aunque en realidad padecían tormentos delante de los hombres, abrigaban en su pecho una esperanza inmortal de las eternas recompensas que se los hacía dulces y aun deliciosos. Conocían que sus martirios eran unas pruebas que Dios hacia de su fe; y que de ellas resultaban purificados y refinados, y acrisolados como el oro, para recibirlos como holocausto agradable a sus divinos ojos, del cual solo Él había de participar, a diferencia de los otros sacrificios.

Pero aun hay más razones de consolación para los esforzados soldados de Jesucristo, llamados de las divinas Letras por excelencia los justos. Sabían que eran infalibles las divinas promesas, y sabían cuán magníficas eran éstas a su favor. Juzgarán a las naciones, y dominarán a los pueblos y no tendrán eternamente otro superior, otro presidente, otro rey que aquel Dios omnipotente y eterno por quien vertieron su sangre. Si los tiranos hubieran tenido entendidas estas sentencias, ¿se hubieran atrevido a teñir sus manos en una sangre inocente? Pero ¡qué confusión la suya cuando vean ser sus jueces aquellos mismos a quienes condenaran á muerte ignominiosa con sus sentencias! ¡qué confusión la suya cuando miren irrevocable aquella sentencia que los condena por una eternidad a los tormentos del abismo! Tal es la equidad con que trata a los hombres la justicia divina, y tal la recompensa con que premia y ensalza Dios a los que dan verdaderas muestras de amarle en esta vida.

 

El Evangelio es del Capítulo XXI de San Lucas:

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando oyereis las guerras y sediciones no os asustéis, porque es menester que haya antes estas cosas, pero no será luego el fin. Entonces les decía: Se levantará una nación contra otra nación, y un reino contra otro reino, y habrá grandes terremotos por los lugares, y pestes y hambres, y habrá en el cielo terribles figuras y grandes portentos. Pero antes de todo esto os echarán mano, y os perseguirán, entregándoos a !as sinagogas, a las cárceles, trayéndoos ante los reyes y presidentes por causa de mi nombre. Y esto os acontecerá en testimonio. Fijad, pues, en vuestros corazones que no cuidéis de pensar antes lo que habéis de responder. Porque Yo os daré boca y sabiduría, a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros contrarios. Y seréis entregados hasta por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas.

MEDITACIÓN.
Del martirio que cada uno puede hacer en sí mismo.

Punto primero.— Considera que la significación de este nombre mártir es propia de todo cristiano, aunque vulgarmente se apropie a aquellos que tuvieron la gloria de dar su sangre por Cristo. Mártir no quiere decir otra cosa que testigo, y aquel que en las obras da testimonio de la fe que profesó en el Bautismo, ése podrá llamarse con propiedad mártir de la fe y del Evangelio. Este testimonio es tan esencial y necesario a la vida cristiana, que sin él falta lo que caracteriza nuestra Religión por santa y poseedora de aquella sublime revelación que nos asegura contra todas las dudas. Sin el testimonio de la fe nuestras obras serán infructuosas para la vida eterna; así como la fe carecerá de su preciosa vida cuando no se sensibilice su movimiento con las obras.

Pero ¿será necesario para dar a nuestro Salvador un testimonio verdadero de la fe que tenemos en nuestras almas padecer efectivamente aquellos horrorosos tormentos que quitaron la vida a los Mártires? ¡Infelices cristianos, si sólo en la época de los sangrientos emperadores y de la persecución de la Iglesia les fuese dado manifestar a su Dios lo heroico de la caridad que le tenían! Tiranos tenemos dentro de nosotros mismos, cuyo vencimiento nos dará el título de mártires o testigos de la fe de Jesucristo. La cruz de este Señor es una herencia universal de que todos participamos como verdaderos hijos suyos. El que no la toma sobre sus hombros y le sigue no es digno de su amistad ni de sus recompensas. ¿Quién hay que no sienta, como decía el Apóstol, una ley en sus miembros que contradiga a la ley del espíritu? Esos deseos de lograr cuanto te sugiere la ambición y la gloria de que te admiren en el mundo; ese odio disimulado y secreto que conservas a tu enemigo, aun después de una tibia y superficial reconciliación que acredita delante de Dios la traición que le estás haciendo; esa propensión a los placeres sensibles, que tu condescendencia la ha puesto ya en el grado de irresistible; esa soberbia, en fin, que en todas tus acciones te aconseja antes a favor tuyo que de la ley, antes a preferir tus intereses que los intereses de Dios, ¿qué son sino unos tiranos que atormentan tu conciencia, que aprisionan tu corazón, que encarcelan tu alma para que apostate de Dios y de las obras de su fe dando incienso a los ídolos de tus sentidos?

Así es; pues nuestra fe es la victoria con que se vence al mundo. La verdadera fe sujeta y oprime los deseos, para que no se dirijan sino a los objetos santos y permitidos. La verdadera fe hace que borre la penitencia con sus dolores y sacrificios aun las más leves reliquias de odio o de enemistad. La verdadera fe te enseña que no tienes aquí habitación permanente, sino que debes anhelar por la futura, y que de consiguiente debes negarte a los placeres sensibles, hacer de tu interior y de tu espíritu una mística crucifixión para imitar a los Santos, y poner entredicho a todas tus pasiones y a todos tus apetitos para vivir una vida propiamente mortificada. Y todo ello forma en ti un testigo de Jesucristo, o un mártir de su fe, con sola la diferencia que los Santos pasaron de un solo trago toda la amargura del cáliz; pero tú deberás apurar sus heces gota a gota mientras te dure la vida. ¿Ha sido en esta conformidad la que hasta ahora has vivido? ¿Podrás decir con verdad que has dado un testimonio de la fe y de la Religión con tus inocentes obras? Esta sola consideración exige todas tus reflexiones, y que tomes para lo sucesivo las más oportunas medidas.

Punto segundo.— Considera que el martirio es un sacrificio, y que dificultosamente se podrá decidir si es más doloroso el que se hace de la vida, o el que se hace de las luces y del entendimiento. Cada vez que se sacrifica a la fe cuanto sugiere la razón natural, la experiencia y la filosofía, padece nuestro amor propio y nuestra soberbia un sangriento martirio, que la sumisión a la palabra de Dios y la humildad deberán hacer meritorio. Pero cuando Dios habla, ¿se atreverá a levantar la voz la vana y pueril sabiduría? Esta consideración, siendo sólida, causa en las almas mucha paz y confianza; pero al mismo tiempo aminora la repugnancia que encuentra la curiosidad en cautivar sus débiles faces en obsequio de la fe.

Otro martirio causa en el alma la sumisión a la alteza de los divinos consejos en toda la serie de sucesos que parecen ordenados únicamente por unas causas bajas y naturales. Son pocos los que elevan su vista a las disposiciones de la divina Providencia. Contémplalo en ti mismo. ¿Y es acaso en tu enemigo otra cosa que el odio con que busca con arte tu perdición?; ¿ves en tus amigos más que la mala fe y la perfidia con que te venden, y dan al traste con todas tus esperanzas? Tu suerte, tu situación, tu pobreza, los contrastes de la fortuna, ¿son para ti otra cosa que efecto de la injusticia, de la falta de medios, de la casualidad o de la iniquidad que todo lo vende? ¿Y Dios? ¿Es acaso este Señor en la gran máquina del mundo como una pieza ociosa que no tenga conexión con sus movimientos? ¿Y la Providencia divina? ¿No cuida de tus trabajos, de tu pobreza? ¿No ve tus infortunios? ¿No advierte la tempestad, el robo, el homicidio mucho antes de que sucedan? Pues ¿cómo no cuentas con este Dios y con esta Providencia en tus sucesos? ¿Cómo tus ojos no se elevan al cielo para esparcir en tus suspiros el mérito de la fe?

Consiste en que te falta sumisión, en que estás muy fijado en lo terreno, en que tus pensamientos siguen las huellas de tu fe, y ésta no se ha acostumbrado a domar las impresiones de los sentidos. No te haces padecer a ti mismo una continua violencia en tus aprensiones, y así careces del mérito que te correspondía por este género de mortificación y de martirio. ¡Oh Dios mío, vuestra fe es una luz soberana que ilumina mi entendimiento; vuestra gracia es una ilustración que esclarece mi entendimiento e inflama mi voluntad! Dadme, Señor, gracia, y aumentad en mi alma los efectos de una fe verdadera.

Jaculatorias.

—Desde mi juventud, oh Dios mío, has sido mi doctor y mi maestro, y así yo no dejaré jamás de publicar tus portentosas maravillas. (Salmo LXX).

Padecemos trabajos y persecuciones, y somos malditos, porque tenemos nuestra esperanza en Vos, Dios nuestro, que sois el Salvador de todos, principalmente de los fieles. (I Timoteo IV).

 

PROPÓSITOS.

Todo cristiano está desposado con un esposo de sangre, que quiere decir que todo cristiano debe imitar a Jesucristo, con quien el alma se desposó en el Bautismo, recibiendo su fe por prenda de su amor y obligándose a dar testimonio de ella según su posibilidad. Si el modo con que los Mártires han cumplido esta precisa obligación ha sido nada menos que el sufrimiento de una muerte, y una muerte atrocísima, que en lo horroroso equivalía a muchas, ¿con qué cara podrán los demás cristianos excusarse de unas ligeras mortificaciones que pueden más bien tener el lugar y concepto de satisfacción a la Divinidad ofendida, que el de sacrificios hechos por su amor? ¿Qué razón podrán alegar para eximirse de estos testimonios de nuestra fe tantos hombres sumergidos en los tráficos del mundo, y tantas mujeres rodeadas a todas horas y por todas partes de delicias?

Sin fe es imposible agradar a Dios, y sin las obras de la fe lograr el concepto de verdadero cristiano. Los Mártires desempeñaron este concepto vertiendo su sangre, y mirando sus miembros destrozados por Jesucristo. De este modo pensaron que se podía subir a los cielos, y de este modo cumplieron las obligaciones que impone la fe a los verdaderos cristianos. ¡Qué diferencia de tu modo de pensar al de estos esforzados soldados de Jesucristo! Y si no, atiende a toda la serie de tu vida, porque tu elección toda es un tejido de delicias. Apenas tienes más desazón ni más trabajo que el que te produce el empeño de disfrutar todas las diversiones. El nombre de mortificaciones y de penitencia son para ti nombres exóticos, forasteros, y sólo tienen significación para causarte horror y susto.

Pero ¿qué piensas?, ¿que tu suerte será privilegiada respecto de la de los Santos? ¿Juzgas acaso que en el tribunal de Dios habrá las excepciones con que el mundo distingue ricos y pobres, infelices y poderosos? ¿Te persuades de que trastornará Dios para ti sus leyes, sus decretos, su providencia, su Evangelio y su justicia? ¡Qué necedad tan execrable! Vuelve en ti; lo que no has hecho hasta ahora propón ejecutarlo de aquí en adelante. Busca un sabio director de tu alma; aprende de él tus obligaciones y la manera de ejecutarlas; ponte en sus manos, y procura en lo sucesivo dar testimonio de Jesucristo en la santidad de tus obras.

 

3 de marzo SANTA CUNEGUNDA EMPERATRIZ, VIRGEN Y VIUDA





Fue Santa Cunegunda hija de Sigfrido o Sigefrido, señor palatino del Rhin, primer conde de Luxemburgo y de Heduiga, señora de las mayores casas de Alemania. Salió a la luz del mundo hacia el fin del décimo siglo, y correspondió su educación a lo alto de su nacimiento y a la piedad de sus padres. Mamó con la leche una ternísima devoción a la Santísima Virgen, y con esta devoción se la pegó aquel amor ardiente, que conservó toda la vida a la virtud hermosa de la castidad.

El aplauso universal y la general estimación que se granjearon las prendas de Cunegunda encendieron la inclinación de los mayores señores para pretenderla; pero logró ser preferido a todos San Enrique, duque de Baviera, que, muerto el emperador Otón III, fue elevado y proclamado rey de romanos.

Habían nacido la una para la otra aquellas dos grandes almas; y siendo el matrimonio tan igual, no podía dejar de ser el más feliz. Raras veces se ha ofrecido a los ojos y a la veneración del mundo virtud más heroica en este estado. Prevenidos los dos castos esposos de aquellas gracias especiales que están destinadas para hacer los mayores santos, convinieron recíprocamente el primer día de la boda en guardar perpetua castidad, consagrando a Dios su pureza.

Resuelto el emperador Enrique a pasar a Roma para recibir la corona imperial de mano del papa Benedicto VIII, quiso que le acompañase en este viaje su esposa Cunegunda, para que asimismo recibiese de la misma mano la corona de emperatriz. No hay voces para expresar los grandes ejemplos de virtud que iban esparciendo por todas partes estos dos insignes dechados de perfección cristiana.

Muchos años habían pasado Enrique y Cunegunda en aquella perfecta unión, cuando el enemigo común de la salvación del género humano, que no podía sufrir tan rara y tan heroica virtud en medio de una corte, movió todas sus máquinas para derribarla, o a lo menos para obscurecerla.

Se atrevió el espíritu de la maledicencia y la calumnia a la fidelidad y a la pureza de la Santa Emperatriz, y halló resquicio para introducir en el pecho del Santo Emperador la aprensión o la sospecha; porque permitió el Cielo que se dejase preocupar, para acrisolar más la virtud de Cunegunda. La castísima princesa, aconsejada únicamente por la virtud de la humildad, a que era inclinadísima, resolvió desde luego abrazar con alegría esta obscura humillación con que la ennegrecía la calumnia. Ya su silencio y su resignación habían hecho más insolentes o más atrevidos los recelos, cuando le representaron la obligación en que estaba de quitar el escándalo de sus pueblos, a quien debía de justicia el ejemplo de una vida intachable e irreprensible. Llena de segura confianza en Aquel que a un mismo tiempo era protector y testigo de su virginidad, ofreció justificarla, encomendando a la prueba del fuego el testimonio de su inocencia.

Anduvo Cunegunda con los pies descalzos por barras encendidas sin recibir lesión alguna. Conoció el mundo el mérito de su pureza; y el Emperador, condenando su nimia credulidad, no perdonó medio ni diligencia para reparar la injuria que habían hecho a su castísima esposa, a la facilidad de su genio, y a la excesiva delicadeza de su pundonor. Desde entonces se estrechó más el vínculo o casto nudo que dulcemente los unía. Convinieron ambos en edificar a nombre y expensas comunes la catedral de Bamberga, con magnificencia verdaderamente imperial; la Emperatriz por sí sola fue fundadora del célebre monasterio de benedictinos que, con el nombre de San Miguel, fue adorno y ejemplo de la misma ciudad, y poco tiempo después fundó allí mismo otro segundo con la advocación de San Esteban, siendo muy contadas las ciudades de Alemania donde no dejase religiosos monumentos de su singular piedad.

Le acometió una enfermedad peligrosa, y, luego que salió de ella, en acción de gracias fundó otro tercer monasterio de monjas benedictinas con el título de Santa Cruz, dotándole con una magnificencia digna de tan gran princesa.

Sucedió la muerte del Emperador el año 1024, y en ella sintió la santa Emperatriz el más vivo y penetrante dolor; tanto, que hubo menester toda su virtud para no rendirse a la fuerza del sentimiento. Libre ya de cuanto podía aprisionar su corazón en la Tierra, sólo anheló por el retiro, para dedicar todo su espíritu al Cielo.

El mismo día en que se celebraba el cabo del año de la muerte de su bienaventurado esposo, convocó gran número de prelados para celebrar la dedicación de la iglesia que había edificado á sus imperiales expensas en su muy amado monasterio de Caffungen. Asistió a la ceremonia, adornada de ostentosas galas y revestida de sus insignias imperiales. Concluido el Evangelio de la Misa, se acercó al altar mayor, y ofreció un pedazo de Lignum crucis primorosamente engastado en riquísimo relicario; se despojó después de la púrpura, y se vistió un humilde hábito de religiosa, de color morado, que ella misma había cosido por sus manos, y había hecho que se le bendijesen los Obispos. Se cortó los cabellos, que se guardaron en el monasterio como preciosa reliquia; le echó el velo sobre la cabeza el Obispo de Paderborn, y le entregó un anillo en prenda de su desposorio con el Esposo Celestial. Acabada la ceremonia de la profesión religiosa, aquella purísima heroína, a vista de toda la grandeza de la corte y del inmenso gentío que se deshacía en lágrimas, entró con despejo en el monasterio, donde pasó encerrada los quince últimos años de su vida, entregándose únicamente al ejercicio de las más sublimes y más heroicas virtudes.

Vivió perpetuamente en estado de religiosa particular, rendida con humilde sumisión a todas sus hermanas, mirándolas a todas como si fuesen superioras. No parecía posible humildad más profunda ni más sincera, obediencia más perfecta ni más sencilla.

Las horas que no la ocupaban otras obligaciones más esenciales, ya se sabía que todas se habían de dar a la oración o a la asistencia de las enfermas. Era extrema su mortificación; tanto, que vivía, al parecer, de milagro. Al fin la naturaleza se dio por entendida, y fue necesario ceder a la suma debilidad a que la redujeron sus rigurosas penitencias y sus continuas vigilias. Recibió los últimos Sacramentos de la Iglesia con aquella tierna devoción y con aquellos consuelos interiores que tiene Jesucristo reservados como de justicia para sus dignas esposas. Se afligió tanto de que después de muerta quisiesen tratar como Emperatriz a la que había vivido y estaba para morir como pobre religiosa, que, inmutado repentinamente su apacibilísimo semblante, no se tranquilizó ni serenó hasta que la dieron palabra de que sería enterrada sin la menor distinción, como todas las demás. Murió el día 3 de Marzo del año 1040, y, conducido su santo cuerpo a Bamberga, la honró Dios con la gloria de los milagros después de muerta, cuyo don la había concedido cuando viva. Ciento sesenta años después, conviene a saber, el de 1200, la puso en el catálogo de los santos, con la solemnidad acostumbrada, el papa Inocencio III.

En las actas antiguas de la vida de esta Santa se halla la oración siguiente:

¡Oh Dios, que, entre las demás maravillas de tu poder, hiciste tan sobresaliente en todo género de virtudes y en todo género de estados a tu sierva la santa virgen Cunegunda, que aun en el matrimonio no perdió la hermosa flor de la virginidad, y en la viudez, tomando el hábito de religiosa, nos fue a todos brillante ejemplar de toda perfección por la santidad de su vida, concédenos, por sus merecimientos, que nos alentemos, según nuestra flaqueza, a imitar los asombrosos ejemplos de aquella en cuyas dignas alabanzas deseamos emplearnos! Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.

La Epístola es del capítulo III del libro de la Sabiduría.

Las almas de los justos están en la mano de Dios, y no llegará a ellos el tormento de la muerte. Pareció a los ojos de los necios que morían, y se juzgó ser una aflicción el que saliesen de este mundo, y una entera ruina el separarse de nosotros; pero ellos están en paz y, si han sufrido tormentos en presencia de los hombres, su esperanza está llena de la inmortalidad. Habiendo padecido ligeros males, recibirán grandes bienes; porque Dios los tentó y los halló dignos de sí. Los probó como al oro en la hornilla, y los recibió como a una hostia de holocausto, y a su tiempo los mirará con estimación. Resplandecerán los justos, y correrán como centellas por entre las cañas. Juzgarán a las naciones, y dominarán a los pueblos, y su Señor reinará eternamente.

REFLEXIONES

Las almas de los justos las tiene Dios en su mano. ¿Qué consuelo podrá igualar a la satisfacción que engendra por sí sola esta sentencia? ¿Quiénes, sino los justos, podrán gloriarse de un apoyo tan fuerte, tan sólido, tan duradero, tan incontrastable? La mano de Dios, es decir, aquella virtud infinita que sacó de la nada los Cielos y la Tierra; aquel poder inmenso a que no se encuentra oposición ni resistencia; aquella fuerza y valor que postra todo el poder de los asirios y anubla en un momento todo el resplandor de sus victorias; aquel dominio omnipotente que manda a las olas del mar Bermejo que se rompan y formen dos murallas mientras se salva el pueblo electo, y que se junten y sumerjan a Faraón con todo su ejército. La mano de Dios, que es la omnipotencia de Dios, inseparable de su justicia, de su bondad, de su misericordia y de todos sus atributos, es el sitio, el castillo y muro donde los justos se refugian y en donde colocan su seguridad y confianza.

Por eso están seguros de que no pueda tocarlos el tormento de la muerte. No solamente de la muerte eterna, que es la que temen los justos, sino de la muerte temporal, la cual miran con ojos distintos y con diferentes respetos que la miran los impíos. Para éstos la muerte es el mayor de los males, y los tormentos que la acompañan lo más horroroso entre todas las miserias; para los justos es una condición necesaria para haber de gozar de su Dios.

Pero aun hay más razones de consolación para los esforzados soldados de Jesucristo, llamados en las divinas Letras por excelencia los justos. Sabían que eran infalibles las divinas promesas, y sabían cuán magnificas eran éstas a su favor. Juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos, y no tendrán eternamente otro superior, otro presidente, otro rey que aquel Dios omnipotente y eterno por quien vertieron su sangre. Si los tiranos hubieran tenido entendidas estas sentencias, ¿se hubieran atrevido a teñir sus manos en una sangre inocente? Pero ¡qué confusión la suya, cuando vean ser sus jueces aquellos mismos a quienes condenaron a muerte ignominiosa con sus sentencias! ¡Qué confusión la suya cuando miren irrevocable aquella sentencia que los condena por una eternidad a los tormentos del abismo! Tal es la equidad con que trata a los hombres la justicia divina, y tal la recompensa con que premia y ensalza Dios a los que dan verdaderas muestras de amarle en esta vida.

 

El Evangelio es del capítulo XXI de San Lucas.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando oyereis las guerras y sediciones, no os asustéis; porque es menester que haya antes estas cosas, pero no será luego el fin. Entonces les decía: se levantará una nación contra otra nación, y un reino contra otro reino, y habrá grandes terremotos por los lugares, y pestes y hambres, y habrá en el Cielo terribles figuras y grandes portentos. Pero antes de todo esto os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, trayéndoos ante los reyes y presidentes por causa de mi Nombre. Y esto os acontecerá en testimonio. Fijad, pues, en vuestros corazones que no cuidéis de pensar antes lo que habéis de responder. Porque Yo pondré palabras en vuestra boca y os daré una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros contrarios. Y seréis entregados hasta por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi Nombre; mas no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas.

miércoles, 2 de marzo de 2022

2 de marzo SAN SIMPLICIO, PAPA

 


San Simplicio, sucesor de San Hilario en el trono pontificio, gobernó a la Iglesia desde el año 468, durante un período especialmente difícil. Todas las provincias occidentales, excepto Italia, habían caído ya en manos de los bárbaros, que eran en su mayoría paganos y, durante el pontificado de San Simplicio, Roma estuvo ocupada por Odoacro, rey de los hérulos, y el imperio de Occidente dejó de existir. El pueblo, abrumado por los impuestos de sus gobernantes romanos, y despojado por las incursiones de los bárbaros, opuso apenas resistencia a los conquistadores que, por lo menos, tenían el mérito de no cargarle de tributos. San Simplicio hizo cuanto pudo por remediar la miseria de la población y por sembrar entre los bárbaros la semilla de la fe.

Por otra parte, tuvo que hacer frente en el Oriente a la influencia de la herejía monofisita. El santo Pontífice reivindicó el valor de los decretos del Concilio de Calcedonia contra los que querían suprimirlos y trabajó con todas sus fuerzas por mantener viva la fe. Intervino con firmeza frente a las pretensiones de la sede de Constantinopla, que quería limitar la primacía de Roma sólo a Occidente, y disminuir la importancia de los otros patriarcados, dejando a Constantinopla como primada del Oriente, en base al Canon 28 del Concilio —que ya el Papa León había rechazado—, que la Sede Romana no ratificó.

Murió el año 483 y fue sepultado en San Pedro. Podrían escribirse muchas páginas sobre la vida de San Simplicio, ya que su influencia se dejó sentir tanto en los asuntos de la Iglesia, como en los de la política de la época; pero sobre su vida personal, sólo sabemos algunas generalidades. Por otra parte, apenas hay pruebas de que se le haya tributado culto.

2 de marzo BEATA INÉS DE BOHEMIA, VIRGEN

 




La Beata Inés de Bohemia o "de Praga", a quien Santa Clara llama "la mitad de su corazón", fundó el primer convento de Clarisas al norte de los Alpes. Era descendiente de San Wenceslao ("el buen Rey Wenceslao"); su padre era Ottokar I, que ocupó el trono de Bohemia en 1197, su madre, la hermana de Andrés II de Hungría. Santa Isabel de Hungría era prima carnal de la beata y sólo dos años más joven que ella. A los tres años de edad, en 1208, Inés fue prometida en matrimonio a Boleslao, hijo del duque Enrique de Silesia y de Santa Eduviges. Inmediatamente fue enviada con su nodriza y un ejército de criados al monasterio de Trebnitz, en Silesia, fundado por la madre de su prometido. Según un documento latino del siglo XIV, que se halla en la biblioteca de Bamberga, "una religiosa de Santa Eduviges enseñó ahí a Inés los primeros rudimentos de la fe y la moral". Dicha religiosa era probablemente la abadesa Gertrudis. Dos años más tarde, Inés volvió a la corte de su padre. A los nueve años de edad, fue de nuevo prometida en matrimonio, esta vez a Enrique, hijo del emperador Federico II, y partió a la corte de Austria para aprender el alemán y familiarizarse con las costumbres germánicas. Debe advertirse que Boleslao, a quien Inés había sido prometida primeramente, había muerto cuando la niña tenía seis años; por ello había vuelto ésta a Bohemia, al convento premonstratense de Doxan. La corte de Austria no deslumbró a Inés, quien se sentía cada vez más atraída por Dios y practicaba severos ayunos y otras austeridades. Comprendiendo que el Señor la llamaba a una vida de virginidad, la beata le pedía ardientemente que la pusiese en condiciones de seguir su vocación. Inés debió sufrir mucho en aquella época, pues el duque Leopoldo de Austria, a cuyo cuidado había sido confiada, tenía intenciones de casar a su propia hija con el prometido de Inés. Los planes del duque tuvieron éxito e Isabel retornó nuevamente a su país, probablemente llena de gozo, porque sus oraciones habían sido escuchadas.

Pero su contento no duró mucho: Enrique III de Inglaterra y el emperador Federico II, que había enviudado, le hicieron proposiciones de matrimonio y, a pesar de las objeciones de Inés, su hermano, el rey Wenceslao, prometió su mano al emperador. La beata redobló sus oraciones y penitencias; sus ricos vestidos ocultaban una camisa de pelo y un cilicio de acero. Con frecuencia se levantaba antes del alba, y descalza y mal abrigada, partía con sus más devotas doncellas a visitar las iglesias. Al volver, lavaba sus pies, lacerados por la caminata, revestía sus ropajes principescos y empezaba su jornada palaciega y sus visitas a los enfermos. En 1235, cuando Inés tenía veintiocho años y se hallaba en la plenitud de su hermosura, el emperador envió a Praga a un embajador para que la escoltase a Alemania. Wenceslao se negó a oír las objeciones de su hermana; pero Inés logró demorar la partida y escribió al Papa Gregorio IX, rogándole que impidiese el matrimonio, pues ella jamás había consentido en casarse y deseaba consagrarse a Dios en la vida religiosa. Aunque el Papa acababa de hacer la paz con el emperador, conocía suficientemente a Federico para comprender la actitud de Inés; así pues, envió un legado a Praga para que defendiese a la joven y escribió personalmente a Inés. Ésta mostró la carta del Pontífice a su hermano Wenceslao, quien se alarmó mucho; por una parte temía la ira del emperador, pero, por otra, no quería enajenarse con el Papa ni forzar a su hermana a casarse contra su voluntad.  Finalmente, decidió poner al tanto de todo a Federico. El emperador tuvo en esta ocasión uno de esos raros accesos de magnanimidad en su complejo carácter que le hicieron una figura fascinante de la historia. Cuando comprendió que no se trataba de una medida política del rey de Bohemia, sino de un verdadero deseo de Inés, rescindió su compromiso con estas palabras: "Si me hubiese dejado por un hombre mortal, habría yo dejado sentir el peso de mi venganza; pero no puedo sentirme ofendido porque haya preferido al Rey del cielo".

Viéndose por fin libre, Inés empezó a pensar en la manera de consagrar a Dios su propia persona y sus posesiones. Su padre había llevado a Praga a los franciscanos, probablemente a instancias de la beata; Inés acabó de construirles el convento. Igualmente, con la ayuda de su hermano, fundó un hospital para los pobres y llamó a Praga a los Caballeros Hospitalarios de la Cruz y de la Estrella, cuya iglesia y monasterio se conservan aún. Inés y Wenceslao construyeron también un monasterio para las Clarisas Pobres. El pueblo de Bohemia quería participar en los gastos de la construcción, pero el rey y su hermana rehusaron la ayuda. Sin embargo, se cuenta que los albañiles, decididos a poner algo de su parte, se iban a hurtadillas al término de la jornada para evitar que les pagasen. En cuanto el convento quedó terminado, Santa Clara envió a cinco religiosas. La Beata Inés tomó ahí el velo, en Pentecostés de 1236. El hecho impresionó grandemente a la población; un centenar de doncellas de buena familia ingresó en el convento mientras que en toda Europa, las princesas y las damas nobles siguieron su ejemplo y los conventos de Clarisas Pobres se multiplicaron. Inés fue digna hija de San Francisco; buscaba en todo el sitio más humilde y los trabajos más duros. No sin dificultad, tuvo que aceptar el cargo de abadesa, por lo menos temporalmente, cuando recibió el nombramiento del Papa Gregorio IX. Después de muchos esfuerzos, obtuvo finalmente que las Damas Pobres de Praga pudiesen renunciar a todas las rentas y posesiones, que hasta entonces tenían en común, como lo había hecho Santa Clara en el convento de San Damián, en 1238. Las cuatro cartas que se conservan de Santa Clara a la beata, muestran el tierno afecto que le profesaba. La santa envió igualmente a Inés una cruz de madera, un velo pardo y la vasija de barro en que acostumbraba beber. Inés vivió hasta los setenta y siete años de edad y murió el 2 de marzo de 1282. Su culto fue confirmado por San Pío X. Los franciscanos celebran su fiesta el 8 de junio, junto con la de las Beatas Isabel de Francia y Bautista Varani.

2 de marzo LOS MÁRTIRES DE LOS LOMBARDOS


 


(c. 579 p.C.) - San Gregorio Magno nos ha conservado, en uno de sus Diálogos, el recuerdo de los mártires de los lombardos, contemporáneos suyos. Hacia mediados del siglo VI, los lombardos de Escandinavia y Pomerania, que habían invadido ya Austria y Baviera, bajaron hasta Italia, asolando las ciudades por donde pasaban. No contentos con la destrucción material, intentaron en muchos casos pervertir a la población con sus ritos paganos. En un sitio trataron de hacer que cuarenta labradores comieran la carne ofrecida a los ídolos; como estos se negasen firmemente, los invasores les pasaron por la espada. Igualmente intentaron forzar a otros prisioneros a adorar a su deidad favorita, una cabeza de cabra ante la que aquellos paganos doblaban las rodillas y a la que llevaban en procesión, cantando himnos obscenos en su honor. Casi todos los cristianos, que eran unos cuatrocientos, prefirieron morir a renegar de Dios.

martes, 1 de marzo de 2022

1 de marzo SAN FÉLIX III, PAPA





 Según el Martirologio Romano, este Papa fue bisabuelo de San Gregorio Magno, quien cuenta que cuando su tía Santa Tarsila se hallaba en el lecho de muerte, San Félix se le apareció y se la llevó al cielo. El Martirologio Romano le llama Félix III, debido a que el antiguo catálogo de los Papas incluía, por error, al anti-papa Félix con el nombre de San Félix II.

   Muy poco es lo que sabemos sobre la vida personal de este santo Pontífice. Era un romano valiente y discreto, como León I y en la historia de la Iglesia, su nombre está relacionado con los disturbios producidos por la herejía monotelita. El año 4082, el emperador Cerón publicó un documento conocido con el nombre de "Henotikon", redactado por Acacio, patriarca de Constantinopla, para aplacar a los monofisitas, pasando por alto las decisiones del Concilio de Calcedonia. Dos años más tarde, San Félix convocó un Concilio en Letrán y excomulgó a Acacio y a sus partidarios por haber traicionado la fe católica. San Félix es uno de los numerosos pontífices romanos que defendieron las decisiones de los concilios ecuménicos contra el poder secular, mientras la mayoría de los jerarcas orientales se plegaban cobardemente a los designios del emperador. Desgraciadamente, el cisma de Acacio duró treinta y  cinco años y preparó el gran cisma de la iglesia bizantina.

   En el occidente, Félix trabajó mucho por la revigorización de la iglesia de África, después de la larga persecución de los vándalos arrianos. Murió el año 492, poco antes de cumplir nueve de pontificado. Su fiesta se celebra en Roma.

1 de marzo SAN ALBINO, OBISPO Y CONFESOR


 


La gran popularidad de San Albino se debe menos a su vida, sin ningún hecho notable, que a los múltiples milagros que se le atribuyeron, sobre todo después de su muerte. Su culto se propagó por Francia, Italia, España y Alemania y llegó hasta Polonia. El santo es titular de numerosas parroquias en Francia.

Nació en la diócesis de Vannes en Bretaña, de una familia originaria de Inglaterra o de Irlanda, según se dice. Muy joven, entró en el monasterio de Tincillac, del que sabemos muy poco, y llevó ahí una vida de gran santidad. Hacia los treinta y cinco años de edad, fue elegido abad; bajo su gobierno floreció extraordinariamente el monasterio y se convirtió en un verdadero jardín de virtudes. Nada tiene, pues, de extraño que las miradas del clero y el pueblo de Angers se hayan vuelto hacia san Albino cuando la sede quedó vacante, el año 529. Para gran pena suya y contento de San Melanio, obispo de Rennes, San Albino fue elegido obispo de Angers y demostró ser un hábil e inteligente pastor.

El santo predicaba todos los días, era muy generoso con los pobres y menesterosos, pero especialmente con las viudas que tenían muchos hijos. Otra de sus obras predilectas era el rescate de esclavos y gastó enormes sumas de dinero en rescatar a los prisioneros que los bárbaros habían hecho en sus numerosas invasiones. Según la tradición, San Albino rescató a un cautivo, no de los bárbaros, sino del propio rey Childeberto. Se trataba de una hermosa muchacha en quien Childeberto había puesto los ojos y a la que había mandado raptar y encerrar en una fortaleza. Tan pronto como la noticia llegó a oídos de San Albino, fue éste personalmente al castillo a exigir la libertad de la joven. La figura del obispo inspiró tal respeto a los guardias, que pusieron inmediatamente en libertad a la muchacha. La leyenda añade que uno de los soldados intentó detener a la joven, usando de amenazas y violencia; pero el obispo sopló sobre él y el soldado cayó muerto. El rey no trató de apoderarse de nuevo de la joven, llamada Eteria, puesto que profesaba gran veneración a San Albino; en cambio la popularidad del obispo era menor entre algunos de sus súbditos, porque había puesto en ejecución los decretos de los dos Concilios de Orleans (538 y 541) contra los matrimonios incestuosos.

Se atribuyeron a San Albino muchos milagros. Además de varias curaciones de enfermos y de ciegos, se cuenta que resucitó a un joven llamado Albaldo. En otra ocasión, después de haber intercedido sin éxito por unos prisioneros, se derrumbó durante la noche una parte del muro de la prisión y éstos pudieron escapar; inmediatamente fueron a ver al santo y le prometieron cambiar de vida.

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